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Jeremías 38: Jeremías es encarcelado de Nuevo.

El eunuco sabe que el rey es débil de carácter y que, si bien no ha sabido imponerse a los inicuos designios de sus cortesanos respecto a Jeremías, tiene buenos sentimientos, y por eso le aborda de improviso, seguro de su éxito, recriminando la conducta de sus cortesanos. El etíope convence al rey, y éste le da tres hombres que le ayuden en la liberación del profeta. Después el cronista da encantadores detalles sobre la liberación de Jeremías. El buen etíope se había preocupado de que el profeta no se lastimara al ser levantado con la soga, y de antemano le echa ropas que le sirvieran de amortiguador debajo de ésta. Esta acción del eunuco fue premiada por el profeta con un vaticinio en el que le anuncia que se salvará de la catástrofe.

Las condiciones del asedio van empeorando, pues aumentan las deserciones, faltan los alimentos, y la situación se hace desesperada. El rey, impresionado, quiere de nuevo consultar a Jeremías para que le dé una palabra de esperanza. En realidad piensa como el profeta, pero tiene miedo a sus cortesanos, que quieren mantener una resistencia a ultranza, y por otra parte teme a los judíos perseguidos por su política que se pasaron al enemigo. Su situación es realmente comprometida. Así, hizo llamar (a Jeremías) junto a la tercera entrada del templo. Debe de referirse a la puerta que en la parte sur de la explanada del templo estaba reservada al rey para subir de su palacio al santuario. Allí, pues, en uno de los departamentos secretos, debió de tener el coloquio último con el profeta de Anatot. Esperaba aún una comunicación divina favorable a sus cálculos políticos, pues no podía creer que Yahvé abandonara la Ciudad Santa a sus enemigos. Pero Jeremías desconfía de la debilidad del rey. Ya le ha dicho tantas veces sus predicciones, que han quedado sin efecto, que no merece la pena comunicárselas de nuevo: Si te doy un consejo, no lo seguirás. Por otra parte, si le va a anunciar cosas desagradables, teme que el rey,, en un momento de ataque nervioso, le entregue a sus enemigos y le maten: Sí te la digo, ¿no me vas a matar?.

El rey hace un juramento solemne, apelando al Dios de los vivientes, de que no atentará contra la vida de Jeremías. Jeremías entonces comunica de parte de Dios el oráculo final sobre la suerte de Jerusalén y del rey, que resume los anteriores pronunciados en las otras entrevistas con el rey. Los caldeos tomarán Jerusalén, y no queda sino rendirse a ellos. Como antes había anunciado, la salvación para los particulares está en que se pasen a los caldeos; igualmente, si el rey pasa a los jefes del rey de Babilonia, se salvará.

Pero el rey alberga otros temores. No basta conseguir de los babilonios que le perdonen la vida, sino que tiene enemigos de su nación entre éstos. Todos los que eran contrarios a una política de resistencia y de guerra se habían pasado al lado caldeo, entre ellos el que había de ser gobernador de Judá, Godolías. Estos consideraban al rey responsable de la catástrofe al aventurarse a una resistencia inútil, planteada por grupos de nacionalistas irresponsables. El rey, pues, estaba más preocupado de sus intereses personales que de los de la nación. Jeremías le asegura que no le pasará nada, pues Yahvé le protegerá. El rey estaba preocupado de que le escarnecieran sus antiguos subditos pasados a los caldeos. Más vergonzoso será el escarnio que harán de él las mujeres de palacio, tomadas por los jefes caldeos, las cuales satíricamente le echarán en cara que las ha llevado a la ruina por dejarse guiar de sus cortesanos y amigos, que en el momento crítico le han abandonado: Te han engañado. y vencido tus amigos., te volvieron la espalda. Sus antiguas esposas y concubinas le despreciarán, incluso para hacer méritos ante los nuevos amos.

Si continúa la resistencia, será la ruina total de su familia, y él tendrá que comparecer personalmente ante Nabucodonosor. Sedecías oye todo esto, y no se atreve a tomar una solución firme, y, al contrario, sólo se preocupa de su posición ante los cortesanos. Teme que éstos se enteren de lo hablado en la entrevista y que desconfíen del rey, tomando una resolución extrema, destronándolo.

Por eso dice a Jeremías que no informe a nadie sobre lo hablado. Y le sugiere que diga que han hablado del asunto de su libertad. Sin duda que entre ambos se trató también de esto. Jeremías no tenía obligación de decir lo que había constituido objeto principal de la entrevista. Por razones de prudencia lo calla, y da como razón algo que se habría tratado en ella, si bien de modo más incidental. El profeta, pues, aquí no miente. Dada su actual entereza, habría dicho todo si lo hubiera creído necesario. Pero los magnates no merecían que les dijera toda la verdad. No hay inmoralidad en ello. Cuando Samuel fue a ungir a David en Belén, por orden de Dios dice a los que le preguntaban por el fin de su viaje que iba a sacrificar a Yahvé, callando el motivo principal del mismo. Jeremías volvió a su prisión tolerable del vestíbulo de la guardia, y allí estuvo hasta que entraron los babilonios.

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