Tal vez jamás fueron escritas palabras más conmovedoras que estas. Comentarlas parece innecesario. Es como dorar el oro refinado y pintar el lirio. Nos manifiestan el infinito amor de Cristo hacia los pecadores; y nos enseñan cuan grande es la voluntad que tiene de recibir a todos los que vienen a él, y cuan completo y amplio es el perdón que concede. «En este es justificado todo el que creyere.» «él es grande en misericordia.» Act. 13: 39; Psa_86:5.
Tengamos presente constantemente que la misericordia de nuestro Señor Jesucristo es infinita. No olvidemos que «él recibe a los pecadores.» A él deben estos acudir para obtener la vida eterna. En él y en su misericordia es que confía el cristiano que se ha arrepentido y que tiene verdadera fe. «La vida que ahora vivo en la carne,» dice S. Pablo, «la vivo por la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.» Gal_2:20.
Lucas 15:25-32
Estos versículos contienen la conclusión de la parábola del hijo pródigo. No son tan bien conocidos como los que les preceden pero fueron pronunciados por los mismos labios que describieron el regreso del hijo menor a la casa de su padre. Como todo lo que salió de esos labios, son profundamente instructivos.
Este pasaje nos enseña, en primer lugar, cuan implacables y desapiadados son los sentimientos que abrigan para con los pecadores los que se creen justos.
Nuestro Señor nos enseña esto con el breve bosquejo que hace de la conducta del hermano mayor. Este se enojó al saber que se estaban regocijando por la vuelta de su hermano; se quejó de qua su padre tratase al pródigo con tanto cariño, y no lo tratara a él como merecía; y no pudo tomar parte en el común regocijo, mas se entregó a pensamientos de envidia y de malevolencia. El cuadro es triste, pero instructivo.
Bajo cierto punto de vista el hijo mayor es un tipo de los judíos de aquella época. La idea do que los gentiles (que era el hermano menor) participaran de-sus privilegios, les disgustaba muchísimo. Ellos hubieran querido excluirlos de la gracia de Dios, y tercamente rehusaron creer que iban a ser, como ellos, coherederos de Jesucristo. En todo esto se portaron como el hermano mayor.
Bajo otro punto de vista el hermano mayor representa fielmente a los escribas y fariseos de aquellos tiempos. Censuraban a nuestro Señor porque recibía a los pecadores y comía con ellos, y murmuraban porque abría la puerta de la salvación a los publícanos y a las rameras. Más contentos hubieran estado si nuestro Señor hubiese limitado a ellos y a los de su secta sus enseñanzas y sus bendiciones, y no hubiera hecho nada por los ignorantes y los pecadores.
Nuestro Señor comprendió bien el estado de su ánimo, y lo pintó con vivos colores bajo la figura del «hermano mayor..
Bajo un tercer punto de vista no menos interesante que los otros dos el hermano mayor es un tipo exacto de una clase numerosa de individuos que forma en nuestros días parte de la iglesia cristiana. En todas partes hay millares de hombres que no quieren que se proclame el Evangelio sin limitaciones ni restricciones de ninguna clase. Se quejan de que los ministros ensanchan el sendero demasiado y de que la doctrina de la gracia tiende a fomentar el libertinaje. Siempre que veamos personas de esa clase recordemos el pasaje de que venimos tratando. Sus palabras son semejantes a las del «hermano mayor..
Cuidemos de que este mal no nos inficione el corazón. En parte debe atribuirse a la ignorancia. Hombres hay que no perciben su maldad y desmerecimiento, y concluyen por imaginarse que son mucho mejores que los demás y que ninguno es digno de compararse con ellos. En parte puede atribuirse también a falta de caridad. Algunos hombres no abrigan sentimientos nobles para con sus semejantes, y por consiguiente no pueden regocijarse de que estos se salven. Pero debe atribuirse, más a que ninguna, otra cosa, a la falta de inteligencia, de parte de algunos hombres, de la naturaleza del perdón de que trata el Evangelio. El que sepa que todos obtenemos la salvación solamente por gracia; y que aun los más buenos no tienen nada de que gloriarse, pues todo nos ha sido dado de lo alto, no se expresará como el hermano mayor.
Este pasaje nos enseña, en segundo lugar, que la conversión de un alma debe ser motivo de júbilo para todos los que la presencien. Nuestro Señor pone en boca del padre del pródigo estas palabras; « Hacer banquete y holgamos era menester; porque este tu hermano muerto era, y revivió: se había perdido, y es hallado..
La lección que estas palabras encierran fue dirigida primariamente a los escribas y fariseos. Si en su corazón hubiera estos dado albergue a sentimientos verdaderamente religiosos, no hubieran murmurado contra Jesús porque recibía a los pecadores; pues habrían recordado que los publicanos y pecadores más malos eran sus hermanos, y que si diferían en algo de estos, la diferencia provenía de la gracia. Se habrían alegrado de ver esas pobres y descarriadas ovejas volviendo al redil. Más, desgraciadamente, tales sentimientos les eran completamente, ajenos. Cobijados con la confianza en sus propios merecimientos, murmuraban y censuraban en vez de dar gracias a Dios.
Bien haríamos todos en aprovechar esta lección. Nada debiera causarnos tanto júbilo como la conversión de las almas. Ese acontecimiento llena de gozo a los seres celestiales, y debe regocijar a los hombres acá en la tierra. ¿Qué importa que los que se hayan convertido sean personas degradadas? ¡Qué importa que hayan servido a Satanás por muchos años, y hayan gastado su hacienda viviendo perdidamente! Nada, nada. ¿Les ha penetrado la gracia el corazón? ¿Son penitentes sinceros? ¿Han regresado a la casa de su padre? ¿Son criaturas nuevas en Cristo Jesús? ¿Son muertos que han resucitado, y personas perdidas que han sido halladas? He aquí las únicas preguntas que tenemos derecho de hacer. Si las respuestas son satisfactorias debemos regocijarnos.
Demos gracias a Dios cuando un hombre más haya sido salvo, y exclamemos: «Este es mi hermano que muerto era y revivió: se había perdido y es hallado..
¿Qué pensamos nosotros sobre este particular? Esta es al cabo la cuestión que nos toca más de cerca. El hombre que toma gran interés en la política, o en las recreaciones, o en los negocios, pero no se cuida de la conversión de las almas, no es cristiano verdadero. Está «muerto» y es necesario que «reviva;» está «perdido» y es necesario que lo «hallen.
