Consolémonos con la idea de que hay verdaderos cristianos en este mundo, de quienes nada sabemos, en lugares en que no esperábamos encontrarlos. No hay duda que los fieles son siempre pocos; pero de ahí no debemos deducir precipitadamente que no haya gracia en una familia o en una parroquia, porque nuestros ojos no la ven. Conocemos en parte y en parte solamente vemos, fuera del círculo en que la suerte nos ha destinado a movernos. El Señor tiene a muchos «escondidos» en la iglesia, que, a menos que las circunstancias no los descubran no serán conocidos hasta el último día. No deben olvidarse las palabras que dirigió Dios a Elías, «Sin embargo me he reservado siete mil en Israel.» 1Ki_19:18.
Notemos, por último, en este pasaje, que honor ha conferido nuestro Señor Jesucristo al sepulcro permitiendo que El fuese colocado en uno. Leemos que fue «colocado en un sepulcro labrado de la roca, y que una piedra fue rodada contra la entrada..
Este es un hecho que debiéramos recordar siempre en un mundo en que se ha de morir. Decretado está que los hombres mueran un día. Todos nos vamos dirigiendo al mismo lugar, y a su vista nos contraemos horrorizados. El ataúd y el funeral, los gusanos y la corrupción, son todos objetos dolorosos; nos hielan, nos entristecen y nos llenan el espíritu de tristeza. No es de la carne y de la sangre el contemplar estos objetos sin experimentar sentimientos muy solemnes. Una cosa debe consolar, no obstante, a los creyentes, y es la idea que el sepulcro es «el lugar en donde el Señor fue colocado una vez.» Tan cierto como El se levantó victorioso del sepulcro, todos los que en El creen resucitarán gloriosamente el día en que El aparezca en su segunda venida. Al recordar esto pueden contemplar tranquilos «la habitación que está aparejada para todos los vivientes.» Pueden recordar que el mismo Jesús se encontró en ella por nuestro bien y le arrancó a la muerte su aguijón. Pueden decirse a sí mismos, «el aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley: pero gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.» 1Co_15:56-57.
Lo importante para nosotros y lo que más nos interesa, es estar seguros de que nos encontramos espiritualmente enterrados con Cristo, mientras vivimos. Debemos unirnos a El por la fe y conformarnos a imagen, suya. Con El debemos morir para el pecado, y ser sepultados juntamente con El en la muerte por el bautismo. Rom_6:4. Con El debemos resucitar y ser reanimados por su Espíritu. Si no comprendemos estas cosas, la muerte de Cristo y su entierro jamás se aprovecharán.
