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Cantares 3: Casamiento y consumación

El cortejo nupcial

Estos poemas nos hablan de la boda de los amantes y la consumación de su amor. En 3:6-11 encontramos una canción nupcial en honor de Salomón, que describe una procesión con soldados y una o más carrozas, en ocasión de la celebración de las bodas del rey.

La procesión se encuentra todavía a distancia, pero el despliegue y lujo de la misma hace evidente que el que está por casarse es un personaje noble o real. La que se acerca no puede ser otra que la prometida de un gran rey. La caravana viene del desierto, es decir, una región deshabitada, pero que sirve para el pastoreo. Al avanzar la masa de gente, animales y carruajes que integran el cortejo, levanta una columna de humo o de polvo. Puede ser que la frase se refiera también a la mirra, el incienso y el polvo de mercader, que eran quemados para despedir sus fragancias.

Por fin la caravana se ha acercado lo suficiente a la ciudad como para que se pueda identificar cada carruaje. El asombro de los testigos es evidente: Es la litera de Salomón. Llama la atención que en este pasaje aparezca el nombre de Salomón tres veces. Probablemente es una apelación a la belleza y posición de la clase real, como expresión de lo mejor que se conoce. La escolta de sesenta valientes… de los más fuertes de Israel recuerda a la guardia personal de David. La mención de Israel hace suponer que, al menos esta parte de Cantares, puede haber sido compuesta antes de la muerte de Salomón (931 a. de J.C.) y la división del reino. Parte del esplendor del cortejo es que todos y cada uno de los soldados ciñen espadas (nótese la repetición, lleva espada), y están entrenados en la práctica de la guerra. Sólo Salomón contó con un ejército tan sofisticado.

Es probable que la reina viajase en la litera del versículo 7, mientras que el rey estaba en la carroza real, sobre la que estaba su asiento de púrpura o trono (versículo 10). Todo era de lujo en esta carroza: la madera, las columnas, el respaldo, el asiento, el interior. ¡Todo era digno de un gran rey! Y allí estaba él, con la diadema que le ciñó su madre en el día de sus bodas. No se trata de la corona real, sino de una cinta hecha con ramas (como la corona de laureles de los Juegos Olímpicos), o bien con piedras o metales preciosos. Esta diadema simbolizaba honor y gozo en ocasión de las bodas del rey. Por eso, quien corona es la madre. En el caso de una coronación real quien coronaba era el sumo sacerdote, como representante de Dios.

Intimidad corporal A lo largo de muchos años nuestra teología careció de cuerpo; era «salvar las almas», ser «espirituales», «crecer en el espíritu», etc. Parecía que el Espíritu Santo moraba solamente en nuestro espíritu (¡y si moraba en el cuerpo era solamente hasta la cintura!). Mover el cuerpo o cuidarlo era sinónimo de «carnal», «corporal».

Por eso en nuestros hogares existe tan poca intimidad corporal. Hay parejas que han perdido «el toque», «el beso», «la caricia». Muchas mujeres al ser tocadas en el hombro ya lo interpretan como sinónimo de coito: «No querido, hoy no tengo ganas», «¿Otra vez esta noche?». Todo toque se ha genitalizado, por eso lo mejor es evitarlo, y así nuestra intimidad corporal se ha perdido.

Parejas que nunca se han bañado juntas, ¡nunca se han visto desnudas!, nunca se han acariciado, solo se tocan para tener relaciones sexuales…

Cantar de los Canteres redescubre la intimidad del cuerpo en la pareja. Los protagonistas aparecen como una pareja que se toca, se mira, se desea. ¡Basta con leer los versículos 3 al 6 del capítulo 2! En los Cantares vemos la pareja que ha redescubierto para sí la distancia íntima.

Cuando se llega a la intimidad del propio cuerpo, entonces se puede llegar a la intimidad del cuerpo del otro.

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