(iii) Eligieron el odio y la violencia en lugar del amor. Barrabás y Jesús representaban dos actitudes opuestas. Barrabás representaba el corazón del odio, el puñal asesino, la violencia de la amargura. Jesús representaba el amor. Como ha pasado tantas veces, el odio reinó supremo en los corazones de los hombres, y el amor fue rechazado. Los hombres insistían en seguir su propio camino hacia la conquista, y rehusaron ver que la única verdadera conquista era la conquista del amor.
Puede que haya oculta una tragedia en una palabra. «Después de azotarle» es una sola palabra en el original. Los azotes Romanos eran algo terrible. El reo estaba doblado y atado de tal manera que tenía totalmente expuesta la espalda. El azote era una larga tira de cuero con trozos de hueso o de plomo incrustados. Literalmente desgarraba la espalda a tiras. Algunas veces le saltaba algún ojo al reo. Algunos morían en la tortura; otros se volvieron locos; pocos se mantenían conscientes hasta el final. Eso también Se lo hicieron a Jesús.
LAS BURLAS DE LOS SOLDADOS
Marcos 15:16-20
Los soldados se llevaron a Jesús a una sala que era el pretorio, y llamaron a toda la compañía. Le vistieron a Jesús con una túnica púrpura, y trenzaron una corona de espinos y se la pusieron, y empezaron a saludarle:
-¡Salve, Rey de los judíos!
Y se pusieron a golpearle en la cabeza con una caña y a escupirle, y a arrodillarse ante Él como para rendirle homenaje. Y después de divertirse con Él, Le quitaron la túnica púrpura y Le pusieron Su propia ropa. Y luego Le llevaron a crucificar.
El ritual romano de la ejecución estaba establecido. El juez decía: Illum duci ad crucem placet, «La sentencia es que este hombre sea conducido a la cruz.» Entonces se volvía a la guardia y decía: 1, miles, expedi crucem, «Ve, soldado, y prepara la cruz.» Fue mientras estaban preparando la cruz cuando Jesús estuvo en las manos de los soldados. El pretorio era la residencia del gobernador, su cuartel general, y los soldados implicados serían la cohorte de la guardia del cuartel general. Haremos bien en recordar que Jesús ya había padecido el tormento de los azotes antes de estas burlas soeces.
Bien puede ser que, de todo lo que Le sucedió, esto fuera lo que menos daño Le hacía a Jesús. Las intervenciones de los judíos habían estado envenenadas de odio. El resentimiento de Pilato había sido una evasión cobarde de su responsabilidad. Había crueldad en la acción de los soldados, pero no malicia. Para ellos Jesús no era más que un reo más que iba a la cruz, y llevaron a cabo la pantomima de homenaje y adoración en el cuartel, tal vez no para hacer sufrir más al reo, sino para pasar el rato con una parodia burda.
Era el principio de muchas burlas por venir. Siempre los cristianos estuvieron expuestos a que los tomaran a broma. Escrito en los muros de Pompeya que nos han conservado los grafitos de entonces hasta nuestros días está la caricatura de un cristiano arrodillado delante de un burro, y debajo se pueden leer las palabras: «Anaxímenes adora a su Dios.» Si tenemos que sufrir a veces burlas por ser cristianos, nos ayudará recordar que eso fue lo que hicieron con Jesús de una manera mucho peor que lo que nos corresponda sufrir a nosotros.
LA CRUZ
Marcos 15:21-28
Y requisaron a un hombre que se llamaba Simón, de Cirene, que pasaba por allí de vuelta de su campo, el padre de Alejandro y de Rufo; y le obligaron a llevar la Cruz de Jesús. Así fue como Le llevaron a Jesús al lugar que se llama Gólgota, que quiere decir el lugar de la Calavera. Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero Él no quiso tomarlo.
Le crucificaron. Y se repartieron Su ropa jugándose a los dados lo que le correspondía a cada uno. Eran las 9 de la mañana cuando Le crucificaron.
Y el cartel con el delito que se Le imputaba estaba colocado en la Cruz: «EL REY DE LOS JUDÍOS.»
Crucificaron con Jesús a dos bandidos, uno a Su derecha y otro a Su izquierda.
La rutina de la crucifixión no variaba gran cosa. Cuando se tenía lista la cruz, el reo tenía que llevarla al lugar de la ejecución. Se le colocaba en medio de cuatro soldados. Por delante marchaba un soldado llevando un cartel en el que se podía leer el crimen del que era culpable el reo. Posteriormente se fijaba ese cartel a la cruz. No iban al lugar de la ejecución por el camino más corto, sino por el más largo. Pasaban por el mayor número posible de calles y callejas para que los más posibles vieran y tomaran nota. Cuando llegaban al lugar de la crucifixión se colocaba la cruz horizontalmente en el suelo, se estiraba sobre ella al reo y se le clavaban las manos. Los pies no se le solían clavar sino se les ataban. Entre las piernas del prisionero sobresalía un trozo de madera llamado burlescamente «la silla» para aguantar su peso cuando se levantara la cruz -le otra manera los clavos rasgarían las manos. Entonces se ponía en pie la cruz, y se afirmaba en un hoyo; y se dejaba allí al condenado hasta que le sobreviniera la muerte. La cruz no era muy alta; tenía la forma de la letra T, generalmente sin saliente por arriba. Algunas veces los condenados se mantenían vivos tanto como una semana, muriendo lentamente de hambre y de sed, sufriendo a veces hasta el punto de dar señales de locura.
