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Lucas 15: La alegría del Pastor

15.12 La herencia del hijo menor era un tercio, la del hijo mayor era de dos tercios (Deu_21:17). En la mayoría de los casos, la recibían al morir el padre, aunque algunos padres optaban dividir su herencia antes y retirarse de la administración de sus bienes. Lo que no es usual aquí es que el hijo menor iniciara la división de los bienes. Mostraba así falta de respeto a la autoridad de su padre como cabeza de la familia.

15.15, 16 De acuerdo a la Ley de Moisés, los cerdos eran animales inmundos (Lev_11:2-8; Deu_14:8). Esto significa que no se podían comer ni usar en sacrificios. Para protegerse de la contaminación, los judíos ni siquiera osaban tocarlos. Para un judío pararse delante de cerdos que se alimentaban era una gran humillación y para este joven comer lo que los cerdos dejaban era una degradación que iba más allá de lo creíble. El hijo menor realmente llegó a lo más bajo.

15.17 El hijo menor, como muchos que son rebeldes e inmaduros, deseaba ser libre para vivir a su antojo. Necesitaba llegar a lo más bajo antes de recobrar el sentido. A menudo las personas deben pasar por gran pena y tragedia antes de mirar al Unico que puede ayudarlas. ¿Trata de vivir a su manera, con egoísmo, quitando todo lo que se le interponga en el camino? No pierda su conciencia, deténgase y mire antes de tocar fondo, sálvese y evite a su familia un dolor mayor.

15.20 En las dos parábolas anteriores, los que buscaban dieron todo de sí para encontrar la moneda y la oveja que no podrían volver solas. En esta, el padre velaba y esperaba. Se enfrentaba a un ser humano con voluntad propia, pero estaba seguro que su hijo volvería. De la misma manera, el amor de Dios es persistente y fiel. Dios nos buscará y nos dará oportunidades para responder, pero no nos obligará a ir a El. Como el padre, nos espera con paciencia y desea que recobremos nuestros sentidos.

15.24 La oveja se perdió porque vagó negligentemente (15.4); la moneda se perdió sin que tuviera culpa en ello (15.8); el hijo se dejó llevar por su egoísmo (15.12). El gran amor de Dios busca y halla pecadores, sin importar el porqué se perdieron.

15.25-31 Fue duro para el hermano mayor aceptar el regreso de su hermano menor, y hoy en día tenemos esta misma dificultad para aceptar al hijo menor. Las personas arrepentidas después de ganar mala reputación por su vida de pecado, a menudo las ven con recelo en las iglesias donde algunas veces no están dispuestas a aceptarlas como miembros. Sin embargo, debemos regocijarnos como los ángeles en los cielos cuando un pecador se arrepiente y vuelve a Dios. Como Dios el Padre, debemos aceptar pecadores arrepentidos de todo corazón y brindarles apoyo y ánimo para que crezcan en Cristo.

15.30 En la parábola del hijo pródigo, la respuesta del padre contrasta con la del hermano mayor. El padre perdonó porque estaba lleno de amor. El hijo se negó a perdonar por su despecho ante la injusticia de todo lo ocurrido. Con este resentimiento solo logró perderse el amor del padre como el hermano menor lo perdió. Si se niega a perdonar, se perderá una maravillosa oportunidad de experimentar gozo y comunión con otros. Haga que su gozo crezca: perdone a alguien que lo haya herido.

15.32 En esta parábola, el hermano mayor representaba a los fariseos airados y resentidos porque los pecadores eran bien recibidos en el Reino de Dios. Después de todo, podrían pensar, hemos sacrificado y hecho muchísimo por Dios. Cuán fácil es resentirnos ante el bondadoso perdón que Dios da a otros, a los que consideramos peores pecadores que nosotros. Pero cuando nuestra justicia obstruye el camino de regocijarnos por la misericordia de Dios, no somos mejores que los fariseos.

Lucas 15:1-10

El capítulo que empieza con estos versículos es bien conocido de los lectores de la Biblia. Pocas páginas hay en la Santa Palabra que hay producido tan benéficos resultados como estas en el alma del hombre. Cuidemos de que nosotros también las aprovechemos.

Debemos observar primeramente la notable aseveración que respecto de nuestro Señor hicieron sus enemigos cuando se llegaban a él todos los publicamos y pecadores a oírlo, murmuraban los fariseos y los escribas, diciendo: «Este a los pecadores recibe, y con ellos come.» Es bien evidente que estas palabras fueron pronunciadas en tono de sorpresa y desprecio, y no de gozo y admiración. Estos ignorantes guías de los judíos no podían comprender que el proclamador de una religión se asociara con los malos. Y, no obstante, esas palabras produjeron buenos resultados. Fueron lanzadas en tono de reproche, pero Jesús las aceptó como una descripción de su misión, y con motivo de ellas pronunció tres de las parábolas más instructivas que hayan salido de sus labios.

La aseveración que hicieron los escribas y fariseos era rigurosa y literalmente cierta. Nuestro Señor Jesucristo recibe, a la verdad, a los pecadores. Los recibe para perdonarlos, para santificarlos y hacerlos dignos de entrar en los cielos. Esa es su misión especial. Con este fin vino al mundo. Vino a llamar no a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento. Y lo que fue sobro la tierra, lo es ahora que mora a la diestra del Padre, y lo será por toda la eternidad. Es verdaderamente el amigo de los pecadores.

¿Reconocemos nosotros nuestro pecado? ¿Confesamos que somos malos, y perversos, y culpables, y merecedores de la ira de Dios? ¿Nos es doloroso el recuerdo de nuestra vida pasada? ¿Nos ruborizamos cuando traemos a la memoria nuestra conducta de otros días? Entonces nosotros somos cabalmente, quienes deben acudir a Cristo sin tardanza. Cristo nos recibirá con benignidad, nos perdonará espontáneamente y nos dará la gloria eterna. No vayamos a perdernos por no acudir a él para obtener la salvación.

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