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Colosenses 1: Saludos cristianos

Esta carta os la envía Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, juntamente con el hermano Timoteo, a los que estáis consagrados a Dios y sois hermanos creyentes en Cristo, que vivís en Colosas.

Un cristiano consagrado no puede escribir ni una sola frase sin dejar bien claras las grandes creencias que subyacen en todo su pensamiento. Pablo no había estado nunca personalmente en Colosas, así es que tiene que empezar por aclarar el derecho que tiene a escribirles a los colosenses una carta. Lo hace con una sola palabra: él es un apóstol. La palabra griega apóstolos quiere decir literalmente uno que es enviado. Pablo tiene derecho a escribir porque Dios le ha comisionado para que sea Su embajador a los gentiles. Además, es un apóstol por la voluntad de Dios. No tiene esa profesión porque se lo haya ganado o conseguido, sino porque Dios se lo ha dado. «No Me elegisteis vosotros a Mí -dijo Jesús-, sino que fui Yo Quien os escogí a vosotros» (Juan 15:16). Aquí, en la primera línea, se encuentra toda la doctrina de la gracia. Una persona no es lo que se haya hecho a sí misma, sino lo que Dios la ha hecho.

Pablo asocia consigo a Timoteo, al que da un título entrañable: le llama hermano, título que les da también a Cuarto (Romanos 16:23); a Sóstenes (1 Corintios 1:1); a Apolos (1 Corintios 16:12). Lo que se necesita fundamentalmente en el servicio y en el testimonio cristiano es el espíritu fraternal.

Premanand, el aristócrata indio que se hizo cristiano, recuerda en su autobiografía al padre E. F. Brown, de la Misión Oxford, en Calcuta, que era amigo de todo el mundo, pero especialmente de los conductores de coches de tracción humana, de los tranviarios, de los carreteros, de los trabajadores del servicio doméstico y de los centenares de niños pobres callejeros. Más tarde, cuando Premanand estaba viajando por la India, se encontraba a menudo con personas que habían estado en Calcuta, que siempre le preguntaban por el padre E. F. Brown diciendo: «¿Está vivo todavía aquel amigo de los niños callejeros de Calcuta, que solía pasearse del brazo con los pobres?» Sir Henry Lunn cuenta cómo solía describir su padre a su abuelo: «Era amigo de los pobres sin paternalismo, y de los ricos sin servilismo.»

Para usar una expresión moderna, la primera necesidad del servicio cristiano es que a uno « le caiga bien» todo el mundo.

Timoteo no se nos describe como predicador, maestro, teólogo o administrador, sino como hermano. El que pasa de todo no puede ser nunca un verdadero siervo de Jesucristo.

Otro hecho significativo e interesante es que este encabezamiento se dirige a las personas consagradas a Dios, a los hermanos creyentes en Cristo de Colosas. Pablo cambió en su manera de empezar las cartas. Las primeras las dirigía siempre a la iglesia. 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Corintios y Gálatas fueron todas dirigidas a las iglesias del distrito al que se mandaban.

Pero a partir de Romanos las cartas de Pablo iban destinadas a las personas consagradas a Dios en tal o cual lugar. Así lo vemos en Romanos, Colosenses, Filipenses y Efesios. Conforme Pablo se fue haciendo mayor llegó a ver más y más claro que lo que importaba eran las personas individuales. La iglesia no es una especie de entidad abstracta, sino hombres y mujeres y niños individuales. Conforme fueron pasando los años, Pablo empezó a ver la iglesia en términos de individuos, y de ahí su manera de empezar las cartas.

Los saludos iniciales se cierran con dos frases colocadas en paralelo significativamente. Escribe a los cristianos que están en Colosas y que están en Cristo. El cristiano se mueve siempre en dos esferas. Está en cierto lugar del mundo; pero está también en Cristo. Vive en dos dimensiones: en este mundo, cuyas obligaciones no trata con ligereza; pero por encima de eso vive en Cristo. En este mundo puede que se mueva de sitio en sitio; pero dondequiera que esté, está en Cristo. Por eso las circunstancias externas no influyen decisivamente en el cristiano; su paz y gozo no dependen de ellas. Por eso es por lo que pondrá todo su corazón en cualquier trabajo. Puede que sea servil, desagradable, doloroso, mucho menos distinguido de lo que esperaba; sus compensaciones puede que sean escasas, y el aprecio que le aporte, inexistente; sin embargo el cristiano lo hará todo con diligencia, sin quejarse y con alegría, porque está en Cristo y hace todas las cosas para su Señor. Todos tenemos nuestro propio Colosas, pero estamos en Cristo, y es Él Quien le pone el tono a nuestra vida.

El doble compromiso

¡Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre sean con vosotros! Siempre Le damos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, por vosotros en nuestras oraciones; porque hemos tenido noticias de vuestra fe en Jesucristo y del amor que tenéis a todos los que están consagrados a Dios, a causa de la esperanza que os está reservada en el Cielo. De esa esperanza ya habéis oído en la palabra verdadera del Evangelio, que ha llegado hasta vosotros y lleva fruto y crece en vosotros como en todo el mundo, desde el día que oísteis y conocisteis la gracia de Dios tal como es en verdad, como aprendisteis de mi querido consiervo Epafras, que es un fiel siervo de Cristo de nuestra parte, que nos ha dado a conocer vuestro amor en el Espíritu.

Aquí se nos presenta la esencia de la vida cristiana. El hecho que le deleita el corazón a Pablo y por el que da gracias a Dios es que le han dicho que los colosenses dan muestras de dos grandes cualidades en sus vidas: fe en Jesucristo y amor a sus semejantes.

Estas son las dos caras de la vida cristiana. El cristiano debe tener fe; debe saber lo que cree. Pero también debe amar a sus semejantes: debe convertir esa fe en acción. No basta simplemente con tener fe, porque puede haber una ortodoxia que no conozca el amor. Y tampoco basta con amar a las personas, porque sin una fe real ese amor puede no ser más que sensiblería. El cristiano tiene un doble compromiso: está comprometido con Jesucristo, y está comprometido con sus semejantes. La fe en Cristo y el amor a los hombres son los dos pilares de la vida cristiana.

Esa fe y ese amor dependen de la esperanza que se nos tiene reservada en el Cielo. ¿Qué es lo que quiere decir Pablo con esto? ¿Está pidiéndoles a los colosenses que muestren fe en Cristo y amor a los hombres solamente por la esperanza de alguna recompensa que van a recibir algún día, para que les den -como decimos en inglés- «un pastel en el Cielo»? Aquí hay algo mucho más profundo que eso.

Piénsalo de esta manera. La lealtad a Cristo puede suponerle a una persona toda clase de pérdidas y dolores y sufrimientos.

Puede que haya muchas cosas a las que tenga que decirles adiós. El camino del amor puede que les parezca a muchos el camino de los tontos. ¿Por qué gastar la vida en un servicio desinteresado? ¿Por qué no usarla para medrar como lo entiende el mundo?

¿Por qué no empujar al hermano más débil a la cuneta? La respuesta es: por la esperanza que se nos ha propuesto.

Como dice C. F. D. Moule, esa esperanza es la certeza de que, a pesar de los caminos del mundo, el camino de Dios, que es el camino del amor, tiene la última palabra. Como decía Bartolomé Leonardo de Argensola en su famoso soneto a la
Providencia: «Dime, Padre común: Pues eres justo, ¿por qué ha de permitir Tu Providencia que, arrastrando prisiones la inocencia, suba la fraude a tribunal augusto?

¿Quién da fuerzas al brazo que robusto hace a Tus leyes firme resistencia, y que el celo que más la reverencia gima a los pies del vencedor injusto?

Vemos que vibran victoriosas palmas manos inicuas, la virtud gimiendo del vicio en el injusto regocijo.»

Esto decía yo, cuando, riendo, celestial ninfa apareció y me dijo: «¡Ciego!, ¿es la Tierra el centro de las almas?»

La esperanza cristiana es que el camino de Dios es el mejor, y que la única paz real, el único gozo verdadero, la única recompensa duradera y real han de encontrarse en Él. La lealtad a Cristo puede que nos traiga problemas aquí, pero esa no es la última palabra. El mundo puede que se ría despectivamente de la locura del camino del amor, pero la necedad de Dios es más sabia que la sabiduría del hombre. La esperanza cristiana es la confianza en que vale más la pena jugarse la vida por Dios que creer al mundo.

La esencia del evangelio

Estos versículos contienen una especie de sumario de lo que es y lo que hace por nosotros el Evangelio. Pablo tiene mucho que decir sobre la esperanza que los colosenses ya han oído aceptado.

(i) El Evangelio es la buena noticia de Dios. Es el mensaje de un Dios Que es amigo y amador de las almas de los hombres. Lo primero y principal es que el Evangelio nos pone en la debida relación con Dios.

(ii) El Evangelio es la verdad. Todas las religiones anteriores se podrían haber llamado « suposiciones acerca de Dios.» El Evangelio cristiano no nos ofrece suposiciones, sino certezas acerca de Dios.

(iii) El Evangelio es universal. Es para todo el mundo. No está confinado a ninguna raza o nación particular, ni a ninguna clase o condición social. Muy pocas cosas de este mundo están abiertas a todas las personas. El calibre intelectual de una persona decide los estudios que puede emprender. La clase social de una persona decide el círculo de sus relaciones. La riqueza material de una persona determina las posesiones que puede amasar. Los dones particulares de una persona deciden las cosas que puede hacer. Pero el mensaje del Evangelio está abierto a todas las personas sin excepción.

(iv) El Evangelio es productivo. Lleva fruto y aumenta. Es un hecho de la Historia y de la experiencia que el Evangelio tiene poder para cambiar a las personas individuales y a la sociedad. Puede hacer de un pecador una buena persona, y puede quitar paulatinamente el egoísmo y la crueldad de la sociedad de forma que todas las personas puedan tener las oportunidades que Dios quiere que tengan.

(v) El Evangelio nos habla de la gracia. No es tanto el mensaje de lo que Dios exige como de lo que Dios ofrece. No nos habla tanto de Sus demandas como de Sus dones.

(vi) El Evangelio se transmite por medio de las personas. Fue Epafras el que se lo llevó a los colosenses. Tiene que haber un canal humano para que el Evangelio pueda llegar a las personas. Y aquí es donde entramos nosotros. El poseer la buena noticia del Evangelio conlleva la obligación de compartirla. Lo que Dios nos ha dado tiene que transmitirse por medios humanos.

Jesucristo necesita que seamos las manos y los pies y los labios que lleven Su Evangelio a los que no lo han recibido todavía.

La esencia de la intercesión

Eso, de hecho, es lo que nos hace orar por vosotros incesantemente desde el día que lo supimos, pidiéndole a Dios que estéis llenos de un creciente conocimiento de Su voluntad, con toda sabiduría y entendimiento espiritual, para que os podáis conducir de una manera digna de los que tienen tal Señor, y de tal manera que Le agradéis totalmente, llevando fruto de toda buena obra y creciendo en un conocimiento cada vez más pleno de Dios; y que sigáis fortaleciéndoos con todo vigor de acuerdo con Su glorioso poder para que poseáis toda fortaleza y paciencia con gozo.

Es algo de lo más precioso el escuchar las oraciones de un santo por sus amigos; y eso es lo que escuchamos en este pasaje. Bien puede decirse que nos enseña más acerca de la intercesión que casi ningún otro pasaje del Nuevo Testamento. Aquí aprendemos, como dice C. F. D. Moule, que hay dos peticiones básicas que se han de hacer en la oración: el discernimiento de la voluntad de Dios, y seguidamente el poder para cumplirla.

(i) La oración empieza por pedir que seamos llenos de un conocimiento siempre en aumento de la voluntad de Dios. Su supremo objetivo es el conocimiento de la voluntad de Dios. Se trata, no tanto de hacer que Dios nos preste atención, como de que Le escuchemos nosotros a Él; no debemos estar tratando de convencer a Dios para que haga lo que nosotros queremos, sino de descubrir lo que Él quiere que nosotros hagamos. Resulta que muchas veces lo que estamos pidiendo es: «Dios, acomoda Tu voluntad a la nuestra,» cuando lo que deberíamos pedir es: « Hágase Tu voluntad.» El primer objetivo de la oración no es tanto decirle cosas a Dios como escuchar lo que Él nos quiere decir.

(ii) Este conocimiento de Dios se ha de traducir a nuestra situación humana particular. Pedimos sabiduría y entendimiento espiritual. La sabiduría espiritual es en griego sofía, que se podría describir como conocimiento de los primeros principios. El conocimiento es synesis, que es lo que los griegos describían a veces como un conocimiento crítico, con lo que querían decir la habilidad de aplicar los primeros principios a cualquier situación dada que nos pueda surgir en la vida. Así es que, cuando Pablo pide que sus anllgos tengan sabiduría y entendimiento, está pidiendo que puedan entender las grandes verdades del Evangelio y puedan ser capaces de aplicarlas a las decisiones y las tareas que les sobrevengan en la vida cotidiana. Uno puede que sea profesor de teología y falle en la práctica; que pueda escribir y disertar sobre las verdades eternas, y sin embargo sea una nulidad para aplicarlas a las cosas que le salgan al paso en la vida de cada día. El cristiano tiene que saber lo que quiere decir el Cristianismo, no en el vacío, sino en los asuntos de la vida.

(iii) Este conocimiento de la voluntad de Dios y esta sabiduría deben conducir a la conducta correcta. Pablo pide que sus amigos se conduzcan de tal manera que agraden a Dios. No hay nada en el mundo más práctico que la oración. No es evasión de la realidad. La oración y la acción van de la mano. Oramos, no para evadir las responsabilidades de la vida, sino para cumplirlas.

(iv) Para esto necesitamos poder. Por tanto, Pablo pide que sus amigos sean fortalecidos con el poder de Dios. El gran problema de la vida no es saber lo que tenemos que hacer, sino hacerlo. En la mayoría de los casos somos conscientes en cualquier situación dada de lo que debemos hacer; lo difícil es poner ese conocimiento en acción. Lo que necesitamos es poder, y lo recibimos mediante la oración. Si Dios no hiciera más que decirnos cuál es Su voluntad, podríamos encontrarnos en una situación frustrante. Mediante la oración alcanzamos el mayor don del mundo: conocimiento y poder.

Los tres grandes dones

Lo que podríamos llamar la parte intercesora de la oración de Pablo termina con la petición de tres grandes cualidades. Pide que sus amigos colosenses posean toda fortaleza, paciencia y gozo.

Fortaleza y paciencia son dos grandes palabras griegas que van juntas muchas veces. Fortaleza es hypomoné, y paciencia es makrothymía. Hay una cierta semejanza y una cierta diferencia entre estas dos palabras. No sería totalmente cierto decir que siempre se observa en griego esta diferencia, pero sí cuando van juntas.

Hypomoné se traduce por paciencia en la Reina-Valera en casi todos los casos; pero no quiere decir paciencia en el sentido corriente de bajar la cabeza y dejar pasar la marea de los acontecimientós,_ sin ofrecer resistencia. Quiere decir, no solamente la habilidad de soportar cosas, sino la habilidad, al soportarlas, de cambiarlas en gloria. Es una paciencia conquistadora.

Hypomoné es la habilidad de tratar triunfalmente cualquier cosa que la vida nos pueda hacer.

Makrothymía se suele traducir por longanimidad o por paciencia en la Reina-Valera. Quiere decir básicamente paciencia con las personas. Es la cualidad de mente y de corazón que le permite a uno soportar a las personas desagradables, maliciosas y crueles sin dejarse amargar, y sin que su torpeza le haga a uno desesperar, ni su necedad le irrite, ni su desamor altere su amor.

Makrothymía es el espíritu que no pierde nunca la paciencia con las personas, ni deja de creer y esperar en ellas. Así es que Pablo pide para sus amigos hypomoné, la fortaleza que no se deja dominar en ninguna situación, y makrothymía, la paciencia que ninguna persona puede derrotar. Pide que los cristianos sean tales que ninguna circunstancia pueda derrotar su fuerza ni ningún ser humano pueda derrotar su amor. La fortaleza del cristiano ante los acontecimientos y su paciencia con las personas deben ser indestructibles.

Además de todo esto pide gozo. El camino cristiano no es una pelea lúgubre con las circunstancias y las personas, sino una actitud radiane y soleada ante la vida. El gozo cristiano se mantiene en cualesquiera circunstancias. Como C. F. D. Moule decía: « Si el gozo no está enraizado en el suelo del sufrimiento, es superficial.» Es fácil estar gozoso cuando las cosas nos van bien; pero la luminosidad cristiana es algo que no pueden ahogar todas las sombras de la vida.

Por tanto la oración cristiana es: «Dame, Señor, la victoria sobre todas las circunstancias, la paciencia con todas las personas, y el gozo que ninguna circunstancia ni persona me pueda quitar.»

La gran acción de gracias

Dadle gracias al Padre Que nos capacitó para tener parte en la herencia del pueblo consagrado a Dios en el reino de la luz; porque El nos ha rescatado del poder de las tinieblas y trasladado al reino de Su amado Hijo, en Quien tenemos redención y perdón de pecados.

Pablo pasa a una gozosa acción de gracias por los beneficios que ha recibido en Cristo el cristiano. Aquí hay dos ideas clave.

(i) Dios ha dado a los creyentes colosenses una parte en la herencia del pueblo consagrado a Dios. Hay en todo este pasaje una muy estrecha relación con las palabras de Pablo en Hechos cuando le dijo a Agripa que la obra que Dios le había dado era: «Abrirles los ojos para que se vuelvan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios, para que reciban perdón de pecados y un lugar entre los que son santificados mediante la fe en Dios» (Hechos 26:18). El primer privilegio es que se *les ha dado a los gentiles una participación en la herencia del pueblo escogido de Dios. Los judíos habían sido siempre el pueblo escogido de Dios, pero ahora se les ha abierto la puerta a todos los seres humanos.

(ii) La segunda idea clave está en la frase que dice, como lo ponen algunas versiones modernas, que Dios nos ha transferido al reino de Su Hijo amado, o, como lo hemos traducido nosotros, que Dios nos ha trasladado al reino de Su Hijo amado. La palabra que usa Pablo para transferir o trasladar es el verbo griego methístémi, que tiene un uso especial. En el mundo antiguo, cuando un imperio obtenía la victoria sobre otro, solía deportar los habitantes del imperio derrotado al país del imperio vencedor con todas sus posesiones. Así fue deportada la población del reino israelita del Norte a Asiria, y la del Sur a Babilonia. Así es que Pablo dice que Dios ha trasladado a los cristianos a Su propio Reino. Eso no era una deportación, sino un rescate, e iMplicaba cuatro grandes cosas.

(a) Quería decir un traslado de las tinieblas a la luz. Sin Dios, las personas se mueven a tientas y tropiezan como si anduvieran en la oscuridad. No saben qué hacer, ni adónde van. Viven en las sombras de la duda y en las tinieblas de la ignorancia. Cuando el mártir Bilney leyó que Jesucristo había venido al mundo para salvar a los pecadores, dijo que era como si se le hubiera hecho de día después de una noche tenebrosa. En Jesucristo, Dios nos ha dado una luz en la que podemos vivir y morir.

(b) Quería decir un traslado de la esclavitud ala libertad. Era una redención, que era la palabra para la emancipación de los esclavos y la compra de algo propio que había estado en poder de otra persona. Sin Dios las personas son esclavas de sus temores, de sus pecados y de su propia condición desesperada. En Jesucristo hay liberación.

(c) Quería decir un traslado de la condenación al perdón. El hombre, en su pecado, no merece más que la condenación de Dios; pero mediante la obra de Jesucristo descubre el amor y el perdón de Dios. Ahora sabe que ya no es un criminal condenado ante el tribunal de Dios, sino un hijo que se había perdido, y para el que siempre se mantendrán abiertas las puertas del hogar.

(d) Quería decir un traslado del poder de Satanás al poder de Dios. Por medio de Jesucristo el hombre es liberado de las garras de Satanás y admitido como ciudadano del Reino de Dios. De la misma manera que el conquistador terrenal trasladaba a los habitantes de la tierra que había conquistado a la suya propia, así Dios, en Su amor triunfante traslada a las personas del reino del pecado y la oscuridad al reino de la santidad y de la luz.

La total suficiencia de Jesucristo

Él es la imagen del Dios invisible, engendrado antes de toda creación, porque por Él fueron creadas todas las cosas en el Cielo y en la Tierra, las cosas que son visibles y las que son invisibles, sean tronos o señoríos o poderes o autoridades; todas las cosas fueron creadas por medio de Él y para Él. Él es anterior a todas las cosas, y en Él tienen coherencia. Él es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de los muertos para ser supremo en todas las cosas. Porque en Él Dios Se complació de hacer Su morada en toda Su plenitud, y reconciliar consigo mismo todas las cosas por medio de Él habiendo hecho la paz por medio de la sangre de Su Cruz. Esto se hizo por todas las cosas, estén en la Tierra o en el Cielo. Y a vosotros, que erais originalmente extraños y hostiles en vuestra mente, sumidos en malas obras, Él os ha reconciliado en Su cuerpo de carne por medio de Su muerte para presentaros delante de Él consagrados, incontaminados, irreprochables, con que solamente permanezcáis cimentados y edificados en la fe y sin desplazaros de la esperanza del Evangelio que habéis oído, que se ha proclamado a toda criatura bajo los cielos, del cual yo, Pablo, he sido constituido servidor.

Este pasaje tiene tanta dificultad e importancia que tendremos que dedicarle un tiempo considerable. Dividiremos en secciones lo que tenemos que decir, y empezaremos por la situación que le dio origen y por la presentación total de Cristo que nos hace Pablo en esta carta.

1. Los pensadores equivocados

Uno de los hechos de la mentalidad humana es que uno no piensa más de lo que, se ve obligado a pensar. Hasta que uno se encuentra con que otros se oponen a su fe y la atacan no se pone a pensar en sus implicaciones. Hasta que la Iglesia se vio confrontada con alguna herejía peligrosa no empezó a darse cuenta de las riquezas de la ortodoxia. Es característico del Cristianismo que siempre puede producir nuevas riquezas para hacer frente a una nueva situación.

Cuando Pablo escribió Colosenses no estaba pensando en el vacío. Se puso a escribir, como ya hemos visto en la Introducción, para salir al paso de una situación bien definida. Había una tendencia de pensamiento en la Iglesia Primitiva que se llamaba el gnosticismo, y sus seguidores, gnósticos, lo que quiere decir poco más o menos intelectuales o librepensadores. Estaban insatisfechos con lo que consideraban la ruda sencillez del Cristianismo, y querían convertirlo en una filosofía que pudiera estar, en línea con los otros sistemas filosóficos de su tiempo.

Los gnósticos partían de la convicción de que la materia era absolutamente mala, y el espíritu, absolutamente bueno.

Además mantenían que la materia era eterna, y que había sido de esa materia imperfecta de la que se había formado el mundo.

Los cristianos, para usar la frase técnica, creen en la creación a partir de la nada, y los gnósticos creían que el universo se había formado a partir de aquella materia mala.

Ahora bien: Dios es Espíritu, y por tanto absolutamente bueno, y la materia, absolutamente mala; de ahí se deducía que el Dios verdadero no podía tocar la materia, y por tanto no era el agente de la creación. Así es que los gnósticos creían que Dios había producido una serie de emanaciones, cada una más lejos de Dios que las anteriores, hasta que por fin hubo una lo suficientemente distante de Dios para poder tocar la materia y crear el mundo.

Los gnósticos llegaban todavía más lejos. Conforme las emanaciones se fueron distanciando de Dios se volvieron cada vez más ignorantes de Él. Y en las emanaciones más distantes se daba, no solamente la ignorancia de Dios, sino la hostilidad hacia Él. Los gnósticos llegaban a la conclusión de que la emanación que creó el mundo desconocía y era hostil al verdadero Dios; y algunas veces hasta identificaban esa emanación con el Dios del Antiguo Testamento.

Esto tenía ciertas consecuencias lógicas.

(i) Tal como los gnósticos lo veían, el creador del mundo no era el Dios verdadero, sino un ser hostil a Él. Por eso Pablo insiste en que fue Dios Quien creó el mundo, y que el Agente de la Creación no fue una emanación ignorante y hostil a Dios sino el mismo Jesucristo, Su Hijo (Colosenses 1:16).

(ii) Como los gnósticos lo veían, Jesucristo no era ni mucho menos único. Ya hemos visto que postulaban toda una serie de emanaciones entre Dios y el mundo. Insistían en que Jesucristo era simplemente una de esas emanaciones. Puede que ocupara un lugar bastante alto, hasta posiblemente el más alto, pero era uno entre muchos. Pablo se enfrenta con esto insistiendo en que en Jesucristo habita toda plenitud (Colosenses 1:19); que en Él está toda la plenitud de la divinidad en forma corporal (Colosenses 2:9). Uno de los objetivos principales de Colosenses es insistir en que Jesús es absolutamente único, y ‹que en Él está la totalidad de Dios.

(iii) Como los gnósticos lo veían, esto tenía otra consecuencia en relación con Jesús. Si la materia era totalmente mala, se seguía que el cuerpo también lo era. Y de ahí que Aquel Que fue la revelación de Dios no podía tener un cuerpo material. No podía haber sido más que un espíritu desencarnado que se presentaba en forma corporal. Los gnósticos negaban taxativamente la humanidad real de Jesús. En sus propios escritos, por ejemplo, afirmaban que cuando Jesús iba andando no dejaba huellas en el suelo. Por eso usa Pablo una terminología tan alucinante en Colosenses. Habla de Jesucristo reconciliando al hombre con Dios en Su cuerpo de carne (Colosenses 1:22); dice que la plenitud de la divinidad moraba en Él corporalmente. En oposición a los gnósticos, Pablo insistía en la humanidad de carne y hueso de Jesús.

(iv) El fin principal del hombre es encontrar el camino hacia Dios. Como los gno5sticos lo veían, ese camino estaba cerrado. Entre este mundo y Dios estaba la vasta serie de emanaciones. Antes de que el alma pudiera llegar a Dios, tenía que pasar la barrera de cada una de esas emanaciones, para lo cual se necesitaba un conocimiento especial y conocer una consigna especial; y eran esas consignas y ese conocimiento lo que los gnósticos pretendían tener. Esto quería decir dos cosas.

(a) Quería decir que se accedía a la salvación mediante un conocimiento intelectual. Para salir al paso de esta creencia Pablo insiste en que la salvación no es un conocimiento; es redención y perdón de pecados. Los maestros gnósticos mantenían que las verdades sencillas del Evangelio no eran suficientes; que para encontrar el camino a Dios el alma necesitaba mucho más que eso: el conocimiento elaborado y las consignas secretas que solo el gnosticismo podía dar. Pero Pablo insiste en que no se necesita nada más que las verdades salvíficas del Evangelio de Jesucristo.

(b) Si la Salvación dependiera de ese conocimiento tan elaborado, está claro que no sería para cualquier persona, sino solo para los intelectuales. Así es que los gnósticos dividían la humanidad en los espirituales y los terrenales; y solo los espirituales podían ser salvos de veras. La Salvación integral estaba fuera del alcance de las personas corrientes. Con eso en mente escribió Pablo el gran versículo de Colosenses 1:28. Su propósito era advertir a todo hombre y enseñar a todo hombre, y así presentar a todo hombre maduro en Jesucristo. Contra una salvación asequible solamente para una minoría intelectual, Pablo presentaba un Evangelio que era para todas las personas, por muy sencillas e iletradas que fueran, lo mismo que para los sabios y entendidos.

Así es que estas eran las doctrinas gnósticas principales; y todo el tiempo que estemos estudiando este pasaje, y hasta toda la carta, debemos tenerlas en mente; porque solo contra ese trasfondo resulta inteligible y relevante lo que dice Pablo.

2. Lo que Jesucristo es en sí mismo

En este pasaje dice Pablo dos cosas importantes acerca de Jesús, ambas en respuesta a los gnósticos. Los gnósticos habían dicho que Jesús no era más que uno entre muchos intermediarios; y que, por muy glorioso que fuera, era solo una revelación parcial de Dios.

(i) Pablo dice que Jesucristo es la imagen del Dios invisible (Colosenses 1:1 S). Usa aquí una palabra y una figura que despertaría toda clase de memorias en las mentes de sus primeros lectores. La palabra es eikón, e imagen es su traducción correcta. Ahora bien: como señala Lightfoot, una imagen puede ser dos cosas que se confunden entre sí. Puede ser una representación; pero una representación, si es lo bastante perfecta, puede ser una manifestación. Cuando Pablo usa esta palabra, establece que Jesús es la perfecta manifestación de Dios. Para comprender cómo es Dios, tenemos que mirar a Jesús: Él representa perfectamente a Dios a los hombres de una manera que ellos pueden ver y conocer y entender. Pero es lo que hay detrás de esta palabra lo que tiene un interés supremo.

(a) El Antiguo Testamento y la literatura intertestamentaria tienen mucho que decir acerca de la Sabiduría. En Proverbios, los pasajes principales sobre la Sabiduría están en los capítulos 2 y 8. Allí se nos dice que la Sabiduría es co-eterna con Dios, y que estuvo con Dios cuando Él creó el mundo. Ahora bien: en La Sabiduría de Salomón 7:26, eikón es la palabra que se aplica a la Sabiduría. La Sabiduría es la imagen de la bondad de Dios. Es como si Pablo se volviera a los judíos y les dijera: « A lo largo de toda vuestra historia habéis estado soñando y escribiendo acerca de esta Sabiduría divina que es tan antigua como Dios, que hizo el mundo y que da sabiduría a los hombres. En Jesucristo, esa Sabiduría ha venido a los hombres en forma corporal para que todos la puedan ver.» Jesús es el cumplimiento de los -sueños del pensamiento judío.

(b) Los griegos estaban alucinados con la idea del Logos, la Palabra, la Razón de Dios. Era el Logos el que había creado el mundo, el que había puesto sentido en el universo, el que mantenía las estrellas en sus cursos, el que hacía que este fuera un mundo racional, lógico, y el que dotaba al ser humano de una mente racional. Precisamente esta palabra eikón fue la que usó una y otra vez Filón de Alejandría refiriéndose al Logos de Dios: « Él llama al Logos invisible y divino, que solo la mente puede percibir, la imagen (eikón) de Dios» (Filón: Acerca del Creador del Mundo: 8). Es como si Pablo les dijera a los griegos: «Los últimos seiscientos años habéis estado soñando y pensando y escribiendo acerca de la Razón, la Mente, la Palabra, el Logos de Dios; le llamabais el eikón de Dios; ese Logos ha venido en Jesucristo para que le podamos ver claramente. Vuestros sueños y filosofías se han cumplido en Jesucristo.»

(c) En estas conexiones de la palabra eikón nos hemos estado moviendo en las altas esferas del pensamiento, en las que los filósofos son los únicos que se mueven con familiaridad. Pero hay otras dos conexiones mucho más sencillas que se les cruzarían por la mente a los que oyeran o leyeran esto por primera vez. Sus mentes se retrotraerían inmediatamente a las historias de la Creación. En ellas se nos habla del acto con el que culminó la Creación: « Y dijo Dios: « Hagamos al hombre a nuestra imagen… Así es que Dios creó al hombre a Su imagen, a imagen de Dios le creó» (Génesis 1:26s). Aquí se nos hace la luz. El hombre fue hecho para que fuera nada menos que la imagen, eikón, de Dios, porque esta es la palabra que aparece aquí en la traducción griega del Antiguo Testamento. Eso es lo que se pretendía que fuera el ser humano; pero el pecado se introdujo, y el ser humano no pudo alcanzar su destino. Al usar esta palabra hablando de Jesús, Pablo dice en efecto: «Mirad a Jesús; Él no solo os muestra lo que es Dios, sino también lo que el hombre estaba previsto que fuera. Aquí tenemos a la humanidad como Dios la diseñó. Jesús es la perfecta manifestación de Dios y la perfecta manifestación del hombre.» En Jesucristo tenemos la revelación de la divinidad y la revelación de la humanidad.

(d) Pero llegamos por último a algo mucho más sencillo que ninguna de estas cosas. Y sin duda sería esto lo que pensarían muchos de los más sencillos lectores de Pablo. Aunque no supieran nada de la literatura sapiencial ni de Filón ni de la historia del Génesis, sabrían esto. Eikón -a veces en diminutivo, eikónion- era la palabra que se usaba en griego para retrato. En la carta del soldado Apión a su padre Epímaco, que reprodujimos en la Introducción (pág. 12s), hacia el final, leemos: « Te envío un retratillo (eikónion) mío que me ha pintado Euctemón.» Es el equivalente en griego antiguo de nuestra palabra foto. Pero esta palabra tenía además otro sentido. Cuando se redactaba un documento legal, como un recibo o reconocimiento de deuda, siempre incluía una descripción de las principales características y señales reconocibles de las partes contratantes para que no hubiera dudas ni errores. La palabra griega para esa descripción era eikón. El eikón, por tanto, era una especie de sumario de las características personales y las señales distintivas de las partes contratantes. Así que es como si Pablo estuviera diciéndoles a los más sencillos: « Sabéis que cuando figuráis en un documento legal se incluye un eikón, una descripción por la que se os puede reconocer. Jesús es el retrato de Dios. En Él vemos las características personales y las marcas distintivas de Dios. Si queréis ver cómo es Dios, mirad a Jesús.»

(ii) La otra palabra que usa Pablo está en el versículo 19. Dice que Jesús es el pléróma de Dios. Pléróma quiere decir plenitud, totalidad. Esta es la palabra que se necesitaba para completar el cuadro. Jesús no es simplemente un boceto de Dios, o un resumen, o no más que un retrato sin vida de Dios. En Él no falta nada; es la revelación completa de Dios, y no necesitamos nada más.

3. Lo que Jesucristo es para la creación

Recordaremos que, según los gnósticos, el que llevó a cabo la obra de la creación fue un dios inferior, que desconocía al verdadero Dios y Le era hostil. La enseñanza de Pablo es que el Agente de la Creación fue el mismo Hijo, y en este pasaje tiene cuatro cosas que decirnos acerca del Hijo en relación con la Creación.

(i) Es el Primogénito de toda creación (Colosenses 1:15). Debemos procurar darle el verdadero sentido a esta frase. Como aparece en la Reina-Valera podría querer decir que el Hijo fue la primera persona que fue creada; pero en el pensamiento hebreo y griego la palabra primogénito (prótótokos) no tiene más que un sentido temporal muy indirecto. Hay que notar dos cosas. Primogénito es muy corrientemente un título de honor. Israel, por ejemplo, como nación es el primogénito hijo de Dios (Éxodo 4:22). Lo que quiere decir es que la nación de Israel es el hijo de Dios más favorecido. Segundo, debemos notar que primogénito es un título del Mesías. En el Salmo 89:27, según lo interpretaban los mismos judíos, la promesa en relación con el Mesías es: « Yo también Le pondré por Primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra.» Está claro que primogénito no se usa en un sentido temporal, sino de un honor especial. Así es que cuando Pablo dice que el Hijo es el primogénito de toda creación, quiere decir que el mayor honor que se encuentra en la creación Le pertenece a Él. Si queremos mantener el sentido temporal y el de honor combinados traduciríamos la frase: « Él fue engendrado antes de toda creación.»

(ii) Fue por el Hijo por Quien todas las cosas fueron creadas (versículo 16). Esto es verdad de las cosas en el Cielo y en la Tierra, de cosas visibles e invisibles. Los mismos judíos, y aún más los gnósticos, tenían una doctrina muy desarrollada de los ángeles. De los gnósticos se podía esperar, con sus largas series de intermediarios entre Dios y la humanidad. Tronos, señoríos, poderes y autoridades era diferentes categorías de ángeles que tenían sus lugares en las diferentes esferas de los siete cielos. Pablo los menciona a todos con una total indiferencia, como si les dijera a los gnósticos: «Vosotros les dais una gran importancia en vuestro pensamiento a los ángeles. Contáis a Jesucristo meramente como uno de ellos. Lejos de eso, Él fue Quien los creó.» Pablo establece que el Agente de Dios en la Creación no fue un dios secundario, inferior, ignorante y hostil, sino el mismo Hijo.

(iii) Fue para el Hijo para Quien fueron creadas todas las cosas (versículo 17). El Hijo no es solo el Agente de la Creación, sino también su meta. Es decir, que todo fue creado para ser Suyo, y para que en su culto y su amor Él encontrara Su propio honor y gozo.

(iv) Pablo emplea una frase extraña: «En Él subsisten todas las cosas.» Esto quiere decir que el Hijo es no solamente el Agente de la Creación en el principio, y la meta final de la Creación, sino también el que mantiene el universo unido entre el principio y el fin, es decir, durante el tiempo tal como nosotros lo conocemos. Es decir, que todas las leyes que mantienen el mundo en orden y no en caos son la expresión de la mente del Hijo. La ley de la gravedad y todas las demás, las leyes que mantienen el universo en su sitio, no son simplemente leyes científicas, sino también divinas.

Así pues, el Hijo es el principio de la creación, y el fin de la creación, y el poder que mantiene la creación unida; el Creador, el Sustentador y la Meta Final del universo.

4. Lo que Jesucristo es para la iglesia

Pablo establece en el versículo 18 lo que Jesucristo es para la Iglesia, y distingue cuatro grandes hechos en esa relación.

(i) Es la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, es decir, el organismo por medio del cual Él actúa y que comparte todas Sus experiencias. Pero, humanamente hablando, el cuerpo está al servicio de la cabeza y es impotente sin ella. Así es que Jesucristo es el Que dirige a la Iglesia; es por Su inspiración como la Iglesia actúa y vive. La Iglesia no puede pensar la verdad sin Él, ni actuar correctamente, ni decidir su dirección. Aquí se combinan dos cosas. Está la idea del privilegio. Es el privilegio de la Iglesia el ser el instrumento por medio del cual Cristo obra. Y también está la idea de advertencia. Si una persona descuida o abusa de su cuerpo lo puede hacer inservible para cumplir los grandes propósitos de la mente; así es que la Iglesia puede inutilizarse para ser el instrumento de Cristo, Que es su Cabeza, viviendo descuidada e indisciplinadamente.

(ii) Es el principio de la Iglesia. La palabra griega para principio es arjé, que quiere decir principio en un doble sentido. Puede querer decir, no solamente lo primero en el tiempo -como, por ejemplo, A es el principio del abecedario, y 1 es el principio de la serie de los números-; también puede querer decir primero en el sentido de ser el origen del que procede algo, el poder motor que pone algo en funcionamiento. Veremos más claramente lo que Pablo pretende si recordamos lo que acaba de decir. El mundo es la creación de Cristo; y la Iglesia es Su nueva creación. Como dice el himno cristiano: De la Iglesia el Fundamento es Jesús, el Salvador; por el agua y la Palabra le dio vida su Señor. Cristo es la fuente de la vida y del ser de la Iglesia, y el Director de su continua actividad.

(iii) Es el Primogénito de entre los muertos. Aquí vuelve Pablo al acontecimiento que era la base y el centro de todo el pensamiento y la fe y la experiencia de la Iglesia original: La Resurrección. Cristo no es meramente alguien que vivió y murió y acerca de quien leemos y aprendemos cosas. Es Alguien Que, en virtud de Su Resurrección, vive para siempre, y Le encontramos y conocemos, no como un héroe muerto o un fundador del pasado, sino como una Presencia viva.

(iv) La consecuencia de todo esto es que Cristo tiene la supremacía en todas las cosas. La Resurrección de Jesucristo es Su título de señorío supremo. Con Su Resurrección ha mostrado que ha conquistado todo poder que Le fuera contrario y que no hay nada en la vida o en la muerte que Le pueda atar.

Así es que hay cuatro grandes hechos acerca de Jesucristo en Su relación con la Iglesia, que ya podemos poner en orden. Es el Señor que vive; es la fuente y el origen de la Iglesia; es el constante Director de la Iglesia, y es el Señor de todo en virtud de Su victoria sobre la muerte.

5. Lo que Cristo es para todas las cosas

En los versículos 19 y 20 Pablo establece ciertas grandes verdades acerca de la obra de Cristo por todo el universo.

(i) El objetivo de Su venida fue la reconciliación. Vino para remediar la brecha y puentear la sima entre Dios y la humanidad. Debemos notar claramente una cosa y retenerla siempre en nuestra memoria: La iniciativa de la reconciliación fue cosa de Dios. El Nuevo Testamento no dice nunca que Dios fuera reconciliado con los hombres, en la voz pasiva, sino, siempre, que los hombres fueron reconciliados con Dios. La actitud de Dios hacia los hombres era de amor, y no fue nunca ninguna otra. A veces se predica una supuesta teología que implica que algo que Jesús hizo cambió la actitud de Dios de la ira al amor. No hay nada en el Nuevo ento que justifique ese punto de vista. Fue Dios Quien empezó todo el proceso de la Salvación. Fue porque de tal manera amó Dios al mundo por lo que envió a Su Hijo; y Su único propósito al enviar a Su Hijo al mundo era arrullar a los hombres para que volvieran a El; y, como dice Pablo, reconciliar con El todas las cosas.

(ii) El medio de la reconciliación fue la sangre de Su Cruz. La dinámica de la reconciliación fue la muerte de Jesucristo. ¿Qué quería decir Pablo? Exactamente lo mismo que había dicho en Romanos 8:32: « El Que no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que Le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?» En la muerte de Jesús, Dios nos está diciendo: « Así os amo Yo. Os amo hasta el punto de estar dispuesto a ver a Mi Hijo sufrir y morir por vosotros.» La Cruz es la prueba de que no hay distancia que el amor de Dios se niegue a recorrer para recuperar los corazones de los hombres; y un amor así demanda la respuesta de nuestro amor. Si la Cruz no despierta el amor en los corazones de los hombres, nada lo conseguirá.

(iii) Debemos notar que Pablo dice que en Cristo estaba Dios reconciliando consigo todas las cosas. En griego es el neutro (panta), que incluye, no solamente a las personas, sino toda la creación, visible e invisible, animada e inanimada. La visión de Pablo era un universo en el que fueran redimidas no solamente las personas sino todas las cosas. Este es un pensamiento alucinante. No cabe duda de que Pablo estaba pensando en los gnósticos. Recordaremos que, como consideraban la materia esencial e incurablemente mala, consideraban que también el universo era malo. Pero, como Pablo lo ve, el universo no es irremisiblemente malo. Es obra de Dios, y participa de la reconciliación universal. Aquí hay una lección y una advertencia. A menudo el Cristianismo ha desconfiado del mundo. «La Tierra es un desierto lúgubre.» Recordemos la historia del puritano. Alguien le dijo cuando iban paseando por el campo: «¡Que flores tan hermosas!» Y él contestó: «He aprendido a no llamar hermoso nada en este mundo perdido y pecador.» Lejos de ser cristiana, esa actitud es por lo menos herética. Era la actitud de los herejes gnósticos que amenazaban con destruir la fe. Este es el mundo de Dios, y es un mundo redimido, porque de alguna manera maravillosa Dios estaba en Cristo reconciliando consigo mismo todo el universo de seres humanos, de criaturas vivientes y aun de seres inanimados.

(iv) El pasaje termina con una frase curiosa. Pablo dice que esta reconciliación se extendía no solamente a las cosas de la Tierra sino también a las del Cielo. ¿Cómo es que las cosas celestiales necesitaban una reconciliación? Esto ha ejercitado el ingenio de muchos comentadores. Veamos algunas de sus explicaciones.

(a) Se ha sugerido que hasta los lugares celestiales y los ángeles estaban bajo pecado y necesitaban ser reconciliados con Dios. En Job leemos: «Aun en Sus ángeles descubre el error» (4:18). «Ni aun los cielos son puros delante de Sus ojos» (15:15). Así es que se ha sugerido que hasta los ángeles necesitaban la reconciliación de la Cruz.

(b) Orígenes, el gran universalista, creía que la frase se refería al diablo y sus ángeles, y creía que al final hasta ellos estarían reconciliados con Dios por medio de la obra de Jesucristo.

(c) Se ha sugerido que cuando Pablo dijo que la obra reconciliadora de Cristo abarcaba todas las cosas en la Tierra y en el Cielo no quería decir nada definido, sino estaba usando simplemente una frase sonora y magnífica para presentar la total suficiencia de la obra reconciliadora de Cristo.

(d) La sugerencia más interesante la hizo Teodoreto, al que siguió Erasmo. Era que lo principal no era que los ángeles celestiales fueran reconciliados con Dios, sino que fueran reconciliados con los hombres. La sugerencia es que los ángeles estaban enfadados con los hombres por lo que Le habían hecho a Dios, y querían destruirlos; y la obra de Cristo les quitó la ira, porque vieron lo mucho que Dios amaba a la humanidad.

Entiéndase esto como 3e, entienda, una cosa por lo menos es cierta: que el propósito de Dios era reconciliar a los hombres consigo en Jesucristo, el medio por el cual lo hizo fue la muerte de Cristo, que demostró que Su amor no tenía límites, y que la reconciliación se extiende a todo el universo, incluidos la Tierra y el Cielo.

6. La finalidad y la obligación de la reconciliación

En los versículos 21 a 23 se presentan la finalidad y la obligación de la reconciliación.

(i) La finalidad de la reconciliación es la santidad. Cristo llevó a cabo Su obra sacrificial de reconciliación a fin de presentarnos a Dios consagrados e irreprochables. Es fácil tergiversar la idea del amor de Dios y decir: «Bueno, si Dios me ama tanto y no quiere más que la reconciliación, el pecado no importa. Puedo vivir de cualquier manera, y Dios me seguirá amando.» Lo cierto es lo contrario. El hecho de que una persona sea amada no le da carta blanca para hacer lo que quiera, sino le impone la mayor obligación del mundo, la de ser digna de ese amor. En cierto sentido, el amor de Dios hace las cosas más fáciles, porque hace que no Le tengamos miedo y nos asegura que ya no somos ante Él criminales ante el tribunal, seguros de la condenación. Pero en otro sentido nos pone las cosas casi imposibles, porque nos impone la obligación final de ser dignos de tal amor.

(ii) La obligación conlleva otra clase de obligación, la de permanecer firmes en la fe y no abandonar nunca la esperanza del Evangelio. La reconciliación demanda que en sol y en sombra› no perdamos nunca la confianza en el amor de Dios. De la maravilla de la reconciliación nacen la fuerza de una lealtad inquebrantable y la luminosidad de una esperanza que no puede defraudar.

El privilegio y la tarea

Ahora me siento feliz de sufrir por vosotros, y en mi carne, por causa de Su Cuerpo, completando lo que falte de las aflicciones de Cristo. Por Su Cuerpo quiero decir la Iglesia, de la que fui hecho siervo de acuerdo con la tarea que Dios me encomendó por amor de vosotros. Esa tarea consiste en dar a conocer la Palabra de Dios en plenitud, el secreto que había permanecido escondido a lo largo de todas las edades y generaciones, pero que ahora ha sido manifestado a los que están consagrados a Dios; porque Dios quería darles a conocer lo grande que era la .riqueza gloriosa entre los gentiles de este secreto ahora revelado, que es Cristo en vosotros vuestra gloriosa esperanza. Ese es el Cristo que proclamamos, advirtiendo a toda persona y enseñando a toda persona en toda sabiduría, para presentar a toda persona completa en Cristo. Esa es la meta por la que me afano, esforzándome con Su dinámica, que obra poderosamente dentro de mí.

Pablo empieza este pasaje con una idea atrevida. Piensa en los sufrimientos que está soportando como algo que completa los sufrimientos del mismo Jesucristo. Jesús murió para salvar a Su Iglesia; pero la Iglesia tiene que ir edificándose y extendiéndose; ha de mantenerse fuerte y pura e íntegra; por tanto, cualquiera que sirva a la Iglesia ensanchando sus fronteras, estableciendo su fe, guardándola de errores, está haciendo la obra de Cristo. Y si tal servicio implica sufrimiento y sacrificio, esa aflicción está completando y compartiendo los mismos sufrimientos de Cristo. Sufrir en el servicio de Cristo no es un castigo, sino un privilegio, porque es participar de Su obra.

Pablo presenta la esencia misma de la tarea que Dios le ha confiado. Esa tarea consiste en hacer llegar a las personas un nuevo descubrimiento, algo que se había mantenido oculto a lo largo de edades y generaciones y que ahora se ha revelado. Esta era que la gloriosa esperanza del Evangelio no era solamente para los judíos, sino para todos los seres humanos en todas partes.

La gran contribución de Pablo a la fe cristiana fue llevar a Cristo a los gentiles, destruyendo para siempre la idea de que el amor y la misericordia de Dios eran el monopolio exclusivo de un pueblo o de una raza determinados. Por eso es Pablo nuestro patrón de una manera especial, y recibió el título de Apóstol de los gentiles. Si no hubiera sido por él, el Cristianismo no habría pasado de ser un nuevo tipo de judaísmo en el que nosotros y todos los demás gentiles no habríamos tenido parte.

Así es que Pablo presenta su gran proyecto. Es advertir a toda persona, y enseñar a toda persona, y presentar a toda persona completa en Cristo.

Los judíos no estarían de acuerdo en que a Dios Le importaran todas las personas; se habrían negado a reconocer que Dios era también el Dios de los gentiles. Esto les habría parecido increíble, y hasta blasfemo. Los gnósticos no habrían estado de acuerdo en que se podría advertir y enseñar y presentar a toda persona completa a Dios. Creían que el conocimiento necesario para la Salvación era tan complicado y difícil que sería el monopolio de una reducida aristocracia espiritual. E. F. Goodspeed cita un pasaje de Prefacio a la Moral de Walter Lipman: «Hasta ahora no se ha presentado ningún maestro que se considerara suficientemente sabio para enseñar su sabiduría a toda la humanidad. De hecho, los grandes maestros no han intentado nada tan utópico. Se daban perfecta cuenta de lo difícil que es la sabiduría para la mayoría, y han confesado francamente que la vida perfecta era para unos pocos selectos. Es discutible que la idea misma de enseñar la sabiduría más elevada a todas las personas sea una noción de una era humanitaria y románticamente democrática, y que sea totalmente extraña al pensamiento de todos los grandes maestros.» El caso es que siempre se ha estado de acuerdo tácita o abiertamente en que la sabiduría no es para todo el mundo.

El hecho es que lo único que es para todo el mundo es Cristo. No todos los seres humanos pueden ser pensadores. Hay dones que no se le han concedido a todo el mundo. No todos pueden dominar un arte, ni siquiera un juego. Hay algunos que son daltonianos, para quienes las bellezas de la pintura no quieren decir nada. Otros, que no tienen oído para la música, para los que este arte bien podría no existir. No todo el mundo puede ser escritor, o predicador, o cantante de ópera. No se le conceden a todas las personas los grandes amores. Hay dones que una persona no poseerá jamás; hay privilegios que una persona no disfrutará nunca; hay alturas de logros humanos que muchos no podrán escalar; pero a todas las personas se abren las puertas de la buena noticia del Evangelio, del amor de Dios en Jesucristo y el poder transformador que puede traer la santidad a la vida.

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