El propósito de Pablo
Después de estos sucesos, el Espíritu Santo guió a Pablo a trazar el plan de un viaje por Macedonia y Acaya para terminar en Jerusalén. Después de ir allí -se dijo- , debo visitar también Roma. Envió por delante a Macedonia a dos de sus colaboradores, Timoteo y Erasto, mientras él se quedaba todavía por algún tiempo en Asia.
Lucas nos insinúa aquí brevemente algo que encontramos ampliado en las cartas de Pablo. Nos dice que Pablo se propuso ir a Jerusalén. Allí la iglesia era muy pobre, y Pablo se había hecho el plan de recoger una colecta en todas las iglesias gentiles para ayudarla. Encontramos referencias a esta colecta en 1 Corintios 16:1 ss; 2 Corintios 8 y 9, y Romanos 15: 25s. Pablo siguió adelante con este proyecto por dos razones. La primera, porque quería subrayar la unidad de la Iglesia de la manera más práctica. Quería demostrar que todos pertenecían al Cuerpo de Cristo, y que cuando una parte del Cuerpo sufre, el resto debe ayudar. En otras palabras: quería sacarlos de un interés exclusivamente congregacional y darles una visión de la Iglesia universal de la que formaban parte. Y en segundo lugar, quería darles una lección de caridad cristiana. Sin duda sabían de las privaciones de la iglesia de Jerusalén, y lo sentían. Pablo quería enseñarles que ese sentimiento se tenía que traducir en obras. Estas dos lecciones son hoy tan válidas y necesarias como entonces y siempre.
El alboroto de Efeso
Por aquel tiempo el Camino se vio involucrado en una violenta conmoción. Había un tal Demetrio, que era platero y hacía modelos de plata del templo de Artemisa con lo cual proporcionaba pingües ganacias a los artífices. Este Demetrio convocó una reunión de todos los del gremio y similares, y les dijo: -Camaradas, todos sabéis muy bien que nuestras ganancias dependen de este negocio. Y estáis viendo y oyendo con vuestros propios ojos y oídos que el tipo ese, Pablo, no sólo en Efeso sino prácticamente por toda Asia, está comiéndole el coco a mucha gente para que cambie totalmente de ideas, porque dice que los dioses que se hacen con las manos ni son dioses ni son nada. Y esto no sólo supone un grave peligro de que se desacredite nuestro negocio, sino también de que el templo de la gran diosa Artemisa pierda importancia, y que la que venera Asia y todo el mundo civilizado sea despojada de su majestad.
Cuando oyeron aquello se pusieron frenéticos, y empezaron a gritar: -¡Viva la gran Artemisa de los efesios! La confusión se extendió por toda la ciudad. Prendieron a Gayo y Aristarco, compañeros macedonios de Pablo, y los arrastraron hasta el teatro romano de la ciudad. Pablo quería salir a presentarse a la multitud, pero los hermanos no le dejaron. Algunos de los asiarcas que eran sus amigos también le mandaron recado de que no se arriesgara de ninguna manera a salir al teatro. Mientras tanto, la gente estaba en completa confusión, porque unos decían una cosa y otros otra, y la mayor parte no sabían a qué carta quedarse ni para qué habían ido allí.
Algunos de la concurrencia sospecharon que todo aquel jaleo tenía que ser cosa de Alejandro, porque los judíos le estaban empujando para que saliera. Alejandro quería hablara la gente en su propia defensa, así es que hizo señas para que se callaran. Pero cuando se dieron cuenta de que era judío, se pasaron casi dos horas gritando desaforadamente a una: -¡Viva la gran Artemisa de los efesios! Cuando el secretario de la ciudad consiguió calmar a la multitud, dijo:
– ¡Efesios! ¿Quién es el que no sabe que la ciudad de Éfeso es la guardiana del templo de la gran Artemisa y de su gran imagen que cayó del cielo? Eso no lo niega nadie. Así que calmaos y no hagáis insensateces. Habéis traído aquí a estos hombres que no son culpables ni de sacrilegio ni de blasfemar de nuestra diosa. Si Demetrio y compañía tienen algo que alegar contra alguien, para eso están las audiencias y los procónsules. ¡Que se querellen allí! Y en cuanto a todos vosotros, si tenéis algo que reclamar, que se decida en asamblea legalmente constituida; porque estamos corriendo peligro de que se nos acuse de alterar el orden público por lo que ha pasado aquí hasta ahora, porque no hay razón que podamos dar de todo este jaleo. Y con estas palabras despidió a la multitud.
Este relato tan emocionante arroja mucha luz sobre sus personajes. En primer lugar, Demetrio y los plateros. El problema era que aquello les llegaba a lo más sensible: el bolsillo. Es verdad que aseguraban que les importaba el honor de Artemisa; pero lo que más- les preocupaba eran sus ingresos. Los turistas que visitaban Éfeso querían llevarse un souvenir a sus casas, algo así como los templecillos de plata que eran reproducciones del gran templo de Artemisa. El Evangelio estaba avanzando tanto que ponía en peligro aquel negocio.
En segundo lugar, tenemos al personaje que la versión Reina-Valera llama < el escribano», y que era más que eso: guardaba los libros de registro, confeccionaba el orden del día de las asambleas, y estaba a cargo de la correspondencia oficial. Le preocupaba el peligro de un tumulto. Roma era comprensiva con todo menos con los desórdenes. El que se produjera un disturbio en una ciudad romana podía ser causa de que los magistrados responsables perdieran el puesto. Es verdad que aquel personaje salvó a Pablo y a sus compañeros, pero lo hizo para salvar su propio pellejo.
Y en tercer lugar, tenemos a Pablo. Quería dar la cara ante la multitud, pero no le dejaron. Era un hombre que no conocía el miedo. Para los plateros y el secretario lo primero era su propia seguridad; pero para Pablo eso era lo último.
