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Éxodo 33: La presencia de Dios prometida

Por medio de su gloria (kabod), Dios revela su presencia con su poder, honor y santidad; no obstante, a la vez que se revela, el Señor se esconde. La gloria significa el peso, el honor o la riqueza de una persona. En Exodo la gloria de Dios se manifiesta como un fuego o como la nube que se envuelve (se revela y se esconde): La gloria de Jehová posó sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió por seis días…y la apariencia de la gloria de Jehová en la cumbre del monte era como un fuego consumidor ante los ojos de los hijos de Israel. La gloria era el testimonio de la presencia del Señor; había más de ella de lo que se veía. La capacidad humana está limitada para comprenderla y Dios manifestó lo necesario de sí mismo para cumplir con su propósito. La revelación progresiva no fue un proceso evolutivo del hombre para descubrir la verdad de Dios, sino fue un proceso de la gracia divina por la cual el Señor se manifestó al hombre de acuerdo con su sabiduría divina a la luz de las limitaciones humanas.

El Señor accedió al pedido de su siervo; sin embargo, lo hizo de acuerdo con el designio divino, y en ello había un propósito didáctico tanto como una afirmación de la presencia divina. Moisés no vería el rostro de Dios: No podrás ver mi rostro, porque ningún hombre me verá y quedará vivo.

Evidentemente, Moisés quería ver la gloria plena del Señor. A veces el rostro simbolizaba la persona total o el encontrarse con una persona: verle literalmente es ver su rostro). El no ver el rostro de Dios significaba que Moisés no podía conocerle absolutamente ni quitarle lo misterioso. No podía entender la profundidad de la naturaleza de Dios. Aunque tenía el privilegio de hablar personalmente con Dios, no podía conocer a Dios como Dios lo conocía a él. La enseñanza era fundamental: Nadie verá a Dios cara a cara en este mundo; nadie lo conocerá completamente; Dios siempre será mayor de lo que la comprensión humana puede captar; Dios se revela y se esconde a la vez. Siempre hay más que conocer acerca de Dios que lo que se ha experimentado. En esto se encuentra la profundidad inagotable y la esperanza de caminar con el Señor de la gloria.

Entonces Dios escondió a Moisés en una hendidura de la peña y lo cubrió con su mano hasta que hubo pasado la gloria divina, y dijo: Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas. Pero mi rostro no será visto; no vio el ser mismo de Dios. No obstante, la gloria presente del momento estaba ligada estrechamente con la bondad, el nombre, la misericordia y la compasión del Señor ya revelada.

Para poder comunicar la enseñanza se emplean términos antropomórficos. La palabras rostro, mano y espaldas son metáforas o símbolos que ayudan a las personas finitas a comprender algo de la gloria del infinito; no son derivados de lo visto ni son dados para retratarlo. Siempre se verá la gloria de Dios desde atrás. El Señor revela su gloria por medio de su actuación en el mundo, no por medio de la especulación filosófica. Siempre se lo entenderá por medio de la retrospección. No se puede, ni se debe tratar de ponerse adelante de Dios para que acuda él a los planes de uno. Así no se le verá; hay que seguirle.

En el contexto se unen la gloria con la bondad y el nombre de Dios. Se expresa la bondad ontológicamente por medio de la misericordia y la clemencia con la que perdonaba a Israel por la apostasía. Entonces, el ver la gloria de las espaldas de Dios es ver dónde ha estado. En el contexto total del libro, se las ve por la magnitud de la obra de rescatar a Israel de la esclavitud, de guiarles a Sinaí, de pactar con ellos, de darles la constitución nacional y de perdonarles la apostasía; todo esto es ver las espaldas de Dios. Siempre se entenderá lo que hace él después del hecho.

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