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Apocalipsis 3: La carta a Sardes

Aquí tenemos la representación de Cristo buscando a los pecadores que no Le buscaban a Él. No cabe duda que el amor no puede llegar más lejos.

(a) Vemos el ofrecimiento de Cristo: «Entraré a cenar con él, y él conmigo.» La palabra que traducimos por cenar es deipnein, con su nombre correspondiente deipnon. Los griegos tenían tres comidas al día. Estaba el akrátisma, desayuno, que no era más que un trozo de pan seco mojado en vino. Estaba el áriston, la comida del mediodía. Los trabajadores no la tomaban en casa, sino al borde del camino o en algún pórtico o en la plaza del pueblo. Y estaba el deipnon, que era la comida de la tarde, la principal del día, que se alargaba agradablemente porque ya no se volvía al trabajo. Era el deipnon lo que Cristo compartiría con la persona que Le abriera su puerta, no una comida apresurada, sino la que se prolonga en grata compañía. Si uno Le abre la puerta, Jesucristo entrará y Se quedará sin prisa con él.

(iii) Vemos la responsabilidad humana. Cristo llama, y la persona puede responder o negarse a responder. Cristo no fuerza Su entrada; debe ser invitado. Aun en el camino de Emaús, «hizo como que iba más lejos» (Lucas 24:28). Holman Hunt tenía razón cuando, en su famoso cuadro La Luz del Mundo, pintó la puerta del corazón humano sin picaporte en el exterior, porque sólo se puede abrir desde dentro. Como dijo Trench: «Cada cual es señor de la casa de su corazón; es su fortaleza; debe ser él el que abra la puerta,» y tiene « la solemne prerrogativa y privilegio de negarse a abrir.» El que rehúsa abrir está «ciegamente en guerra con su propia bendición.» Resulta « el conquistador de su desgracia.» Cristo ruega y ofrece; pero no reporta nada más que perjuicios el negarse a abrir la puerta.

Esto quiere decir tú

La promesa del Cristo Resucitado es que el que obtenga la victoria se sentará con Él en Su propio trono de victoria. Captaremos la imagen correctamente si tenemos presente que un trono oriental era más como un sofá que como un asiento individual. El que venza en la vida compartirá el trono del Cristo Vencedor.

Todas las cartas concluyen con las palabras: «El que tenga oídos, que preste atención a lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias.» Este decir hace dos cosas.

(i) Individualiza el mensaje de las cartas. Le dice a cada persona: «Esto se refiere a ti.» Muchas veces oímos a un predicador un mensaje, y se lo aplicamos a todos menos a nosotros mismos. En lo más íntimo de nuestro corazón creemos que las palabras graves no pueden ir dirigidas a nosotros, y que las promesas son demasiado buenas para ser para nosotros. Esta frase dice a cada uno: «Todo esto se te aplica a ti.»

(ii) Generaliza el mensaje de las cartas. Quiere decir que su mensaje no está limitado a los de cada una de las iglesias de Asia Menor de hace diecinueve siglos, sino que a través de ellas el Espíritu está hablando a cada persona de cualquier generación. Ya hemos colocado cuidadosamente estas cartas en el trasfondo particular al que iban dirigidas; pero su mensaje no es exclusivamente local y temporal, sino eterno, y en él el Espíritu sigue hablándonos a cada uno de nosotros.

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