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Efesios 4: Fieles a nuestra vocación

Así es que yo, el prisionero del Señor, os insisto en que os comportéis de una manera que sea digna de la vocación que habéis recibido. Os exhorto a que os conduzcáis con toda humildad, y amabilidad, y paciencia. Os exhorto a que os soportéis unos a ‹otros con amor. Os exhorto encarecidamente a que conservéis esa unidad que el Espíritu Santo puede producir, uniendo las cosas en paz. Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, de la misma manera que habéis sido llamados con una sola y misma esperanza de vuestra vocación. No hay más que un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, Que está por encima de todos y a través de todos y en todos. A cada uno de vosotros se le ha dado la gracia según la medida del don gratuito de Cristo. Por eso dice la Escritura: «Ascendió a las alturas, y llevó a Sus cautivos consigo, y dio dones a los hombres. (Cuando dice que ascendió, ¿qué otra cosa puede querer decir sino que Él también había descendido a lo más bajo de la tierra? El que descendió es la misma Persona que ascendió por encima de todos los cielos para llenarlo todo con Su presencia).

Las virtudes cristianas

Así es que yo, el prisionero del Señor, os insisto en que os comportéis de una manera que sea digna de la vocación que habéis recibido. Os exhorto a que os conduzcáis con toda humildad, y amabilidad, y paciencia. Os exhorto a que os soportéis unos a otros con amor.

Os exhorto encarecidamente a que conservéis esa unidad que el Espíritu Santo puede producir, uniendo las cosas en paz.

Cuando una persona ingresa en cualquier sociedad, asume la obligación de vivir una cierta clase de vida; y si incumple esa obligación, entorpece los objetivos de esa sociedad y la desacredita. Aquí Pablo hace la descripción de la clase de vida que debe vivir una persona cuando entra en la comunión de la Iglesia Cristiana. Los primeros tres versículos relucen como joyas. Aquí tenemos cinco de las palabras más grandes de la fe cristiana.

(i) La primera y principal es la humildad. En griego es tapeinofrosyné, que es una palabra que acuñó por primera vez la fe cristiana. En griego no hay una palabra para humildad que no contenga algun atisbo de mezquindad. Posteriormente, Basilio había de describirla como « el joyero de todas las virtudes;» pero antes del Cristianismo la humildad no se consideraba ni siquiera como una virtud. El mundo antiguo consideraba la humildad despreciable.

En griego hay un adjetivo para humilde, que está íntimamente relacionado con el nombre, tapeinós. Una palabra se conoce siempre por las que lleva en su compañía, y la de esta era despreciable. Solía encontrase en compañía de los adjetivos griegos que quieren decir servil (andrapodódés, dulikós, duloprepés), innoble (aguenés), despreciable (ádoxos), rastrero (jamaizélos, que es el adjetivo que describe esa clase de plantas). En los días antes de Jesús la humildad se consideraba una cualidad cobarde, rastrera, servil e innoble; sin embargo, el Cristianismo la colocó a la cabeza de todas las virtudes.

Entonces, ¿de dónde procede esta humildad cristiana, y qué conlleva?

(a) La humildad cristiana viene del conocimiento propio. Bernardo decía de ella: « Es la virtud por la que una persona llega a ser consciente de su propia indignidad, como resultado del más íntimo conocimiento de sí misma.»

El vernos a nosotros mismos tal como somos es la cosa más humillante del mundo. La mayor parte de nosotros nos atribuimos un papel importante en la vida. En alguna parte se cuenta la historia de un hombre que, antes de acostarse, soñaba despierto sus sueños de grandeza. Se veía como el héroe de rescates emocionantes del mar o de las llamas; como un orador que tenía alucinada a una numerosa audiencia; como un futbolista que, marcara el gol de oro en una final; siempre estaba en el centro de atención de muchos. Así somos casi todos. Y la verdadera humildad se produce cuando nos miramos a nosotros mismos, y vemos nuestras debilidades, nuestro egoísmo, nuestros fracasos en el trabajo y en las relaciones personales, etcétera.

(b) La humildad cristiana se produce cuando nos colocamos al lado de Cristo, y cuando consideramos lo que Dios espera de nosotros.

Dios es la suma perfección, y es imposible satisfacer a la perfección. Mientras nos comparemos con otros como nosotros, puede que no salgamos malparados de la comparación. Es cuando nos comparamos con la perfección cuando vemos nuestro fracaso. Uno puede considerarse muy buen pianista hasta que oye a alguno de los grandes intérpretes del mundo.

Uno puede considerarse un buen ajedrecista hasta que se compare con cualquiera de los grandes maestros. Uno puede creerse un buen investigador hasta que conozca la vida de los grandes descubridores. Uno puede creerse un buen predicador hasta que escuche a uno de los príncipes del púlpito.

La propia satisfacción depende del nivel con el que nos comparemos. Si nos comparamos con nuestros semejantes, puede que nos demos por satisfechos. Pero el dechado cristiano es Jesucristo, y Dios nos demanda la perfección; y al colocarnos bajo ese rasero no nos queda lugar para el orgullo.

(c)Esto se puede decir de otra manera. R. C. Trench dice que la humildad viene del sentimiento constante de nuestra propia criaturidad. Nos encontramos en una situación de absoluta dependencia de Dios. Somos criaturas; y para la criatura no puede caber sino humildad en la presencia del Creador. La humildad cristiana se basa en el conocimiento propio, en la contemplación de Jesucristo y en las demandas de Dios.

La nobleza cristiana

La segunda de las grandes virtudes cristianas es la que la versión Reina-Valera llamaba mansedumbre, y que hemos traducido por amabilidad o cortesía. El nombre griego es praytés, el adjetivo es prays, y son ambas palabras de las más difíciles de traducir. Praus tiene dos líneas principales de significado.

(a) Aristóteles, el gran pensador y filósofo griego, tiene mucho que decir acerca del significado de praytés. Tenía por costumbre definir todas las virtudes como el término medio entre dos extremos, entre tener esa cualidad por exceso, o tenerla por defecto. Y entre los dos extremos se encontraba la debida proporción. Aristóteles define praytés como el término medio entre el exceso de ira y la total incapacidad para sentirla. El hombre que es prays es el que siempre se indigna en el momento adecuado, cuando es debido, y nunca cuando no tiene motivo. Para decirlo de otra manera: el hombre que es prays es el que siente indignación por las injusticias y los sufrimientos de los demás, pero nunca se indigna ante las injusticias y los insultos de los que es objeto. Así que el hombre que es, como decía la Reina-Valera, manso, es el que siempre muestra su disconformidad en el momento oportuno, y nunca cuando no hay motivo.

(b) Hay otro hecho que arroja mucha luz sobre el significado de esta palabra. Prays es la palabra griega que se usa para definir a un animal que ha sido domado y domesticado para obedecer y estar perfectamente controlado. Por tanto, el hombre que es prays es el que tiene todos los instintos y las pasiones bajo perfecto control. No sería justo decir que tal hombre tiene un dominio propio total, porque tal cualidad rebasa la capacidad humana. Pero sí sería correcto decir que el que tiene esta cualidad vive totalmente bajo el control de Dios.

Así que esta es la segunda gran característica de un verdadero miembro de iglesia. Es el hombre que está tan controlado por Dios que se indigna cuando debe indignarse, y nunca cuando no debe.

La paciencia invencible

(iii) La tercera gran cualidad del cristiano es lo que la ReinaValera llama en otros pasajes longanimidad. En griego es makrothymía. Esta palabra tiene dos direcciones principales en su significado.

(a) Describe el espíritu que nunca cede y que, porque soporta hasta el final, cosecha la recompensa. Su significado se puede ver mejor por el hecho de que un escritor judío usaba esta palabra para describir lo que él llamaba « la perseverancia romana, que no aceptaba nunca hacer la paz 6n condiciones de derrota.» En sus grandes días, los romanos eran inconquistables o invencibles; podía ser que perdieran una batalla, o hasta una campaña, pero era inimaginable el que perdieran una guerra. Aun en el mayor desastre, nunca se les ocurría reconocer una derrota. La paciencia cristiana es el espíritu que nunca admite la derrota, que no se da por vencido ante ninguna desgracia ni sufrimiento, por ninguna desilusión o desánimo, sino que persevera hasta el fin.

(b) Pero makrothymía tiene todavía un sentido más característico que ese. Es la palabra griega característica para paciencia con las personas. Crisóstomo.la describe como el espíritu que tiene poder para vengarse, pero no se venga.

Lightfoot la definía como el espíritu que se niega a la revancha. Usando una analogía muy imperfecta diríamos que a menudo es posible ver juntos un cachorro y un perro adulto y grande. El cachorro le fastidia al perrázo, le mordisquea, y le hace toda clase de perrerías. El perro grande, que podría deshacerse del cachorro de una patada o de una dentellada, soporta sus impertinencias con una dignidad inalterable. Makrothymía es el espíritu que soporta los insultos y las injurias sin amargura ni queja. Es el espíritu que puede sufrir a las personas desagradables con cortesía, y a los tontos sin irritarse.

(c) Lo que nos permite conocer mejor el sentido de esta palabra es el hecho de que el Nuevo Testamento se la aplica repetidas veces a Dios. Pablo le pregunta al pecador impenitente si desprecia la paciencia de Dios (Romanos 2:4). En otro lugar habla de la perfecta paciencia que Jesús tuvo con él (1 Timoteo 1:16). Pedro habla de la paciencia de Dios esperando en los días de Noé (1 Pedro 3:20). Dice que la tolerancia de nuestro Señor es para nuestra salvación (2 Pedro 3: IS). Si Dios hubiera sido un hombre, habría « perdido la paciencia» con el mundo por su desobediencia hace mucho tiempo. El cristiano debe tener con sus semejantes la paciencia que Dios ha tenido con él innumerables veces.

El amor cristiano

(iv) La cuarta gran cualidad cristiana es el amor. El amor cristiano era algo tan nuevo en el mundo antiguo que los escritores cristianos tuvieron que inventar una palabra nueva para definirlo; o, por lo menos, tuvieron que usar una palabra muy rara en griego, dándole un sentido totalmente nuevo: agapé.

En griego hay cuatro palabras para amor. Está erós, que es el amor entre un hombre y una mujer que incluye la pasión sexual. Está filía, que es el afecto cálido que existe entre los que comparten unas mismas circunstancias. Está storgué, que es la palabra que designa el amor de la familia. Y está agapé, que la Reina-Valera traduce por amor, aunque en ediciones más antiguas, siguiendo tal vez a la Vulgata, la traducía por caridad.

El sentido auténtico de agapé es una benevolencia a toda prueba. El tener agapé hacia una persona quiere decir que nada que esa persona haga o nos haga nos hará buscar para ella sino lo mejor posible. Aunque nos perjudique e insulte, nosotros no sentiremos nunca hacia ella más que amabilidad y benevolencia. Esto quiere decir que este amor cristiano no es meramente un sentimiento emocional. Este agapé es algo, no solamente de las emociones, sino también de la voluntad.

Es la habilidad de mantener una buena voluntad inconquistable con los que no la tienen con nosotros, ni son amables, ni nos gustan. Agapé es esa cualidad de la mente y del corazón que impulsa a un cristiano a no sentir nunca ninguna malquerencia ni ningún deseo de venganza, sino a buscar siempre el mayor bien posible para todos, sean como sean.

(v) Estas cuatro grandes virtudes de la vida cristiana -humildad, amabilidad, paciencia y amor- desembocan en una quinta: la paz. El consejo y la exhortación urgente de Pablo son que los que lean su carta tengan un interés especialísimo en mantener «la sagrada unidad» que debe caracterizar a la verdadera Iglesia.

La paz se puede definir como la debida relación entre las personas. Esta unidad, esta paz, esta debida relación, se puede conservar solamente de una manera. Cada una de las cuatro grandes virtudes cristianas depende de la negación del yo.

Mientras el yo sea el centro de todas las cosas, esta unidad no podrá existir nunca plenamente. En una sociedad en la que el yo domina, las personas no pueden ser más que una colección desintegrada de unidades individualistas en guerra. Pero cuando el yo muere y Cristo se aposenta en su lugar en nuestros corazones, entonces se produce la paz, la unidad, que es la característica suprema de la verdadera Iglesia.

Las bases de la unidad
Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, de la misma manera que habéis sido llamados con una sola y misma esperanza de vuestra vocación. No hay más que un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, Que está por encima de todos y a través de todos y en todos.

Pablo pasa a establecer las bases sobre las que se funda la unidad cristiana.

(i) Hay un solo Cuerpo. (En estas frases añado la palabra solo/sola porque en el original unluna es el numeral y no el artículo indeterminado). Cristo es la Cabeza, y la Iglesia es el Cuerpo. Ningún cerebro puede controlar un cuerpo que está desintegrado en fragmentos. Si no hay una unidad coordinada en el cuerpo, los designios de la cabeza se frustran. La unidad de la Iglesia es esencial para la obra de Cristo. Eso no quiere decir una unidad mecánica de administración y de organización humanas; sino tiene que ser una unidad basada en un común amor a Cristo y de los miembros entre sí.

(ii) Hay un solo Espíritu. La palabra pneuma en griego quiere decir tanto espíritu como aliento. Es de hecho la palabra corriente para aliento. A menos que haya aliento en el cuerpo, el cuerpo estará muerto; y el aliento vitalizador del Cuerpo de la Iglesia es el Espíritu de Cristo. No puede haber Iglesia sin el Espíritu; y no se puede recibir el Espíritu más que deseándolo y esperándolo en oración.

(iii) Hay una sola esperanza de nuestra vocación. Todos estamos en marcha hacia la misma meta. Este es el gran secreto de la unidad de los cristianos. Nuestros métodos, nuestra organización, hasta algunas de nuestras creencias puede que sean diferentes; pero todos nos esforzamos para alcanzar la meta de un mundo redimido en, por y para Cristo.

(iv) Hay un solo Señor. La primera forma de credo que surgió en la Iglesia Primitiva fue una breve frase: « Jesucristo es el Señor» (Filipenses 2:11). Pablo veía que era el sueño de Dios el que llegara un día cuando toda la humanidad hiciera esta confesión. La palabra que usa para Señor es Kyrios. Las dos formas en que se usa en el griego corriente muestran algo de lo que Pablo quería decir. Se usaba para amo, en contraposición a siervo o esclavo. Y era la manera normal de referirse al emperador romano. Los cristianos están unidos porque son propiedad y están al servicio de un Dueño y Rey.

(v) Hay una sola fe. Pablo no quería decir que hay un solo credo. Rara vez de hecho la palabra fe quiere decir credo en el Nuevo Testamento. Casi siempre quiere decir la entrega incondicional del cristiano a Jesucristo. Pablo quiere decir que todos los cristianos están unidos porque han decidido rendirse totalmente al amor de Jesucristo. Puede que lo describan de diferentes maneras; pero, sea como sea, la rendición es algo que todos tienen en común.

(vi) Hay un solo bautismo. En la Iglesia Primitiva el bautismo era corrientemente de adultos, porque los hombres y las mujeres llegaban directamente del paganismo a la fe cristiana. Por tanto, antes que ninguna otra cosa, el bautismo era la pública confesión de fe. No había nada más que una manera de incorporarse al ejército romano: el que quería ser soldado de Roma tenía que hacer un juramento de fidelidad hasta la muerte al emperador. De la misma manera, no había nada más que una forma de ingresar en la Iglesia Cristiana: mediante la pública confesión de fe en Jesucristo.

(vii) Hay un solo Dios. Veamos lo que dice Pablo acerca del Dios en Quien creemos.

(a) Dios es el Padre de todos; en esa frase se encierra el amor de Dios. Lo más grande que podemos decir del Dios de los cristianos no es que es Rey, ni que es Juez, sino que es Padre. La idea cristiana de Dios empieza por el amor.

(b) Dios está por encima de todas las cosas. En esa frase se encierra el control de Dios. Independientemente del aspecto que presenten las cosas, Dios está en control. Puede que haya diluvios; pero «El Señor preside en el diluvio» (Salmo 29:10).

(c) Dios está detrás de todo; en esa frase se encierra la idea de la providencia de Dios. Dios no creó el mundo y lo puso en marcha como puede hacer un relojero con un reloj, dándole cuerda y dejándolo hasta que se le acabe. Dios está detrás de todo este mundo guiándolo, sosteniéndolo y amándolo.

(d) Dios está en todas las cosas; en esa frase se encierra la presencia de Dios en todas las criaturas. Puede ser que Pablo tomara la joya de esta. idea de los estoicos, que creían que Dios era un fuego más puro que ninguno de los de la Tierra; y creían que lo que le daba a un ser la vida era que una chispa de ese fuego que era Dios venía a morar en su cuerpo. Pablo creía que Dios está en todas las cosas.

El Evangelio nos dice que vivimos en un mundo que ha sido creado por Dios y que está controlado por Dios, sostenido por Dios y lleno de Dios.

Los dones de la gracia

A cada uno de vosotros se le ha dado la gracia según la medida del don gratuito de Cristo. Por eso dice la Escritura: «Ascendió a las alturas, y llevó a Sus cautivos consigo, y dio dones a los hombres. » (Cuando dice que ascendió, ¿qué otra cosa puede querer decir sino que Él también había descendido a lo más bajo de la tierra? El que descendió es la misma Persona Que ascendió por encima de todos los cielos para llenarlo todo con Su presencia).

Pablo vuelve a otro aspecto de su tema. Ha estado tratando de las cualidades de los miembros de la Iglesia de Cristo. Ahora va a hablar de sus funciones en la Iglesia. Empieza por establecer lo que era para él una verdad esencial: que todo lo bueno que pueda tener una persona es don de la gracia de Cristo.

Para probar su idea de Cristo como el dador de dones, Pablo cita, con una variante muy significativa, el Salmo 68:18. Este salmo describe la vuelta de un rey conquistador. Asciende a las alturas: es decir, escala la carretera empinada del Monte de Sión por las calles de la Santa Ciudad. Le sigue una columna impresionante de prisioneros de guerra; es decir: desfila por las calles con sus prisioneros encadenados, que son la prueba de su poder conquistador. Y aquí viene la diferencia: El salmo habla a continuación de los dones que recibe el conquistador. Pablo lo cambia por «dio dones a los hombres.»

En el Antiguo Testamento, el rey conquistador exigía y recibía dones de la población; en el Nuevo Testamento, el Conquistador, Cristo, ofrece y da dones a los hombres. Esa es la diferencia esencial que hay entre los dos testamentos. En el Antiguo Testamento, un Dios celoso insiste en el tributo que Le deben los hombres; en el Nuevo Testamento, un Dios amante derrama Su amor hacia los hombres. Esa es, sin duda, una Buena Noticia.

Entonces, como tantas veces, la mente de Pablo se le desvía por una palabra. Ha usado la palabra ascendió, y eso le hace pensar en Jesús. Y le hace decir una cosa muy maravillosa: Jesús descendió a este mundo cuando tomó nuestra naturaleza. Jesús ascendió de este mundo cuando salió de él para volver a Su gloria. El gran pensamiento de Pablo es que el Cristo que ascendió y el Cristo que descendió son una misma Persona. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que el Cristo de la gloria es el mismo que el Jesús que anduvo por la tierra; sigue amando a las personas; sigue buscando al pecador; sigue sanando a los dolientes; sigue consolando a los afligidos; sigue siendo el amigo de los marginados. El Cristo ascendido sigue siendo el amante de las almas.

Hay otro pensamiento que impacta a Pablo. Jesús ascendió a las alturas, pero no para dejar el mundo abandonado; ascendió a las alturas para llenar el mundo con Su presencia. Cuando Jesús estaba aquí personalmente, no podía estar nada más que en un sitio a la vez; Se encontraba con todas las limitaciones del cuerpo; pero cuando dejó este cuerpo y volvió a la gloria, Se vio libre de las limitaciones del cuerpo, y pudo estar en todas partes, en todo el mundo, mediante Su Espíritu.
Para Pablo, la ascensión de Jesús no quiere decir que abandonó el mundo, sino que lo llenó.

Los responsables en la iglesia

Y Él, Cristo, dio a la Iglesia a algunos como apóstoles, y a algunos, como profetas, y a algunos, como evangelistas, y a algunos, como pastores y maestros. Esto lo hizo para que pueblo consagrado a Dios esté plenamente equipado, para que la labor del servicio siga adelante, y el Cuerpo de Cristo se vaya edificando. Y esto ha de proseguir hasta que todos lleguemos a la unidad completa de la fe y del conocimiento de Dios, hasta que alcancemos la perfecta humanidad, hasta que alcancemos la estatura que se puede medir por la plenitud de Cristo.

Este pasaje tiene un interés especial porque nos da una descripción de la organización y de la administración de la Iglesia Primitiva. En la Iglesia Primitiva había tres clases de responsables. Había unos pocos cuya autoridad se extendía por toda la Iglesia. Había bastantes cuyo ministerio no estaba confinado a un lugar, sino que tenían un ministerio ambulante e iban adonde el Espíritu los movía. Había algunos cuyo ministerio se limitaba a una congregación y a un lugar.

Los apóstoles eran los que tenían autoridad en toda la Iglesia. Los apóstoles incluían a más de los doce. Bernabé era un apóstol (Hechos 14:4,14); Santiago, el hermano de nuestro Señor, era un apóstol (1 Corintios 1 S: 7; Gálatas 1:19); Silvano era un apóstol (1 Tesalonicenses 2:6); Andrónico y Junias eran apóstoles (Romanos 16:7).

Para ser apóstol se tenían que tener dos grandes cualificaciones. La primera era haber conocido a Jesús personalmente. Cuando Pablo insiste en sus propios derechos en vista de la oposición que se lé hacía en Corinto, afirma: «¿Es que yo no soy un apóstol? ¿Es que no he visto a Jesús nuestro Señor?» (1 Corintios 9:1). La segunda, un apóstol tenía que ser un testigo de la Resurrección del Señor. Cuando los once se reunieron para elegir al que había de tomar el puesto que dejó vacante Judas, el traidor, se decía que tenía que ser uno que hubiera sido de la compañía durante todo el ministerio terrenal de Jesús, y un testigo de Su Resurrección (Hechos 1: 21 s).

En un sentido, los apóstoles tenían que acabarse, porque al cabo de cierto tiempo ya se habían muerto todos los que habían conocido a Jesús y habían sido testigos de Su Resurrección. Pero, en otro sentido todavía superior, la cualificación continúa abierta. El que haya de presentar a Cristo, debe conocerle personalmente; y el que haya de manifestar el poder de Cristo a otros debe haber experimentado el poder del Cristo Resucitado.

(ii) Estaban los profetas. Los profetas no tenían la misión exclusiva de pronosticar el futuro, sino de proclamar la voluntad de Dios. Al proclamar la voluntad de Dios, hasta cierto punto, tenían que anunciar cosas futuras; porque anunciaban las consecuencias que traería el obedecer o desobedecer esa voluntad.

Los profetas se movían por toda la Iglesia. Su mensaje no era el resultado de su pensamiento o estudio, sino que les era revelado directamente por el Espíritu Santo. No tenían hogar ni familia ni medios de subsistencia. Iban de iglesia en iglesia proclamando la voluntad de Dios tal como Dios se la había revelado.

Los profetas, como un ministerio reconocido, desaparecieron de la Iglesia antes de mucho. Eso sucedió por tres razones.

(a) En tiempos de persecución, los profetas eran los primeros en caer; no podían ocultarse, y eran los primeros en morir por la fe.

(b) Los profetas llegaron a ser un problema. A medida que las iglesias iban creciendo se desarrollaba su organización local. Cada congregación se iba volviendo una organización con un pastor permanente y una administración local. Antes de mucho, el ministerio establecido empezó a objetar a la intrusión de estos profetas ambulantes, que a menudo inquietaban a sus congregaciones. El resultado inevitable fue que los profetas fueran desapareciendo poco a poco.

(c) El ministerio de profeta estaba expuesto a los abusos. Estos viajeros proféticos gozaban de un prestigio considerable. Algunos de ellos abusaban de su autoridad, y la convertían en una excusa para vivir cómodamente a expensas de las congregaciones que visitaban. El libro más antiguo de administración eclesiástica que se conoce es la Didajé, La Enseñanza de los Doce Apóstoles, que surgió allá por el año 100 d.C. En él se ven claramente tanto el prestigio como las sospechas que despertaban los profetas. Se establece el orden del culto de comunión, así como las oraciones que se habían de usar; y a continuación se dice que un profeta puede dirigir el culto como quiera. Pero hay algunas otras disposiciones. Se establece que un profeta ambulante puede quedarse uno o dos días en una congregación, pero si quiere quedarse tres días es un falso profeta; se establece que si un profeta ambulante, en un supuesto momento de inspiración, solicita dinero o una comida, es un falso profeta.

(iii) Estaban los evangelistas. Los evangelistas eran también ambulantes. Corresponden a los que nosotros llamaríamos misioneros. Pablo le dice a Timoteo: « Haz la obra de evangelista» (2 Timoteo 4: S). Eran los que daban a conocer la Buena Noticia. No tenían el prestigio ni la autoridad de los apóstoles, que habían visto al Señor; ni ejercían la influencia de los profetas inspirados por el Espíritu; eran los obreros habituales de la Iglesia que llevaban la Buena Nueva a los que todavía no la conocían.

(iv) Estaban los pastores y maestros. Parece que estas dos palabras describen a una sola clase de personas. En cierto sentido tenían la tarea más importante de toda la Iglesia: no eran ambulantes sino fijos en una congregación. Tenían una triple función.

(a) Eran maestros. En la Iglesia Primitiva había pocos libros. La imprenta no se había de inventar hasta mil cuatrocientos años después. Todos los libros tenían que escribirse a mano, y un libro del tamaño del Nuevo Testamento costaría por lo menos el sueldo de todo un año de un obrero. Eso quería decir que la historia de Jesús se tenía que transmitir principalmente de viva voz. La historia de Jesús se fue contando oralmente antes de que se escribiera, y estos maestros tenían la tremenda responsabilidad de ser los depositarios de la historia del Evangelio. Era su función el conocer y el transmitir la historia de la vida de Jesús.

(b) Las personas que se incorporaban a la Iglesia procedían directamente del paganismo. No sabían absolutamente nada del Cristianismo, excepto que Jesucristo había tomado posesión de sus corazones. Por tanto, estos maestros tenían que desplegar la fe cristiana ante los conversos, tenían que explicar sus grandes doctrinas. Es a ellos a los que debemos el que la fe cristiana se mantuviera pura y no fuera distorsionada en su transmisión.

(c) Estos maestros eran también pastores. Pastor era la palabra latina que designaba, lo mismo que la española; al que cuidaba de un rebaño. Por algún tiempo la Iglesia Cristiana no era más que una isleta en un mar de paganismo. Las personas que venían a ella acababan de salir del paganismo, y estaban en constante peligro de volver a él; y el deber del pastor era guiar su rebaño y mantenerlo a salvo.

Esta palabra es antigua y honorable. En el pasado lejano de Homero, al rey Agamenón se le llamaba «el pastor de su pueblo.» Jesús se había llamado a Sí núsmo El Buen Pastor (Juan 10:11,14). El autor de Hebreos llamaba a Jesús El gran Pastor de las ovejas (Hebreos 1 3:20). Pedro Le llama Pastor y Obispo de vuestras almas (1 Pedro 2:25). También Le llama El Príncipe de los pastores (1 Pedro 5:4). Jesús encargó a Pedro que se cuidara de Sus ovejas (Juan 21:16). Pablo advirtió a los ancianos de Éfeso que guardaran el rebaño que Dios había puesto a su cuidado (Hechos 20:28). Y Pedro exhorta a los ancianos a que se cuiden del rebaño de Dios (1 Pedro 5:2).

La figura del pastor se halla indeleblemente retratada en el Nuevo Testamento. Era el que se cuidaba del rebaño y guiaba a las ovejas a lugares seguros; era el que buscaba las ovejas descarriadas y, si era necesario, exponía su vida para salvarlas. El pastor del rebaño de Dios es el hombre que lleva al pueblo de Dios en el corazón, que los alimenta con la verdad, los busca cuando se extravían y los defiende de todo lo que pueda dañar sus almas. Y a cada cristiano se le encarga que sea un poco el pastor de sus hermanos.

El objetivo del responsable

Después de nombrar a los diferentes responsables de la Iglesia, Pablo pasa a hablar de sus objetivos y de lo que deben tratar de hacer.

Su objetivo es que los miembros de la iglesia estén debidamente equipados. La palabra que usa Pablo para equipados es interesante. Es katartismós, que viene del verbo katartizein. Es una palabra que se usaba en cirugía con el sentido de colocar un miembro roto, o poner en la debida posición una articulación. En política se usaba con el sentido de acercar o unir posiciones opuestas para que el gobierno pudiera proseguir su labor. En el Nuevo Testamento se usa para remendar las redes (Marcos 1:19), y para disciplinar a un ofensor para que vuelva a ocupar su puesto en la comunión de la iglesia (Gálatas 6:1). La idea básica de la palabra es la de poner algo en las condiciones debidas. Es la función de los responsables de la Iglesia el asegurarse de que los miembros sean instruidos, guiados, cuidados, buscados cuando se desvían, para que lleguen a ser como Dios quiere.

Su cometido es que el servicio siga adelante. La palabra que se usa aquí para servicio es diakonía; y la idea principal que subyace en esta palabra es la del servicio práctico. El responsable no tiene que ser uno que habla simplemente de cuestiones de teología y de cosas de la Iglesia; está a cargo de comprobar que el servicio práctico a favor de los pobres y de los desvalidos de Dios se lleva a cabo.

Su finalidad es comprobar que el Cuerpo de Cristo es edificado. La obra del responsable es siempre la construcción, y no la destrucción. Su objetivo no es causar problemas, sino resolverlos; fortalecer siempre, y nunca debilitar la fábrica de la iglesia.

El responsable tiene todavía una misión más alta que estas, que puede decirse que son sus funciones inmediatas; pero por encima de -ellas tiene otras más importantes.

Su objetivo es que los miembros de la iglesia lleguen a la unidad perfecta. No debe permitir nunca que se formen partidos en la iglesia, ni que se haga nada que produzca diferencias en ella. Mediante la enseñanza y el ejemplo debe tratar de hacer que los miembros de la iglesia mantengan una unidad cada vez más íntima.

Su objetivo es que los miembros de la iglesia lleguen a un pleno desarrollo. La iglesia no se puede contentar nunca con que sus miembros vivan vidas respetables. Su finalidad debe ser que sean ejemplos de la. perfecta hombría y feminidad cristianas.

Así que Pablo acaba con un objetivo sin igual. El objetivo de la iglesia es el que sus miembros alcancen la estatura que se mide mediante la plenitud de Cristo. La finalidad de la iglesia no es nada menos que producir hombres y mujeres que son el reflejo perfecto de Jesucristo mismo. Durante la guerra de Crimea, Florence Nightingale estaba una noche pasando revista en una sala de un hospital. Se detuvo ante una cama y se inclinó hacia un soldado que estaba gravemente herido. El herido levantó la vista y dijo: «Tú eres Cristo para mí.» Un santo se ha definido como «alguien en quien Cristo vuelve a vivir.» Eso es lo que el verdadero miembro de iglesia debe ser.

Creciendo en Cristo

Todo esto ha de hacerse para que no sigamos siendo niños en la fe, llevados y echados de acá para allá por cualquier vientecillo de enseñanza manejado por algún listo astuto con malas artes para apartarnos del camino. Por el contrario: todo debe estar diseñado para hacernos abrazar la verdad en amor y hacernos crecer en todos los sentidos en Aquel que es la Cabeza -quiero decir Cristo. Es a partir de Cristo como todo el cuerpo se organiza y se integra por medio de todas las coyunturas que suplen sus necesidades, según cada miembro cumpla la función de la tarea que se le asigna. Es partiendo de Cristo como el Cuerpo crece y se edifica en amor.

En todas las iglesias hay algunos miembros a los que hay que proteger. Hay algunos que son como niños, dominados por el deseo de novedades y a merced de la última moda en religión. Es la lección de la historia que las modas populares en materia de religión vienen y van, pero la Iglesia siempre permanece. El alimento sólido de la religión siempre se ha de encontrar en la Iglesia.

En todas las iglesias hay algunas personas de las que hay que guardarse. Pablo habla de la listeza astuta de algunos. La palabra que usa (kybeía) quiere decir habilidad en el manejo de los dados. Siempre hay algunos que tratan de apartar a otros de la fe con argumentos ingeniosos. Una de las características de nuestro tiempo es que la gente habla de religión más que en otras muchas épocas; y los cristianos, especialmente los cristianos jóvenes, tienen que enfrentarse a menudo con los argumentos de los que están contra la Iglesia y contra Dios. Sólo hay una manera de evitar que nos hagan perder el equilibrio con la última moda religiosa y que nos seduzcan con los argumentos peregrinos de los listos, y es creciendo constantemente en Cristo.

Pablo usa todavía otra alegoría. Dice que un cuerpo es sano y activo solamente cuando todos sus miembros están debidamente coordinados. Pablo dice que así sucede con la Iglesia; y que la Iglesia puede ser así solamente cuando Cristo es realmente la Cabeza, y cuando todos los miembros están bajo Su control. De la misma manera que todas las partes de un cuerpo sano obedecen al cerebro. La única cosa que puede mantener a un cristiano firme en la fe y seguro contra la seducción, la única cosa que puede mantener a la Iglesia sana y eficaz es la íntima conexión con Jesucristo, Que es la Cabeza y la mente directriz del Cuerpo.

Las cosas que deben abandonarse

Esto os digo y os encargo solemnemente en el Señor: Ya no debéis vivir la clase de vida de los gentiles, que tienen la mente siempre ocupada con cosas vacías; tienen el entendimiento ofuscado; son extraños a la vida que Dios da a causa de la ignorancia que hay en ellos y de tener el corazón petrificado. Han llegado a una situación en la que se han vuelto insensibles; y en su presunción desvergonzada se han entregado a toda especie de conductas impuras en la concupiscencia insaciable de sus deseos. Pero no es esa la manera como vosotros habéis aprendido a Cristo, si Le habéis escuchado de veras y se os ha enseñado en Él según la verdadera enseñanza que está en Jesús. Debéis dejar de vivir como vivíais antes. Debéis desembarazaros de vuestra vieja humanidad, que está abocada a la muerte, como es irremediable que suceda por efecto de los deseos engañosos. Debéis renovaros en el espíritu de vuestra mente. Debéis asumir la nueva humanidad creada de acuerdo con el modelo de Dios en integridad y auténtica santidad.

Pablo exhorta a sus conversos a que se despojen de su vieja manera de vivir y asuman la de Cristo. En este pasaje menciona lo que él considera las características de la vida pagana. Los paganos no se interesaban más que en cosas vacías, que no tenían ninguna importancia; tenían la mente ofuscada por la ignorancia. Entonces aparece la palabra sobresaliente: tienen el corazón petrificado.

La palabra que usa Pablo para la petrificación del corazón es hosca y terrible. Es pórósis. Pórósis viene de pórós, que quería decir originalmente una piedra que era más dura que el mármol. Llegó a usarse como término médico, como en español osteoporosis, para indicar las calcificaciones que se forman en las articulaciones y que llegan a paralizarlas totalmente; y también los callos que se forman donde se ha roto un hueso y se ha vuelto a soldar, que son más duros que el hueso mismo. Por último, la palabra vino a significar la pérdida de toda sensación. Describía algo que se había endurecido o petrificado hasta el punto de perder totalmente la sensibilidad.

Eso es lo que dice Pablo acerca de la vida pagana. Se había endurecido tanto que había perdido la sensibilidad. Una de las cosas horribles del pecado es su efecto petrificador. El proceso del pecado se puede seguir fácilmente. Ninguna persona se convierte en una gran pecadora de pronto. En un principio mira el pecado con horror. Cuando peca, se le llena el corazón de remordimientos. Pero, si continúa pecando, llega a un punto en que pierde toda sensibilidad y puede hacer las cosas más vergonzosas sin ningún sentimiento de vergüenza. Se le ha cauterizado la conciencia (1 Timoteo 4:2).

Pablo usa otras dos expresiones terribles para describir la manera pagana de vivir. Dice que se han entregado a toda clase de conductas impuras en la concupiscencia insaciable de sus deseos; y que lo han hecho en su presunción desvergonzada.

La palabra para presunción desvergonzada es asélgueia. Platón la describía como « impudicia» ; y otro escritor como «disposición para toda clase de placer.» Basilio la definía como cuna predisposición del alma que es incapaz de soportar el dolor de la disciplina.» La gran característica de asélgueia es esta: uno que es malo intenta por lo general ocultar su pecado; pero el que tiene asélgueia en el alma no se preocupa de lo mucho que pueda escandalizar la opinión pública con tal de satisfacer sus deseos. El pecado puede tener en un puño a una persona hasta tal punto que le haga perder la vergüenza y la decencia. Es como con la droga que, en un principio se toma a escondidas, pero se llega a una etapa cuando se la procura abiertamente porque ya se es un drogodependiente. Uno puede llegar a ser tan esclavo del alcohol que ya no le importa que le vean bebiendo o borracho;, una persona puede dar rienda suelta a sus deseos sexuales hasta tal punto que llega a ser un esclavo de ellos y no le importa quién y dónde le vea.

La persona sin Cristo hace todo esto movida por la concupiscencia insaciable de sus deseos. La palabra es pleonexía, otra palabra terrible, que los griegos definían como cuna codicia arrogante», o como «un ansia maldita de poseer», o como « el deseo ilegal de lo que pertenece a otros.» Se ha definido también como el espíritu en el que una persona siempre está dispuesta a sacrificar a sus semejantes a sus propios deseos. Pleonexía es el deseo irresistible de tener lo que no tenemos derecho a tener. Puede que conduzca al robo de cosas materiales; o puede conducir al espíritu que pisotea a otras personas para salirse con la suya; puede desembocar en el pecado sexual.

En el mundo pagano, Pablo veía tres cosas terribles. Veía los corazones humanos tan petrificados que ya ni se daban cuenta de que estaban pecando; veía a las personas tan dominadas por el pecado que habían perdido y olvidado la vergüenza y la decencia; veía a las personas tan a merced de sus deseos que ya no les importaban los demás a los que pudieran perjudicar y cuya inocencia destruían con tal de satisfacer sus deseos. Estos son exactamente los pecados del mundo sin Cristo hoy en día igual que entonces, que se pueden ver invadir la vida en cualquier punto y recorriendo las calles de cualquier gran ciudad.

Pablo exhorta a sus conversos a que rompan definitivamente con esa clase de vida. Usa una manera gráfica de hablar.

Dice: « Despojaos de la vieja manera de vivir como el que se quita una ropa vieja y sucia; asumid la nueva manera de vivir; despojaos de vuestros pecados y asumid la integridad y la santidad que Dios os puede dar.»

Lo que debe desterrarse de la vida

Así que despojaos de la falsedad, y decidle la verdad cada uno de vosotros a los demás; porque somos todos miembros del mismo Cuerpo. Si os enfadáis, cuidaos muy mucho de no caer en pecado. No dejéis que se ponga el sol sin haber hecho las paces, ni le deis oportunidades al diablo. El que antes fuera ladrón, que deje definitivamente de robar; que se aficione más bien a trabajar duro, y a hacer cosas productivas con sus manos, a fin de poder compartir lo que tenga con los que tengan necesidad. Que no se os escape nunca ninguna palabra sucia, sino que todas vuestras palabras sean buenas, encaminadas a la buena edificación, para que puedan producir beneficio a los que las oigan. No hagáis que se ponga triste el Espíritu Santo de Dios con el Cual estáis sellados hasta que llegue el día de vuestra redención.

Que toda clase de amargura, todas las rabietas, todo el rencor a largo plazo, todas las griterías, todo el lenguaje insultante desaparezcan de vosotros con todas las otras clases de mal. Sed amables unos con otros, compasivos, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó a vosotros en Cristo.

Pablo ha estado diciendo que cuando uno se convierte a Cristo debe despojarse de la vida vieja como se quitaría de encima una ropa que ya no le sirve. Aquí habla de las cosas que hay que desterrar de la vida cristiana.

(i) Ya no debe tener cabida en ella la falsedad. Hay más de una clase de mentira en este mundo.

Existe la mentira que se dice, algunas veces deliberadamente, y otras casi sin querer. El Doctor Johnson nos da un consejo interesante en relación con la educación de los niños: « Acostumbrad a vuestros hijos continuamente a decir la verdad; si pasa algo en una ventana, y ellos cuando lo cuentan dicen que sucedió en otra, no se lo paséis por alto, sino corregídselo inmediatamente; si no, no sabéis adónde puede conducir eso de apartarse de la verdad… Es muchas veces más por descuido de la verdad que por mentira intencionada por lo que hay tanta falsedad en el mundo.»

También se puede mentir guardando silencio, y puede que sea la forma más corriente. André Maurois, en una frase memorable, habla de «la amenaza de las cosas que no se dicen.» Puede ser que en una conversación una persona muestre con su silencio estar de acuerdo o dar su aprobación a alguna manera de actuar que sabe que no es como es debido. Puede ser que una persona se calle una advertencia, o una reprensión, cuando sabe muy bien que debería darlas. Cuidado con aquello de que «el que calla otorga.»

Pablo da la razón para decir la verdad: Es porque somos todos miembros del mismo Cuerpo. Podemos vivir tranquilos solamente porque los sentidos y los nervios pasan mensajes veraces al cerebro. Si se acostumbraran a enviar mensajes falsos, y, por ejemplo, le dijeran al cerebro que algo está frío y se puede tocar cuando en realidad está muy caliente y quema, la vida se acabaría muy pronto. Un cuerpo puede funcionar con salud solamente cuando cada uno de sus miembros le pasa mensajes veraces al cerebro. Así que si estamos todos incluidos en -un cuerpo, ese cuerpo podrá funcionar como es debido solamente si decimos la verdad.

(ii) Es normal que se tengan enfados en la vida cristiana, pero no se debe uno pasar. El mal genio no tiene disculpa; pero existe una indignación que muchas veces hace que el mundo no sea peor de lo que es. El mundo habría perdido mucho si no hubiera sido por la ardiente indignación de Wilberforce contra la trata de esclavos, o de Shaftesbury contra las condiciones laborales del siglo XIX.

El Doctor Johnson era a veces un poco áspero. Cuando creía que algo estaba mal, lo decía claro. Cuando estaba a punto de publicar su Viaje a las Hébridas, Hannah More le pidió que mitigara algo de sus asperezas. Ella cuenta que la respuesta de Johnson fue que «él no podía limarse las garras, ni hacer que el tigre fuera un gatito para darle gusto a nadie.» El tigre tiene su papel en la vida; y cuando el tigre se convierte en un gatito, algo se ha perdido en el mundo.

Hubo momentos cuando Jesús se enfadó terrible y majestuosamente. Se enfadó cuando los escribas y los fariseos Le estaban observando para ver si curaba al hombre del brazo seco en sábado (Marcos 3:5). No fue el que Le criticaran lo que Le molestó; se enfadó porque la ortodoxia rígida de ellos quería imponerle a un semejante un sufrimiento innecesario.

Estaba enfadado cuando hizo el azote de cuerdas y echó de los atrios del templo a los cambistas de dinero y a los vendedores de animales para los sacrificios (Juan 2:13-17).

John Wesley decía: «Dadme cien hombres que no teman más que a Dios, y que no odien más que el pecado, y que no conozcan a nadie más que a Jesucristo, y sacudiré el mundo.»

La ira egoísta y desatada es cosa peligrosa que debe desterrarse de la vida cristiana. Pero la indignación generosa que se mantiene en la disciplina del servicio de Cristo y de nuestros semejantes es una de las grandes fuerzas bienhechoras.

(iii) Pablo sigue diciendo que el cristiano no debe dejar que se ponga el sol sobre su indignación. Plutarco decía que los discípulos de Pitágoras tenían entre las reglas de su sociedad que si durante el día la ira les había hecho hablarse despectivamente, antes de que se pusiera el sol se daban las manos, se besaban y se reconciliaban. Hubo un rabino judío que Le pedía a Dios que no le permitiera acostarse nunca con ningún pensamiento negativo contra un semejante en su mente.

El consejo de Pablo es sano, porque cuanto más aplazarnos el zanjar nuestras diferencias, menos probable es que lleguemos a remediarlas. Si hay un disgusto entre nosotros y otra persona, si hay problemas en una iglesia o en una sociedad en la que se reúne la gente, la mejor manera de resolverlos es en seguida. Cuanto más se deje crecer, más amarga se hará. Si no hemos tenido razón, debemos pedirle a Dios que nos dé la gracia de reconocerlo; y aunque hayamos tenido razón, debemos pedirle a Dios que nos dé la gracia que nos permita dar el primer paso para remediar las cosas.

Al lado de esta frase, Pablo coloca otro mandamiento. El original griego puede querer decir una de dos cosas. Puede querer decir: «No le deis su oportunidad al diablo.» Una disensión que no se haya zanjado es una oportunidad magnífica para que el diablo siembre división. Muchas veces una iglesia se ha desgarrado en grupitos porque dos personas se pelearon, y dejaron que se pusiera el sol sobre su ira. Pero esta frase puede tener otro sentido. La palabra para diablo en griego es diábolos. Pero diábolos es también la palabra normal para calumniador. Lutero, por ejemplo, consideraba que esto quería decir: « No le hagáis sitio en vuestra vida al calumniador.» Puede ser que ese sea el verdadero sentido de lo que Pablo quiere decir. No hay persona en este mundo que pueda causar más males que un calumniador correveidile.

Muchas buenas famas se han asesinado mientras se bebían unas cañas. Cuando veas venir al correveidile, lo mejor que puedes hacer es cerrarle la puerta en las narices.

(iv) El que era ladrón debe convertirse en un trabajador honrado. Este era un consejo muy necesario, porque en el mundo antiguo el latrocinio estaba a la orden del día. Era especialmente corriente en dos sitios: en los puertos y, sobre todo, en los baños públicos. Los baños públicos eran los clubes de entonces, y el robar las pertenencias de los que se estaban bañando era uno de los crímenes más corrientes en cualquier ciudad griega.

Lo más interesante de este dicho es la razón que da Pablo para ser un honrado trabajador. No dice: «Vuélvete un honrado trabajador para que puedas mantener tu casa;» dice: « Conviértete en un honrado trabajador para que puedas tener algo que darles a los que son más pobres que tú.» Aquí tenemos una idea nueva y un nuevo ideal: el de trabajar para poder ayudar a otros.

James Agate nos habla de una carta del famoso novelista Arnold Bennett a un escritor menos afortunado. Bennett era un hombre ambicioso y, en muchos sentidos, mundano; pero en esta carta a un compañero de profesión al que apenas conocía, dice: «Acabo de mirar mi libro de cuentas, y descubro que tengo cien libras esterlinas que no necesito; te mando un cheque por esa cantidad.»

En la sociedad moderna nadie tiene demasiado para dar; pero haremos bien en recordar que el ideal cristiano es el trabajar, no para amasar riquezas, sino para compartir con los menos afortunados.

(v) Pablo prohibe las conversaciones sucias; y a continuación pasa a recomendar lo positivo: otra manera de ayudar a los demás. El cristiano debe caracterizarse por palabras que ayudan a sus semejantes. Elifaz Temanita le dedica a Job un elogio estupendo: «Tus palabras han hecho que pudieran ir con la cabeza alta muchas personas» (Job 4:4). Tales son las palabras que todo cristiano debe decir.

(vi) Pablo nos exhorta a que no pongamos triste al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el Guía de nuestra vida.

Cuando hacemos lo contrario de lo que nos aconsejan nuestros padres cuando somos jóvenes, les hacemos daño. De igual modo, el actuar de una manera contraria a la dirección del Espíritu Santo es entristecerle y herir el corazón de Dios, nuestro Padre, Que, por medio de Su Espíritu, nos envía Su Palabra.

Pablo termina este capítulo con una lista de cosas que deben desaparecer de la vida.

(a) Está la amargura (pikría): Los griegos definían esta cualidad como un resentimiento imborrable, como el espíritu que se niega a aceptar la reconciliación. Hay muchas personas que tienen la manía de abrigar resentimientos para mantenerlos calentitos, y rumiar los insultos y las injurias que han recibido. Los cristianos debemos pedirle a Dios que nos enseñe a perdonar.

(b) Están los teleles de pasión (thymós) y la ira inveterada (orgué). Los griegos definían thymós como la clase de ira que es como humo de pajas: arde en seguida y desaparece en seguida. Por otra parte, describían orgué como la ira que se ha convertido en un hábito. Para el cristiano están igualmente prohibidas la eclosión de mal genio y la ira inveterada.

(c) Están el hablar a voces y el lenguaje insultante. Cierto famoso predicador cuenta que su mujer solía aconsejarle: «En el púlpito, no levantes mucho la voz.» Siempre que en una conversación o discusión nos demos cuenta de que levantamos la voz, es el momento de callarnos. Los judíos hablaban de lo que ellos llamaban «el pecado del insulto,» y mantenían que Dios no da por inocente al que se dirige de una manera insultante a su hermano.

En la obra de Shakespeare, el rey Lear decía de Cordelia que « su voz siempre era suave, amable y sencilla: una cualidad excelente en una mujer.» Y en cualquier persona.

Se ahorrarían muchos disgustos en el mundo si aprendiéramos sencillamente a mantener el nivel de nuestra voz, y si, cuando no tenemos nada bueno que decirle a una persona, no le dijéramos nada. El argumento que hay que mantener a gritos no es tal argumento, y la discusión que se tiene que llevar a cabo con insultos no merece seguirse.

Así que Pablo llega a la cima de sus consejos. Nos dice que seamos amables (jréstós). Los.griegos definían esta cualidad como la disposición de la mente que tiene tanto en cuenta los asuntos del prójimo como los propios. La amabilidad ha aprendido el secreto de mirar siempre hacia fuera, y no solamente hacia dentro. Pablo nos dice que perdonemos a los demás como Dios nos ha perdonado a nosotros. Así, en una frase, Pablo establece la ley de las relaciones personales: Debemos tratar a los demás como Jesucristo nos ha tratado a nosotros.

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