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Colosenses 4: La oración cristiana

Perseverad en la oración. Manteneos alerta en la oración, incorporando siempre en ella la acción de gracias. Y al mismo tiempo orad por nosotros para que Dios nos ofrezca oportunidad para dar el Mensaje, para que comuniquemos el secreto de Cristo que le ha sido revelado ahora a Su propio pueblo, ese secreto por el que estoy preso, para que se lo manifieste a todo el mundo como es mi obligación.

Pablo no escribía nunca una carta sin recordar a sus lectores el deber y el privilegio de orar por sus amigos. Les dice que perseveren en la oración. Todos los creyentes pasan por épocas en las que la oración no parece producir ningún resultado, ni siquiera llegar más allá de las paredes de la habitación en que se ora. En tal tiempo el remedio no es dejarla, sino perseverar en la oración; porque la sequía espiritual no puede prolongarse en una persona que ora.

Les dice que se mantengan alerta en la oración. La palabra griega quiere decir literalmente que estén despiertos. La frase bien podría querer decir que Pablo les está diciendo que no se queden dormidos cuando estén orando. Puede que esté pensando en el momento del Monte de la Transfiguración cuando los discípulos se quedaron dormidos y solo cuando se despertaron vieron la gloria (Lucas 9:32). O puede que estuviera pensando en la escena de Getsemaní, cuando Jesús estaba orando y los discípulos se quedaron dormidos (Mateo 26:40). Es verdad que al final de un día de trabajo nos pasa cuando tratamos de orar; y hasta hay un cierto cansancio en nuestras oraciones. Entonces es mejor que no tratemos de orar mucho tiempo: Dios entiende las frases breves musitadas a la manera de un niño soñoliento.

Pablo les pide que oren por él. Debemos fijarnos exactamente en lo que Pablo les pide. No les pide que oren por él, sino por su trabajo. Habría muchas cosas de las que Pablo tenía necesidad -salir de la cárcel, un buen resultado en su juicio inminente, un poco de tranquilidad y la tan deseada paz. Pero les pide que oren para que se le den fuerzas y oportunidades para hacer el trabajo que Dios le ha confiado en el mundo. Cuando oramos por nosotros y por otros no debemos pedir vernos libres de adversidades y trabajos, sino más bien tener las fuerzas para llevar a feliz término el trabajo que se nos ha confiado. La oración debe ser para recibir poder, no para que se nos alivie la carga; no la liberación sino la conquista debe ser la clave de la vida cristiana.

El cristiano y el mundo

Portaos con prudencia con los de fuera de la Iglesia. Aprovechad todas las oportunidades. Hablad siempre de una manera que sea agradable a los oyentes, echándole salero a vuestras palabras, sabiendo lo que conviene decir en cada caso.

Aquí hay tres advertencias breves acerca de la vida del cristiano en el mundo.

(i) El cristiano debe comportarse con prudencia y tacto con los que están fuera de la Iglesia. Tiene que ser misionero por necesidad; pero debe saber cuándo y cuándo no hablar a otros de su religión y de la de ellos. Nunca debe dar la impresión de superioridad o de censura. A pocos se habrá ganado al Cristianismo a base de discutir. El cristiano, por tanto, debe tener presente que no es tanto por sus palabras sino por su vida por lo que atraerá a otros al Evangelio. Se le impone al cristiano la grave responsabilidad de mostrar a Cristo a los demás en su vida diaria.

(ii) El cristiano debe siempre estar al loro para no dejar pasar la oportunidad. Debe agarrar al vuelo todas las oportunidades que se le presenten de trabajar para Cristo y de servir a sus semejantes. La vida y el trabajo cotidianos no dejan de ofrecer oportunidades de testificar de Cristo y de presentársele a las personas -pero hay muchos que evitan las oportunidades en vez de aprovecharlas. La Iglesia no deja de ofrecerles a sus miembros oportunidades de enseñar, cantar, visitar, trabajar para el bien de la congregación -y hay muchos que rechazan esas oportunidades en lugar de aceptarlas. El cristiano debe estar siempre al loro para servir a Cristo y a sus semejantes.

(iii) El cristiano debe tener gracia y simpatía en su manera de hablar para dar la respuesta que conviene en cada caso. Aquí tenemos una advertencia curiosa. Es desgraciadamente cierto que muchos consideran el Cristianismo una especie de
santurronería sosa y una actitud en la que la risa es casi una herejía. Como dice C. F. D. Moule, aquí tenemos « la advertencia de que no debemos confundir la piedad con la sosería.» El cristiano tiene que presentar su Mensaje con el encanto y la gracia que tenía Jesús. Desgraciadamente hay demasiado en el cristianismo al uso que resulta indigesto, y demasiado poco que chisporrotea vida.

Fieles camaradas

El querido hermano Tíquico, fiel siervo de Cristo y consiervo mío, os dará un informe completo de cómo me va. Con ese fin os le envío; para que sepáis todo lo que me está pasando y os anime el corazón.

También os mando con él al querido y fiel hermano Onésimo, que es uno de los vuestros. Ellos os contarán todo lo que ha sucedido por aquí.

Recuerdos de Aristarco, mi compañero de cárcel, y de Marcos, el primo de Bernabé. (Ya os he dado instrucciones acerca de él. Si os va a ver, recibidle bien). Muchos recuerdos también de Jesús, al que llaman Justo. Estos son todos convertidos del judaísmo, y los únicos que colaboran conmigo en la obra del Reino, y que me han dado mucho ánimo.

La lista de nombres al final de este capítulo es un cuadro de honor de héroes de la fe. Debemos tener presentes las circunstancias. Pablo estaba en la cárcel, a la espera del juicio, y siempre es peligroso estar relacionado con un preso, porque es fácil verse involucrado en su misma suerte. Requería coraje visitar a Pablo en la cárcel y dar señales de que uno estaba de su parte. Recojamos lo que sabemos de estos hombres.

Estaba Tíquico. Procedía de la provincia romana de Asia, y es muy probable que fuera el representante de la iglesia para llevar su ofrenda a los hermanos pobres de Jerusalén (Hechos 20:4). También fue el encargado de llevar a sus diferentes destinatarios la carta que llamamos Efesios (Efesios 6:21). Aquí hay un detalle muy interesante. Pablo escribe que Tíquico les informará de cómo le van las cosas. Esto deja ver lo mucho que dejaba para la comunicación oral y que Pablo no incluyó nunca en sus cartas. Por razones obvias las cartas no debían ser muy largas, y trataban de problemas de fe y conducta que amenazaban la vida de las iglesias. Los detalles personales se le dejaban al portador de la carta. Así es que Tíquico los relataría como enviado personal de Pablo.

Estaba Onésimo. La manera que tiene Pablo de mencionarle está llena de cortesía y cariño. Onésimo era un esclavo fugitivo que había llegado a Roma, y al que Pablo estaba enviando de vuelta a su amo Filemón. Pero Pablo no dice que fuera un esclavo fugitivo, sino le llama querido y fiel hermano. Cuando Pablo tenía algo que decir de una persona, lo decía siempre de la mejor manera posible.

Estaba Aristarco. Era un macedonio de Tesalónica (Hechos 20:4). Aunque no se le menciona nada más que de pasada hay algo que sobresale: está claro que era la clase de buena persona que uno querría tener cerca cuando se encontrara en un callejón sin salida. Estaba allí cuando los efesios se amotinaron en el templo de Diana, y tan en primera línea estaba que le capturó el gentío (Hechos 19:29). Estaba allí cuando Pablo inició su viaje a Roma como prisionero (Hechos 27:2). Bien puede ser que se hubiera enrolado como esclavo de Pablo para que le dejaran hacer con él aquel viaje que podría ser el último. Y ahora estaba también aquí, en Roma, compañero de prisión de Pablo. Está claro que Aristarco era una persona que estaba siempre en el sitio cuando las cosas estaban más negras. Siempre que Pablo estaba en apuros, allí estaba Aristarco con él. Las referencias que tenemos nos le presentan como un compañero bueno de veras.

Estaba Marcos. De todos los personajes de la Iglesia original fue él el que tuvo la carrera más sorprendente. Podía ser tan leal que Pedro le llama su hijo (1 Pedro 5:13); y sabemos que cuando escribió su evangelio incluyó los materiales de la predicación de Pedro. Pablo y Bemabé le llevaron consigo como secretario en su primer viaje misionero (Hechos 13:5); pero a mitad de camino, cuando las cosas se iban poniendo difíciles, Marcos se retiró y se volvió a casa (Hechos 13:13). Pasó bastante tiempo antes de que Pablo se lo perdonara. Cuando estaban para iniciar su segundo viaje misionero, Bernabé quería que llevaran a Marcos otra vez, pero Pablo se negó en redondo, y por ese motivo se separaron y, por lo que sabemos, ya no volvieron a trabajar juntos (Hechos 15:36-40). Según la tradición, Marcos fue de misionero a Egipto y fundó la iglesia de Alejandría. No sabemos lo que sucedió entre medias; pero sabemos que estaba con Pablo en su última cárcel, y Pablo le consideraba de lo más útil (Filemón 24; 2 Timoteo 4:11). Marcos se redimió a sí mismo. Aquí, en esta breve referencia hay un eco de la vieja historia desafortunada. Pablo exhorta a la iglesia colosense a que reciba afectuosamente a Marcos si iba por allí. ¿Por qué? Sin duda porque sus iglesias mirarían con recelo al que Pablo había despedido por inútil en el servicio de Cristo. Y ahora Pablo, con su cortesía y consideración habituales, se asegura de que el pasado de Marcos no le cerraría el paso, ofreciéndole su plena aprobación como amigo de absoluta confianza. El final de la carrera de Marcos es un tributo tanto para él como para Pablo.

De Jesús, apodado Justo, no sabemos más que su nombre.

Estos eran los ayudantes y animadores de Pablo. Sabemos que fue una bienvenida más bien fría la que le dieron los judíos de Roma (Hechos 28:17-29); pero tenía consigo a hombres cuya lealtad tiene que haberle caldeado el corazón.

Continúa el cuadro de honor

Recuerdos de Epafras, que es de los vuestros, servidor de Cristo, que mantiene una lucha constante en oración por vosotros para que os mantengáis firmes, perfectos y completos en la fe, consagrados a cumplir la voluntad de Dios. Doy testimonio de que ha trabajado intensamente por vosotros y por los de Laodicea y Hierápolis. Lucas, nuestro querido médico, y Demas os mandan recuerdos. Saludad de nuestra parte a los hermanos de Laodicea, y a Ninfas y la iglesia que se reúne en su casa.

El siguiente nombre que aparece en el cuadro de honor es Epafras. Debe de haber sido el pastor de la iglesia de Colosas (Colosenses 1: 7). Este pasaje parece sugerir que sería también el supervisor de las iglesias de las tres ciudades, Hierápolis, Laodicea y Colosas. Era un siervo de Dios que oraba y laboraba por los que Dios había puesto a su cuidado. Estaba Lucas, nuestro querido médico, que estuvo con Pablo hasta el final (2 Timoteo 4:11). ¿Era un médico que había renunciado a una carrera lucrativa para asistir a Pablo en el aguijón de su carne y para predicar a Cristo?

Estaba Demas. Es significativo que su nombre es el único que no lleva ningún título de alabanza o aprecio. Era Demas a secas. Hay toda una historia tras las breves referencias a Demas en las cartas de Pablo. En Filemón 24 se le incluye entre los que se describen como colaboradores de Pablo. Aquí en Colosenses 4:14 simplemente se le nombra. Y en la última referencia que se hace a él, en 2 Timoteo 4:10, se dice que ha abandonado a Pablo porque amaba este mundo. Seguramente tenemos aquí el boceto de un estudio de degeneración, pérdida de entusiasmo y fracaso en la fe. Aquí tenemos a uno de los que se negaron a que Cristo los hiciera de nuevo.

Estaba Ninfas (algunos manuscritos y traducciones lo ponen en femenino, Ninfa) y los hermanos de Laodicea que se reunían en su casa. Debemos recordar que no hubo tal cosa como templos o capillas hasta el siglo III. Hasta entonces las congregaciones se reunían en las casas particulares de sus dirigentes. Estaba la iglesia que se reunía en la casa de Prisquilla y Áquila en Roma y en Éfeso (Romanos 16:5; 1 Corintios 16:19). Estaba la iglesia que se reunía en casa de Filemón (Filemón 2). En los primeros tiempos, la iglesia y el hogar eran la misma cosa; y sigue siendo verdad que el hogar cristiano debe ser al mismo tiempo una iglesia de Jesucristo.

El misterio de la carta a los laodicenses

Cuando hayáis leído esta carta entre vosotros, aseguraos de que se lea también en la iglesia de los laodicenses, y de que vosotros leéis la que os llegue de Laodicea.

Aquí tenemos uno de los misterios de la correspondencia de Pablo. La carta a Colosas se tenía que mandar después a Laodicea. Y, dice Pablo, hay otra carta que está de camino desde Laodicea a Colosas. ¿Cuál era esa Carta a los Laodicenses?

Hay cuatro posibilidades.

(i) Puede que fuera una carta especial a la iglesia de Laodicea. En ese caso, se habrá perdido; aunque, como veremos seguidamente, todavía existe una supuesta carta a Laodicea. Seguramente Pablo escribió muchas más cartas de las que poseemos. Se conservan solamente trece, que cubren un espacio de unos quince años. Se deben de haber perdido muchas otras, entre ellas la dirigida a los laodicenses.

(ii) Puede que fuera la carta que conocemos como a los Efesios. Es casi seguro que Efesios no se le escribió a la iglesia de Éfeso, sino que era una encíclica o carta circular que debía ir recorriendo las iglesias de la provincia de Asia. Puede que esta carta circular hubiera llegado ya a Laodicea y estuviera de camino hacia Colosas.

(iii) Puede que se tratara de la Carta a Filemón. Esa es una posibilidad que presentamos en nuestro estudio de esa carta.

(iv) Hace muchos siglos que ha estado en existencia una supuesta carta de Pablo a la iglesia de Laodicea. No existe nada más que en latín, pero parece ser una traducción literal de un original griego. Está incluida en el Codex Fuldensis del Nuevo Testamento latino que perteneció a Víctor de Capua y que se fecha en el siglo VI; pero se remonta aún más, porque Jerónimo la menciona en el siglo V diciendo que era falsa y que casi todo el mundo estaba de acuerdo en que no era auténtica. Es como sigue: Pablo, un apóstol, no por hombres ni mediante ningún
hombre, sino mediante Jesucristo, a los hermanos que están en Laodicea: Gracia sea a vosotros y paz de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo.

Doy gracias a Cristo en cada una de mis oraciones de que permanezcáis firmes en Él y perseveréis en Sus obras esperando Su promesa del Día del Juicio. No os dejéis seducir por las palabras vanas de ciertos hombres que tratan de persuadiros de que debéis apartaros de la verdad del Evangelio que yo predico… [Sigue un versículo de texto inseguro].

Y ahora las cadenas que padezco en Cristo están a la vista de todo el mundo; en ellas me deleito y gozo. Y esto me reportará una salvación eterna, lo cual me vendrá de vuestras oraciones y de la ayuda del Espíritu Santo, ya sea que viva o que muera. Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es gozo. Que El en Su misericordia haga que esto os suceda también a vosotros: que tengáis el mismo amor y que tengáis una misma mente.

Por tanto, amadísimos, como habéis oído en mi presencia, mantened así estas cosas y hacedlas en el temor de Dios, y entonces tendréis vida por la eternidad; porque Dios es Quien en vosotros obra. Y haced sin vacilar todo lo que hagáis.

Por lo demás, amadísimos, gozaos en el Señor; guardaos de los que son sucios en su deseo de ganancia material. Lleguen vuestras oraciones al conocimiento de Dios; y manteneos firmes en la mente de Cristo. Haced las cosas que son puras, y verdaderas, y modestas, y justas, y agradables.

Manteneos firmes en lo que habéis oído y recibido en vuestro corazón, y tendréis paz.

Los santos os saludan.

La gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Aseguraos de que esta carta se lea a los colosenses, y que se os lea la carta a los colosenses.

Tal es la supuesta carta de Pablo a los laodicenses. Está claro que está formada con frases tomadas de Filipenses, y las palabras iniciales de Gálatas. Seguramente fue la creación de algún escritor piadoso que había leído en Colosenses que había habido una carta a Laodicea, y se puso a componer una carta como él se la imaginaba. Muy pocos aceptarían esta carta a los laodicenses como una carta auténtica de Pablo. No podemos resolver el misterio de la carta a la iglesia laodicense. La explicación más aceptada es que se trata de la carta circular que conocemos como Efesios; pero la sugerencia que presentamos en nuestro estudio de Filemón es aún más romántica y atractiva.

La bendición final

Y decidle a Arquipo: «Mira que lleves a cabo la porción del servicio que te ha encargado el Señor.» Aquí va mi saludo de mi puño y letra, Pablo. Acordaos de mis cadenas. La gracia sea con vosotros.

La carta concluye con una seria advertencia a Arquipo para que sea fiel al trabajo concreto que se le ha confiado. Puede que no sepamos nunca cuál era ese trabajo; puede que nuestro estudio de Filemón arroje algo de luz sobre él. De momento lo dejamos así.

Pablo se servía de un amanuense para escribir sus cartas. Sabemos, por ejemplo, que el que le ayudó a escribir la Carta a los Romanos se llamaba Tercio (Romanos 16:22). Pablo tenía la costumbre de escribir él mismo el saludo final y firmar, y eso es lo que hace aquí.

«Acordaos de que estoy en la cárcel,» les dice. Una y otra vez se refiere en esta serie de cartas a su encarcelamiento (Efesios 3:1; 4:1; 6:20; Filemón 9). No es sensiblería para inspirar lástima. Pablo terminó su carta a los gálatas diciéndoles: « Yo llevo en el cuerpo las señales de pertenecer a Jesús» (Gálatas 6:17). Por supuesto que hay sentimiento. Alford comenta conmovedoramente: «Cuando leemos acerca de sus cadenas no debemos olvidar que tintinarían sobre el papel mientras estaba escribiendo (su firma). Estaba encadenado por la mano al soldado que estuviera de guardia con él. Pero Pablo no se refiere a sus sufrimientos para inspirar lástima, sino como exponentes de su autoridad y de su derecho a hablar. Es como si dijera: «Esta no es una carta de uno que no sepa lo que significa el servicio de Cristo o que esté pidiendo a otros que hagan lo que él no está dispuesto a hacer, sino de uno que ha sufrido y se ha sacrificado por Cristo. Mi único derecho a hablar es que yo también estoy llevando la Cruz de Cristo.»

Y así llega la carta a su final inevitable. Todas las cartas de Pablo finalizan con la gracia. Él siempre terminaba encomendando a otros a aquella gracia que había encontrado suficiente para todas las cosas.

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