Para probar su idea de Cristo como el dador de dones, Pablo cita, con una variante muy significativa, el Salmo 68:18. Este salmo describe la vuelta de un rey conquistador. Asciende a las alturas: es decir, escala la carretera empinada del Monte de Sión por las calles de la Santa Ciudad. Le sigue una columna impresionante de prisioneros de guerra; es decir: desfila por las calles con sus prisioneros encadenados, que son la prueba de su poder conquistador. Y aquí viene la diferencia: El salmo habla a continuación de los dones que recibe el conquistador. Pablo lo cambia por «dio dones a los hombres.»
En el Antiguo Testamento, el rey conquistador exigía y recibía dones de la población; en el Nuevo Testamento, el Conquistador, Cristo, ofrece y da dones a los hombres. Esa es la diferencia esencial que hay entre los dos testamentos. En el Antiguo Testamento, un Dios celoso insiste en el tributo que Le deben los hombres; en el Nuevo Testamento, un Dios amante derrama Su amor hacia los hombres. Esa es, sin duda, una Buena Noticia.
Entonces, como tantas veces, la mente de Pablo se le desvía por una palabra. Ha usado la palabra ascendió, y eso le hace pensar en Jesús. Y le hace decir una cosa muy maravillosa: Jesús descendió a este mundo cuando tomó nuestra naturaleza. Jesús ascendió de este mundo cuando salió de él para volver a Su gloria. El gran pensamiento de Pablo es que el Cristo que ascendió y el Cristo que descendió son una misma Persona. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que el Cristo de la gloria es el mismo que el Jesús que anduvo por la tierra; sigue amando a las personas; sigue buscando al pecador; sigue sanando a los dolientes; sigue consolando a los afligidos; sigue siendo el amigo de los marginados. El Cristo ascendido sigue siendo el amante de las almas.
Hay otro pensamiento que impacta a Pablo. Jesús ascendió a las alturas, pero no para dejar el mundo abandonado; ascendió a las alturas para llenar el mundo con Su presencia. Cuando Jesús estaba aquí personalmente, no podía estar nada más que en un sitio a la vez; Se encontraba con todas las limitaciones del cuerpo; pero cuando dejó este cuerpo y volvió a la gloria, Se vio libre de las limitaciones del cuerpo, y pudo estar en todas partes, en todo el mundo, mediante Su Espíritu.
Para Pablo, la ascensión de Jesús no quiere decir que abandonó el mundo, sino que lo llenó.
Los responsables en la iglesia
Y Él, Cristo, dio a la Iglesia a algunos como apóstoles, y a algunos, como profetas, y a algunos, como evangelistas, y a algunos, como pastores y maestros. Esto lo hizo para que pueblo consagrado a Dios esté plenamente equipado, para que la labor del servicio siga adelante, y el Cuerpo de Cristo se vaya edificando. Y esto ha de proseguir hasta que todos lleguemos a la unidad completa de la fe y del conocimiento de Dios, hasta que alcancemos la perfecta humanidad, hasta que alcancemos la estatura que se puede medir por la plenitud de Cristo.
Este pasaje tiene un interés especial porque nos da una descripción de la organización y de la administración de la Iglesia Primitiva. En la Iglesia Primitiva había tres clases de responsables. Había unos pocos cuya autoridad se extendía por toda la Iglesia. Había bastantes cuyo ministerio no estaba confinado a un lugar, sino que tenían un ministerio ambulante e iban adonde el Espíritu los movía. Había algunos cuyo ministerio se limitaba a una congregación y a un lugar.
Los apóstoles eran los que tenían autoridad en toda la Iglesia. Los apóstoles incluían a más de los doce. Bernabé era un apóstol (Hechos 14:4,14); Santiago, el hermano de nuestro Señor, era un apóstol (1 Corintios 1 S: 7; Gálatas 1:19); Silvano era un apóstol (1 Tesalonicenses 2:6); Andrónico y Junias eran apóstoles (Romanos 16:7).
Para ser apóstol se tenían que tener dos grandes cualificaciones. La primera era haber conocido a Jesús personalmente. Cuando Pablo insiste en sus propios derechos en vista de la oposición que se lé hacía en Corinto, afirma: «¿Es que yo no soy un apóstol? ¿Es que no he visto a Jesús nuestro Señor?» (1 Corintios 9:1). La segunda, un apóstol tenía que ser un testigo de la Resurrección del Señor. Cuando los once se reunieron para elegir al que había de tomar el puesto que dejó vacante Judas, el traidor, se decía que tenía que ser uno que hubiera sido de la compañía durante todo el ministerio terrenal de Jesús, y un testigo de Su Resurrección (Hechos 1: 21 s).
En un sentido, los apóstoles tenían que acabarse, porque al cabo de cierto tiempo ya se habían muerto todos los que habían conocido a Jesús y habían sido testigos de Su Resurrección. Pero, en otro sentido todavía superior, la cualificación continúa abierta. El que haya de presentar a Cristo, debe conocerle personalmente; y el que haya de manifestar el poder de Cristo a otros debe haber experimentado el poder del Cristo Resucitado.
