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Apocalipsis 3: La carta a Sardes

A su debido tiempo llegaron los romanos. Sardes seguía siendo una ciudad rica. Era el centro de la industria de la lana, y pretendía haber descubierto el arte de teñirla. Llegó a ser una ciudad romana de refugio. El año 17 d.C. fue destruida por un terremoto que asoló toda la zona. El emperador romano Tiberio tuvo la amabilidad de perdonarle el tributo durante cinco años y le hizo una donación de diez millones de sestercios, como cien millones de pesetas, pero teniendo en cuenta que el jornal de un obrero era el equivalente a diez pesetas.

Cuando Juan le escribió esta carta, Sardes era una ciudad rica pero degenerada. Hasta la antes gran ciudadela ya no era más que un monumento antiguo en la cima de la colina. Era una ciudad sin vida y sin espíritu. Sus habitantes eran blandos, los descendientes de aquellos que perdieron la ciudad en dos ocasiones porque eran demasiado perezosos para estar de guardia. En esa atmósfera deprimente también la iglesia cristiana había perdido su vitalidad y era un cuerpo muerto más que una iglesia viva.

Sardes, muerte en vida

A1 principio de esta carta el Cristo Resucitado Se describe en dos frases.

(i) Él es el Que posee los siete Espíritus de Dios. Ya nos hemos encontrado esta extraña frase en Apocalipsis 1:4. Su significado tiene dos aspectos.

(a) Denota el Espíritu con Sus siete dones, una idea basada en la descripción del Espíritu en Isaías 11:2.

(b) Denota el Espíritu en Sus siete operaciones: Hay siete iglesias, pero en cada una de ellas el Espíritu opera con toda Su presencia y poder. Los siete Espíritus representan la plenitud de los dones del Espíritu y de Su presencia.

(ii) Él es el Que tiene las siete estrellas, que representan las siete iglesias y sus ángeles. La Iglesia es posesión de Jesucristo. Muchas veces los hombres actúan como si la Iglesia les perteneciera a ellos, pero pertenece a Jesucristo y todos los que hay en ella son Sus siervos. En cualquier decisión acerca de la Iglesia el factor decisivo debe ser, no lo que cualquier persona quiera que se haga, sino lo que Jesucristo quiere que se haga.

La terrible acusación que se hace contra la iglesia de Sardes es que, aunque tiene fama de estar viva, está de hecho espiritualmente muerta. El Nuevo Testamento compara frecuentemente el pecado con la muerte. En las Epístolas Pastorales leemos: « Pero la que se entrega a los placeres, viviendo, está muerta» (1 Timoteo 5:6). El Hijo Pródigo es el que estaba muerto y está vivo otra vez (Lucas 15:24). Los cristianos de Roma son personas que han pasado de estar entre los muertos a estar entre los vivos (Romanos 6:13). Pablo dice que sus conversos, en sus días precristianos, estaban muertos en sus delitos y pecados (Efesios 2:1-5).

(i) El pecado es la muerte de la voluntad. Si uno acepta las invitaciones del pecado durante un tiempo suficientemente largo, llega a un estado cuando ya no puede aceptar ninguna otra invitación. Los hábitos se apoderan de él de tal manera que ya no puede romper con ellos. Uno llega, como decía Séneca, a aborrecer sus pecados y a amarlos al mismo tiempo. Habrá pocos entre nosotros que no hayan experimentado el poder de algún hábito en el que hayan caído.

(ii) El pecado es la muerte de los sentimientos. El proceso hasta llegar a ser esclavo del pecado no transcurre de la noche a la mañana. La primera vez que una persona comete un pecado lo hace con muchos remordimientos. Pero llega el día, si sigue frecuentando lo que le está prohibido, cuando hace sin ningún remordimiento lo que en un tiempo le habría horrorizado. El pecado, como decía Bums, «petrifica el sentimiento.»

(iii) El pecado es la muerte de todo lo amable. Lo terrible del pecado es que puede apoderarse de las cosas más preciosas y convertirlas en algo horrible. Por medio del pecado la aspiración de lo más alto se convierte en un anhelo de poder; el deseo de servir puede llegar a ser una intoxicación de ambición; el deseo de amor puede degenerar en una pasión de concupiscencia. El pecado es el asesino de todo lo precioso que hay en la vida. Solo por la gracia de Dios podemos escapar a la muerte del pecado.

Sardes, una iglesia sin vida

La falta de vida de la iglesia de Sardes tenía un efecto extraño.

(i) La iglesia de Sardes no tenía el problema de ninguna herejía. La herejía siempre es el producto de una mente inquisitiva; es, de hecho, señal de que una iglesia está viva. No hay nada peor que el estado de uno que es ortodoxo porque es demasiado perezoso para pensar las cosas por sí mismo. Mejor cuenta le traería una herejía que le preocupara sincera e intensamente que una ortodoxia que le trajera sin cuidado.

(ii) La iglesia de Sardes no era objeto de ningún ataque desde el exterior, ni por parte de los paganos ni de los judíos. La verdad es que estaba tan muerta que no valía la pena atacarla. Las Epístolas Pastorales describen a los que se habían desviado de la fe verdadera pretendiendo tener una forma de piedad pero mostrando que no tenía ninguna eficacia (2 Timoteo 3:5). El Nuevo Testamento Original lo traduce: «Con fachada de religiosidad, pero desmintiendo su eficacia.» Y el Nou Testament ‹79: « Es donen una aparenga de pietat, peró no en coneixen pas la forga transformadora.»

Una iglesia que esté viva de veras siempre estará bajo ataques. «¡Ay de vosotros -decía Jesús-, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!» (Lucas 6:26). Un iglesia con un mensaje positivo es impepinable que tenga que arrostrar oposición.

Una iglesia que esté tan aletargada que deje de producir una herejía está mentalmente muerta; y una iglesia que sea tan negativa como para dejar de suscitar oposición está muerta en su testimonio de Cristo.

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