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Apocalipsis 3: La carta a Sardes

(c) Es posible que esto se refiera al Antiguo Testamento. Cuando Dios le dijo a Moisés la bendición que Aarón y los sacerdotes habían de pronunciar sobre el pueblo le dijo: «Y pondrán Mi Nombre sobre los hijos de Israel» (Números 6:2226, R-V hasta 1960). Es otra vez la misma idea; es como si la señal de pertenecer a Dios estuviera sobre Israel de tal manera que todos los hombres pudieran saber que era Su pueblo.

(iv) El nombre de la Nueva Jerusalén se escribiría sobre el fiel cristiano. Eso corresponde a la ciudadanía del fiel cristiano en la ciudad de Dios. Según Ezequiel, el nombre de la ciudad re-creada de Dios había de ser El Señor está allí (Ezequiel 48:35). Los fieles serán ciudadanos de la ciudad en la que habita la presencia de Dios.

(v) Cristo escribirá en Su fiel servidor Su propio nombre nuevo. Los habitantes de Filadelfia conocían eso de cambiar de nombre adquiriendo uno nuevo. Cuando el año 17 d.C. un terrible terremoto devastó su ciudad, y el emperador Tiberio fue generoso con ellos eximiéndolos de los impuestos y contribuyendo generosamente a la reconstrucción, en agradecimiento ellos adoptaron el nombre de Neocaesarea, la Nueva Ciudad del César; y más tarde, cuando Vespasiano los trató con benevolencia, cambiaron de nuevo su nombre por el de Flavia, que era el de la familia de Vespasiano. Jesucristo marcará a Sus fieles servidores con Su nombre nuevo; acerca de cuál sería ese nombre no tenemos por qué especular, porque nadie lo sabe (Apocalipsis 19:12); pero en el tiempo por venir, cuando Cristo haya conquistado todo el Universo, Sus fieles servidores llevarán la señal que muestre que Le pertenecen a Él, y participarán de Su victoria.

La carta a Laodicea

Escribe al ángel de la Iglesia de Laodicea: Estas cosas las dice el Amén, el Testigo al Que podéis dar crédito y Que es veraz, la Causa agente de la Creación de Dios. Yo conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así es que, porque eres tibio y no frío ni caliente, te bomitaré de Mi boca. Aunque tú dices: Yo soy rico, y he amasado riqueza, y no carezco de nada -no te das cuenta de que eres tú el que eres el desventurado y miserable, el pobre y ciego y desnudo. Yo te aconsejo que compres de Mí oro refinado al fuego para ser rico, vestiduras blancas para estar vestido y que no esté a la vista la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungirte los ojos, para que puedas ver. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Muestra por tanto interés, y arrepiéntete. Fíjate: Yo estoy llamando a la puerta. Si hay alguien que oiga Mi voz y Me abra la puerta, entraré a cenar con él, y él conmigo. Al que obtenga la victoria le concederé que se siente conmigo en Mi trono, como Yo también vencí y Me senté con Mi Padre en Su trono. El que tenga oídos, que preste atención a lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias.

Laodicea, la iglesia condenada

Laodicea tiene la macabra distinción de ser la única iglesia de la que el Cristo Resucitado no podía decir nada positivo. En el mundo antiguo había por lo menos seis ciudades que se llamaban Laodicea, y esta se llamaba Laodicea del Lico para distinguirla de las otras. Fue fundada hacia el año 250 a.C. por Antíoco de Siria, que le dio ese nombre por el de su mujer, Laodiké.

Debía su importancia exclusivamente a su situación. La carretera de Éfeso al Oriente y a Siria era la más importante de Asia. Arrancaba de la costa en Éfeso, y tenía que arreglárselas para subir 3,000 metros hasta la meseta central. Lo iniciaba a lo largo del valle del río Meandro hasta llegar a lo que se llamaban las Puertas de Frigia. Pasado este punto se extendía el amplio valle donde confluían Lidia, Frigia y Caria, en el que entraba el Meandro por una garganta angosta y abrupta por la que no podía pasar ninguna carretera. Por tanto la carretera rodeaba el valle del Lico, en el que se encontraba Laodicea.

Estaba literalmente a caballo en la gran carretera del Oriente que la atravesaba entrando por la puerta de Éfeso y saliendo por la de Siria. Eso ya habría sido bastante para convertir a Laodicea en uno de los centros comerciales y estratégicos del mundo antiguo. En su origen Laodicea había sido una fortaleza; pero tenía la gran pega de que toda su provisión de agua tenía que llegar por un acueducto subterráneo desde manantiales a no menos de diez kilómetros, una circunstancia peligrosa en caso de sitio. Otras dos carreteras pasaban por las puertas de Laodicea: la que iba de Pérgamo y el valle del Hermo a Pisidia y Panfilia y Perge en la costa, y la que iba de la Caria oriental a la Frigia central y occidental.

Como dice Ramsay: « Solo se necesitaba la paz para hacer de Laodicea un gran centro comercial y financiero;» y la paz vino con el dominio de Roma. Cuando la paz romana le dio la oportunidad, Laodicea llegó a ser, como la llamaba Plinio, cuna ciudad verdaderamente distinguida.»

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