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Apocalipsis 3: La carta a Sardes

Escribe al ángel de la Iglesia de Sardes: Estas cosas las dice el Que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas. Yo conozco tus obras; sé que tienes fama de estar vivo, pero que en realidad estás muerto. Manténte en guardia, y fortalece lo que queda y lo que está para morir. No he encontrado tus obras concluidas delante de Mi Dios. Acuérdate por tanto de cómo recibiste y aceptaste el Evangelio, y cúmplelo, y arrepiéntete. Porque si no estás en guardia, vendré como un ladrón sin que sepas a qué hora te sorprenderé. Pero tienes unas pocas personas en Sardes que no se han ensuciado las vestiduras, y se pasearán conmigo con vestiduras blancas, porque se lo merecen. El que obtenga la victoria será vestido de ropas blancas, y Yo no borraré su nombre del Libro de la Vida, sino que reconoceré su nombre en presencia de Mi Padre y de Sus ángeles. El que tenga oídos, que preste atención a lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias.

Sardes, esplendor ayer y decadencia hoy

Sir W M. Ramsay decía de Sardes que era el ejemplo más típico del contraste melancólico entre un pasado esplendoroso y un presente ruinoso. Sardes era la ciudad degradada. Setecientos años antes de que se le escribiera esta carta, Sardes había sido una de las mayores ciudades del mundo. Allí reinaba el rey de Lidia sobre su imperio con esplendor oriental. Por aquel entonces Sardes era una ciudad de Oriente, y era hostil al mundo griego. Esquilo escribió de ella: « Los moradores de Tmolo decidieron aceptar el yugo de la Hélade.»

Sardes estaba en medio de la llanura del valle del río Hermo. A1 Norte de esa llanura se erguía la gran sierra del Monte Tmolo, de la que salían, a manera de espolones, una serie de colinas cada una de las cuales formaba una estrecha meseta. En uno de esos espolones, unos quinientos metros monte arriba, estaba la Sardes original. Está claro que su posición la hacía casi inexpugnable. Los lados del espolón eran suaves precipicios; y solamente donde se encontraban con la cordillera del Monte Tmolo había una cierta posibilidad de acceder a Sardes, y hasta ese camino era duro y empinado. Se ha dicho que Sardes permanecía como una atalaya gigantesca vigilando el valle del Hermo. Llegó un tiempo en que el estrecho espacio en la cumbre de la meseta era demasiado pequeño para la expansión de la ciudad; y Sardes creció alrededor del pie del espolón sobre el que estaba la ciudadela. El nombre Sardes (Sardeis en griego) es en realidad un plural, porque se trataba de dos pueblos: uno en la meseta y otro abajo en el valle.

La riqueza de Sardes era legendaria. Por en medio del pueblo de abajo fluía el río Pactolo, que se decía en los días antiguos que tenía aguas auríferas de las que procedía mucha de la riqueza de Sardes. El más famoso de los reyes de Sardes fue Creso, cuyo nombre se hizo proverbial por su riqueza. Fue bajo su reinado cuando Sardes alcanzó su cenit y se precipitó a su desastre.

No es que no se le advirtiera a Creso adónde se dirigía Sardes. Solón, el más sabio de los griegos, vino de visita y se le mostraron la magnificencia y el lujo. Vio la gran confianza de Creso y su pueblo en que nada podía poner fin a ese esplendor; pero también vio que las señales de la blandura y de la degeneración se estaban sembrando. Y fue entonces cuando pronunció su famoso dicho a Creso: « No llames feliz a nadie hasta que esté muerto.» Solón conocía demasiado bien los azares y avatares de la vida que Creso había olvidado o no tenía en cuenta.

Creso se embarcó en una guerra con Ciro de Persia que fue el final de la grandeza de Sardes. De nuevo le advirtieron a Creso, pero él desoyó la advertencia. Para llegar a los ejércitos de Ciro tenía que cruzar el río Halis. Fue a buscar consejo del famoso oráculo de Delfos, que le dijo: « Si cruzas el río Halis destruirás un gran imperio.» Creso lo tomó como una promesa de que aniquilaría a los persas; nunca se le pasó por la mente que era una profecía de que la campaña en la que se había metido sería el final de su propio poder.

Cruzó el Halis, se enzarzó la batalla y Creso fue derrotado. No se preocupó lo más mínimo, porque creía que lo único que tenía que hacer era retirarse a la ciudadela inexpugnable de Sardes, recuperarse y luchar otra vez. Ciro inició el asedio de Sardes, esperó catorce días, y entonces ofreció una recompensa especial al que descubriera una entrada en la ciudad.

La roca sobre la que estaba construida Sardes era friable, más como un paquete de barro seco que como una roca. La naturaleza de la roca hacía que se le formaran grietas. Cierto soldado persa llamado Hyeroeades vio a un soldado de Sardes al que se le había cáído el yelmo de las almenas que bajaba por un sendero del precipicio a buscarlo. Hyeroeades supuso que habría una griega de la roca por la que alguien que fuera ágil podría escalar. Aquella misma noche guió a un pelotón de soldados persas por la grieta de la roca. Cuando llegaron a las fortificaciones se las encontraron totalmente indefensas. Los de Sardes se consideraban demasiado a salvo para tener que montar la guardia; y así fue como cayó Sardes. Una ciudad con una historia así sabía lo que le quería decir el Cristo Resucitado cuando dijo: « ¡Velad!»

Hubo unos pocos intentos de rebelión que no tuvieron éxito; pero Ciro siguió una política deliberada: prohibió a todos los habitantes de Sardes que tuvieran armas de guerra. Les mandó usar túnicas y zapatillas en vez de sandalias militares. Les ordenó que enseñaran a sus hijos a tocar la lira, a cantar y a bailar y a vender al por menor. Sardes había sido floja antes; pero el último vestigio de espíritu se desterró, y se convirtió en una ciudad degenerada.

Desapareció de la Historia bajo el dominio persa durante dos siglos. A su debido tiempo se rindió a Alejandro Magno, que la convirtió en una ciudad de cultura griega. Y entonces la historia se repitió otra vez. Después de la muerte de Alejandro Magno hubo muchos candidatos a asumir el poder. Antíoco, que se hizo con el mando de la región en la que estaba Sardes, estaba en guerra con un rival que se llamaba Aqueo, que buscó refugio en Sardes. Antíoco sitió la ciudad durante todo un año; entonces un soldado llamado Lagoras repitió la hazaña de Hyeroeades. Por la noche, con una banda de valientes, escaló los escarpados riscos. Los de Sardes habían olvidado la lección; no había nadie de guardia, y Sardes cayó otra vez por no ser vigilante.

A su debido tiempo llegaron los romanos. Sardes seguía siendo una ciudad rica. Era el centro de la industria de la lana, y pretendía haber descubierto el arte de teñirla. Llegó a ser una ciudad romana de refugio. El año 17 d.C. fue destruida por un terremoto que asoló toda la zona. El emperador romano Tiberio tuvo la amabilidad de perdonarle el tributo durante cinco años y le hizo una donación de diez millones de sestercios, como cien millones de pesetas, pero teniendo en cuenta que el jornal de un obrero era el equivalente a diez pesetas.

Cuando Juan le escribió esta carta, Sardes era una ciudad rica pero degenerada. Hasta la antes gran ciudadela ya no era más que un monumento antiguo en la cima de la colina. Era una ciudad sin vida y sin espíritu. Sus habitantes eran blandos, los descendientes de aquellos que perdieron la ciudad en dos ocasiones porque eran demasiado perezosos para estar de guardia. En esa atmósfera deprimente también la iglesia cristiana había perdido su vitalidad y era un cuerpo muerto más que una iglesia viva.

Sardes, muerte en vida

A1 principio de esta carta el Cristo Resucitado Se describe en dos frases.

(i) Él es el Que posee los siete Espíritus de Dios. Ya nos hemos encontrado esta extraña frase en Apocalipsis 1:4. Su significado tiene dos aspectos.

(a) Denota el Espíritu con Sus siete dones, una idea basada en la descripción del Espíritu en Isaías 11:2.

(b) Denota el Espíritu en Sus siete operaciones: Hay siete iglesias, pero en cada una de ellas el Espíritu opera con toda Su presencia y poder. Los siete Espíritus representan la plenitud de los dones del Espíritu y de Su presencia.

(ii) Él es el Que tiene las siete estrellas, que representan las siete iglesias y sus ángeles. La Iglesia es posesión de Jesucristo. Muchas veces los hombres actúan como si la Iglesia les perteneciera a ellos, pero pertenece a Jesucristo y todos los que hay en ella son Sus siervos. En cualquier decisión acerca de la Iglesia el factor decisivo debe ser, no lo que cualquier persona quiera que se haga, sino lo que Jesucristo quiere que se haga.

La terrible acusación que se hace contra la iglesia de Sardes es que, aunque tiene fama de estar viva, está de hecho espiritualmente muerta. El Nuevo Testamento compara frecuentemente el pecado con la muerte. En las Epístolas Pastorales leemos: « Pero la que se entrega a los placeres, viviendo, está muerta» (1 Timoteo 5:6). El Hijo Pródigo es el que estaba muerto y está vivo otra vez (Lucas 15:24). Los cristianos de Roma son personas que han pasado de estar entre los muertos a estar entre los vivos (Romanos 6:13). Pablo dice que sus conversos, en sus días precristianos, estaban muertos en sus delitos y pecados (Efesios 2:1-5).

(i) El pecado es la muerte de la voluntad. Si uno acepta las invitaciones del pecado durante un tiempo suficientemente largo, llega a un estado cuando ya no puede aceptar ninguna otra invitación. Los hábitos se apoderan de él de tal manera que ya no puede romper con ellos. Uno llega, como decía Séneca, a aborrecer sus pecados y a amarlos al mismo tiempo. Habrá pocos entre nosotros que no hayan experimentado el poder de algún hábito en el que hayan caído.

(ii) El pecado es la muerte de los sentimientos. El proceso hasta llegar a ser esclavo del pecado no transcurre de la noche a la mañana. La primera vez que una persona comete un pecado lo hace con muchos remordimientos. Pero llega el día, si sigue frecuentando lo que le está prohibido, cuando hace sin ningún remordimiento lo que en un tiempo le habría horrorizado. El pecado, como decía Bums, «petrifica el sentimiento.»

(iii) El pecado es la muerte de todo lo amable. Lo terrible del pecado es que puede apoderarse de las cosas más preciosas y convertirlas en algo horrible. Por medio del pecado la aspiración de lo más alto se convierte en un anhelo de poder; el deseo de servir puede llegar a ser una intoxicación de ambición; el deseo de amor puede degenerar en una pasión de concupiscencia. El pecado es el asesino de todo lo precioso que hay en la vida. Solo por la gracia de Dios podemos escapar a la muerte del pecado.

Sardes, una iglesia sin vida

La falta de vida de la iglesia de Sardes tenía un efecto extraño.

(i) La iglesia de Sardes no tenía el problema de ninguna herejía. La herejía siempre es el producto de una mente inquisitiva; es, de hecho, señal de que una iglesia está viva. No hay nada peor que el estado de uno que es ortodoxo porque es demasiado perezoso para pensar las cosas por sí mismo. Mejor cuenta le traería una herejía que le preocupara sincera e intensamente que una ortodoxia que le trajera sin cuidado.

(ii) La iglesia de Sardes no era objeto de ningún ataque desde el exterior, ni por parte de los paganos ni de los judíos. La verdad es que estaba tan muerta que no valía la pena atacarla. Las Epístolas Pastorales describen a los que se habían desviado de la fe verdadera pretendiendo tener una forma de piedad pero mostrando que no tenía ninguna eficacia (2 Timoteo 3:5). El Nuevo Testamento Original lo traduce: «Con fachada de religiosidad, pero desmintiendo su eficacia.» Y el Nou Testament ‹79: « Es donen una aparenga de pietat, peró no en coneixen pas la forga transformadora.»

Una iglesia que esté viva de veras siempre estará bajo ataques. «¡Ay de vosotros -decía Jesús-, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!» (Lucas 6:26). Un iglesia con un mensaje positivo es impepinable que tenga que arrostrar oposición.

Una iglesia que esté tan aletargada que deje de producir una herejía está mentalmente muerta; y una iglesia que sea tan negativa como para dejar de suscitar oposición está muerta en su testimonio de Cristo.

¡Sardes, alerta!

Si hay algo que todavía se pueda rescatar de la ruina inminente de la iglesia de Sardes, los cristianos deben despertar del letargo mortal y mantenerse alerta. Es este el mandamiento que aparece más frecuentemente en el Nuevo Testamento.

(i) El estado de alerta debe ser la actitud constante del cristiano. « Ya es hora -dice Pablo- de despertar del sueño» (Romanos 13:11). «Velad, estad firmes en la fe, portaos varonilmente y esforzaos» (1 Corintios 16:13). Se ha dicho que «la vigilancia eterna es el precio de la libertad,» y el estado eterno de alerta es el precio de la salvación.

(ii) El cristiano debe estar vigilante frente a las tretas del diablo (1 Pedro 5: 8). La historia de Sardes tenía ejemplos vivos de lo que le sucede a una guarnición que se descuida en la guardia. El cristiano está bajo constantes ataques de los poderes que tratan de apartarle de Cristo. A menudo estos ataques son sutiles. Debe, por tanto, mantenerse alerta.

(iii) El cristiano debe estar en guardia contra la tentación. «Velad y orad-dijo Jesús-para no caer en tentación» (Mateo 26:41). La tentación espera a que bajemos la guardia para atacarnos. En la vida cristiana hay que mantener una vigilancia constante contra ella.

(iv) Repetidamente el Nuevo Testamento exhorta al cristiano a estar en guardia esperando la llegada del Señor. «Velad por tanto -decía Jesús- porque no sabéis qué día viene vuestro Señor» « Lo que os digo a vosotros se lo digo a todos: ¡Alerta!» (Mateo 24:42s; Marcos 13:37). « No durmamos como los demás -escribe Pablo-, sino vigilemos y seamos sobrios» (1 Tesalonicenses 5:6). Nadie sabe el día ni la hora en que para él la eternidad invadirá el tiempo. « El último día es un secreto decía Agustín- para que estemos alerta todos los días.»

(v) El cristiano debe estar en guardia contra la falsa enseñanza. En el mensaje de despedida de Pablo a los ancianos de Éfeso les advierte que hay lobos rapaces que invadirán el aprisco, y que desde dentro se levantarán personas que hablarán cosas perversas. «Por tanto, ¡velad!» (Hechos 20:29-31).

(vi) El cristiano tampoco debe olvidar que, aunque él esté alerta esperando a Jesucristo, Jesucristo le está vigilando a él. «No he encontrado tus obras concluidas -dice el Cristo Resucitado- a la vista de Mi Dios.» Aquí nos salen al encuentro dos grandes verdades.

(a) Cristo espera algo de nosotros. A menudo Le consideramos Alguien a Quien acudimos en busca de cosas: Su fuerza, Su ayuda, Su apoyo, Su consuelo. Pero no debemos olvidar que Él espera nuestro amor, lealtad y servicio.

(b) Lo que debemos hacer está en nuestra mano. El viejo dicho es cierto: «Fatalidad es lo que no tenemos más remedio que hacer; destino es lo que debemos hacer.» El cristiano no cree en una fatalidad inevitable; pero sí cree en un destino que puede aceptar o rechazar. De cada uno de nosotros Cristo espera algo; y a cada uno de nosotros nos corresponde hacer algo.

Sardes, imperativos del Cristo Resucitado

En el versículo 3 tenemos una serie de imperativos.

(i) El Cristo Resucitado dice: «Acuérdate de cómo recibiste y aceptaste el Evangelio.» Es el imperativo de presente y quiere decir: «Mantén vivo tu recuerdo; no dejes nunca que se te olvide.» El Cristo Resucitado les está diciendo a los cristianos aletargados de Sardes que tengan presente siempre la emoción con que oyeron por primera vez la Buena Nueva. Es un hecho de la vida que hay cosas que agudizan la memoria que se ha vuelto insensible. Cuando, por ejemplo, volvemos a una tumba, el dolor al que los años han quitado el filo vuelve a ser agudo otra vez. Una y otra vez el cristiano debe encontrarse ante la Cruz y recordar lo que Dios ha hecho por él en Jesucristo.

(ii) El Cristo Resucitado dice: «¡Arrepiéntete!» Este es un imperativo de aoristo y describe una acción concreta. En la vida cristiana debe haber un momento decisivo, cuando una persona decida dejar el viejo camino y empezar uno nuevo.

(iii) El Cristo Resucitado dice: «Cumple los mandamientos del Evangelio.» Aquí tenemos de nuevo un imperativo de presente que indica una acción continua. Quiere decir: « No dejes nunca de cumplir los mandamientos del Evangelio.» Aquí tenemos una advertencia contra lo que podríamos llamar « un cristianismo discontinuo.» Muchos de nosotros somos cristianos a ratos, pero la mayor parte de las veces nos portamos como si no lo fuéramos.

(iv) Hay el mandamiento de velar. Hay un antiguo dicho latino: «Los dioses andan con los pies envueltos en lana.» Su llegada es silenciosa e inadvertida, hasta que uno se encuentra sin previo aviso ante la eternidad. Pero eso no les sucede a los que viven todos los días en la presencia de Cristo; al que camina con Él no le puede pillar por sorpresa Su venida.

Sardes los pocos fieles

En el versículo 4 brilla a través de la oscuridad un rayito de esperanza. Hasta en Sardes hay unos pocos fieles. Cuando Abraham estaba intercediendo ante Dios por Sodoma, Le decía: «Lejos de Ti que hagas morir al justo con el impío» (Génesis 18:25). En la antigua historia de los reyes, Abías fue el único de los hijos de Jeroboam que fue sepultado normalmente, porque en él se halló alguna cosa buena delante del Señor (1 Reyes 14:13). Dios nunca deja de buscar a los fieles, que no se Le pierden en la multitud de los malvados.

Se dice de los fieles que «no se han ensuciado las vestiduras.» Santiago hablaba con respeto y admiración de la persona que se guardaba «sin mancha del mundo» (Santiago 1:27). Aquí puede haber dos alusiones.

(i) En el mundo pagano no se le permitía a ningún adorador acercarse al templo de los dioses con la ropa sucia. Para los paganos se trataba de la limpieza exterior; pero aquí puede que describa a la persona que ha mantenido el alma limpia para poder entrar a la presencia de Dios sin ser avergonzada.

(ii) Swete cree que las vestiduras blancas representan la profesión de fe que se hacía en el bautismo; y que la frase describe a la persona que no había quebrantado sus votos bautismales. En esta etapa de la Historia de la Iglesia el bautismo era de creyentes, y en su bautismo una persona se comprometía personalmente con Jesucristo. Esto es aún más probable porque era costumbre vestir a las personas con vestiduras limpias blancas cuando salía del agua simbolizando así la pureza de su nueva vida. A eso alude la expresión española «estar in albis,» que se refiere a la inocencia de los recién bautizados. La persona que es fiel a su compromiso escuchará sin duda algún día a Dios decirle: « ¡Bien hecho!»

Para los que han sido leales la promesa es que caminarán con Dios. Aquí también hay un doble trasfondo.

(a) Puede que sea un trasfondo pagano. En la corte persa, a los favoritos del rey de más confianza se les concedía el privilegio de pasearse con él por los jardines del palacio, y se los llamaba «Los compañeros del Jardín.» Los que hayan sido leales a Dios se pasearán algún día con Él en el Paraíso.

(b) Puede que se haga referencia a la antigua historia de Henoc: « Can-finó, pues, Henoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios» (Génesis 5:24). Henoc anduvo con Dios en la tierra, y siguió andando con Dios en los lugares celestiales. El que se conduce de acuerdo con Dios en la tierra gozará de Su íntima compañía cuando llegue al final de su vida presente.

Sardes, la triple promesa

A los que hayan sido fieles se les hace una triple promesa. (i) Serás vestidos con ropas blancas. Se decía de los íntegros que «resplandecerán como el Sol en el reino de su Padre» (Mateo 13:43); y se dice de Dios que Se cubre de luz como con una túnica (Salmo 104:2). ¿Qué significan las vestiduras blancas?

(a) En el mundo antiguo representaban la alegría de las fiestas. «Que en todo tiempo sean blancos tus vestidos -decía el Predicador-, y nunca te falte perfume en la cabeza» (Eclesiastés 9: 8). La ropa blanca puede que represente el hecho de que los fieles serán huéspedes en el banquete de Dios.

(b) En el mundo antiguo las vestiduras blancas representaban la victoria. Cuando se celebraba un triunfo romano, todos los ciudadanos se vestían de blanco; la ciudad misma se decía que era urbs candida, que estaba de blanco. Las vestiduras blancas puede que representen la recompensa de los que hayan obtenido la victoria.

(c) En cualquier país y época el blanco es el color de la pureza, y según esto las vestiduras blancas puede que representen la pureza cuya recompensa es ver a Dios. « Bienaventurados los puros de corazón, porque serán los que vean a Dios» (Mateo 5:8).

(d) Se ha sugerido que las vestiduras blancas representan los cuerpos de la resurrección que tendrán algún día los fieles. Los que hayan sido fieles participarán de la blancura de la luz que es la túnica de Dios mismo.

No tenemos que escoger entre estos diversos significados; bien podemos creer que están incluidos todos en la grandeza de esta promesa.

(ii) Sus nombres no serán borrados del Libro de la Vida. El Libro de la Vida es una concepción que se encuentra a menudo en la Biblia. Moisés estaba dispuesto a que su nombre fuera borrado del libro que Dios había escrito si su sacrificio pudiera salvar a su pueblo de las consecuencias de su pecado (Éxodo 32:32s). El salmista esperaba que los malvados fueran borrados del libro de los vivientes (Salmo 69:28). Cuando llegue el juicio, los que estén escritos en el Libro de la vida serán librados (Daniel 12:1). Los nombres de los colaboradores de Pablo están escritos por Dios en el Libro de la Vida (Filipenses 4:3). El que no esté escrito en el Libro de la Vida será arrojado al lago de fuego (Apocalipsis 20:15); solo los que estén escritos en el Libro de la Vida del Cordero entrarán en la bendición eterna (Apocalipsis 21:27).

En el mundo antiguo los reyes guardaban un registro de sus ciudadanos. Cuando uno cometía un crimen contra el estado, o cuando moría, se tachaba su nombre de ese registro. El que el nombre de uno fuera escrito en el Libro de la Vida era que le contaran entre los fieles ciudadanos del Reino de Dios.

(iii) Jesucristo confesará sus nombres ante Su Padre y Sus ángeles. Jesús prometió que al que Le confesara delante de los hombres, Él le confesaría delante de Su Padre; y al que Le negara, Él también le negaría delante de Su Padre (Mateo 10:32s; Lucas 12: 8s). Jesucristo es eternamente fiel con la. persona que Le es fiel.

La carta a Filadelfia

Escribe al ángel de la Iglesia de Filadelfia. Estas cosas te las dice el Que es santo, el Que es verdadero, el Que tiene la llave de David, el Que abre de manera que nadie puede cerrar, y cierra de manera que nadie puede abrir. Yo conozco tus obras. Fíjate: Yo te presento una puerta que permanece abierta y que nadie puede cerrar; porque tienes un poco de fuerza, y porque has guardado Mi Palabra, y no has negado Mi Nombre. Fíjate: Yo te entregaré a los que pertenecen a la sinagoga de Satanás, que se tienen por judíos sin serlo, sino que mienten. Fíjate: Yo los haré venir a arrodillarse a tus pies, para que se enteren de que Yo te he amado. Como tú has guardado mi mandamiento de mantenerte firme, Yo también te mantendré a salvo en la hora de la prueba que ha de venir sobre todo el mundo habitado para poner a prueba a todos los que moran en la tierra. Yo vengo pronto. Retén lo que tienes, para que nadie te prive de tu corona. Al que obtenga la victoria Yo le haré un pilar en el templo de Mi Dios para que ya nunca tenga que salir, – y escribiré sobre él el Nombre de Mi Dios y el nombre de la ciudad de Mi Dios, de la nueva Jerusalén que desciende del Cielo de Mi Dios, y Mi Nombre nuevo. El que tenga oídos, que preste atención a lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias.

Filadelfia la ciudad de la alabanza

Filadelfia era la más joven de las siete ciudades. La habían fundado unos colonizadores de Pérgamo en el reinado de Atalo II, que reinó en Pérgamo de 159 a 138 a.C. Filádelfos quiere decir en griego el que ama a su hermano. Tal era el amor que Atálo le tenía a su hermano Eumenes que se llamó Filadelfo, y de él tomó su nombre la ciudad.
Fue fundada con un propósito especial. Estaba situada en la confluencia de las fronteras de Misia, Lidia y Frigia. Pero no fue para ser una ciudad guarnición para lo que fue fundada, porque no había muchos peligros en la zona, sino con la intención deliberada de que fuera misionera de la cultura y lengua griega hacia Lidia y Frigia; y tan bien cumplió su misión que hacia el año 19 d.C. los lidios ya habían olvidado su propio lenguaje y les faltaba poco para ser griegos. Ramsay dice que Filadelfia era «el centro de difusión de la lengua y de las letras griegas en una tierra pacífica y por medios pacíficos.» Eso es lo que el Cristo Resucitado quiere decir cuando habla de la puerta abierta que les presenta a los cristianos filadelfos. Tres siglos antes se le había dado a Filadelfia una puerta abierta para que extendiera las ideas griegas en las tierras de más allá, y ahora se le presentaba otra oportunidad misionera todavía más gloriosa: la de llevar el Mensaje del amor de Jesucristo a los que no lo conocían.

Filadelfia tenía una característica que ha dejado su impronta en la carta. Estaba al borde de una gran llanura que se llamaba la Katakekaumené, que quiere decir la Tierra Quemada. La Katakekaumené era una gran llanura volcánica en la que quedaban las señales de la lava y de las cenizas de los volcanes ya extintos. Tal tierra era fértil; y Filadelfia era el centro de una gran área vitícola y de producción de vinos. Pero tal situación tenía sus peligros, que también habían dejado sus señales en Filadelfia más profundamente que en ninguna otra ciudad. El año 17 d.C. se produjo un gran terremoto que destruyó Sardes y otras diez ciudades. En Filadelfia se siguieron produciendo temblores de tierra durante otros muchos años; Estrabón la describe como cuna ciudad propensa a los terremotos.»

Sucede a menudo que cuando se produce un gran terremoto la gente lo asume con coraje y dominio propio, pero el que se sucedan temblores de tierra menores causa un verdadero pánico. Eso era lo que sucedía en Filadelfia. Estrabón describe la escena. Los temblores se habían convertido en un suceso cotidiano. Aparecían grietas amenazadoras en las paredes de las casas. Un día aparecía en ruinas una parte de la ciudad, y otro otra. La mayor parte de la población vivía fuera de la ciudad, en chalés, y tenía miedo de ir al centro por si se le caía encima una pared. Se tenía por locos a los que seguían viviendo en la ciudad; se pasaban la vida apuntalando los edificios que bradizos, y huyendo de cuando en cuando a los espacios abiertos para ponerse a salvo. Estos día terribles no se olvidaban nunca en Filadelfia, y sus habitantes siempre estaban esperando inconscientemente los terribles temblores del suelo, dispuestos a salir corriendo para salvar la vida. Los vecinos de Filadelfia sabían muy bien que su seguridad dependía de la promesa de que «ya no tendrían que salir más.»

Pero aún hay más reflejos de la historia de Filadelfia en esta carta. Cuando el gran terremoto la devastó, Tiberio fue tan generoso con Filadelfia como lo había sido con Sardes. En agradecimiento cambió su nombre por el de Neocesarea -la nueva ciudad del César. En tiempos de Vespasiano Filadelfia mostró su agradecimiento otra vez cambiándose de nombre por el de Flavia, porque el patronímico del emperador era Flavio. Es verdad que ninguno de estos nuevos nombres duró gran cosa, y se le restauró el de «Filadelfia». Pero los de Filadelfia sabían muy bien lo que era recibir « un nombre nuevo.»

De todas las ciudades, Filadelfia es la que recibe más alabanzas, lo cual es señal de que se las merecía. En días posteriores llegó a ser una ciudad muy importante. Cuando los turcos y el mahometismo inundaron Asia Menor y todas las demás ciudades habían caído, Filadelfia se mantuvo en pie. Durante siglos fue la única ciudad cristiana libre en medio de una tierra no cristiana. Fue el último baluarte del cristianismo asiático. No cayó hasta mediado el siglo XIV; y hasta este día hay un obispo y un millar de cristianos en ella. Con la excepción de Esmirna, las otras iglesias están en ruinas; pero Filadelfia sigue enarbolando la bandera de la fe cristiana.

Filadelfia títulos y derechos

En la introducción de esta carta el Cristo Resucitado Se identifica con tres títulos, cada uno de los cuales implica un tremendo derecho.

(i) Es el Que es santo. Santo es una descripción de Dios mismo. « Santo, Santo, Santo es el Señor de los Ejércitos,» era el himno de los serafines que oyó Isaías (Isaías 6:3). «¿A qué, pues, Me haréis semejante o Me compararéis?, dice el Santo» (Isaías 40:25). «Yo soy el Señor, vuestro Santo, el Creador de Israel, vuestro Rey» (Isaías 43:15). En todo el Antiguo Testamento, Dios es el Santo; y aquí se Le da ese título al Cristo Resucitado. Debemos recordar que santo (háguios) quiere decir diferente, separado. Dios es santo porque es diferente de los hombres; tiene esa cualidad de ser que Le pertenece exclusivamente a Él. Decir que Jesucristo es santo es decir que Él participa del ser de Dios.

(ii) Es el Que es verdadero. En griego hay dos palabras que se traducen por verdadero: aléthés, en el sentido en que una afirmación verdadera es diferente de una afirmación falsa; y aléthinós, que quiere decir real en contraposición a lo que es irreal. Es la segunda de estas dos palabras la que se usa aquí. En Jesús se encuentra la realidad. Cuando nos encontramos cara a cara con Él, no nos encontramos ante un bosquejo confuso de la verdad, sino. con la verdad misma.

(iii) Es el Que tiene la llave de David, el Que abre de manera que nadie puede cerrar, y cierra de manera que nadie puede abrir. Notemos en primer lugar que la llave es el símbolo de la autoridad. Aquí tenemos la descripción de Jesucristo como el Que tiene la autoridad definitiva que nadie puede poner en duda.

Tras esto se encuentra una historia del Antiguo Testamento. Ezequías tenía un mayordomo fiel que se llamaba Eliaquim, que estaba a cargo de toda su casa, y que era el único que podía dar acceso a la presencia del rey. Isaías oyó decir a Dios acerca de este mayordomo fiel: « Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro: él abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie abrirá»

(Isaías 22:22). Esto era lo que Juan tenía en mente. Jesús es el único que tiene autoridad para admitir a la nueva Jerusalén, la nueva Ciudad de David. Como dice el Te Deum: «Tú abriste el Reino del Cielo a todos los creyentes.» Él es el único camino nuevo y vivo a la presencia de Dios.

Filadelfia, la puerta abierta

En los versículos 8 y 9 hay un problema de puntuación. En los manuscritos griegos más antiguos no había ninguna puntuación. El problema consiste en que las palabras «porque tienes un poco de fuerza, y porque has guardado Mi Palabra, y no has negado Mi Nombre,» van igualmente bien con lo que las precede o con lo que las sigue. Pueden expresar, o la razón por la que los cristianos de Filadelfia tienen una puerta abierta, o la razón por la que se les entregarán los que pertenecen a la sinagoga de Satanás. Las tomamos con lo que las precede.

Es la gran promesa del Cristo Resucitado que Él ha puesto delante de los cristianos de Filadelfia una puerta abierta que nadie puede cerrar. ¿Qué significa aquí eso de una puerta abierta?

(i) Puede que sea la puerta de la oportunidad misionera. Escribiéndoles a los corintios acerca del trabajo que tenía por delante, Pablo les dice: « Porque se me ha abierto una puerta grande para una obra eficaz» (1 Corintios 16:9). Cuando llegó a Tróade, el Señor le abrió una puerta (2 Corintios 2:12). Les pide a los colosenses que oren para que se le abra una puerta para la Palabra (Colosenses 4:3). Cuando volvió a Antioquía de su primer viaje misionepro contó cómo Dios les había abierta la puerta de la fe a los gentiles (Hechos 14:27). El sentido es especialmente apropiado para Filadelfia. Ya hemos visto que era una ciudad fronteriza, situada en la confluencia de Lidia, Misia y Frigia, y había sido fundada para que fuera misionera de la lengua y cultura griega hacia los pueblos bárbaros de más allá. Estaba en la carretera del correo imperial, que salía de la costa en Tróade, llegaba a Filadelfia vía Pérgamo, Tiatira y Sardes, y se unía con la gran carretera que iba hacia Frigia. Los ejércitos del césar iban por esa carretera; las caravanas comerciales también; y ahora se les abría a los misioneros cristianos.

Dos cosas surgen de aquí.

(a) Hay una puerta de oportunidad misionera delante de cualquier cristiano sin necesidad de ir a ultramar a buscarla. En el hogar, en el círculo en que nos movemos, en la parroquia en que residimos, hay almas que ganar para Cristo. El usar la puerta de la oportunidad es al mismo tiempo nuestro privilegio y nuestra responsabilidad.

(b) En el camino de Cristo la recompensa de un trabajo bien hecho es más trabajo para hacer. Filadelfia había dado pruebas de su fidelidad a Cristo, y su recompensa fue más oportunidades para demostrarla.

(ii) Se ha sugerido que la puerta que se le abría a Filadelfia no era otra que Jesucristo mismo. «Yo soy la puerta,» dijo Jesús (Juan 10: 7, 9).

(iii) Se ha sugerido que la puerta es la de la comunidad mesiánica. Con Jesucristo se inauguró el nuevo Reino de David; y, exactamente como en el antiguo reino Eliaquim tenía las llaves para admitir a la presencia del rey, así Jesús es la puerta de acceso al Reino de Dios.

(iv) Aparte de todas estas cosas, para cualquier persona la puerta de la oración siempre está abierta. Esa es una puerta que nadie nos puede cerrar, y que Jesús abrió cuando nos aseguró que el amor de nuestro Padre Dios siempre nos espera.

Filadelfia, i1erederos de la promesa

En el versículo 9 la promesa del Cristo Resucitado es que algún día los judíos que calumnian a los cristianos se arrodillarán a sus pies. Este es un eco de la esperanza de los judíos que se expresa con frecuencia en el Antiguo Testamento.

Esperaban que en la nueva era todas las naciones ofrecerían un homenaje humilde a los judíos. Esta promesa aparece una y otra vez en Isaías. « Y vendrán a ti humillados los hijos de los que te afligieron, y a las plantas de tus pies se encorvarán» (Isaías 60:14). «Las labores de Egipto, las mercancías de Etiopía, y los sabeos, hombres de elevada estatura, se pasarán a ti y serán tuyos, irán en pos de ti, pasarán encadenados, y te harán reverencias» (Isaías 45:14). «Reyes serán tus ayos, y sus reinas, tus nodrizas; con el rostro inclinado a tierra se postrarán ante ti y lamerán el polvo de tus pies» (Isaías 49:23). Zacarías tiene una visión del día en que todos los hombres de todas las naciones y lenguas se dirigirán a Jerusalén, « y se agarrarán al manto de un judío, y le dirán: «Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros»» (Zacarías 8:22s).

Los cristianos creían que la nación judía había perdido su lugar en el plan de Dios, y que su posición había pasado a la Iglesia. Un judío, en el sentido de Dios de ese término, no era el que pretendiera ser descendiente directo de Abraham, sino el que, de cualquier nación que fuera, había hecho la misma decisión de fe que hizo Abraham (Romanos 9:6-9). La Iglesia era el Israel de Dios (Gálatas 6:16). Era por tanto cierto que todas las promesas que se le habían hecho a Israel las había heredado la Iglesia. Era a ella a la que se humillarían algún día todos los hombres en señal de sumisión. Esta promesa es el reverso de todo lo que los judíos habían esperado, que era que las naciones se arrodillarían ante ellos; pero el día había de venir cuando ellos, entre todas las naciones, se arrodillarían ante Cristo.

Eso era lo que la iglesia filadelfia habría de ver, al menos en sus principios, si sus miembros eran fieles. Hasta ese momento lo habían sido. En una frase: «Has guardado Mi Palabra, y no has negado Mi Nombre,» ambos verbos están en el aoristo, que describe una acción determinada en el pasado; lo que implica que había habido un tiempo de prueba del que la iglesia filadelfia había salido realmente victoriosa. Puede que tuvieran sólo un poco de fuerza; sus recursos puede que fueran reducidos; pero, si son fieles, verán el albor del triunfo de Cristo.

Aunque pocos, pequeños y débiles seáis, sed fuertes en la fuerza de vuestro Capitán, lanzaos a la conquista de las regiones todas: ¡todas Suyas serán!

Lo que tiene que mantener fiel a un cristiano es la visión de un mundo para Cristo, porque tal gloriosa perspectiva depende de la fidelidad del cristiano individual.

Filadelfia, los que guardan son guardados

La promesa del Cristo Resucitado es que todos los que guardan serán guardados. « Tú has guardado Mis mandamientos -dice-, y por tanto Yo te guardaré.» Esto nos recuerda un dicho español que suele enunciarse así: «Dice Dios: «Guárdate, y te guardaré.»» No sabemos dónde ni cuándo dijo Dios eso; pero está de acuerdo con Su Palabra. La lealtad tiene una recompensa segura. En el versículo 10, en griego, la frase Mi mandamiento de resistir es sumamente comprimida. Literalmente se traduciría la palabra de Mi resistencia (Cp. R-V: la palabra de mi paciencia). El sentido real es que la promesa es para los que han practicado la misma clase de resistencia que desplegó Jesús en Su vida terrenal.

Cuando somos llamados a desplegar resistencia, la resistencia de Jesucristo nos suple de tres cosas. Primera, nos provee un ejemplo. Segunda, nos aporta una inspiración. Debemos caminar mirándole a Él, Que por el gozo que Le fue propuesto soportó la Cruz despreciando la vergüenza (Hebreos 12:1 s). Tercera, la resistencia de Jesucristo es la garantía de Su simpatía hacia nosotros cuando se nos llama a resistir. «Porque, por cuanto Él mismo padeció el ser tentado, puede siempre socorrer a los que son tentados» (Hebreos 2:18).

En el versículo 10 nos encontramos de nuevo con creencias típicamente judías. Como ya hemos visto a menudo, los judíos dividían el tiempo en dos edades: la presente, que es totalmente mala, y la por venir, que es totalmente buena, entre las cuales hay un tiempo de destrucción cuando caiga el juicio sobre el mundo. A ese tiempo se refiere aquí Juan. Hasta cuando el tiempo llegue a su fin, y el mundo, tal como lo conocemos, deje de existir, el que sea fiel a Cristo estará a salvo bajo Su protección.

Filadelfia, promesa y advertencia

En el versículo 11 se combinan la advertencia y la promesa. El Cristo Resucitado les dice que está para venir pronto. Se ha dicho que en el Nuevo Testamento la Segunda Venida de Cristo se presenta con dos propósitos.

(i) Como una advertencia para los descuidados. Jesús mismo habla del siervo malvado, que se aprovechó de la ausencia de su amo para comportarse malvadamente, y cuyo amo volvió repentinamente sometiéndole a juicio (Mateo 24:48-51). Pablo advierte a los tesalonicenses del terrible castigo que les espera a los desobedientes e incrédulos cuando Jesucristo sea revelado desde el Cielo y obtenga una victoria rápida y definitiva sobre Sus enemigos (2 Tesalonicenses 1:79). Pedro advierte a los suyos que tendrán que dar cuenta de sus acciones al Que viene a juzgar a los vivos y a los muertos (1 Pedro 4:5).

(ii) Se utiliza como un consuelo para los oprimidos. Santiago exhorta a la resistencia paciente a sus fieles porque la Venida del Señor se aproxima (Santiago 5:8); pronto llegará el final de sus angustias. El autor de Hebreos exhorta a la paciencia, porque muy pronto vendrá el Que ha de venir (Hebreos 10:37).

En el Nuevo Testamento se usaba la idea de la Segunda Venida como una advertencia a los descuidados y como un consuelo para los oprimidos. Es absolutamente cierto que, literalmente, Jesucristo no volvió cuando Le esperaban aquellos a los que se les advirtió y exhortó; pero nadie sabe cuándo la eternidad invadirá el tiempo y Dios le llamará a levantarse e ir; y que se debe advertir a los descuidados para que estén preparados para salir al encuentro de su Dios, y animar a los oprimidos con la perspectiva de la gloria que está por venir al alma fiel.

Hay aquí otra advertencia. El Cristo Resucitado manda a los filadelfios que retengan lo que tienen, para que nadie les prive de su corona (versículo 11). No se trata de que nadie les robe la corona que les pertenece, sino de que Dios se la retire y se la dé a algún otro porque no sean dignos de llevarla. Trench hace una lista de personas de la Biblia que tuvieron que cederle su lugar a otros porque habían dado muestras de que no eran aptos para ocuparlo. Esaú perdió su posición ante Jacob (Génesis 25:34; 27:36); Rubén, inestable como el agua, ante Judá (Génesis 49:4,8); Saúl, ante David (1 Samuel 16:1,13); Sebna, ante Eliaquim (Isaías 22:15-25); Joab y Abiatar perdieron sus puestos ante Benaía y Sadoc (1 Reyes 2:25,35); Judas, ante Matías (Hechos 1:25s); y los judíos perdieron su posición ante los cristianos gentiles (Romanos 11:11).

Aquí hay una tragedia. A veces sucede que se le da a alguien una tarea a realizar que él emprende con la mayor esperanza; pero se empieza a ver que es demasiado pequeño ante la tarea y se le descalifica, dándosele esta a otro. Eso también sucede con la obra del Señor. Dios tiene una tarea para cada persona; pero si esta resulta incapaz de realizarla, se le dará a otra.

Es benditamente cierto que uno se puede redimir hasta de un fracaso -pero sólo si se rinde incondicionalmente a la gracia de Jesucristo.

Filadelfia, muchas promesas

En el versículo 12 encontramos las promesas del Cristo Resucitado a los que Le son fieles. Son muchas, y la mayor parte de ellas resultarían perfectamente claras y reales para los creyentes de Filadelfia.

(i) El cristiano fiel será un pilar en el Templo de Dios. Un pilar de la Iglesia es un soporte grande y honorable. Se nos dice que Pedro, Santiago y Juan eran los pilares de la Iglesia original de Jerusalén (Gálatas 2:9). Abraham decían los rabinos judíos que era el pilar del mundo.

(ii) El cristiano fiel no tendrá que salir más. Esto puede que tenga dos sentidos.

(a) Puede que sea una promesa de seguridad. Ya hemos visto que Filadelfia vivió durante años aterrada ante la perspectiva de terremotos recurrentes, y que cuando llegaban esos momentos sus ciudadanos salían huyendo a espacios abiertos para salvar la vida, y volvían aquejados de inseguridad cuando los terremotos pasaban. Se vivía en una atmósfera de inseguridad. Se da la promesa al fiel cristiano de una estabilidad serena en la paz que Jesucristo provee.

(b) Algunos investigadores creen que lo que se promete aquí es la firmeza de un carácter moral. En esta vida, hasta los mejores entre nosotros somos malos a veces; pero el que es fiel a Jesucristo llegará un tiempo en que sea como un pilar puesto en el Templo de Dios y la bondad será la atmósfera constante de su vida. Si este es el sentido, esta frase describe la vida de bondad inalterable que se vive cuando, después de las batallas de la tierra, alcanzamos la presencia de Dios.

(iii) El Cristo Resucitado escribirá en el cristiano fiel el nombre de Su Dios. Aquí puede haber tres referencias.

(a) En las ciudades de Asia Menor, y en Filadelfia, cuando moría un sacerdote después de una larga vida de fidelidad, se le honraba erigiendo un nuevo pilar en el templo en que hubiera servido e inscribiendo su nombre y el de su padre en él. Así es que esto podría referirse al honor permanente que confiere Cristo a Sus fieles servidores.

(b) También es posible que haga referencia a la costumbre de marcar con hierro candente a los esclavos con las iniciales de su amo para mostrar a quién pertenecían. De la misma manera Dios pondrá Su marca en Sus fieles servidores. Cualquiera que sea la figura aquí, el sentido es que los fieles llevarán la señal inconfundible de pertenecer a Dios.

(c) Es posible que esto se refiera al Antiguo Testamento. Cuando Dios le dijo a Moisés la bendición que Aarón y los sacerdotes habían de pronunciar sobre el pueblo le dijo: «Y pondrán Mi Nombre sobre los hijos de Israel» (Números 6:2226, R-V hasta 1960). Es otra vez la misma idea; es como si la señal de pertenecer a Dios estuviera sobre Israel de tal manera que todos los hombres pudieran saber que era Su pueblo.

(iv) El nombre de la Nueva Jerusalén se escribiría sobre el fiel cristiano. Eso corresponde a la ciudadanía del fiel cristiano en la ciudad de Dios. Según Ezequiel, el nombre de la ciudad re-creada de Dios había de ser El Señor está allí (Ezequiel 48:35). Los fieles serán ciudadanos de la ciudad en la que habita la presencia de Dios.

(v) Cristo escribirá en Su fiel servidor Su propio nombre nuevo. Los habitantes de Filadelfia conocían eso de cambiar de nombre adquiriendo uno nuevo. Cuando el año 17 d.C. un terrible terremoto devastó su ciudad, y el emperador Tiberio fue generoso con ellos eximiéndolos de los impuestos y contribuyendo generosamente a la reconstrucción, en agradecimiento ellos adoptaron el nombre de Neocaesarea, la Nueva Ciudad del César; y más tarde, cuando Vespasiano los trató con benevolencia, cambiaron de nuevo su nombre por el de Flavia, que era el de la familia de Vespasiano. Jesucristo marcará a Sus fieles servidores con Su nombre nuevo; acerca de cuál sería ese nombre no tenemos por qué especular, porque nadie lo sabe (Apocalipsis 19:12); pero en el tiempo por venir, cuando Cristo haya conquistado todo el Universo, Sus fieles servidores llevarán la señal que muestre que Le pertenecen a Él, y participarán de Su victoria.

La carta a Laodicea

Escribe al ángel de la Iglesia de Laodicea: Estas cosas las dice el Amén, el Testigo al Que podéis dar crédito y Que es veraz, la Causa agente de la Creación de Dios. Yo conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así es que, porque eres tibio y no frío ni caliente, te bomitaré de Mi boca. Aunque tú dices: Yo soy rico, y he amasado riqueza, y no carezco de nada -no te das cuenta de que eres tú el que eres el desventurado y miserable, el pobre y ciego y desnudo. Yo te aconsejo que compres de Mí oro refinado al fuego para ser rico, vestiduras blancas para estar vestido y que no esté a la vista la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungirte los ojos, para que puedas ver. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Muestra por tanto interés, y arrepiéntete. Fíjate: Yo estoy llamando a la puerta. Si hay alguien que oiga Mi voz y Me abra la puerta, entraré a cenar con él, y él conmigo. Al que obtenga la victoria le concederé que se siente conmigo en Mi trono, como Yo también vencí y Me senté con Mi Padre en Su trono. El que tenga oídos, que preste atención a lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias.

Laodicea, la iglesia condenada

Laodicea tiene la macabra distinción de ser la única iglesia de la que el Cristo Resucitado no podía decir nada positivo. En el mundo antiguo había por lo menos seis ciudades que se llamaban Laodicea, y esta se llamaba Laodicea del Lico para distinguirla de las otras. Fue fundada hacia el año 250 a.C. por Antíoco de Siria, que le dio ese nombre por el de su mujer, Laodiké.

Debía su importancia exclusivamente a su situación. La carretera de Éfeso al Oriente y a Siria era la más importante de Asia. Arrancaba de la costa en Éfeso, y tenía que arreglárselas para subir 3,000 metros hasta la meseta central. Lo iniciaba a lo largo del valle del río Meandro hasta llegar a lo que se llamaban las Puertas de Frigia. Pasado este punto se extendía el amplio valle donde confluían Lidia, Frigia y Caria, en el que entraba el Meandro por una garganta angosta y abrupta por la que no podía pasar ninguna carretera. Por tanto la carretera rodeaba el valle del Lico, en el que se encontraba Laodicea.

Estaba literalmente a caballo en la gran carretera del Oriente que la atravesaba entrando por la puerta de Éfeso y saliendo por la de Siria. Eso ya habría sido bastante para convertir a Laodicea en uno de los centros comerciales y estratégicos del mundo antiguo. En su origen Laodicea había sido una fortaleza; pero tenía la gran pega de que toda su provisión de agua tenía que llegar por un acueducto subterráneo desde manantiales a no menos de diez kilómetros, una circunstancia peligrosa en caso de sitio. Otras dos carreteras pasaban por las puertas de Laodicea: la que iba de Pérgamo y el valle del Hermo a Pisidia y Panfilia y Perge en la costa, y la que iba de la Caria oriental a la Frigia central y occidental.

Como dice Ramsay: « Solo se necesitaba la paz para hacer de Laodicea un gran centro comercial y financiero;» y la paz vino con el dominio de Roma. Cuando la paz romana le dio la oportunidad, Laodicea llegó a ser, como la llamaba Plinio, cuna ciudad verdaderamente distinguida.»

Laodicea tenía ciertas características que han dejado su impronta en esta carta.

(i) Era un gran centro banquero y financiero. Cuando Cicerón hizo un viaje por Asia Menor, fue en Laodicea donde hizo efectivas sus cartas de crédito. Era una de las ciudades más opulentas del mundo. El año 61 d.C. la devastó un terremoto; pero sus ciudadanos eran tan ricos e independientes que rehusaron recibir ninguna ayuda del gobierno romano, y reconstruyeron su ciudad con sus propios recursos. Tácito escribe: « Una de las más famosas ciudades de Asia, Laodicea, fue arrasada ese mismo año por un terremoto, y se recuperó por sus propios medios sin ninguna ayuda nuestra» (Tácito, Anales 14:27). No nos sorprende que Laodicea presumiera de ser rica y haber amasado riquezas y no tener necesidad de nada. Era tan opulenta que no necesitaba ni a Dios.

(ii) Era un gran centro de confección de ropa. Las ovejas que pastaban en los alrededores de Laodicea eran famosas por su lana suave, violeta-negra, lustrosa. Producía ropa exterior barata en grandes cantidades, especialmente una túnica que se llamaba la trimita, hasta tal punto que a veces se llamaba a Laodicea Trimitaria. Laodicea estaba tan orgullosa de la ropa que fabricaba que no se daba cuenta de que estaba desnuda a los ojos de Dios.

(iii) Era un centro médico muy considerable. A veinte kilómetros al Oeste, entre Laodicea y la Puerta de Frigia, se encontraba el templo del dios cario Menón. En un tiempo, aquel templo había sido el centro social, administrativo y comercial de toda la zona. Hasta menos de cien años antes, grandes mercados tenían lugar regularmente en sus terrenos. En particular, el templo era el centro de una escuela de medicina que luego se trasladó a la misma Laodicea. Sus médicos eran tan famosos que los nombres de algunos de ellos, como Zeuxis y Alejandro Filalete, figuran en las monedas de Laodicea.

Esta escuela de medicina era famosa en todo el mundo principalmente por dos cosas: el ungüento para los oídos y el colirio para los ojos. Nuestras biblias españolas no necesitan traducir esta última palabra, porque nos ha pasado directamente del griego, kollyrion, a través del latín y de la Vulgata, y que quería decir originalmente panecillo. Esta palabra surgió de la famosa tefra frigia, polvo de Frigia, que se exportaba a todo el mundo en tabletas solidificadas que tenían la forma de panecillos. Laodicea estaba tan orgullosa de sus habilidades médicas en el cuidado de los ojos que no reconocía que estaba ciega espiritualmente.

Las palabras del Cristo Resucitado se refieren directamente a la prosperidad y a la habilidad de las que Laodicea presumía tanto que habían eliminado la necesidad de Dios de las mentes de sus ciudadanos y aun de su iglesia.

(iv) Añadiremos un último hecho acerca de Laodicea. Estaba en una zona en la que había una muy extensa población judía. Tantos judíos habían emigrado allí que los rabinos se metían con los que iban buscando los vinos y los baños de Frigia. El año 62 a.C., el gobernador de la provincia, Flaco, llegó a alarmarse de la fuga de capital que suponía el pago del impuesto del Templo que hacían los varones judíos todos los años, y prohibió la salida de la moneda. El resultado fue que confiscó un contrabando de veinte libras de peso de oro en Laodicea y cien en Apamia de Frigia. Esa cantidad de oro equivaldría a 15,000 dracmas de plata. El impuesto judío del Templo era de medio siclo, igual a dos dracmas. Esto quiere decir que había por lo menos 7,500 varones judíos en el distrito. En Hierápolis, a diez kilómetros de Laodicea, había una «Congregación de judíos» que tenía autoridad para imponer y retener multas, y un archivo donde se guardaban documentos legales judíos. Puede que hubiera pocas zonas en las que los judíos fueran tan ricos e influyentes.

Laodicea, las prerrogativas de Cristo

De las Siete Iglesias, la de Laodicea es la que se condena más irremisiblemente. No hay en ella ninguna cualidad redentora. Es interesante notar que en la obra del siglo III Las Constituciones apostólicas (8:46) se dice que Arquipo fue el primer obispo de la iglesia de Laodicea. Cuando Pablo estaba escribiendo a la vecina iglesia de Colosas, incluyó la advertencia: « Decidle a Arquipo: «Mira que lleves a cabo la porción del servicio que te ha encomendado el Señor»» (Colosenses 4:17). Parecería que Arquipo estaba fallando en el cumplimiento de su cometido. Eso era unos treinta años antes de que se escribiera el Apocalipsis; pero puede que ya entonces se hubiera introducido en la iglesia de Laodicea la infección, y que un ministerio insatisfactorio había sembrado la semilla de la degeneración. Como las otras cartas, también esta empieza con una serie de grandes títulos de Jesucristo.

(i) Él es el Amén. Este es un título extraño que puede que se remonte a dos principios.

(a) En el Cuarto Evangelio, las afirmaciones de Jesús empiezan a menudo por «De cierto de cierto os digo» (por ejemplo, Juan 1:51; 3:3,5,11). En griego dice Amén. Es posible que cuando se llama a Jesucristo el Amén sea una reminiscencia de Su manera de hablar. El sentido sería el mismo: Jesús es Aquel Cuyas promesas son dignas de todo crédito.

(b) En Isaías 65:16, se llama a Dios el Dios de la verdad, que en hebreo es el Dios de Amén. Amén es la palabra que se pone corrientemente al final de una declaración solemne para garantizar su verdad. Si Dios es el Dios de Amén, es absolutamente digno de toda credibilidad. Esto querría decir que Jesucristo es Aquel Cuyas promesas son fieles y verdaderas y fuera de toda duda.

(ii) Él es el Testigo Que es digno de toda confianza y veraz a toda prueba. Trench señala que un testigo debe cumplir tres condiciones esenciales. (a) Debe haber visto con sus propios ojos lo que atestigua. (b) Debe ser absolutamente honesto, y reproducir con exactitud lo que ha oído o visto. (c) Debe tener la habilidad de decir lo que tiene que decir para que su testimonio produzca la impresión verdadera en los que lo oyen. Jesucristo cumple plenamente esos requisitos: puede hablarnos de Dios, porque procede de Él; podemos creer lo que nos dice, porque es el Amén, y sabe comunicar Su Mensaje, porque jamás hombre alguno habló como Él.

(iii) Como lo pone la versión Reina-Valera, Él es el Principio de la Creación de Dios. Esta frase es un poco ambigua, porque podría querer decir, o que Jesús fue la primera persona que fue creada, o que empezó el proceso de la creación, como lo pone Trench, «el principio dinámico.» Es el segundo sentido el que se pretende aquí. La palabra para principio es arjé. En los primeros escritos cristianos leemos que Satanás es el arjé de la muerte; es decir: la muerte tiene su origen en él; y que Dios es el arjé de todas las cosas; es decir: que todas las cosas tienen en Él su origen.

La conexión de la Creación con el Hijo se establece a menudo en el Nuevo Testamento. Juan empieza su evangelio diciendo de la Palabra: «Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y prescindiendo de Él no fue hecho nada de lo que fue hecho» (Juan 1:3). « En Él dice Pablo- fueron creadas todas las cosas» (Colosenses 1:15,18). La insistencia con que se afirma el papel esencial del Hijo en la Creación era debida al hecho de que los herejes enseñaban que el pecado y la enfermedad se debían a que el mundo había sido creado por un dios falso e inferior. El Cristianismo insiste en que este mundo es la creación de Dios, y que el pecado y el sufrimiento no existen por culpa de Dios, sino que los causó la desobediencia humana. Como lo vemos los cristianos, el Dios de la Creación y el Dios de la Redención son uno y el mismo.

Laodicea, ni una cosa ni otra

La condenación de Laodicea empieza con un cuadro de gran crudeza: como los laodicenses no son ni fríos ni calientes tienen esa cualidad nauseabunda que hará que el Cristo Resucitado acabe por vomitarlos de Su boca. Conviene fijarse en el sentido exacto de las palabras. Frío es psyjrós, que puede llegar hasta la congelación. Eclesiástico (43:20) habla del viento frío del Norte que hiela la superficie de las aguas. Caliente es zestós, que llega hasta la ebullición. Tibio es jliarós. Las cosas tibias producen náuseas a menudo. Los alimentos fríos o calientes pueden ser apetitosos; pero la comida tibia a menudo revuelve el estómago. Justamente enfrente de Laodicea, al otro lado del Lico y a la vista, estaba Hierápolis, famosa por sus fuentes minerales calientes. Muchas veces las fuentes minerales calientes son nauseabundas al gusto y hacen que a la persona que las beba le den ganas de vomitar. Ese era el efecto que Le producía la iglesia de Laodicea al Cristo Resucitado. Aquí hay algo que hace pensar.

(i) La única actitud que condena irremisiblemente el Cristo Resucitado es la indiferencia. Se ha dicho que un autor puede escribir una buena biografía si ama u odia a su personaje, pero no si le es indiferente. De todas las actitudes, la más difícil de combatir es la indiferencia. El problema del evangelismo moderno no es la hostilidad al Cristianismo; mejor sería que lo fuera. El problema está en que el Cristianismo y la Iglesia han dejado de ser relevantes para tantos, y se los mira con una indiferencia total, que solo puede penetrar la demostración de que el Evangelio es un poder capaz de hacer que la vida valga la pena, y una gracia capaz de hacerla hermosa.

(ii) La única actitud que no se puede adoptar frente al Cristianismo es la neutralidad. Jesucristo obra por medio de personas; y la persona que permanezca totalmente inafectada en su actitud frente a Él se ha negado por ello a emprender la labor que Dios tiene para ella. El que no se somete a Cristo no ha hecho más que resistírsele.

(iii) Por muy duro que parezca, el sentido de esta terrible amenaza del Cristo Resucitado es que es mejor no empezar siquiera el camino cristiano que empezar y luego desviarse a un cristianismo convencional y sin sentido. Hay que mantener el fuego ardiendo. Hay un dicho atribuido a Jesús que no está en los evangelios: « El que está cerca de Mí está cerca del fuego.» Y la manera de mantenerse inflamats per l›Esperit (Romanos 12:11, Nou Test.) es vivir cerca de Cristo.

Laodicea, la riqueza que es pobreza

La tragedia de Laodicea era que se creía muy rica y era ciega a su pobreza real. Humanamente hablando, se diría que era la ciudad más próspera de Asia Menor. Espiritualmente hablando, el Cristo Resucitado declara que era la comunidad más menesterosa. Laodicea se enorgullecía de tres cosas, cada una de las cuales consideraremos por turno.

(i) Presumía de su riqueza económica. Era rica, y había amasado riquezas, y no carecía de nada -eso creía. El Cristo Resucitado aconseja a Laodicea que compre oro refinado al fuego. Puede ser que el oro afinado al crisol represente la fe, porque así es como la define Pedro (1 Pedro 1:7). Con dinero se pueden obtener muchas cosas, pero hay muchas que no se pueden conseguir. No se puede comprar la felicidad, ni la salud de cuerpo o de mente; no puede consolar en el dolor ni acompañar en la soledad. Si todo lo que se tiene para arrostrar la vida es dinero, se es pobre de veras. Pero si uno tiene una fe probada y refinada en el crisol de la experiencia, no hay nada con lo que no se pueda enfrentar, y se es rico de veras.

(ii) Laodicea presumía de su riqueza textil. Sus ropas la habían hecho famosa en todo el mundo, y la lana de las ovejas de Laodicea era un artículo de lujo que conocía todo el mundo. Pero, dice el Cristo Resucitado, Laodicea estaba espiritualmente desnuda; si quería estar vestida de veras tenía que acudir a Él. El Cristo Resucitado habla de « la vergüenza de la desnudez de Laodicea.»

Esto querría decir aún más en el mundo antiguo que ahora. Entonces, el dejarle a uno desnudo era la peor humillación. Eso fue, en parte, lo que les hizo Hanún a los siervos de David (2 Samuel 10:4). La amenaza a Egipto es que Asiria llevaría a los egipcios desnudos y descalzos (Isaías 20:4). La amenaza de Ezequiel a Israel era que sus enemigos le desnudarían (Ezequiel 16:37-39; 23:26-29; cp.: Oseas 2: 3, 9; Miqueas 1:8,11). La amenaza de Dios que transmitió Nahúm al pueblo desobediente fue: «Mostraré a las naciones tu desnudez, a los reinos tu vergüenza» (Nahúm 3:5). Por otra parte, el estar vestido con ropas delicadas era el mayor honor. Faraón honró a José haciéndole vestir de ropas de lino finísimo (Génesis 41:42). A Daniel le hizo vestir de púrpura Belsasar (Daniel 5:29). Al hombre cuya gloria desea el rey se le vestirá con una ropa real (Ester 6:6-11). Cuando vuelve el hijo pródigo se le viste con el mejor vestido (Lucas 15:22).

Laodicea presumía de la ropa magnífica que producía, pero espiritualmente estaba desnuda, y la desnudez es vergüenza. El Cristo Resucitado la exhorta a comprar de Él vestiduras blancas. Estas puede que representen las bellezas de la vida y del carácter que sólo puede producir la gracia de Cristo. No tiene sentido que uno adorne su cuerpo cuando no tiene nada con que adornar su alma. La mejor ropa del mundo no puede hermosear a una persona de naturaleza retorcida y feo carácter.

(iii) Laodicea presumía de su famoso colirio; pero era ciega a su propia pobreza y desnudez. Trench dice: « El principio de toda verdadera enmienda es vernos tal como somos.» Los colirios del mundo antiguo hacían escocer los ojos, y Laodicea no tenía ningunas ganas de verse tal como era.

Laodicea, el castigo amoroso

El versículo 19 contiene una enseñanza que se extiende por toda la Escritura: « Yo reprendo y castigo a todos los que amo.» Es muy preciosa la manera como se dice. Es una cita de Proverbios 3:12, pero se cambia una palabra. En la traducción griega de la Septuaginta la palabra para amar es agapán, que expresa la actitud inalterable de buena voluntad que nada puede convertir en odio; pero es una palabra que puede que tenga más de la cabeza que del corazón; y en la cita del Cristo Resucitado cambia agapán por filein, que es la del afecto más tierno. Podríamos parafrasearlo de la manera siguiente: « Es a las personas que me son más queridas a las que les aplico la disciplina más severa.»

Empecemos por analizar la palabra reprender. En griego es elénjein, que describe la clase de reprensión que induce a una persona a reconocer su error. Élenjos es el nombre correspondiente, que definía Aristóteles: « Élenjos es la prueba de que una cosa no puede ser más que como decimos.» El ejemplo más claro de esta clase de reprensión es la manera que usó Natán para hacerle ver su pecado a David (2 Samuel 12:1-14). La reprensión de Dios es más iluminación que castigo. Veamos ahora la idea de la disciplina que transcurre por toda la Biblia.

Es muy característica de la enseñanza de Proverbios. «Quien escatima la vara odia a su hijo, el que lo ama lo corrige a tiempo» (Proverbios 13:24, NBE). « No te resistas a castigar al muchacho, que no se te va a morir porque le des una paliza; y si le aplicas la vara le puedes librar de la muerte» (Proverbios 23:13s). «Fieles son las heridas que causa un amigo» (Proverbios 27:6). «La vara y la corrección infunden sensatez, pero el muchacho consentido será la vergüenza de su madre. Corrige a tu hijo y te producirá descanso y te alegrará el alma» (Proverbios 29:15,17). «Bienaventurado el que Tú, Señor, corriges, y le instruyes en Tu Ley» (Salmo 94:12).

«Bienaventurado el hombre al que Dios corrige; por tanto, no menosprecies la reprensión del Todopoderoso» (Job 5:17). «Somos castigados por el Señor para que no seamos condenados con el mundo» (1 Corintios 11:32): « «Hijo mío, no tengas en poco que el Señor te eduque ni te desanimes cuando te reprende; porque el Señor educa a los que ama y da azotes a los hijos que reconoce por Suyos.» Lo que soportáis os educa, Dios os trata como a hijos ; y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija? Si os eximen de la corrección, que es patrimonio de todos, será que sois bastardos y no hijos» (Hebreos 12:6,8, NBE). « El que ama a su hijo persevera en aplicarle el vergajo para que después le produzca alegría. El que castiga a su hijo le hará un hombre de provecho, y estará orgulloso de él entre sus conocidos» (Eclesiástico 30:1 s).

De hecho, el último castigo de Dios es dejar por imposible a una persona. « Efraín se ha dado a los ídolos, ¡déjale!» (Oseas 4:17). Un hombre de Dios oraba: « ¡Señor, castíganos; pero no Te desentiendas de nosotros!» Dice Trench: «El Gran Constructor rectifica y pule con muchos golpes de cincel y de maza las piedras que acabarán por ocupar un lugar en los muros de la Jerusalén celestial… Es de las uvas aplastadas, y no de las intactas, de las que se destila el mejor licor.» No hay método más seguro de conseguir que un chico acabe en la ruina que dejarle hacer lo que le dé la gana. Es un hecho que el mejor atleta y el mejor investigador son los que han soportado el entrenamiento más rigoroso. La disciplina de Dios no es algo que debamos resentir, sino algo por lo que debemos sentirnos sinceramente agradecidos.

Laodicea, el cristo que llama a la puerta

En el versículo 20 tenemos una de las figuras más famosas de Jesucristo en el Nuevo Testamento. « Fíjate: Yo estoy a la puerta, llamando.» Esta figura se deriva de dos fuentes diferentes.

(i) Se ha tomado como una advertencia de que el fin está cerca, y la Segunda Venida de Cristo está próxima. El cristiano debe estar preparado para abrir la puerta en cuanto oiga que su Señor está llamando (Lucas 12:36). Cuando las señales se produzcan, el cristiano sabrá que el tiempo del fin está cerca, a la puerta (Marcos 13:29; Mateo 24:33). El cristiano debe vivir como Dios manda y en amor, porque el Juez está a las puertas (Santiago 5: 9). Es verdad que el Nuevo Testamento usa esta figura para expresar la inminencia de la Segunda Venida de Cristo. Si es eso lo que se representa aquí, esta frase contiene una advertencia, y les dice a las personas que tengan cuidado, porque Jesucristo, el Juez y Rey, está a la puerta.

(ii) No podemos decir que ese sentido sea imposible; pero no parece encajar en el contexto, porque la atmósfera del pasaje no es tanto de advertencia como de amor. Es mucho mejor tomar este dicho de Jesús como una apelación del Amado a las almas. El origen del pasaje es mucho más probable que sea Cantares 5:2-6, donde se representa al Amado a la puerta de su amada rogándole que le abra. « ¡Atención! ¡Mi amado está llamando! «Ábreme, hermana mía, mi amor, paloma mía, encanto mío, que tengo la cabeza cubierta de rocío, y los cabellos del relente de la noche.»» Bien supo Lope de Vega, en su soneto emblemático, identificar al Amado -o, más bien, el Amante- del Cantar de los Cantares con el Cristo del Apocalipsis llamando a la puerta de los corazones esquivos de las personas.

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? ¿Qué interés se Te sigue, Jesús mío, que a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno oscuras? ¡Ah, cuánto fueron mis entrañas duras pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío, si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de Tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía: «Alma, asómate agora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía!» ¡Y cuántas, hermosura soberana, «Mañana Le abriremos,» respondía, para lo mismo responder mañana! Hay aquí algunas cosas esenciales a la religión cristiana. (a) Vemos a Jesús rogando. Está a la puerta del corazón humano y llama. El hecho exclusivamente nuevo que trajo el Cristianismo a este mundo es que Dios está buscando a los hombres. Ninguna otra religión presenta así a Dios.

Donald Baillie cita a tres testigos en su libro Out of Nazareth que atestigüen el carácter exclusivo de esta concepción. Montefiore, el gran investigador judío, decía que la única cosa que ningún profeta o rabino judío concibió jamás es «la con cepción de Dios saliendo de hecho a buscar a los hombres pecadores, que no sólo no Le estaban buscando, sino que Le habían vuelto la espalda.» El Consejo Nacional Cristiano de Japón encontró en un documento que la diferencia cualitativa del Cristianismo respecto a las otras religiones es: «Que no es el hombre el que busca a Dios, sino Dios Quien toma la iniciativa en buscar al hombre.» Allá por el siglo XII, Bernardo de Claraval solía decirles a sus monjes que « por mucho que madrugaran y se levantaran para la oración en la capilla en una fría mañana de invierno, y aun en medio de la noche, siempre encontrarían a Dios esperándoles -sí, era Él Quien los habría despertado para que buscaran Su rostro.»

Aquí tenemos la representación de Cristo buscando a los pecadores que no Le buscaban a Él. No cabe duda que el amor no puede llegar más lejos.

(a) Vemos el ofrecimiento de Cristo: «Entraré a cenar con él, y él conmigo.» La palabra que traducimos por cenar es deipnein, con su nombre correspondiente deipnon. Los griegos tenían tres comidas al día. Estaba el akrátisma, desayuno, que no era más que un trozo de pan seco mojado en vino. Estaba el áriston, la comida del mediodía. Los trabajadores no la tomaban en casa, sino al borde del camino o en algún pórtico o en la plaza del pueblo. Y estaba el deipnon, que era la comida de la tarde, la principal del día, que se alargaba agradablemente porque ya no se volvía al trabajo. Era el deipnon lo que Cristo compartiría con la persona que Le abriera su puerta, no una comida apresurada, sino la que se prolonga en grata compañía. Si uno Le abre la puerta, Jesucristo entrará y Se quedará sin prisa con él.

(iii) Vemos la responsabilidad humana. Cristo llama, y la persona puede responder o negarse a responder. Cristo no fuerza Su entrada; debe ser invitado. Aun en el camino de Emaús, «hizo como que iba más lejos» (Lucas 24:28). Holman Hunt tenía razón cuando, en su famoso cuadro La Luz del Mundo, pintó la puerta del corazón humano sin picaporte en el exterior, porque sólo se puede abrir desde dentro. Como dijo Trench: «Cada cual es señor de la casa de su corazón; es su fortaleza; debe ser él el que abra la puerta,» y tiene « la solemne prerrogativa y privilegio de negarse a abrir.» El que rehúsa abrir está «ciegamente en guerra con su propia bendición.» Resulta « el conquistador de su desgracia.» Cristo ruega y ofrece; pero no reporta nada más que perjuicios el negarse a abrir la puerta.

Esto quiere decir tú

La promesa del Cristo Resucitado es que el que obtenga la victoria se sentará con Él en Su propio trono de victoria. Captaremos la imagen correctamente si tenemos presente que un trono oriental era más como un sofá que como un asiento individual. El que venza en la vida compartirá el trono del Cristo Vencedor.

Todas las cartas concluyen con las palabras: «El que tenga oídos, que preste atención a lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias.» Este decir hace dos cosas.

(i) Individualiza el mensaje de las cartas. Le dice a cada persona: «Esto se refiere a ti.» Muchas veces oímos a un predicador un mensaje, y se lo aplicamos a todos menos a nosotros mismos. En lo más íntimo de nuestro corazón creemos que las palabras graves no pueden ir dirigidas a nosotros, y que las promesas son demasiado buenas para ser para nosotros. Esta frase dice a cada uno: «Todo esto se te aplica a ti.»

(ii) Generaliza el mensaje de las cartas. Quiere decir que su mensaje no está limitado a los de cada una de las iglesias de Asia Menor de hace diecinueve siglos, sino que a través de ellas el Espíritu está hablando a cada persona de cualquier generación. Ya hemos colocado cuidadosamente estas cartas en el trasfondo particular al que iban dirigidas; pero su mensaje no es exclusivamente local y temporal, sino eterno, y en él el Espíritu sigue hablándonos a cada uno de nosotros.

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