Dejemos este pasaje con la profunda convicción de la enorme deuda que todos los creyentes debemos a Cristo. Todo lo que poseen, y son, y esperan, tiene su origen y fundamento en los actos y en la muerte del Hijo de Dios. Por su condenación serán ellos absueltos, por sus sufrimientos tienen paz, por su vergüenza gloria, y por su muerte vida. Sus pecados a El le fueron imputados, y la justicia de El a ellos se les imputa. No es de maravillarse que S. Pablo diga, «Gracias a Dios por su inenarrable don.» 2Co_9:15.
Finalmente al concluir las meditaciones-sobre este pasaje grabemos en nuestras almas la profunda convicción del amor indecible de Cristo. Recordemos que somos pecadores, malos, corrompidos y miserables, y que Jesús nuestro Señor es el Hijo eterno de Dios, el Creador de todas las cosas; y recordemos entonces también que Jesús por amor a nosotros sufrió voluntariamente la más penosa, la más terrible y la más afrentosa de las muertes. Seguramente que el recuerdo de ese amor nos obligará diariamente a vivir no para nosotros mismos, sino para Cristo ; nos debería dar voluntad y disposición para presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo a Aquel que vivió y murió por nosotros. 2Co_5:4 y Rom_12:1. Que la cruz de Cristo esté de continuo ante nuestros ojos; bien comprendida, ningún otro símbolo del Cristianismo puede tener sobre nuestras almas una influencia más santificante ni más consoladora.
Marcos 15:39-47
La muerte de nuestro Señor Jesucristo es el acontecimiento más importante del Cristianismo; en ella estriban las esperanzas de todos los pecadores redimidos, tanto en el tiempo como en la eternidad. No debemos, por tanto, sorprendernos al ver el empeño con que se establece cuidadosamente la realidad de su muerte de una manera indudable. En los versículos que acabamos ahora de leer se nos presentan tres clases diferentes de testigos del acontecimiento. El centurión romano que estaba cerca de la cruz, las mujeres que siguieron a nuestro Señor desde Galilea hasta Jerusalén, y los discípulos que lo enterraron, fueron todos testigos que Jesús murió realmente. Sus testimonios contestes están por encima de toda sospecha. No pudieron engañarse; lo que vieron no fue desmayo, ni trance, ni insensibilidad pasajera. Vieron a ese mismo Jesús que fue crucificado, entregar su espíritu, y obedecer hasta morir. Fijemos esta circunstancia en nuestras almas: nuestro Salvador murió real y verdaderamente.
Notemos ante todo en este pasaje, que mención Lan honrosa se hace aquí de las mujeres. Se nos dice especialmente, que cuando nuestro Señor exhaló el último suspiro «había unas mujeres que lo estaban mirando de lejos;» y se conservan los nombres de algunas de ellas. Se nos dice también que eran las mismas que habían seguido a nuestro Señor por Galilea y lo habían servido, y que allí había además «otras muchas mujeres que vinieron con el a Jerusalén..
Muy poco podíamos esperar que se nos relatasen estas circunstancias y pues debíamos suponer, que cuando todos los discípulos habían abandonado a nuestro Señor y huido, el sexo más débil y más tímido no se hubiera atrevido a presentarse como amigo da El. Esto prueba lo que la gracia puede hacer. Dios escoge algunas veces las cosas débiles de este mundo, para confundir a los poderosos, y los postreros suelen ser los primeros, y los primeros los postreros. La fe de las mujeres se mantiene firme y erguida algunas veces, cuando la de los hombres desfallece y se postra.
Pero es interesante descubrir en el Nuevo Testamento con cuanta frecuencia la gracia de Dios ha sido glorificada -en las mujeres, y cuantos beneficios plugo a Dios conferir por su medio a la iglesia, y al mundo. Vemos en el Antiguo Testamento que la trasgresión de la mujer fue la causa productora del pecado y do la muerte. Vemos en el Nuevo nacer a Jesús de una mujer y con ese nacimiento milagroso producirse la vida y la inmortalidad, tu el Antiguo Testamento a la mujer servir con frecuencia al hombre de obstáculo y de tropiezo. Las mujeres de antes del diluvio, y las historias de Sara, Rebeca, Raquel, Dalila, Bet-sabé, y Jezabel, son tristes ejemplos de esta verdad. Vemos generalmente en el Nuevo Testamento que las mujeres se mencionan sirviendo de ayuda y de sostén a la causa de la verdadera religión. Isabel, María, Marta, Dórcas, Lidia, y las mujeres que S. Pablo nombra en su epístola a los Romanos, son otros tantos comprobantes. El contraste es muy marcado, y es innecesario decir que sin duda es intencional. Es una de las muchas pruebas de que la gracia abunda más bajo el Evangelio que bajo la ley. Parece que el objeto es enseñarnos que las mujeres ocupan un lugar importante en la iglesia de Cristo, lugar que debe asignárseles, y que ellas deben ocupar. Hay en ella una gran obra que las mujeres pueden realizar en gloria de Dios sin ser maestros públicos. ¡Feliz la congregación en que las mujeres lo saben, y obran en conformidad con ese conocimiento.
Notemos además en este pasaje, que Jesús tiene amigos de quienes muy poco se sabe. Prueba convincente de ello es la aparición de ese José de Arimatea, que aquí se menciona por la primera vez. No conocemos la historia anterior de este hombre; no sabemos como aprendió a aMarcos a Cristo, y a experimentar el deseo de tributarle honor; ni nada tampoco sabernos de su historia ulterior así que nuestro Señor dejó este mundo. Todo lo que sabemos es la interesante narración de los hechos que estamos considerando. Se nos dice que «había esperado el reino de Dios,» y que en la época en que los discípulos del Señor lo habían abandonado «se dirigió valerosamente a Pilato, y le pidió con instancia el cuerpo de Jesús,» y lo enterró respetuosamente en su propio sepulcro. Otros habían honrado y confesado a nuestro Señor cuando lo veían haciendo milagros, pero José lo honró y se confesó discípulo suyo, cuando lo vio convertido en cadáver frió y ensangrentado. Otros habían manifestado su amor a Cristo cuando hablaba y vivía, pero José cuando estaba silencioso y muerto.
