(iii) Estaba el centurión. El endurecido soldado romano sería el equivalente de un comandante moderno. Habría peleado en muchas campañas y habría visto morir a muchos hombres; pero nunca había visto morir a nadie así, y estaba seguro de que Jesús era el Hijo de Dios. Si Jesús hubiera seguido vivo en este mundo, y enseñado y sanado, habría atraído a muchos a Sí; pero es en la Cruz donde habla directamente a los corazones humanos. –
(iv) Estaban las mujeres a cierta distancia. Estaban alucinadas, quebrantadas, inundadas de dolor pero estaban allí. Le amaban tanto que no podían dejarle. El amor se aferra a Cristo aun cuando la inteligencia no puede comprender. El amor es lo único que nos puede mantener unidos a Cristo de tal manera que hasta las experiencias más demoledoras no nos puedan arrancar de Él.
Hay todavía otra cosa que advertir: « El velo del Templo se rasgó por la mitad de arriba abajo.» Este era el velo que aislaba el Lugar Santísimo, al que no se podía entrar. Simbólicamente esto nos dice dos cosas.
(a) El acceso a Dios se abrió definitivamente. Al Lugar Santísimo solamente podía entrar el sumo sacerdote, y solamente una vez al año, el Día de la Expiación. Pero ahora, porque Jesús ha muerto por nosotros, el velo se ha rasgado, y el acceso a Dios está abierto para todos.
(b) Dentro del Lugar Santísimo moraba la misma esencia de Dios. Ahora, con la muerte de Jesús, el velo que ocultaba a Dios se ha rasgado, y Le podemos ver cara a cara. Dios ya no está escondido. Ya no hay que andar a tientas y suponer. Ahora podemos mirar a Jesús y decir: «Así es Dios. Así me ama Dios.»
EL QUE LE PRESTÓ SU TUMBA A JESÚS
Marcos 15:42-47
Cuando ya era por la tarde, como era el día de la preparación -es decir, el día antes del sábado-, José de Arimatea, que era un miembro respetado del consejo, y que esperaba el Reino de Dios, se aventuró a ir a Pilato a pedir el cuerpo de Jesús. Pilato se sorprendió de que ya hubiera muerto Jesús. Mandó llaMarcos al centurión, y le preguntó si hacía mucho que había muerto; y, cuando se enteró por el centurión de lo sucedido, le concedió a José el cuerpo de Jesús. Y José compró tela de lino fino, y bajó el cuerpo de Jesús de la Cruz, y le envolvió en el lino, y le puso en una tumba que había construido vaciando la roca; y rodó una gran piedra para cerrar la entrada. Y María de Magdala y María la madre de José vieron dónde se había puesto el cuerpo de Jesús.
Jesús murió a las 3 de la tarde del viernes, y el día siguiente era sábado. Ya hemos visto que los días empezaban a las 6 de la tarde; por tanto, cuando Jesús murió ya era el tiempo de preparación para el sábado, y no había tiempo que perder, porque después de las 6 entraría en vigor la ley del sábado y no se podría hacer ningún trabajo.
José de Arimatea actuó con diligencia. Ocurría con frecuencia que los cuerpos de los condenados a muerte no se llevaban a enterrar, sino se bajaban de la cruz y se dejaban a merced de los buitres y los demás animales carroñeros. De hecho se ha sugerido que Gólgota puede que recibiera ese nombre porque estaba sembrado de calaveras de ejecutados. José se dirigió a Pilato. Sucedía a menudo que los crucificados tardaban días en morir, y Pilato se sorprendió de saber que Jesús ya había muerto, sólo seis horas después de ser crucificado. Pero, cuando comprobó los Hechos con el centurión, le dio a José el cuerpo de Jesús.
José es un personaje evangélico sumamente interesante; y tal vez, como hemos dicho de Pedro en el momento de su debilidad, debamos revisar nuestro juicio acerca del discípulo secreto José de Arimatea.
(i) Hay algo trágico acerca de José. Era miembro del Sanedrín, y sin embargo no tenemos la menor insinuación de que dijera ni una palabra a favor de Jesús o interviniera de alguna manera a Su favor. José es el hombre que Le prestó a Jesús una tumba después de muerto, pero que guardó silencio cuando estaba vivo. Es una de las tragedias más corrientes de la vida el que guardemos las coronas de flores y los elogios para los muertos, cuando habría sido infinitamente mejor darles algunas de estas flores y palabras de aprecio cuando todavía estaban vivos.
(ii) Bien puede ser que fuera por José por quien se llegara a saber cómo había sido el juicio de Jesús ante el Sanedrín. Por supuesto que ninguno de los discípulos estaba allí. La información debe de haber venido de algún miembro del Sanedrín, y es probable que ése fuera José. En ese caso hizo una contribución importante al relato evangélico. Pero también puede ser, a juzgar por el coraje que desplegó José en este pasaje, que no le faltara tampoco en el Sanedrín, y que el hecho de que no tengamos noticias de sus intervenciones en el juicio de Jesús fuera debido más bien a su discreta humildad.
