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Apocalipsis 4: El cielo y la puerta se abren

Después vi, fijaos, una puerta en el Cielo que estaba abierta, y se me dirigió la voz que había oído antes, hablándome como el toque de una trompeta; y el que hablaba me dijo: -¡Sube aquí, y te mostraré los acontecimientos que han de seguir a las cosas presentes! En los capítulos 2 y 3 hemos visto al Cristo Resucitado andando entre Sus Iglesias en la Tierra. Ahora cambia la escena a la corte del Cielo. Al Vidente se le abría una puerta en el Cielo. Aquí hay dos posibilidades.

(a) Puede que se le considere como ya en el Cielo, y se le abre la puerta a partes aún más santas.

(b) Es mucho más probable que la puerta estaba entre la Tierra y el Cielo. El pensamiento judío primitivo concebía los cielos como una bóveda inmensa sólida, como un techo que cubría una tierra plana; y la idea aquí es que más allá de la bóveda de los cielos está el Cielo, y se abre una puerta en la bóveda para dar entrada al Cielo al Vidente.

En los primeros capítulos del Apocalipsis encontramos tres de las puertas más importantes de la vida.

(i) Está la puerta de la oportunidad. « Fíjate -le dijo el Cristo Resucitado a la Iglesia de Filadelfia-: Yo te presento una puerta que permanece abierta» (Apocalipsis 3:8). Esa era la puerta de la gloriosa oportunidad por la que podía llevarse el mensaje del Evangelio a las regiones más allá a las que no había llegado todavía. Dios pone delante de cada persona su propia puerta de la oportunidad.

(ii) Está la puerta del corazón humano. « Fíjate -dice el Cristo Resucitado-: Yo estoy a la puerta, llamando» (Apocalipsis 3:20). A la puerta de cada corazón llega la llamada de la mano traspasada, y cada uno puede abrir o negarse a abrir.

(iii) Está la puerta de la revelación. « Vi -dice el Vidente- una puerta en el Cielo que estaba abierta.» Dios ofrece a cada persona la puerta que da acceso al conocimiento de Dios y a la vida eterna.

Más de una vez se dice en el Nuevo Testamento que se abrieron los cielos; y es de lo más significativo ver el propósito de esa apertura.

(i) Está la apertura de los cielos para la visión. « Los cielos se abrieron y vi visiones de Dios» (Ezequiel 1:1). Dios les envía a los que Le buscan la visión de Sí mismo y de Su verdad.

(ii) Está la apertura para el descendimiento del Espíritu. Cuando Jesús fue bautizado por Juan, vio los cielos abiertos, y al Espíritu descender sobre Él (Marcos 1:10). Cuando la mente y el alma de una persona se abren a lo de arriba, el Espíritu de Dios desciende a su encuentro.

(iii) Está la apertura para la revelación de la gloria de Cristo. Jesús le prometió a Natanael que vería los cielos abiertos y a los ángeles de Dios ascendiendo y descendiendo sobre el Hijo del Hombre (Juan 1:51). Algún día los cielos se abrirán para desvelar la gloria de Cristo; e inevitablemente ese día traerá un gozo inefable a los que Le hayan amado, y un temor indescriptible a los que Le hayan despreciado.

El trono de Dios

De pronto me sentí bajo la influencia del Espíritu; y, fijaos: Había un trono en el Cielo en el que estaba sentado Uno. Y el Que estaba sentado en el trono era algo que parecía como piedra de jaspe y de cornalina; y había un arco iris todo alrededor del trono que tenía el aspecto de la esmeralda. Cuando el Vidente entró por la puerta al Cielo le sobrevino un éxtasis. En el Cielo vio un trono, y a Dios sentado en él. El trono de Dios se menciona corrientemente en el Antiguo Testamento. Un profeta dijo: « Yo vi al Señor sentado en Su trono, y todo el ejército de los cielos estaba junto a Él» (1 Reyes 22:19). El salmista cantó: « Dios Se sienta en Su santo trono» (Salmo 47:8). Isaías vio al Señor « sentado en un trono alto y sublime» (Isaías 6:1).

En el Apocalipsis se menciona el trono de Dios en todos los capítulos menos el 2, el 8 y el 9. El trono de Dios representa Su majestad. Cuando le preguntaron a Hándel cómo había podido escribir el Mesías, respondió: « Vi abrirse los cielos, y a Dios en Su gran trono blanco.»

Juan vio a Uno sentado en el trono. Aquí hay algo muy interesante. Juan ni siquiera intenta describir a Dios como una figura humana. Como dice Swete: « Evita rigurosamente los detalles antropomórficos.» Describe a Dios «en un relámpago de colores como de piedras preciosas,» pero no menciona ninguna clase de forma. Es la manera bíblica de ver a Dios en términos de luz.

Las Epístolas Pastorales describen a Dios como «el Que mora en una luz inaccesible» (1 Timoteo 6:16). Y mucho antes el salmista había dicho que Dios Se cubre de luz como de un vestido (Salmo 104:2). Juan ve su visión en términos de los destellos luminosos que relumbran las piedras preciosas. No sabemos exactamente cuáles eran esas piedras. Los tres nombres que se les dan aquí son jaspe, sardónice y esmeralda. Una cosa es segura: estas eran las piedras más preciosas. Platón menciona las tres juntas como representativas de las piedras preciosas (Platón, Fedón 111 E). Formaban parte del rico atuendo del rey de Tiro (Ezequiel 28:13); estaban entre las piedras preciosas del pectoral del sumo sacerdote (Éxodo 28:17ss), y entre las que formaban el cimiento de la Santa Ciudad (Apocalipsis 21:19s).

El jaspe es ahora una piedra opaca sosa, pero en el mundo antiguo parece que se daba este nombre al cristal de roca translúcido por el que la luz pasaba con un fulgor que casi deslumbraba. Algunos creen que aquí quiere decir diamante, suposición bien posible. La sardónice, así llamada porque se decía que se encontraba principalmente cerca de Sardes, era roja de sangre, y se usaba frecuentemente para grabar en ella, y puede que corresponda a la moderna cornalina; según el D.R.A.E. es el « ágata de color amarillento con zonas más o menos oscuras.» La esmeralda es muy posible que correspondiera a la esmeralda verde de nuestro tiempo.

La visión que tuvo Juan de la presencia de Dios era como el destello cegador de un diamante al sol, con el brillo deslumbrante del rojo-sangre de la sardónice; y brillaba a través de ambos el verde más descansado de la esmeralda, porque sólo así podía el ojo humano soportar la visión.

Bien puede ser que el jaspe represente la insoportable luminosidad de la pureza de Dios; las vetas como de sangre de la sardónice, Su justa ira, y el más benigno verde de la esmeralda Su misericordia, gracias a la cual podemos mirar Su pureza y Su justicia.

Los veinticuatro ancianos

Formando un círculo alrededor del trono vi veinticuatro tronos, en los que estaban sentados veinticuatro ancianos, vestidos de túnicas blancas y con coronas de oro en sus cabezas. Estamos llegando ahora a uno de los pasajes difíciles que son característicos del Apocalipsis. En él nos encontramos con veinticuatro ancianos, y luego con cuatro seres vivientes; y se nos desafía a identificarlos. Los veinticuatro ancianos aparecen repetidas veces en el Apocalipsis. Vamos a reunir los hechos acerca de ellos que se nos descubren. Estaban sentados alrededor del trono, vestidos de túnicas blancas y con coronas de oro (4:4; 14:3); echaron sus coronas delante del trono (4:10); adoraban y alababan a Dios constantemente (5:11,14; 7:11; 11:16; 14:3; 19:4); Le presentaban a Dios las oraciones de los santos (5:8); uno de ellos animó al Vidente cuando estaba triste (5:5); y otro actuó de intérprete de una de las visiones (7:13). Podemos encontrar cinco líneas de interpretación.

(i) En el Antiguo Testamento se hacen referencias a una especie de consejo que rodea a Dios. E1 profeta vio a Dios sentado en el trono con todo el ejército del Cielo junto a Él, a Su derecha y a Su izquierda (1 Reyes 22:19). En Job, los hijos de Dios venían a presentársele (Job 1:6; 2:1). Isaías habla de Dios reinando en gloria ante Sus ancianos (Isaías 24:23). En la historia del Edén en Génesis se acusa a Adán de haber comido del fruto del árbol prohibido, llegando así a ser como uno de nosotros (Génesis 3:22). Puede que esto de los ancianos tenga que ver con la idea del consejo que rodea a Dios.

(ii) Cuando los judíos estaban en Babilonia no pudieron evitar estar en contacto con ideas de allí. Y bien puede ser que algunas veces incorporaran ideas babilónicas en su propio pensamiento; especialmente cuando eran semejantes a las suyas. Los de Babilonia tenían veinticuatro dioses estrella, porque el culto de las estrellas era una parte esencial de su religión; y se ha sugerido que esos llegaron a ser los veinticuatro ángeles que rodeaban el trono de Dios, a los que los ancianos representan aquí.

(iii) Pasemos a explicaciones que consideramos mucho más probables. Había tantos sacerdotes en Israel que era imposible que todos oficiaran en el templo al n-fismo tiempo, así es que estaban divididos en veinticuatro turnos diferentes. Cada uno tenía su presidente, que se llamaba el anciano de los sacerdotes. Algunas veces se llamaba a estos ancianos príncipes o gobernadores de la casa de Dios (1 Crónicas 24:7-18). Se sugiere que los veinticuatro ancianos representan simbólicamente los veinticuatro turnos de sacerdotes. Presentan a Dios las oraciones de los fieles (Apocalipsis 5:8), lo que era una misión sacerdotal. Los levitas estaban divididos igualmente en veinticuatro turnos para los trabajos del templo, y alababan a Dios con arpas y salterios y címbalos (1 Crónicas 25:6-31), y los ancianos de Apocalipsis también tenían arpas (Apocalipsis 5:8). Así es que los veinticuatro ancianos puede que representen el ideal celestial del culto terrenal de los sacerdotes y levitas en el Templo.

(iv) Se ha sugerido que los veinticuatro ancianos representan a los doce patriarcas y los doce apóstoles combinados. En la Nueva Jerusalén los nombres de los Doce Patriarcas estaban en las doce puertas, y los de los Doce Apóstoles en las piedras fundacionales del muro.

(v) Creemos que la explicación más probable es que los veinticuatro ancianos representan simbólicamente al fiel pueblo de Dios. Sus vestiduras blancas son las que se les prometen a los fieles (Apocalipsis 3:4), y sus coronas (stéfanoi) son las que se les prometieron a los que fueran fieles hasta la muerte (Apocalipsis 2:10). Los tronos son los que les prometió Jesús a los que lo abandonaran todo para seguirle (Mateo 19:27-29). La descripción de los veinticuatro ancianos corresponde a las promesas hechas a los fieles.

La pregunta que quedaría sería: « ¿Por qué veinticuatro?» La respuesta sería que porque la Iglesia está formada por judíos y gentiles. Había en su origen doce tribus, pero ahora es como si se hubieran doblado. Swete dice que los veinticuatro ancianos representan a la Iglesia en su totalidad. Recordemos que esta es una visión, no de lo que ya es, sino de lo que ha de ser; y los veinticuatro ancianos representan la totalidad de la Iglesia que un día en la gloria adorará en la presencia del mismo Dios.

Alrededor del trono

Del trono salían destellos de relámpagos, y rugidos de truenos, y voces. Había siete antorchas de fuego ardiendo delante del trono, que son los siete Espíritus de Dios. Y delante del trono había lo que yo llamaría un mar de vidrio como cristal.

Juan añade más detalles a su descripción misteriosa e impresionante del Cielo. Las voces son el rugido de truenos; los truenos y relámpagos se conectan a menudo con la manifestación de Dios. En la visión de Ezequiel los relámpagos salían del fuego resplandeciente que había alrededor del trono (Ezequiel 1:13). El salmista nos dice que la voz del trueno estaba en el torbellino, y los relámpagos iluminaban el mundo (Salmo 78:18). Dios envía Sus relámpagos hasta lo último de la tierra (Job 37:4). Pero lo que figura en primer término en la mente de Juan es la descripción del Monte Sinaí cuando el pueblo esperaba la promulgación de la Ley: «Hubo truenos y relámpagos, una espesa nube cubrió el monte y se oyó un toque imponente de trompeta» (Éxodo 19:16). Juan está usando las imágenes que se relacionan regularmente con la presencia de Dios.

Te acercas Sí, conozco – las orlas de Tu manto en esa ardiente nube – con que ceñido estás; el resplandor conozco – de Tu semblante santo cuando, al cruzar el éter, – relampagueando vas.

Conozco de Tus pasos – las invisibles huellas del repentino trueno – en el crujiente son; las chispas de Tu carro – conozco en las centellas, Tu aliento en el rugido – del rápido aquilón. (José Zorrilla).

Los siete candelabros son los siete Espíritus de Dios. Ya hemos encontrado los siete Espíritus delante del trono (Apocalipsis 1: 4; 3:1). Hay investigadores que ven influencia babilónica aquí también. Para los babilonios los siete planetas eran también seres divinos que estaban en la presencia de Dios; sería natural comparar los planetas con antorchas, y se ha sugerido que esta imagen procede de la mitología babilónica.

El «mar de vidrio» ha ejercido una extraña fascinación en las mentes de muchas personas, incluyendo a los himnólogos. En el original no se dice que hubiera un mar de vidrio, sino «como si fuera un mar de vidrio.» Era algo que trascendía toda descripción, pero que se podía comparar solamente con un gran mar de vidrio. ¿Cuál era el origen de esa figura?

(i) Puede que procediera del estrato más primitivo del Antiguo Testamento. Ya hemos visto que se concebía el firmamento como una gran bóveda sólida debajo de la cual estaba la tierra, y por encima de ella el Cielo. La historia de la Creación nos habla de las aguas que estaban bajo el firmamento, y de las aguas por encima del firmamento (Génesis 1:7).

El salmista invita a las aguas que hay por encima de los cielos a alabar al Señor (Salmo 148:4). Se creía que por encima del firmamento, tal vez como una especie de suelo del Cielo, había un gran mar. Además, era sobre ese mar donde Dios había puesto Su trono. El salmista dice que Dios ha puesto Sus altos aposentos sobre las aguas (Salmo 104:3, v. R-V›95, nota).

(ii) Puede ser que el tiempo que pasó Juan en Patmos se le sugirió esta imagen. Swete sugiere que Juan vio una extensa superficie que reflejaba la luz «como el mar Egeo cuando, en los días de verano, lo miraba desde las alturas de Patmos.» Juan había visto a menudo el mar como un mar de vidrio fundido, y puede que aquello le sugiriera esta imagen.

(iii) Puede haber otra posibilidad. Según el Corán (Sura 27), Salomón tenía en su palacio un suelo de vidrio, y cuando la Reina de Seba fue a visitarle, se remangó las faldas creyendo que tenía que andar por el agua. Puede que Juan esté pensando en el trono de Dios colocado en un palacio con un suelo así.

(iv) Hay otra remota posibilidad. Juan dice que el mar de vidrio era como cristal de roca (krystallos); pero krystallos podría querer decir hielo; y en ese caso sugeriría la idea de una extensión que relucía como una pista de hielo. Es una figura excelente; pero difícilmente se puede aceptar, porque ni Juan ni sus lectores originales habrían visto en la vida nada semejante, y no les habría dicho nada.

Hay tres cosas que simboliza este mar como de vidrio reluciente.

(i) Simboliza algo precioso. En el mundo antiguo, el vidrio era soso y semiopaco, y un vidrio tan claro como el cristal era tan precioso como el oro. En Job 28:17 se mencionan juntos el oro y el vidrio como cosas preciosas.

(ii) Simboliza una pureza deslumbrante. La luz cegadora que reflejaba el mar de vidrio sería demasiada para los ojos humanos, como la pureza de Dios.

(iii) Simboliza una distancia inmensa. El trono de Dios estaba a una distancia incalculable, como al otro extremo de un mar inmenso. Swete escribe de « la distancia insalvable que, hasta para uno que estuviera a la puerta del Cielo, había entre uno y el trono de Dios.»

Una de las grandes características del estilo del Vidente es su reverencia que, aun en los lugares celestiales, nunca osa ser excesivamente familiar con Dios, sino se expresa en términos de luz y distancia.

Los cuatro seres vivientes

Y entre el trono y los ancianos, en un círculo alrededor del trono, había cuatro seres vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás. El primer ser viviente era como un león; el segundo, como un buey; el tercero tenía lo que parecía ser un rostro humano, y el cuarto era como un águila volando. Cada uno de los seres vivientes tenía seis alas; y todo alrededor y por dentro estaban llenos de ojos. Noche y día no dejaban de decir:

-¡Santo; Santo, Santo es el Señor, el Todopoderoso, el Que era, y el Que es, y el Que ha de venir!

Aquí llegamos a otro de los problemas simbólicos del Apocalipsis. Los cuatro seres vivientes aparecen con frecuencia en la escala celestial; así es que empecemos por reunir lo que Apocalipsis dice acerca de ellos. Se encuentran siempre cerca del trono de Dios y del Cordero (4:6; 5.6; 14:4). Tienen seis alas y están llenos de ojos (4:6,8). Se dedican a pleno tiempo a alabar y adorar a Dios (4:8; 5:9,14; 7:11; 19:4). Tienen ciertas tareas. Invitan a aparecer en escena a las terribles manifestaciones de la ira de Dios (6:1,7). Uno de ellos entrega a los siete ángeles las siete copas de oro llenas de la ira de Dios (15:7).

Aunque hay ciertas diferencias innegables, no cabe la menor duda de que encontramos a los antepasados de estos cuatro seres vivientes en las visiones de Ezequiel. En la visión de Ezequiel cada uno de los cuatro seres vivientes tenía cuatro caras -las de hombre, león, buey y águila; y sostenían el firmamento (Ezequiel 1:6,10,22,26); las llantas de las ruedas estaban llenas de ojos (Ezequiel 1:18). En Ezequiel tenemos todos los detalles de las figuras del Apocalipsis, aunque se distribuyen y asignan de manera diferente. A pesar de las diferencias es obvio el parecido de familia.

En Ezequiel los cuatro seres vivientes se identifican claramente como querubines. Esta identificación se hace en Ezequiel 10:20,22). Los querubines formaban parte de la decoración del templo de Salomón en el lugar de la oración y en las paredes (1 Reyes 6:23-30; 2 Crónicas 3:7). Estaban representados en el velo colgante que aislaba el Lugar Santísimo del Lugar Santb (Éxodo 26:31). Había dos querubines en la tapa del arca, llamada el propiciatorio; y estaban colocados el uno frente al otro, extendiendo las alas a manera de dosel sobre el propiciatorio (Éxodo 25:18-21). Una de las más frecuentes representaciones de Dios es sentado entre los querubines, y así es como se Le menciona en las oraciones (2 Reyes 19:25; Salmo 80:1; 99:1; Isaías 37:16). A Dios se Le representa volando sobre los querubines y sobre las alas del viento (Salmo 18:10). Eran los querubines los que guardaban el acceso al Huerto del Edén cuando Adán y Eva fueron expulsados de él (Génesis 3:24). En libros posteriores escritos entre los dos Testamentos, tales como Henoc, los querubines están en guardia junto al trono de Dios (Henoc 71:7).

De todo esto surge claramente una cosa: los querubines son seres angélicos que están cerca de Dios y son los guardianes de Su trono.

¿Qué simbolizan estos cuatro seres vivientes?

(i) Es obvio que forman parte dé la escenografía del Cielo; y que no son figuras que el autor del Apocalipsis creara, sino que las heredó de descripciones previas. Puede que tuvieran su origen en fuentes babilónicas, o que representaran a los cuatro signos del zodíaco o a los cuatro vientos que vienen de las cuatro esquinas de los cielos. Pero el Juan que escribió el Apocalipsis no era consciente de eso, y los usaba sencillamente como parte de la escenografía del Cielo al que había sido introducido.

(ii) ¿Cómo veía el mismo Juan el simbolismo de estos seres vivientes? Creemos que Swete ofrece la explicación correcta.

Los cuatro seres vivientes representan todo lo más noble, fuerte, sabio y veloz de la Naturaleza. Cada uno tiene la preeminencia en su propia esfera particular: el león es supremo entre las fieras; el buey, entre el ganado; el águila, entre las aves, y el hombre entre todas las criaturas. Los animales representan toda la grandeza y la fuerza y la belleza de la Naturaleza, a la que vemos aquí sirviendo y alabando á Dios. En los versículos que siguen vemos a los veinticuatro ancianos alabando a Dios; y cuando unimos los dos cuadros obtenemos el de la Naturaleza y la Humanidad aplicadas en una adoración constante a Dios. «La incesante actividad de la Naturaleza bajo la mano de Dios es un incesante tributo de alabanza.»

La idea de la Naturaleza alabando a Dios aparece más de una vez en el Antiguo Testamento. «Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de Sus manos» (Salmo 19:Is). « ¡Bendecid al Señor, vosotras todas Sus obras, en todos los lugares de Su señorío!» (Salmo 103:22). El Salmo 148 es una cita imponente a toda la Naturaleza a que se una a la alabanza de Dios.

Hay aquí una tremenda verdad. La idea básica tras todo esto es que todo lo que está cumpliendo la misión para la que fue creado está alabando a Dios. Una de las concepciones básicas del estoicismo era que en todos los seres hay una chispa divina, scintilla. «Dios -decía Séneca- está cerca de ti, contigo, en ti; un espíritu santo se asienta en nuestro interior.» Como señala Gilbert Murray, los escépticos se reían de esto, y se burlaban de toda esta idea. « ¿Qué? decía el escéptico- ¿Está Dios en los gusanos? ¿Y en los escarabajos peloteros?» « ¿Y por qué no?» contestaban los estoicos.

¿Es que un gusano no puede servir a Dios? Acordaos del del Libro de Jonás, 4: 7 ¿Es que sólo puede ser un buen soldado el general? ¿No puede el soldado raso pelear lo mejor posible? ¡Dichoso tú si estás sirviendo a Dios y cumpliendo Su propósito tan fielmente como un gusano! Lo que quiera que cumpla la función para la que fue creado está así adorando a Dios. Este es un pensamiento que despliega el panorama más magnífico. La actividad más humilde e ignorada del mundo puede ser un acto de verdadero culto a Dios. El trabajo y el culto se convierten literalmente en una sola cosa. El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre; y el hombre cumple su cometido cuando hace lo que Dios le envió a hacer en el mundo. Un trabajo bien hecho se eleva al Cielo como un himno de alabanza a Dios.

Esto quiere decir que el médico en su consulta, el hombre de ciencia en su laboratorio, el profesor en su aula, el músico en su concierto, el pintor en su estudio, el dependiente tras su mostrador, el mecanógrafo a su máquina, el ama de casa en sus quehaceres -todos los que están haciendo el trabajo del mundo como Dios manda participan en un acto de culto cósmico.

El simbolismo de los seres vivientes

No pasó mucho tiempo antes de que la Iglesia primitiva encontrara ciertos simbolismos en los cuatro seres vivientes, en particular el de los cuatro evangelistas -una representación que se suele encontrar en las vidrieras de colores de las iglesias.

La primera y la más completa identificación la hizo Ireneo hacia el año 170 d.C. Mantenía que los cuatro seres vivientes representaban cuatro aspectos de la obra de Jesucristo, que a su vez están representados en los cuatro evangelios.

El león representa la Obra poderosa y efectiva del Hijo de Dios, Su señorío y poder soberano. El buey representa la proyección sacerdotal de Su Obra, porque es el animal del sacrificio. El hombre representa Su Encarnación. El águila representa el don del Espíritu Santo, con Sus alas desplegadas sobre la Iglesia. Juan representa «la generación original, efectiva y gloriosa del Hijo desde el Padre,» y nos dice que todas las cosas fueron hechas por Él; y por tanto está simbolizado en el león. Lucas empieza con la escena del sacerdote Zacarías, y nos cuenta la historia del ternero cebado que mataron para celebrar haber encontrado al hijo menor; y por tanto está representado en el buey. Mateo empieza dándonos la ascendencia humana de Jesús y «el carácter de un hombre manso y humilde se mantiene a lo largo de todo este evangelio;» y está simbolizado por el hombre. Marcos empieza con una referencia ‹al Espíritu de la profecía descendiendo de lo Alto sobre los hombres, lo que «apunta al carácter alado de este evangelio;» y por tanto está simbolizado en el águila.

Ireneo sigue diciendo que los cuatro seres vivientes representan los cuatro pactos principales que hizo Dios con la raza humana. El primero lo hizo con Adán, antes del diluvio. El segundo, con Noé, después del diluvio. El tercero, al dar la Ley a Moisés. El cuarto es el que renueva al hombre en Cristo «resucitando y llevando a los hombres en Sus alas al Reino celestial.» Pero, como ya hemos dicho, había una variedad de identificaciones diferentes.

El esquema de Atanasio era: Mateo = el hombre Marcos = el buey Lucas = el león Juan = el águila El esquema de Victorino era: Mateo = el hombre Marcos = el león Lucas = el buey Juan = el águila El esquema de Agustín era: Mateo = el león Marcos = el hombre Lucas = el buey Juan = el águila

Se puede decir que, en conjunto, la identificación de Agustín llegó a aceptarse generalmente, porque responde mejor a los hechos. Mateo está mejor representado por el león, porque presenta a Jesús como el León de la tribu de Judá, Aquel en Quien se cumplieron las expectaciones de los profetas. Marcos está mejor representado por el hombre, porque es el que más se parece a un reportaje de la vida humana de Jesús. Lucas está mejor representado por el buey, porque nos presenta a Jesús como el sacrificio por todas las clases y condiciones de hombres y mujeres en todas partes. Juan está mejor representado por el águila, porque es el ave que vuela más alto, y se dice que es la única criatura viviente que puede mirar al Sol sin deslumbrarse; y Juan es el evangelio que se remonta más a las alturas.

El himno de alabanza

Noche y día, los seres vivientes no dejaban nunca de entonar su doxología de alabanza: ¡Santo, Santo, Santo es el Señor, el Todopoderoso, Que era, y Que es, y Que ha de venir! Aquí se nos presenta la incesante alabanza de la Naturaleza. « El hombre descansa el domingo, y cuando duerme, y cuando llega a su final con la muerte; pero el ciclo de la Naturaleza es ininterrumpido e incesante en su alabanza.» No hay nunca ningún tiempo en que el mundo que Dios ha hecho no Le esté alabando.

La doxología recoge tres atributos de Dios.

(i) Le alaba por Su santidad (cp. Isaías 6: 3). Ya hemos visto repetidas veces que la idea básica de la santidad es la diferencia.

Eso es supremamente cierto de Dios. Él es diferente de los seres humanos. Precisamente por eso somos movidos a adorarle. Si no fuera más que una persona humana glorificada, no Le podríamos alabar. Como expresaba un poeta: «¿Cómo podría alabar, si tal cual soy pudiera comprender?» El mismo misterio de Dios nos mueve a la reverente admiración en Su presencia y a un alucinado amor, el que esa grandeza se rebajara hasta ese punto por nosotros y para salvarnos. Le alaba por Su omnipotencia. Dios es omnipotente. Las personas a las que iba dirigido el Apocalipsis vivían bajo la amenaza de Imperio Romano, un poder que ninguna persona ni nación podía desafiar impunemente. Figuraos lo que significaría para los cristianos estar seguros de que con ellos estaba el Todopoderoso. El mismo hecho de darle ese título a Dios afirma la certeza de la seguridad del cristiano; no una seguridad que quisiera decir liberación de los problemas, sino que hacía que uno se sintiera seguro así en la vida como en la muerte.

(iii) Le alaba por Su eternidad. Los imperios surgen y desaparecen; aun los cielos y la tierra perecerán; pero Dios es siempre el Mismo, y Sus años no se acabarán. Por lo cual Sus siervos habitarán seguros (Salmo 102:25-28).

Dios, el Señor y el Creador

Cada vez que los seres vivientes den gloria y honor y acción de gracias al Que está sentado en el trono y vive para siempre jamás, los veinticuatro ancianos se postrarán delante del Que está sentado en el trono y adorarán al Que vive por siempre jamás arrojando sus coronas delante del trono y diciendo: -¡Señor y Dios nuestro, Tú mereces recibir la gloria y el honor y el poder, porque Tú has creado todas las cosas, y por Tu voluntad existen y han sido creadas!

Aquí está la otra sección del coro de acción de gracias. Ya hemos visto que los seres vivientes representan a la Naturaleza en toda su grandeza, y los veinticuatro ancianos a la gran Iglesia unida en Jesucristo. Así es que cuando los seres vivientes y los ancianos se unen en alabanza se simboliza la Naturaleza y la Iglesia unidas alabando a Dios. Hay comentadores que han hallado dificultades aquí. En el versículo 8, la alabanza de los seres vivientes es ininterrumpida día y noche, y en este pasaje se nos presentan brotes de alabanza en los que los ancianos responden siempre postrándose y adorando. Pero el decir que hay una inconsecuencia es dar muestras de una crítica sin imaginación; no esperamos lógica en la poesía y sinfonía de la adoración.

Juan usa aquí una figura que conocía muy bien el mundo antiguo: Los ancianos rendían sus coronas ante el trono de Dios.

En el mundo antiguo aquel gesto era la expresión de una sumisión total. Cuando un rey se rendía a otro, echaba su corona a los pies del vencedor. Algunas veces los romanos llevaban consigo una imagen de su emperador; y, cuando sometían a un monarca, hacían una ceremonia en la que el vencido tenía que rendir su corona ante la imagen del emperador. Esta escena presenta a Dios como el Conquistador de las almas, y a la Iglesia como el Cuerpo de creyentes que se Le han rendido. No puede haber fe sin sumisión.

La doxología de los ancianos alaba a Dios por dos cosas.

(i) Él es su Señor y Dios. Aquí hay algo que sería más comprensible para los del tiempo de Juan que para nosotros. La frase original para Señor y Dios es Kyrios kcai Theós, que era el título oficial del emperador romano Domiciano. Era, sin duda, porque los cristianos no reconocían aquella pretensión del emperador por lo que los perseguían y mataban. Llamar sencillamente a Dios Señor y Dios era una confesión triunfante de fe, una proclamación de que Él ocupa el lugar supremo en todo el universo, en lo que se hacía mayor hincapié al ponerle el artículo determinado ho y el pronombre posesivo hémón a estos títulos: Él es el Señor y el Dios nuestro.

(ii) Dios es el Creador. Es por Su voluntad y propósito por lo que existían todas las cosas aun antes de la Creación y fueron por último traídas al ser real. El ser humano ha adquirido muchos poderes, pero no posee el de crear. Puede alterar y reformar, hacer cosas con materiales ya existentes; pero únicamente Dios puede crear de la nada. Esta gran verdad quiere decir que en su sentido más real todo el universo Le pertenece, y no hay nada que el ser humano pueda usar a menos que Dios se lo haya dado.

El libro en la mano de Dios

Y en la mano derecha del Que estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por las dos caras y sellado con siete sellos. Debemos tratar de visualizar la escena que nos describe Juan. Tiene un antecedente en la visión de Ezequiel: «Miré, y vi una mano extendida hacia mí, y en ella un libro enrollado. Lo extendió delante de mí, y estaba escrito por delante y por detrás; y había escritos en él cantos fúnebres, gemidos y ayes» (Ezequiel 2: 9s).

Debemos fijarnos en que era un rollo y no un libro lo que Dios tenía en la mano. En el mundo antiguo, hasta el siglo II d.C., la forma en que se presentaba un escrito era el rollo, no el códice o libro tan como lo conocemos nosotros actualmente. El rollo se hacía de papiro, que se fabricaba en hojas de 20 x 14 cm. que se unían horizontalmente hasta alcanzar la longitud necesitada.

Se escribía en columnas estrechas de unos diez centímetros con márgenes casi iguales por arriba y por abajo y unos tres centímetros entre las columnas. Era corriente cuando el rollo era extenso que se enrollara en dos rollizos de madera por cada extremo. Se sostenía en la mano izquierda, y se iba enrollando en uno de los palos y desenrollando en el otro a medida que se leía o para buscar la página deseada. Podemos hacernos una idea de la longitud de un rollo por las siguientes estadísticas.

Segunda y Tercera de Juan, Judas y Filemón no ocuparían más que una hoja de papiro; Romanos requeriría un rollo de 4 metros de largo; Marcos, de 6 metros; Juan, de 8; Mateo, de 10, y Lucas y Hechos de 11. Apocalipsis ocuparía un rollo de unos 5 metros. Un rollo así sería el que vio Juan en la mano de Dios; y tenía dos características.

(i) Estaba escrito por delante y por detrás, es decir, por las dos caras. El papiro se hacía de la membrana interior de la planta de ese nombre que crecía en el delta del Nilo. El papiro llega a tener los cinco metros de altura, dos de ellos debajo del agua, y el grosor de la muñeca de una persona. Se sacaba la membrana interior, y se cortaba en tiras muy estrechas con un cuchillo muy afilado; se iban colocando las tiras verticalmente; luego se colocaba otra capa horizontalmente, se humedecía con agua del Nilo y se aplastaba. La sustancia resultante se abatanaba, y luego de suavizaba con piedra pómez; el producto resultante era semejante al papel de estraza.

Por esta descripción se comprenderá que la textura iría horizontalmente por un lado y verticalmente por el otro; el primero se conocía como el recto, y era donde se escribía, porque era más fácil escribir donde las líneas de la escritura seguían las de las fibras. El lado en el que las fibras estaban colocadas verticalmente se llamaba el verso, y no se solía escribir en él.

Pero el papiro era caro; así es que, si se tenía que escribir mucho, se usaba por los dos lados. Lo que se escribía por el verso se llamaba un opistógrafo, es decir, una hoja escrita por detrás. Juvenal habla de un dramaturgo bisoño que iba por ahí con el manuscrito de una tragedia sobre Orestes escrito por los dos lados; ¡era una producción interminable! Aquí, el rollo que Dios tenía en la mano estaba escrito por los dos lados; había tanto en él que se había usado tanto el recto como el verso.

(ii) Estaba sellado con siete sellos. Eso puede indicar una de dos cosas.

(a) Cuando se acababa un rollo, se ataba con guitas y se sellaban los nudos. El único documento ordinario que se sellaba con siete sellos era el testamento. Según el derecho romano, los siete testigos del testamento lo sellaban con sus sellos, y solo se podía abrir cuando los siete, o sus representantes legales, estaban presentes. El rollo puede que fuera lo que podríamos llamar el testamento de Dios, Su última voluntad sobre los asuntos del universo.

(b) Es más probable que los siete sellos representen sencillamente un profundo secreto. El contenido del rollo era tan secreto que estaba sellado con siete sellos. La tumba de Jesús también fue sellada para mantenerla intacta (Mateo 27:66); el Evangelio de Pedro, apócrifo, dice que estaba sellada con siete sellos para asegurarse de que no la abriera ninguna persona que no estuviera autorizada.

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