De aquí la seguridad del creyente. Un Ser que jamás se cansa o se adormece, está siempre pensando en él, está siempre velando por su bienestar espiritual y proveyendo a las necesidades de su alma. «Jesús puede también salvar perpetuamente a los que por él se allegan a Dios.» Heb_7:25. Es bien sabido que Judas cayó y no volvió a levantarse, en tanto que Pedro cayó también, pero se arrepintió y fue contado otra vez en el número de los fieles. La razón de esa diferencia se encuentra en aquellas palabras que Jesucristo dirigió a Pedro: «Yo he rogado por ti que tu fe no falte.» Luk_22:32.
En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que Jesucristo no quiere que se quite a los creyentes del mundo, sino que se les guarde del malo.
Es bien seguro que nuestro Señor en su omnisciencia alcanzó a percibir en el corazón de sus discípulos un deseo ansioso de salir de este angustioso mundo.
Pocos en número y careciendo de fuerza, rodeados por todas partes por enemigos y perseguidores, no es extraño que quisieran alejarse de la arena del combate y ascender a las moradas eternas. Aun David dijo en cierto lugar; «¿Quién me diese alas como de paloma? -volaría y descansaría.» Psa_55:6. Sabiendo todo esto, nuestro Señor permitió para provecho de la iglesia que se trasladase al papel la parte de su oración que versa sobre el particular. De eso modo nos ha enseñado la gran lección de que es mejor que su pueblo permanezca en el mundo y sea preservado del mal, que no que sea alejado de todo contacto con el mal.
Ni es difícil percibir, después de alguna reflexión, que nuestro Señor pensó sabiamente sobre este, así como sobre todo otro asunto. Agradable como seria al creyente el que se le apartase de toda tentación, se advierte prontamente que no seria conveniente. ¿Cómo podrían los discípulos de Jesucristo hacer bien alguno en el mundo, si se les arrebatase de él tan luego como se convirtiesen? ¿Cómo darían a conocer el poder de la gracia, y someterían a prueba su fe, y su valor y su paciencia como leales soldados de un Señor crucificado? ¿Cómo podrían ser disciplinados para el cielo, y cómo aprenderían a estimar en su debido valor la expiación hecha por su Salvador? A preguntas de este linaje solo puede darse una sola contestación. Permanecer en este valle de lágrimas expuestos a todo sufrimiento, a toda tentación, a todo ataque es el medio más seguro de propender por la propia santificación y de glorificar a Jesucristo. Si fuéramos al cielo inmediatamente después de verificada nuestra conversión, se nos evitarían, sin duda, muchas molestias. Mas el camino más fácil no es siempre el que el deber nos señala. Quien desee ceñirse la corona de la gloria, tiene primero que llevar a cuestas la cruz, y ser luz en medio de las tinieblas y sal en medio de la corrupción. «Si sufrimos, también reinaremos con él.» 2Ti_2:11, Si tenemos razón para creer que somos verdaderos discípulos de Jesucristo, estemos persuadidos de que nuestro Maestro sabe mejor que nosotros qué es lo que nos conviene. Encomendémonos completamente en sus manos, y contentémonos con vivir en este mundo todo el tiempo que él quiera, con tal de que seamos preservados del mal.
