(iv) Jesús pidió que Sus discípulos estuvieran consagrados a la verdad. La palabra para consagrar es haguiazein, que viene del adjetivo haguios, que en la versión Reina-Valera se traduce por santo, pero cuyo sentido más radical es diferente o separado. Según esto, haguiazein tiene dos ideas principales.
(a) Quiere decir separado para una tarea especial. Cuando Dios llamó a Jeremías, le dijo: «Antes de formarte en el vientre te conocí, y antes de que nacieras te consagré, nombrándote profeta de las naciones» (Jer_1:5 ). Desde antes de su nacimiento, ya Dios había separado a Jeremías para un ministerio especial. Cuando Dios estaba instituyendo el sacerdocio en Israel, le dijo a Moisés que ordenara a los hijos de Aarón y los consagrara para que ministraran como sacerdotes (Exo_28:41 ). Los hijos de Aarón fueron apartados para un ministerio y deber especiales.
(b) Pero haguiazein quiere decir, no sólo apartar para algún ministerio o tarea especial, sino también equipar a una persona con las cualidades de mente, corazón y carácter que le serán necesarias para la tarea. Si una persona ha de servir a Dios, debe tener algo de la bondad y de la sabiduría de Dios en sí misma. El que ha de servir al Dios santo tiene que ser también santo. Y así Dios, no sólo escoge a una persona para una tarea especial y la aparta con ese fin, sino que la equipa con las cualidades que necesitará para llevarla a buen término.
Debemos recordar siempre que Dios nos ha escogido y consagrado para un servicio especial, que es amarle y obedecerle, y traerle a otros para que hagan lo mismo. Y Dios no nos deja a merced de nuestros propios recursos, sino nos guarnece en Su gracia para la tarea si ponemos nuestra vida en Sus manos.
UN ATISBO DEL FUTURO
Juan 17:20-21
-No es sólo por estos por los que Te pido, sino también por los que van a creer en su testimonio de Mí. Y Mi oración es para que todos ellos sean una cosa como Tú, oh Padre, eres en Mí, y Yo en Ti; para que ellos estén en Nosotros para que el mundo crea que Tú Me enviaste.
En esta sección, la oración de Jesús ha ido extendiéndose gradualmente hasta abarcar todos los límites de la Tierra. Empezó pidiendo por Sí mismo al encontrarse frente a la Cruz. Pasó luego a pedir por Sus discípulos, y por el poder protector de Dios para ellos. Ahora Su oración remonta el vuelo para contemplar el futuro y los países distantes, y ora por todos los que en tierras y edades todavía lejanas llegarán a conocer y aceptar el Evangelio.
Aquí se nos despliegan dos grandes características de Jesús. La primera: contemplamos Su fe integral y Su radiante certeza. En aquel momento Sus seguidores eran pocos; pero, aun con la Cruz cerrándole aparentemente el paso, Su confianza permanecía inalterable, y estaba pidiendo por los que llegarían a creer en Su nombre. Este pasaje debería sernos especialmente precioso, porque en él vemos a Jesús orando por nosotros. La segunda: vemos la confianza que tenía en Sus hombres. Sabía que no habían llegado a entenderle del todo; sabía que al cabo de muy poco tiempo iban a abandonarle cuando más los necesitara. Sin embargo Jesús veía en esos mismos hombres, con una confianza total, a los que iban a extender Su nombre por todo el mundo. Jesús no perdió nunca ni la fe en Dios ni la confianza en Sus hombres.
¿Cuál fue Su oración por lo que llegaría a ser la Iglesia? Que todos sus miembros fueran una sola cosa, como lo eran El y el Padre. ¿Qué era esa unidad por la que Jesús pedía? No era una unidad de administración u organización; no era, en ningún sentido, una unidad eclesiástica. Era una unidad de relación personal. Ya hemos visto que la unión entre Jesús y Dios era la del amor y la obediencia. Era la unidad del amor la que Jesús pedía al Padre, una unidad en la que las personas se amaran porque Le amaban a Él, una unidad basada totalmente en una relación de corazón a corazón.
Los cristianos no van a organizar sus iglesias nunca de la misma manera en todas partes. Nunca darán culto a Dios exactamente de la misma forma. Ni siquiera llegarán a creer exactamente las mismas cosas y de la misma manera. Pero la unidad cristiana trasciende todas esas diferencias y une a las personas en amor. La causa de la unidad cristiana en el momento presente, como, por supuesto, a lo largo de toda la historia sufre y peligra porque los seres humanos aman sus propias organizaciones eclesiásticas, sus credos y sus rituales, más que a sus hermanos. Si nos amáramos realmente los unos a los otros y a Cristo no habría iglesias que excluyeran a nadie que fuera discípulo de Cristo. El amor que Dios planta en el corazón de las personas es lo único que puede demoler las barreras que se han erigido entre unos y otros y entre sus respectivas iglesias.
Además, según lo vio y lo pidió Jesús, había de ser precisamente esa unidad la que convenciera al mundo de la verdad del Evangelio y del lugar de Cristo. Es más fácil y natural para los humanos el estar divididos que el estar unidos. Es más humano para las personas el disgregarse que el congregarse. La unidad verdadera entre todos los cristianos sería «un hecho tan sobrenatural que revelaría una intervención sobrenatural.» Y lo trágico es que ese frente unido es lo que la Iglesia no le ha presentado nunca al mundo. Ante la desunión de los cristianos, el mundo no puede ver el valor supremo de la fe cristiana. Es nuestra obligación personal el demostrar esa unidad del amor con los semejantes que es la respuesta a la oración de Cristo. Los de a pie en las iglesias podemos y debemos hacer lo que los líderes y responsables se niegan oficialmente a hacer.
