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Jesús aparece a sus discípulos a puerta cerrada

Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, mientras ellos aún hablaban de estas cosas, vino Jesús, y puesto en medio, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. Cuando estaba con vosotros ya os decía Yo que era menester que se cumpliera todo lo que se había dicho de Mí en la Ley de Moisés, y en los Profetas, y en los Salmos. A continuación les ayudó a entender las Escrituras, y les dijo: Ya veis que estaba escrito que el Mesías había de padecer, y que resucitaría al tercer día, y que se proclamaría en su Nombre el arrepentimiento que conduce al perdón de los pecados en todas las naciones, empezando por Jerusalén. Y vosotros sois los que tenéis que decirle todo esto al mundo entero. Fijaos bien: Yo os enviaré al Que el Padre os ha prometido; pero esperad en Jerusalén hasta que seáis revestidos de un poder de lo Alto. Lucas 24: 36-49; Juan 20: 19-23

Aquí leemos cómo vino Jesús a los suyos que estaban en el aposento alto. En este pasaje resuenan algunas de las notas características de la fe cristiana. Escuchémoslas.

(i) Se hace hincapié en la realidad de la Resurrección. El Señor Resucitado no era un fantasma o una alucinación: era realmente Él. El Jesús que murió era el mismo Cristo que resucitó. El Evangelio no está basado en sueños de mentalidades fantasiosas o en visiones calenturientas, sino en uno que en realidad se enfrentó y luchó con la muerte, y la venció, y resucitó.

(ii) Se hace hincapié en la necesidad de la Cruz. Era a la Cruz a lo que apuntaban todas las Escrituras. La Cruz no fue una emergencia que Dios se vio obligado a aceptar porque otras medidas le habían fallado y su plan había fracasado. Era una parte esencial del plan de Dios, porque es el único lugar en todo el universo en el que podemos ver, en un instante, el amor eterno de Dios.

(iii) Se hace hincapié en la urgencia de la misión. Tiene que llegar a todos los hombres la llamada al arrepentimiento y la oferta del perdón. La Iglesia no se podía quedar indefinidamente en el aposento alto; tenía que ir a todo el mundo. Después del aposento alto vino la misión universal de la Iglesia. Habían pasado los días de aflicción, y había que llevar la Nueva de gran gozo a todos los hombres.

(iv) Se hace hincapié en el secreto del poder. Tenían que esperar en Jerusalén hasta que viniera sobre ellos el poder de lo Alto. Hay ocasiones en las que los cristianos parece que están perdiendo el tiempo, esperando pasivamente. Pero la acción sin preparación, a menudo falla. Hay un tiempo para esperar en Dios, y un tiempo para trabajar para Dios.

Hasta en medio de tareas apremiantes y problemas agobiantes es menester buscar un tiempo para esperar en Dios. No es un tiempo perdido, porque cuando nos apartamos un momento de las tareas y preocupaciones recibimos de lo Alto las fuerzas para cumplirlas y asumirlas.

Es muy probable que los discípulos siguieran juntos en el aposento alto donde habían celebrado la Pascua con Jesús; pero lo que los mantenía unidos era el miedo. Conocían la actitud envenenada de los judíos que habían tramado la muerte de Jesús, y temían que a ellos también les llegara el turno; así es que estaban juntos, pero atemorizados, escuchando los pasos en la escalera y las llamadas a la puerta, no fuera que fueran los emisarios del sanedrín que llegaban a arrestarlos a ellos.

Cuando estaban allí, Jesús apareció de pronto en medio de ellos. Les dirigió el saludo más corriente en el Oriente: «¡Que la paz sea con vosotros!» Quería decir más que «Que os veáis libres de problemas.» Más bien: « ¡Que Dios os colme de todo bien!» Y entonces Jesús les transmitió a Sus discípulos la comisión que la Iglesia no debe olvidar.

(i)Les dijo que, como Dios Le había enviado a Él, así ahora Él los enviaba a ellos. Aquí tenemos lo que llamaba Westcott «La Constitución de la Iglesia.» Quiere decir tres cosas.

(a) Quiere decir que Jesucristo cuenta con la Iglesia, que es exactamente lo que Pablo quería decir cuando llamaba a la Iglesia « El Cuerpo de Cristo» (Efesios 1:23; 1 Corintios 12:12). Jesús había traído un mensaje para toda la humanidad, y ahora Se volvía con Su Padre. Su mensaje no podría alcanzar a toda la humanidad a menos que la Iglesia se encargara de transmitirlo. La Iglesia tenía que ser una boca que hablara de Jesús, unos pies que fueran a cumplir Sus recados y unas manos para hacer Su obra. Por tanto, lo primero que quiere decir esto es que Jesús depende de Su Iglesia.

(b) Quiere decir que la Iglesia necesita a Jesús. El que ha de ser enviado necesita a alguien que le envíe; necesita un mensaje que llevar; necesita un poder y una autoridad que respalden ese mensaje; necesita alguien a quien poder dirigirse cuando tenga dudas o dificultades. Sin Jesús, la Iglesia no tiene mensaje; sin Él, no tiene poder; sin Él, no tiene a nadie a quien apelar cuando se encuentra en dificultades; sin Él no tiene a nadie que le ilumine el entendimiento, ni que le fortalezca los brazos, ni que le anime el corazón. Esto quiere decir que la Iglesia depende de Jesús.

(c) Y aún queda otra cosa. Jesús envía a la Iglesia de una manera paralela a como Dios envió a Jesús. Pero no podemos leer la historia del Cuarto Evangelio sin darnos cuenta de que la relación entre Jesús y Dios dependía continuamente de la perfecta obediencia y el perfecto amor de Jesús. Jesús podía ser el perfecto Mensajero de Dios porque ofrecía a Dios la obediencia perfecta y el perfecto amor. De ahí se sigue que la Iglesia es apta como mensajera e instrumento de Cristo sólo cuando Le ama y obedece de una manera perfecta. La Iglesia no se dirige al mundo para propagar su propio mensaje, sino el mensaje de Cristo. No sigue políticas hechas por hombres, sino la voluntad de Cristo. La Iglesia fracasa cuando trata de resolver algún problema dependiendo de su propia sabiduría y fuerza, prescindiendo de la voluntad y dirección de Cristo.

(ii) Jesús exhaló en Sus discípulos y les dio el Espíritu Santo. No cabe duda que, cuando Juan se expresaba así, estaba recordando la antigua historia de la creación de Adán. Allí leíamos: «Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en una persona viva» (Génesis 2:7). Es la misma alegoría que vio Ezequiel en el valle de los huesos secos y muertos, cuando oyó a Dios decirle al viento-espíritu: « ¡Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que vivan!» (Ezequiel 37:9). La venida del Espíritu Santo es como el despertar de la vida donde reinaba la muerte. Cuando viene sobre la Iglesia, la re-crea para su tarea.

(iii) Jesús les dijo a Sus discípulos: «Si le remitís a alguien íos pecados, le quedan remitidos; y si se los retenéis, le quedan retenidos.» Este es un dicho cuyo sentido verdadero debemos procurar comprender. Una cosa es segura: que ninguna persona puede perdonar los pecados por otra. Pero es igualmente cierto que la Iglesia tiene el gran privilegio de comunicar el mensaje del perdón de Dios a la humanidad. Supongamos que alguien nos trae el mensaje de otra persona; el valor que le demos a ese mensaje dependerá de lo bien que el portador conozca al que lo envía. Si alguien se nos ofrece a interpretarnos el pensamiento de otra persona, el valor de su interpretación dependerá de lo bien que la conozca.

Los apóstoles estaban en las mejores condiciones para llevar el mensaje de Jesús a otras personas, porque Le conocían muy bien. Si sabían que alguien estaba verdaderamente arrepentido podían proclamarle con absoluta seguridad el perdón de Cristo.

Pero, igualmente, si sabían que no había arrepentimiento en su corazón, o que estaba comerciando con el amor y la misericordia de Dios, podían decirle que hasta que su corazón no cambiara no había perdón para él. Esto no quiere decir que se confiara el poder para perdonar pecados a ninguna persona o personas; pero sí el poder de proclamar ese perdón, lo mismo que el de advertir que ese perdón no es para el que no esté arrepentido. Aquí se establece el deber de la Iglesia de comunicar el perdón al corazón arrepentido, y de advertir al impenitente que está cerrándose a la misericordia de Dios.

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