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Lucas 15: La alegría del Pastor

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para escucharle; y los fariseos y los escribas se lo criticaban:

-Este se relaciona con gente de mal vivir, y hasta come con ellos.

Jesús entonces les contó una parábola:

-¿A que cualquiera de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una, deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la perdida hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la lleva a hombros rebosando de contento; y en llegando a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: « ¡Alegraos conmigo, que he encontrado la oveja que se me había perdido!» De la misma manera, os aseguro que da más alegría en el Cielo el que se arrepienta un pecador, que los noventa y nueve «justos» que no sienten la necesidad de arrepentirse.

Probablemente este es el capítulo que mejor conocen y más quieren muchos lectores del Nuevo Testamento. Se le ha llamado « el Evangelio dentro del Evangelio», porque contiene la quintaesencia de la Buena Noticia que Cristo vino a traer.

Estas parábolas surgieron de una situación determinada. Los escribas y los fariseos se escandalizaban de que Jesús se asociara con hombres y mujeres que los judíos practicantes consideraban pecadores. Los fariseos ponían en la misma categoría a todos los que no cumplían todos los detalles de la ley tradicional, y los llamaban la gente de la tierra; y había una barrera infranqueable entre estas dos clases de personas. El permitir que una de sus hijas se casara con un hombre de la tierra era para un fariseo como dejarla indefensa a merced de una fiera. Las reglas fariseas establecían: « A nadie de la gente de la tierra le confíes dinero, ni aceptes su testimonio, ni le reveles ningún secreto, ni le nombres tutor de ningún huérfano, ni le pongas a cargo de un fondo de caridad, ni le acompañes en un viaje.» Un fariseo tenía prohibido hospedarse en casa de un hombre de la tierra e invitarle a la suya. Tenía prohibido hasta donde fuera posible tener ningún trato con él. Los fariseos tenían el propósito deliberado de evitar todo contacto con los que no cumplían todos los detalles de la ley tradicional. Está claro que se escandalizaban a tope de que Jesús se relacionara con gente que ellos consideraban no sólo extraños, sino pecadores, cuyo solo contacto contaminaba. Comprenderemos mejor estas parábolas si recordamos que un judío estricto no diría:

« Hay alegría en el Cielo cuando se arrepiente un pecador», sino: «Hay alegría en el Cielo cuando se pierde un pecador.» Deseaban sádicamente, no la salvación de los pecadores, sino su destrucción.

Así es que Jesús les contó la parábola de la oveja perdida y de la alegría del pastor cuando la encontró. Los pastores de Judasa tenían un trabajo duro y peligroso. El pasto era escaso. La meseta central tenía pocos kilómetros de anchura, y estaba bordeada de precipicios que la comunicaban con la terrible devastación del desierto. No había muros protectores, y las ovejas vagaban sin rumbo. George Adam Smith escribió acerca de esos pastores:

«Cuando le encuentras en algún cerro en el que aúllan las hienas, insomne, con la vista acostumbrada a la lejanía, curtido por el tiempo, armado, apoyado en el cayado y siguiendo con la mirada a sus ovejas esturreadas, con cada una de ellas en el corazón, comprendes por qué el pastor de Judasa saltó a la cabeza en la historia de su pueblo; por qué dio su nombre a los reyes, y se convirtió en un símbolo de la Providencia; por qué Cristo le tomó como prototipo del sacrificio.»

El pastor era responsable de las oveSantiago Si una se perdía, el pastor tenía que encontrarla, o presentar la piel para demostrar que había muerto. Los pastores eran expertos en el rastreo, y podían seguir las huellas de una oveja perdida a lo largo de kilómetros por el monte. No había pastor que no considerara parte de su trabajo el arriesgar la vida por las oveSantiago

Muchos rebaños eran comunales -es decir, no de uno solo, sino de todo el pueblo- y tenían dos o tres pastores. A veces pasaría que los que tenían sus rebaños completos volvían antes al pueblo, y decían que el otro estaba todavía en el monte buscando una oveja que se le había perdido. Todo el pueblo estaría velando hasta que, por fin, aparecía el pastor en la distancia, saltando de alegría, con su oveja a hombros. Y entonces se elevaría de toda la comunidad un clamor de alegría y de gracias a Dios.

Esa es la escena del Cielo que pintó Jesús. Así es como es Dios. Dios se alegra cuando se encuentra a un pecador que se había perdido como se alegra el pastor cuando vuelve a casa con la oveja extraviada. Como dijo un gran santo: «Dios también conoce la alegría de encontrar lo que se le había perdido.»

Aquí hay una idea maravillosa. Es realmente tremendo el hecho de que Dios es más amable que los hombres. Los religiosos excluían del pueblo de Dios a los publicanos y a los pecadores, que no merecían, según ellos, más que la destrucción; pero Dios no. Los hombres pueden perder la esperanza, pero Dios no. Dios ama a los que no se han extraviado; pero hay una alegría indecible en su corazón cuando uno que estaba perdido vuelve a casa. Es mil veces más fácil volver a Dios que a las frías críticas y recriminaciones de algunos hogares, y de algunas iglesias.

Pastor, que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño; Tú, que hiciste cayado de ese leño en que tiendes los brazos poderosos:

vuelve los ojos a mi fe piadosos, pues te confieso por mi autor y dueño, y la palabra de seguir te empeño tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor: pues por amores mueres no te espante el rigor de mis pecados, pues tan amigo de rendidos eres;

espera, pues, y escucha mis cuidados; pero, ¿cómo te digo que me esperes, si estás, para esperar, los pies clavados?

LOPE DE VEGA

LA MUJER QUE PERDIÓ Y ENCONTRÓ UNA MONEDA

Lucas 15:8-10

Jesús les contó también otra parábola:

-Si una mujer tiene diez dracmas, y pierde una, ¿verdad que enciende la luz y se pone a barrer la casa y a buscar por todas partes hasta que la encuentra? Y en cuanto la encuentra, junta a todas sus amigas y vecinas, y les dice: «¡Fijaos qué estupendo es lo que me ha pasado! ¡He encontrado la dracma que se me había perdido!» Pues os aseguro que eso es lo que pasa en el Cielo: los ángeles de Dios se ponen jubilosos cuando se arrepiente un pecador.

Que se perdiera una moneda en la casa de unos campesinos de Palestina no seria difícil, pero sí encontrarla. Las casas eran oscuras, sin más ventana que una circular de un par de palmos de diámetro. El suelo era de tierra cubierta de paja o cañas; así es que era como buscar una aguja en un pajar. La mujer se puso a barrer con la esperanza de ver brillar la moneda u oírla tintinar.

Hay dos razones por las que la mujer tendría tanto interés en encontrar la moneda:

(i) Puede que fuera sencillamente por necesidad. Era el jornal de un día en Palestina. Los obreros vivían al día. Tal vez el perder aquella moneda desequilibraba la economía familiar, o ponía en peligro la comida del día.

(ii) Puede que fuera por una razón más romántica. El adorno de una mujer casada era una diadema formada por diez moneditas de plata enlazadas con una cadenita de plata. Era el equivalente del anillo de boda, cuyo valor era aún superior al precio. Se consideraba algo tan personal que no se podía expropiar por deudas. Tal vez se trataba de una de esas monedas, y la mujer la buscaba como buscaría una casada ahora su anillo de boda.

Es fácil imaginar la alegría de la mujer cuando vio relucir la moneda y la pudo apretar cariñosamente entre sus dedos otra vez. Así es Dios, dijo Jesús. El júbilo de Dios y de todos los ángeles cuando vuelve al hogar un pecador es como el de un hogar que recupera el sustento del día, o como el de una mujer que había perdido algo muy personal y valioso, y lo encuentra otra vez.

Ningún fariseo habría soñado que Dios fuera así. Un gran pensador judío ha admitido que esto que Jesús enseñó acerca de Dios es algo completamente nuevo: que Dios busca a los hombres y se alegra cuando vuelven a estar con Él. Los judíos podrían haber llegado a creer que, si uno se humillaba hasta lo último y se postraba ante Dios suplicando misericordia, tal vez se le concediera; pero nunca se les habría ocurrido pensar que Dios buscara amorosa e insistentemente a los pecadores. Nosotros creemos en este amor de Dios, porque lo vemos encarnado en Jesucristo, el Hijo de Dios, que vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Luk_19:10 ).

LA HISTORIA DEL AMOR DE UN PADRE

Lucas 15:11-32

También les contó Jesús la siguiente historia: «Había una vez un hombre que tenía dos hijos. Un día, el más joven le dijo:

-¡Venga, Padre: dame lo que me corresponde de todo lo que tienes!

El padre entonces repartió todo entre sus dos hijos. AL cabo de unos pocos días, el hijo más joven reunió el producto de toda su parte y se marchó a un país lejano… y allí lo fundió todo viviendo a lo loco. Cuando ya se lo había gastado todo, hubo una hambruna en aquel país, y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue y se puso al servicio de un terrateniente que le empleó para estar al cuidado de sus cerdos. EL joven a veces tenía tanta hambre que se habría puesto a comer las algarrobas de los cerdos, pero ni eso le daban. Cuando volvió en sí, se dijo:

-¡Mira que hay jornaleros en la finca de mi padre que se hartan de comida, y aquí estoy yo muriéndome de hambre! Ya sé lo que haré: volveré a la casa de mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y no merezco que se me tenga por hijo tuyo; acéptame como a un jornalero más.»

Y dicho y hecho: se puso en camino hacia la casa de su padre. Todavía estaba a una cierta distancia, cuando le vio su padre; y se compadeció de él, y fue corriendo a su encuentro, y le abrazó y le besó con mucho cariño. El hijo empezó a decirle:

-Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y no merezco que se me tenga por hijo tuyo…

Pero el padre le cortó, y se puso a darles órdenes a los siervos:

-¡Venga! ¡Sacad la mejor ropa para que se vista, y traedle un anillo y zapatos! ¡Y traed el becerro cebón y matadlo, que vamos a tener un banquete y a hacer una fiesta! Porque a este hijo mío, ya le daba yo por muerto y ha vuelto sano y salvo; se me había perdido, y le he recuperado!

Y se pusieron a celebrarlo. A todo esto el hijo mayor estaba en el campo; y cuando volvió y se acercó a la casa, oyó el jaleo de la música y del baile. Entonces llamó a uno de los criados para preguntarle qué era lo que pasaba.

-¡Es que ha vuelto tu hermano! -le dijo-. Y tu padre se ha puesto tan contento de tenerle otra vez en casa sano y salvo que ha dicho que se matara el becerro cebón.

Entonces el hermano mayor se puso tan furioso que no quería entrar por nada del mundo. Salió el padre a buscarle, y le pedía por favor que entrara. Pero él se enfrentó con su padre y se puso a decirle:

-¡Fíjate! ¡Hace tantos años que estoy trabajando para ti como un esclavo, y haciendo siempre lo que me mandas, y nunca me has dado ni un cabrito para pasármelo bien con mis amigos! ¡Y va este «hijo de papá» tuyo, que no ha hecho nunca nada, más que fundir tus propiedades con putas, y vuelve a casa, y dices que maten el becerro cebón para celebrarlo!

El padre entonces le dijo:

-Hijo mío, tú has estado siempre conmigo, y puedes disponer de todo lo mío. Pero teníamos que hacer fiesta y celebrarlo: porque a este hermano tuyo ya le dábamos por muerto, ¡y es como si hubiera resucitado!; creíamos que le habíamos perdido para siempre, ¡y le hemos recuperado!»

Les sobra razón a los que dicen que esta es la historia breve más maravillosa del mundo. Según la ley judía, un padre no podía repartir sus bienes como quisiera: el primogénito tenía que recibir dos terceras partes, y el segundo, el resto Deu_21:17 ). No era raro que se repartiera la herencia antes de morir el padre, especialmente si éste quería retirarse de la dirección del negocio; pero había una innegable dureza en la actitud del segundo hijo cuando dijo: «¡Venga, Padre: dame lo que me corresponde de todo lo que tienes!», como si dijera «lo que va a ser mío de todas maneras cuando te mueras.» El padre no discutió. Sabía que, si su hijo iba a aprender, tendría que ser por las malas; así que accedió a su petición. Sin perder tiempo, el hijo reunió el producto de todo lo que le correspondió, y se marchó de casa.

No pasó mucho tiempo antes de que se lo gastara todo, y acabó cuidando cerdos, un trabajo prohibido para los judíos, porque la ley decía: «Maldito el que cría cerdos.» Y entonces Jesús le dirigió a la humanidad pecadora el mayor cumplido de la Historia: «Cuando volvió en sí», dijo. Jesús creía que, mientras uno está lejos de Dios, no es él mismo; solamente lo es cuando emprende el regreso a casa. No hay duda que Jesús no creía en la «total depravación» de la naturaleza humana como algunos teólogos. Jesús no creía que se puede glorificar a Dios vilipendiando al hombre; lo que sí creía es que el hombre no es realmente él mismo hasta que vuelve a Dios.

Así es que el hijo pródigo decidió volver a casa y pedir que se le recibiera, no como hijo, sino como uno de los que estaban en el nivel más bajo: los contratados para trabajar por días. Los esclavos corrientes eran en cierto modo miembros de la familia; pero los jornaleros se podían despedir de un día para otro; no eran parte de la familia. El hijo volvió a casa; y, según el mejor texto original, su padre no le dejó decir lo que se había preparado de que le dejara quedarse como jornalero. Le cortó antes. La ropa representa el honor; el anillo, la autoridad, porque el que una persona le diera a otra el anillo era como darle poder notarial; los zapatos distinguían, a los hijos, de los esclavos, que no los tenían. (De ahí el espiritual negro en el que el esclavo negro expresa su sueño de libertad diciendo que «Todos los hijos de Dios llevan zapatos»). Y empezó la fiesta para que todos pudieran celebrar la vuelta del ausente.

Parémonos aquí para contemplar la verdad de esta parábola:

(i) No es justo que se la conozca como «la parábola del Hijo Pródigo», porque el hijo no es el héroe de la historia. Debería llamarse «del Padre Amante», porque nos habla más del amor del Padre que del pecado del hijo.

(ii) Nos dice un montón del perdón de Dios. El padre tiene que haber estado esperando y observando el camino, porque vio al hijo cuando aún estaba a una distancia considerable. Y cuando llegó, le perdonó sin echarle nada en cara. Hay un perdón que se otorga por hacer un favor; o aún peor: cuando se sigue recordando el pecado con insinuaciones o alusiones o amenazas. Una vez uno le preguntó a Lincoln cómo iba a tratar a los rebeldes sudistas cuando fueran derrotados y volvieran a la Unión. Él esperaba que Lincoln hablara de venganza; pero sólo recibió por respuesta: «Los trataré como si nunca hubieran estado separados.» Es maravilloso que el amor de Dios nos trate así.

Ese no es el final de la historia. En la última parte aparece el hermano mayor, que sentía que su hermano hubiera vuelto. Representa a los fariseos que se creían justos, y que habrían preferido que el pecador fuera destruido, y no salvo. Fijémonos en algunos detalles:

(i) Se ve por su actitud que los años que había pasado sirviendo y obedeciendo a su padre los había pasado más cumpliendo con una obligación desagradable que sirviendo ,por amor.

(ii) Su actitud era de absoluta falta de compasión. Se refiere al pródigo, no como mi hermano, sino como tu hijo, probablemente despectivamente. Parece ser uno de esos tipos que se complacen en hundir aún más al desgraciado.

(iii) Tenía una mente sucia. No se mencionan las prostitutas hasta que lo hace él. Parece que acusaba a su hermano de pecados que le habría gustado cometer a él.

Otra vez nos encontramos con la verdad sorprendente y admirable de que es más fácil confesarnos con Dios que con muchos hombres; que Dios es más misericordioso en sus juicios que muchos supuestos piadosos; que el amor de Dios es más amplio que el de los hombres, y que Dios está dispuesto a perdonar cuando los hombres no. Ante un amor así, no podemos más que perdernos en admiración, amor y alabanza.

TRES COSAS PERDIDAS Y EL GOZO DE ENCONTRARLAS

Para terminar, debemos darnos cuenta de que las tres parábolas de este capítulo no son sencillamente tres maneras de decir lo mismo. Hay diferencias. La oveja se perdió porque era un animal estúpido. No pensaba; y muchos se librarían de caer en el pecado si pensaran un poco y a tiempo. La moneda se perdió sin que fuera culpa suya, diríamos que por accidente. El hijo se perdió a posta y a sabiendas, volviéndole la espalda a su padre.

El amor de Dios puede vencer la estupidez humana, las circunstancias que tantas veces influyen para mal, y hasta la consciente rebeldía del corazón. Porque Dios es amor, no se resigna a perder lo que ama, sino que busca y espera, y se alegra con gozo inefable y glorioso cuando recupera lo que se le había perdido.

Lucas 15:1-32

15.2 ¿Por qué los fariseos y los escribas se molestaban cuando Jesús se relacionaba con estas personas? Los líderes religiosos se cuidaban mucho en mantenerse «limpios» conforme a la Ley del Antiguo Testamento. Incluso iban más allá de la Ley en cuidarse de cierta gente, situaciones y en el ritual de purificación. En contraste, Jesús tomó el concepto de «limpieza» sin darle mucha trascendencia. Se arriesgó a contaminarse al tocar leprosos y al no lavarse como los fariseos habían establecido y mostró total desdén por las sanciones que se aplicaban por relacionarse con cierta clase de personas. Vino para ofrecer salvación a los pecadores, a mostrar que Dios los ama. Jesús no se alteró con las acusaciones que le hicieron. En cambio, siguió en busca de quienes lo necesitaban sin importarle su pecaminosidad y el efecto que podría causar en su reputación. ¿Qué cosas le mantienen alejado de la gente necesitada de Cristo?

15.3-6 Parece absurdo que el pastor deje las noventa y nueve ovejas para buscar una sola. Pero sabía que las noventa y nueve estaban seguras en el redil, mientras que la perdida estaba en peligro. Debido a que cada oveja tiene un alto precio, el pastor sabe que vale la pena buscar la perdida con diligencia. El amor de Dios por cada persona es tan grande que busca la seguridad de cada una y se regocija cuando la «encuentra». Jesús se relacionó con los pecadores porque El iba al encuentro de la oveja perdida, pecadores considerados sin esperanza, para darles las buenas nuevas del Reino de Dios. Antes que usted creyera, Dios lo buscó y su amor sigue buscando a los perdidos.

15.8-10 Las mujeres palestinas recibían diez monedas de plata como regalo matrimonial. Estas monedas tenían un valor sentimental semejante al anillo de bodas y perder una era muy desesperante. Así como la alegría que significaría para una mujer hallar la moneda o el anillo extraviado, también los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente. Cada individuo es precioso para Dios. Se aflige por cada perdido y se regocija cuando encuentra y lleva al Reino a alguno de sus hijos. Quizás tendríamos más gozo en nuestras iglesias si testificamos del amor de Jesús y nos preocupamos por el perdido.

15.12 La herencia del hijo menor era un tercio, la del hijo mayor era de dos tercios (Deu_21:17). En la mayoría de los casos, la recibían al morir el padre, aunque algunos padres optaban dividir su herencia antes y retirarse de la administración de sus bienes. Lo que no es usual aquí es que el hijo menor iniciara la división de los bienes. Mostraba así falta de respeto a la autoridad de su padre como cabeza de la familia.

15.15, 16 De acuerdo a la Ley de Moisés, los cerdos eran animales inmundos (Lev_11:2-8; Deu_14:8). Esto significa que no se podían comer ni usar en sacrificios. Para protegerse de la contaminación, los judíos ni siquiera osaban tocarlos. Para un judío pararse delante de cerdos que se alimentaban era una gran humillación y para este joven comer lo que los cerdos dejaban era una degradación que iba más allá de lo creíble. El hijo menor realmente llegó a lo más bajo.

15.17 El hijo menor, como muchos que son rebeldes e inmaduros, deseaba ser libre para vivir a su antojo. Necesitaba llegar a lo más bajo antes de recobrar el sentido. A menudo las personas deben pasar por gran pena y tragedia antes de mirar al Unico que puede ayudarlas. ¿Trata de vivir a su manera, con egoísmo, quitando todo lo que se le interponga en el camino? No pierda su conciencia, deténgase y mire antes de tocar fondo, sálvese y evite a su familia un dolor mayor.

15.20 En las dos parábolas anteriores, los que buscaban dieron todo de sí para encontrar la moneda y la oveja que no podrían volver solas. En esta, el padre velaba y esperaba. Se enfrentaba a un ser humano con voluntad propia, pero estaba seguro que su hijo volvería. De la misma manera, el amor de Dios es persistente y fiel. Dios nos buscará y nos dará oportunidades para responder, pero no nos obligará a ir a El. Como el padre, nos espera con paciencia y desea que recobremos nuestros sentidos.

15.24 La oveja se perdió porque vagó negligentemente (15.4); la moneda se perdió sin que tuviera culpa en ello (15.8); el hijo se dejó llevar por su egoísmo (15.12). El gran amor de Dios busca y halla pecadores, sin importar el porqué se perdieron.

15.25-31 Fue duro para el hermano mayor aceptar el regreso de su hermano menor, y hoy en día tenemos esta misma dificultad para aceptar al hijo menor. Las personas arrepentidas después de ganar mala reputación por su vida de pecado, a menudo las ven con recelo en las iglesias donde algunas veces no están dispuestas a aceptarlas como miembros. Sin embargo, debemos regocijarnos como los ángeles en los cielos cuando un pecador se arrepiente y vuelve a Dios. Como Dios el Padre, debemos aceptar pecadores arrepentidos de todo corazón y brindarles apoyo y ánimo para que crezcan en Cristo.

15.30 En la parábola del hijo pródigo, la respuesta del padre contrasta con la del hermano mayor. El padre perdonó porque estaba lleno de amor. El hijo se negó a perdonar por su despecho ante la injusticia de todo lo ocurrido. Con este resentimiento solo logró perderse el amor del padre como el hermano menor lo perdió. Si se niega a perdonar, se perderá una maravillosa oportunidad de experimentar gozo y comunión con otros. Haga que su gozo crezca: perdone a alguien que lo haya herido.

15.32 En esta parábola, el hermano mayor representaba a los fariseos airados y resentidos porque los pecadores eran bien recibidos en el Reino de Dios. Después de todo, podrían pensar, hemos sacrificado y hecho muchísimo por Dios. Cuán fácil es resentirnos ante el bondadoso perdón que Dios da a otros, a los que consideramos peores pecadores que nosotros. Pero cuando nuestra justicia obstruye el camino de regocijarnos por la misericordia de Dios, no somos mejores que los fariseos.

Lucas 15:1-10

El capítulo que empieza con estos versículos es bien conocido de los lectores de la Biblia. Pocas páginas hay en la Santa Palabra que hay producido tan benéficos resultados como estas en el alma del hombre. Cuidemos de que nosotros también las aprovechemos.

Debemos observar primeramente la notable aseveración que respecto de nuestro Señor hicieron sus enemigos cuando se llegaban a él todos los publicamos y pecadores a oírlo, murmuraban los fariseos y los escribas, diciendo: «Este a los pecadores recibe, y con ellos come.» Es bien evidente que estas palabras fueron pronunciadas en tono de sorpresa y desprecio, y no de gozo y admiración. Estos ignorantes guías de los judíos no podían comprender que el proclamador de una religión se asociara con los malos. Y, no obstante, esas palabras produjeron buenos resultados. Fueron lanzadas en tono de reproche, pero Jesús las aceptó como una descripción de su misión, y con motivo de ellas pronunció tres de las parábolas más instructivas que hayan salido de sus labios.

La aseveración que hicieron los escribas y fariseos era rigurosa y literalmente cierta. Nuestro Señor Jesucristo recibe, a la verdad, a los pecadores. Los recibe para perdonarlos, para santificarlos y hacerlos dignos de entrar en los cielos. Esa es su misión especial. Con este fin vino al mundo. Vino a llamar no a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento. Y lo que fue sobro la tierra, lo es ahora que mora a la diestra del Padre, y lo será por toda la eternidad. Es verdaderamente el amigo de los pecadores.

¿Reconocemos nosotros nuestro pecado? ¿Confesamos que somos malos, y perversos, y culpables, y merecedores de la ira de Dios? ¿Nos es doloroso el recuerdo de nuestra vida pasada? ¿Nos ruborizamos cuando traemos a la memoria nuestra conducta de otros días? Entonces nosotros somos cabalmente, quienes deben acudir a Cristo sin tardanza. Cristo nos recibirá con benignidad, nos perdonará espontáneamente y nos dará la gloria eterna. No vayamos a perdernos por no acudir a él para obtener la salvación.

Debemos observar, además, los símiles notables bajo los cuales nuestro Señor manifiesta cual es la naturaleza de su amor para con los pecadores. Se nos dice que, en respuesta a la observación irrisoria de sus enemigos, pronunció tres parábolas–la parábola de la oveja perdida, la de la dracma y la del hijo pródigo. Tenemos a la vista las dos primeras.

Todas tres explican y ejemplifican una misma verdad. Todas tres manifiestan la voluntad que Cristo tiene de salvar a los pecadores.

El amor de Cristo se manifiesta en una actividad incansable. Así como el pastor no se sentó con los brazos cruzados a lamentar la pérdida de su oveja y la mujer no se quedó quieta llorando la pérdida de su moneda, nuestro bendito Señor no se contentó con permanecer en su trono apiadándose de los pecadores. Dejó la gloria de que disfrutaba con el Padre, y se humilló para hacerse semejante al hombre. Descendió al mundo a salvar lo que se había perdido, y no descansó hasta que no hubo hecho expiación por nuestros pecados, producido una justificación imperecedera, preparado redención eterna, y abierto la puerta de la vida a todos los que deseen ser salvos.

El amor de Cristo es un amor acompañado de abnegación. El pastor prefirió traer la oveja perdida en sus hombros, más bien que dejarla perder. La mujer encendió una vela y barrió la casa, y busco con diligencia, y no ahorró esfuerzo alguno hasta hallar la moneda. Y, de la misma manera, Cristo llevó el sacrificio hasta el punto de entregarse a sí mismo. «él sufrió la cruz menospreciando la vergüenza,» « El dio su vida por sus amigos.» Nadie tiene mayor amor que este. Joh_15:13; Heb_12:2.

El amor de Cristo es profundo y vehemente. Así como el pastor se regocijó de encontrar la oveja, y la mujer la moneda, así se regocija Jesús de salvar a los pecadores. Acabar la obra que vino a hacer fue su «comida y su bebida» cuando estuvo sobre la tierra; y se sintió angustiado hasta que la consumó. El tiene más voluntad de salvar a los pecadores que estos de ser salvos.

Procuremos entender algo de la naturaleza del amor de Cristo. Es un amor que sobrepuja todo conocimiento. Es indescriptible e insondable. A él, a ese amor es que debemos confiar nuestras almas si queremos paz en esta vida y gloria en la otra. Si confiamos en el amor que tengamos hacia Cristo, estamos edificando en la arena movediza; mas si nos apoyamos en el amor de Cristo hacia nosotros, estamos edificando sobre una roca.

En estos versículos notamos, por último, los estímulos que Cristo presenta a tos que se arrepientan. El versículo 7 contiene estas importantes palabras: «Habrá gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente.» Más abajo se encuentra el mismo pensamiento. «Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.» La misma expresión se encuentra dos veces para no dejar duda alguna. La misma idea ha sido repetida para no dar margen a la incredulidad del hombre.

Estos dichos son profundos a la verdad. Nuestro débil entendimiento no alcanza a comprender como el gozo perfecto del cielo pueda ser susceptible de aumento. Pero una cosa es bien clara: que Dios tiene voluntad infinita de recibir a los pecadores. Por malvado que un hombre haya sido, el día que se arrepienta de sus culpas, y se acerque el Padre implorando la protección de Jesucristo, Dios se regocijará de ello. El no siente júbilo en la condenación de los réprobos, pero sí se alegra de un arrepentimiento verdadero.

Que el que tenga temor de arrepentirse, considere bien los versículos de que venimos tratando y haga a un lado toda timidez. No hay nada de parte de Dios que justifique sus temores. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos los perdone, y nos limpie de toda maldad..

Que el que tenga vergüenza de arrepentirse medite sobre estos versículos, y se despoje de todo encogimiento. ¿Qué importa que el mundo se burle y se ría de su arrepentimiento? Mientras que los hombres hacen burlas, los ángeles se están regocijando. El cambio que los hombres llaman insensatez es el que llena el cielo de alegría.

¿Nos hemos arrepentido nosotros? He aquí la cuestión que más nos interesa. ¿De qué nos sirve conocer el amor de Cristo en teoría? «Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hiciereis.» Joh_13:17.

Lucas 15:11-24

La parábola que tenemos a la vista se conoce generalmente bajo el título de «Parábola del Hijo Pródigo.» Puede llamarse en verdad, un gran cuadro espiritual. a diferencia de la mayor parte de las parábolas de nuestro Señor, no nos enseña una sola, sino muchas verdades.

La primera figura que se nos presenta en esto cuadro es la de un hombre que sigue las inclinaciones naturales de su corazón. Es un hijo menor que queriendo prematuramente hacerse independiente, parte de la casa de un padre cariñoso, y «desperdicia su hacienda viviendo perdidamente..

Y ese hijo menor representa bien la naturaleza humana. Todos nosotros somos por naturaleza orgullosos y voluntariosos. No sentimos placer alguno en tener comunión con Dios; mas, bien al contrario, nos separamos de El y nos vamos lejos. Gastamos nuestros días, nuestra fuerza, nuestras facultades, nuestros afectos, en cosas que no son ni pueden ser de provecho alguno. El avaro lo hace de un modo, y el libertino lo hace de otro. Solo en un punto todos estamos de acuerdo: que como ovejas «nos perdemos, y cada cual se aparta por su camino.» Isa_3:6. En la conducta primera del hijo menor se dejan ver las inclinaciones que el corazón tiene por naturaleza.

El que no sabe nada de estas cosas tiene todavía mucho que aprender, y necesita que la luz penetre en su entendimiento oscurecido. La ignorancia más perniciosa es la del que no se conoce a sí mismo. Feliz el que ha salido del mundo de las tinieblas y sabe quien es. De muchos puede decirse en verdad: « No saben ni entienden: andan en tinieblas.» Psa_82:5.

La segunda figura es la de un hombre que aprende por experiencia que el camino del pecador es escabroso. Nuestro Señor presenta a nuestros ojos el mismo joven gastando su haber hasta que queda reducido a la miseria y al hambre de tal manera que tiene que ocuparse en apacentar cerdos, y desea henchirse de las algarrobas que estos animales comían.

Estas palabras pintan la situación de muchos individuos. El pecado domina con cetro de hierro; y de esto caen en cuenta, para su pesar los que se hacen esclavos suyos. Los que no se convierten no pueden ser jamás verdaderamente felices. Bajo la apariencia de alegría, albergan una zozobra interior que los atormenta en extremo. Millares de hombres de esa clase hay que tienen herido el corazón, que se sienten aburridos de sus propios actos, y completamente desdichados. Muchos hay que dicen: «¿Quién nos mostrará el bien?» «No hay paz, dijo mi Dios; para con los impíos.» Los sufrimientos secretos del hombre que no ha sido regenerado son grandes sobre manera. En su pecho siente un vacío, por más que se esfuerce en ocultarlo. «El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción.» «¿Qué fruto teníais entonces de aquellas cosas, de las cuales ahora os avergonzáis?» Gal_6:8; Rom_6:21.

La tercera figura representa al hombre apercibiéndose por vez primera de su corrupción natural, y resolviendo arrepentirse. Nuestro Señor dice que el joven volviendo en sí exclamo: « ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, pecado he..

Estas palabras expresan los pensamientos de gran número de individuos. Muchos han raciocinado así todos los días; y nosotros debemos dar gracias a Dios cuando percibimos que nos vienen a la mente tales pensamientos. Pensar no es arrepentirse pero puede ser el principio de este acto. Convicción no es conversión, pero es el primer paso que conduce a ella. La causa de la muerte eterna de gran número de hombres es que jamás piensan.

Pero es preciso, sin embargo, hacer una advertencia: hemos de tener mucho cuidado de no contentarnos con pensar solamente. Los buenos pensamientos son muy saludables; pero ellos no constituyen la religión que salva. Si el hijo pródigo no hubiera hecho nada, más que pensar, tal vez habría permanecido alejado de en casa hasta el día de su muerte.

La cuarta figura representa al hombre tornándose hacia Dios con fe y arrepentimiento verdaderos. Nuestro Señor dice cómo el joven, saliendo del país distante y volviéndose a la casa de su padre, puso en práctica sus buenas intenciones y confesó sus pecados sin rodeos algunos.

He ahí un vivo bosquejo del arrepentimiento y de la conversión verdadera. Aquel en cuyo corazón ha empezado realmente la operación del Espíritu Santo, no queda satisfecho con pensar y resolver; mas se aparta, se separa, se divorcia del pecado; deja de hacer lo malo; procura hacer lo bueno; se torna a Dios con plegarias humildes; confiesa sus iniquidades; no alega disculpas por los pecados que ha cometido; y dice como David: « Conozco mis rebeliones.» Y como el publicano: « Dios, ten misericordia de mí, pecador.» Psa_51:3; Luk_18:13.

Guardémonos de todo arrepentimiento que no sea de esta naturaleza. Los hechos son el alma del arrepentimiento que salva. Emociones, y lágrimas, y remordimientos, y deseos, y resoluciones, todo esto es inútil a menos que vaya acompañado de hechos y de un cambio de vida. Son, a la verdad peor que inútiles, puesto que insensiblemente cauterizan la conciencia y endurecen el corazón.

La quinta figura representa al hombre penitente en el acto de ser recibido, perdonado, y aceptado misericordiosamente como hijo de Dios. La descripción de nuestro Señor es muy patética. Hela aquí: «Y como aún estuviese lejos le vio su padre, y fue movido a misericordia; y corriendo a él, se derribó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, pecado he contra el cielo, y contra ti: ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Mas el padre dijo a sus siervos: Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned anillo en su mano, y zapatos en sus pies; y traed el becerro grueso y matadle; y comamos y hagamos banquete; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido: se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a hacer banquete..

Tal vez jamás fueron escritas palabras más conmovedoras que estas. Comentarlas parece innecesario. Es como dorar el oro refinado y pintar el lirio. Nos manifiestan el infinito amor de Cristo hacia los pecadores; y nos enseñan cuan grande es la voluntad que tiene de recibir a todos los que vienen a él, y cuan completo y amplio es el perdón que concede. «En este es justificado todo el que creyere.» «él es grande en misericordia.» Act. 13: 39; Psa_86:5.

Tengamos presente constantemente que la misericordia de nuestro Señor Jesucristo es infinita. No olvidemos que «él recibe a los pecadores.» A él deben estos acudir para obtener la vida eterna. En él y en su misericordia es que confía el cristiano que se ha arrepentido y que tiene verdadera fe. «La vida que ahora vivo en la carne,» dice S. Pablo, «la vivo por la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.» Gal_2:20.

Lucas 15:25-32

Estos versículos contienen la conclusión de la parábola del hijo pródigo. No son tan bien conocidos como los que les preceden pero fueron pronunciados por los mismos labios que describieron el regreso del hijo menor a la casa de su padre. Como todo lo que salió de esos labios, son profundamente instructivos.

Este pasaje nos enseña, en primer lugar, cuan implacables y desapiadados son los sentimientos que abrigan para con los pecadores los que se creen justos.

Nuestro Señor nos enseña esto con el breve bosquejo que hace de la conducta del hermano mayor. Este se enojó al saber que se estaban regocijando por la vuelta de su hermano; se quejó de qua su padre tratase al pródigo con tanto cariño, y no lo tratara a él como merecía; y no pudo tomar parte en el común regocijo, mas se entregó a pensamientos de envidia y de malevolencia. El cuadro es triste, pero instructivo.

Bajo cierto punto de vista el hijo mayor es un tipo de los judíos de aquella época. La idea do que los gentiles (que era el hermano menor) participaran de-sus privilegios, les disgustaba muchísimo. Ellos hubieran querido excluirlos de la gracia de Dios, y tercamente rehusaron creer que iban a ser, como ellos, coherederos de Jesucristo. En todo esto se portaron como el hermano mayor.

Bajo otro punto de vista el hermano mayor representa fielmente a los escribas y fariseos de aquellos tiempos. Censuraban a nuestro Señor porque recibía a los pecadores y comía con ellos, y murmuraban porque abría la puerta de la salvación a los publícanos y a las rameras. Más contentos hubieran estado si nuestro Señor hubiese limitado a ellos y a los de su secta sus enseñanzas y sus bendiciones, y no hubiera hecho nada por los ignorantes y los pecadores.

Nuestro Señor comprendió bien el estado de su ánimo, y lo pintó con vivos colores bajo la figura del «hermano mayor..

Bajo un tercer punto de vista no menos interesante que los otros dos el hermano mayor es un tipo exacto de una clase numerosa de individuos que forma en nuestros días parte de la iglesia cristiana. En todas partes hay millares de hombres que no quieren que se proclame el Evangelio sin limitaciones ni restricciones de ninguna clase. Se quejan de que los ministros ensanchan el sendero demasiado y de que la doctrina de la gracia tiende a fomentar el libertinaje. Siempre que veamos personas de esa clase recordemos el pasaje de que venimos tratando. Sus palabras son semejantes a las del «hermano mayor..

Cuidemos de que este mal no nos inficione el corazón. En parte debe atribuirse a la ignorancia. Hombres hay que no perciben su maldad y desmerecimiento, y concluyen por imaginarse que son mucho mejores que los demás y que ninguno es digno de compararse con ellos. En parte puede atribuirse también a falta de caridad. Algunos hombres no abrigan sentimientos nobles para con sus semejantes, y por consiguiente no pueden regocijarse de que estos se salven. Pero debe atribuirse, más a que ninguna, otra cosa, a la falta de inteligencia, de parte de algunos hombres, de la naturaleza del perdón de que trata el Evangelio. El que sepa que todos obtenemos la salvación solamente por gracia; y que aun los más buenos no tienen nada de que gloriarse, pues todo nos ha sido dado de lo alto, no se expresará como el hermano mayor.

Este pasaje nos enseña, en segundo lugar, que la conversión de un alma debe ser motivo de júbilo para todos los que la presencien. Nuestro Señor pone en boca del padre del pródigo estas palabras; « Hacer banquete y holgamos era menester; porque este tu hermano muerto era, y revivió: se había perdido, y es hallado..

La lección que estas palabras encierran fue dirigida primariamente a los escribas y fariseos. Si en su corazón hubiera estos dado albergue a sentimientos verdaderamente religiosos, no hubieran murmurado contra Jesús porque recibía a los pecadores; pues habrían recordado que los publicanos y pecadores más malos eran sus hermanos, y que si diferían en algo de estos, la diferencia provenía de la gracia. Se habrían alegrado de ver esas pobres y descarriadas ovejas volviendo al redil. Más, desgraciadamente, tales sentimientos les eran completamente, ajenos. Cobijados con la confianza en sus propios merecimientos, murmuraban y censuraban en vez de dar gracias a Dios.

Bien haríamos todos en aprovechar esta lección. Nada debiera causarnos tanto júbilo como la conversión de las almas. Ese acontecimiento llena de gozo a los seres celestiales, y debe regocijar a los hombres acá en la tierra. ¿Qué importa que los que se hayan convertido sean personas degradadas? ¡Qué importa que hayan servido a Satanás por muchos años, y hayan gastado su hacienda viviendo perdidamente! Nada, nada. ¿Les ha penetrado la gracia el corazón? ¿Son penitentes sinceros? ¿Han regresado a la casa de su padre? ¿Son criaturas nuevas en Cristo Jesús? ¿Son muertos que han resucitado, y personas perdidas que han sido halladas? He aquí las únicas preguntas que tenemos derecho de hacer. Si las respuestas son satisfactorias debemos regocijarnos.

Demos gracias a Dios cuando un hombre más haya sido salvo, y exclamemos: «Este es mi hermano que muerto era y revivió: se había perdido y es hallado..

¿Qué pensamos nosotros sobre este particular? Esta es al cabo la cuestión que nos toca más de cerca. El hombre que toma gran interés en la política, o en las recreaciones, o en los negocios, pero no se cuida de la conversión de las almas, no es cristiano verdadero. Está «muerto» y es necesario que «reviva;» está «perdido» y es necesario que lo «hallen.

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