Sucede a menudo que cuando se produce un gran terremoto la gente lo asume con coraje y dominio propio, pero el que se sucedan temblores de tierra menores causa un verdadero pánico. Eso era lo que sucedía en Filadelfia. Estrabón describe la escena. Los temblores se habían convertido en un suceso cotidiano. Aparecían grietas amenazadoras en las paredes de las casas. Un día aparecía en ruinas una parte de la ciudad, y otro otra. La mayor parte de la población vivía fuera de la ciudad, en chalés, y tenía miedo de ir al centro por si se le caía encima una pared. Se tenía por locos a los que seguían viviendo en la ciudad; se pasaban la vida apuntalando los edificios que bradizos, y huyendo de cuando en cuando a los espacios abiertos para ponerse a salvo. Estos día terribles no se olvidaban nunca en Filadelfia, y sus habitantes siempre estaban esperando inconscientemente los terribles temblores del suelo, dispuestos a salir corriendo para salvar la vida. Los vecinos de Filadelfia sabían muy bien que su seguridad dependía de la promesa de que «ya no tendrían que salir más.»
Pero aún hay más reflejos de la historia de Filadelfia en esta carta. Cuando el gran terremoto la devastó, Tiberio fue tan generoso con Filadelfia como lo había sido con Sardes. En agradecimiento cambió su nombre por el de Neocesarea -la nueva ciudad del César. En tiempos de Vespasiano Filadelfia mostró su agradecimiento otra vez cambiándose de nombre por el de Flavia, porque el patronímico del emperador era Flavio. Es verdad que ninguno de estos nuevos nombres duró gran cosa, y se le restauró el de «Filadelfia». Pero los de Filadelfia sabían muy bien lo que era recibir « un nombre nuevo.»
De todas las ciudades, Filadelfia es la que recibe más alabanzas, lo cual es señal de que se las merecía. En días posteriores llegó a ser una ciudad muy importante. Cuando los turcos y el mahometismo inundaron Asia Menor y todas las demás ciudades habían caído, Filadelfia se mantuvo en pie. Durante siglos fue la única ciudad cristiana libre en medio de una tierra no cristiana. Fue el último baluarte del cristianismo asiático. No cayó hasta mediado el siglo XIV; y hasta este día hay un obispo y un millar de cristianos en ella. Con la excepción de Esmirna, las otras iglesias están en ruinas; pero Filadelfia sigue enarbolando la bandera de la fe cristiana.
Filadelfia títulos y derechos
En la introducción de esta carta el Cristo Resucitado Se identifica con tres títulos, cada uno de los cuales implica un tremendo derecho.
(i) Es el Que es santo. Santo es una descripción de Dios mismo. « Santo, Santo, Santo es el Señor de los Ejércitos,» era el himno de los serafines que oyó Isaías (Isaías 6:3). «¿A qué, pues, Me haréis semejante o Me compararéis?, dice el Santo» (Isaías 40:25). «Yo soy el Señor, vuestro Santo, el Creador de Israel, vuestro Rey» (Isaías 43:15). En todo el Antiguo Testamento, Dios es el Santo; y aquí se Le da ese título al Cristo Resucitado. Debemos recordar que santo (háguios) quiere decir diferente, separado. Dios es santo porque es diferente de los hombres; tiene esa cualidad de ser que Le pertenece exclusivamente a Él. Decir que Jesucristo es santo es decir que Él participa del ser de Dios.
(ii) Es el Que es verdadero. En griego hay dos palabras que se traducen por verdadero: aléthés, en el sentido en que una afirmación verdadera es diferente de una afirmación falsa; y aléthinós, que quiere decir real en contraposición a lo que es irreal. Es la segunda de estas dos palabras la que se usa aquí. En Jesús se encuentra la realidad. Cuando nos encontramos cara a cara con Él, no nos encontramos ante un bosquejo confuso de la verdad, sino. con la verdad misma.
(iii) Es el Que tiene la llave de David, el Que abre de manera que nadie puede cerrar, y cierra de manera que nadie puede abrir. Notemos en primer lugar que la llave es el símbolo de la autoridad. Aquí tenemos la descripción de Jesucristo como el Que tiene la autoridad definitiva que nadie puede poner en duda.
Tras esto se encuentra una historia del Antiguo Testamento. Ezequías tenía un mayordomo fiel que se llamaba Eliaquim, que estaba a cargo de toda su casa, y que era el único que podía dar acceso a la presencia del rey. Isaías oyó decir a Dios acerca de este mayordomo fiel: « Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro: él abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie abrirá»
(Isaías 22:22). Esto era lo que Juan tenía en mente. Jesús es el único que tiene autoridad para admitir a la nueva Jerusalén, la nueva Ciudad de David. Como dice el Te Deum: «Tú abriste el Reino del Cielo a todos los creyentes.» Él es el único camino nuevo y vivo a la presencia de Dios.
