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Jesús es el buen pastor

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Jesús es el buen pastor

Jesús dijo: -Esto que os digo es la pura verdad: El que no entra en el corral de las ovejas por la puerta, sino encaramándose por algún otro sitio, es un ladrón y un bandido. Pero el que entra por la puerta, ese sí es el pastor de las ovejas. A ese le abre el portero, y las ovejas le oyen hablar, y él llama a las que son suyas por sus nombres y las saca. Cuando ya ha sacado afuera todas las que son suyas, él va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque le conocen por la voz. Pero no seguirán a un extraño, sino más bien huirán de él; porque no reconocen la voz de los extraños. Juan 10:1-6

El pastor y sus ovejas

Cuando Jesús les contó esta parábola, ellos no sabían lo que les quería decir. No cabe duda de que la descripción de Jesús como el Buen Pastor es la más apreciada y conmovedora de la piedad cristiana. La figura del pastor está entretejida en el lenguaje y la imaginería de la Biblia. No podía ser de otra manera. La parte principal de Judea es la meseta central, que se extiende unos 50 kilómetros de Betel a Hebrón, con una anchura variable entre los 20 y los 25 kilómetros. El terreno es, en su mayoría, áspero y pedregoso. Judea era uri país mucho más pastoril que agricultor; y era inevitable, por tanto, que la figura más frecuente y representativa de las tierras altas de Judea fuera la del pastor.

Su vida era muy dura. Nunca se vería un rebaño pastando sin pastor, y este no se podía distraer ni un momento. Como había poca hierba, las ovejas siempre iban deambulando; y, como no había vallas de protección, había que estar vigilando constantemente las ovejas. A los dos lados de la estrecha meseta, el terreno se precipitaba bruscamente hacia abajo, hacia los inhóspitos desiertos escarpados por los que las ovejas corrían constantemente peligro de perderse. La misión del pastor era, no sólo constante, sino peligrosa; porque, además, tenía que proteger el rebaño de los ataques de las fieras, especialmente los lobos, y de las incursiones de ladrones y bandidos. Sir George Adam Smith, el geógrafo enamorado de Palestina, escribe: « Cuando te le encuentras -en algún cerro en el que aúllan por la noche las hienas, insomne, con la mirada acostumbrada a las lejanías, curtido a la intemperie, apoyado en el cayado y siguiendo con la mirada sus ovejas dispersas, con cada una de ellas en el corazón-,entiendes por qué el pastor de Judea se remontó hasta la cabeza en la historia de su pueblo; por qué dio su nombre a los reyes y se convirtió en un símbolo de la providencia; por qué Cristo le tomó como prototipo del sacrificio.» Constante vigilancia, intrépido valor, paciente amor a su rebaño, eran las cualidades características del pastor en el pueblo de Israel.

En el Antiguo Testamento, Dios se representa a menudo como pastor, y el pueblo como Su rebaño. « El Señor es mi Pastor; nada me faltará» (Salmo 23:1). «Condujiste a Tu pueblo como ovejas por mano de Moisés y Aarón» (Salmo 77:20). « Y nosotros, pueblo Tuyo y ovejas de Tu prado, Te alabaremos para siempre» (Salmo 79:13). « Oh Pastor de Israel, escucha; Tú que pastoreas como a ovejas a José» (Salmo 80:1). «Porque Él es nuestro Dios; nosotros, el pueblo de Su prado y ovejas de Su mano» (Salmo 95:7). «Pueblo Suyo somos, y ovejas de Su prado» (Salmo 100:3). El Mesías, el Ungido de Dios, también se representa como el Pastor de las ovejas. «Como pastor apacentará Su rebaño; en Sus brazos reunirá los corderos, y en Su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas» Isaías 40:11). «Pastoreará el rebaño del Señor fiel y justamente, y no dejará que ninguno de los Suyos tropiece en los pastos. Los guiará a todos correctamente» (Odas de Salomón 17:45). Los líderes y gobernadores del pueblo recibían el nombre de pastores. «¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de Mi rebaño!» (Jeremías 23:1-4). Ezequiel hace una tremenda denuncia de los falsos líderes que buscan su propio provecho en lugar del bienestar del rebaño. «¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos!» (Ezequiel 34).

Esta representación pasa al Nuevo Testamento. Jesús es el Buen Pastor. El es el Pastor que arriesga la vida para buscar y salvar la oveja perdida (Mateo 18:12; Lucas 15:4). Tiene compasión de la multitud porque Le parecen como ovejas sin pastor (Mateo 9:36; Marcos 6:34). Sus discípulos son Su rebañito (Lucas 12:32). Cuando Él, el Pastor, sea herido, las ovejas serán dispersadas (Marcos 14:27, Mateo 26:31). Él es el Pastor de las almas (1 Pedro 2:25), y el gran Pastor de las ovejas (Hebreos 13:20).

Lo mismo que en el Antiguo Testamento, los líderes de la Iglesia son los pastores, y los creyentes son el rebaño. El deber del líder es alimentar al rebaño del Señor, aceptar la responsabilidad de la supervisión de buena gana y no por obligación, cumplirla con interés y no por interés, no haciendo uso de su posición para avasallar al rebaño, sino siendo dechados de la grey (1 Pedro 5:2-3). Pablo exhorta a los ancianos de Éfeso a que se cuiden de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo los ha puesto de supervisores (Hechos 20:28). La última orden de Jesús a Pedro fue que alimentara a Sus ovejas y corderos (Juan 21:15-19). Así se consagró la palabra pastor como título y descripción de los servidores de la Iglesia.

Los judíos tenían una leyenda preciosa para explicar por qué Dios había escogido a Moisés como líder de Su pueblo. «Cuando Moisés estaba apacentando las ovejas de su suegro en el desierto, un cabrito se escapó. Moisés lo siguió hasta que llegó a un arroyo donde lo encontró bebiendo. Entonces Moisés dijo: « ¿Conque te escapaste porque tenías sed? Ahora debes de estar cansado.» Y, en lugar de castigarlo, se lo puso sobre los hombros, y lo llevó así de vuelta al redil. Y entonces Dios dijo: «Porque has tenido compasión de un animal que pertenecía a otro hombre, tú guiarás a Mi pueblo Israel.»

La palabra pastor debe traernos a la mente la imagen de la vigilancia, paciencia y amor de Dios; y debe recordarnos nuestro deber para con nuestros semejantes, especialmente si tenemos alguna responsabilidad en la Iglesia de Cristo.

El pastor de Palestina tenía costumbres y maneras de hacer las cosas bastante parecidas a las de España y los países hispánicos, que vamos a detallar para obtener el sentido completo de esta alegoría.

Su equipo era bien sencillo. Tenía su zurrón -«bolsa grande de pellejo, que regularmente usan los pastores para guardar y llevar su comida u otras cosas», D.R.A.E.-. En él no llevaría corrientemente más que pan, higos secos, aceitunas y queso. Tenía su onda, que usaría con la destreza de los antiguos zurdos de Benjamín, que «tiraban una piedra con la onda a un cabello, y no erraban» (Jueces 20:16). El pastor usaba la onda como arma defensiva y ofensiva; pero también la empleaba para algo muy curioso. En Palestina no solían tener perros pastores; así que, cuando el pastor quería llamar a una oveja que se estaba extraviando, le lanzaba con la onda una piedra precisamente delante de las narices para advertirla de que tenía que darse la vuelta. El pastor tenía su garrote (R-V vara), palo recio y fuerte, con una protuberancia de madera en un extremo, a veces reforzada con clavos, y una hendidura en el asa por la que se pasaba una correa para colgárselo el pastor al cinturón. Era el arma con la que se defendía él y defendía su rebaño de las fieras y de los ladrones. Tenía su cayado, con el que podía prender y retener las reses que se le estuvieran desmandando. A la caída de la tarde, cuando las ovejas iban entrando en el redil, el pastor sostenía el garrote a la entrada, bien cerca del suelo, y todas las ovejas tenían que pasar por debajo (Ezequiel 20:37; Levítico 27:32); y, al pasar cada una, el pastor le hacía un repaso rápido para ver si tenía alguna herida o se había hecho daño en algún sitio.

La relación entre el pastor y las ovejas era muy íntima. En otros países, las ovejas se crían para carne; pero en Palestina era sobre todo para lana, lo que hacía que las mismas ovejas pasaran años con el mismo pastor, que las conocía a todas por sus nombres. A menudo los nombres eran descriptivos, como « Patanegra», «Rabolargo». El pastor iba delante, y las ovejas le seguían. El pastor tenía que pasar el primero para comprobar que el camino era seguro; y, a veces, había que animar a las ovejas para que le siguieran. Un viajero nos cuenta que vio a un pastor que llegó al vado de un torrente guiando a su rebaño. Las ovejas se resistían a seguirle, y él resolvió el problema llevando en brazos uno de los corderos. Cuando la oveja vio al cordero al otro lado, ella también cruzó, y pronto todo el resto del rebaño la había seguido.

Es totalmente cierto que las ovejas conocen y entienden la voz de un pastor oriental, y que no obedecen la voz de un extraño.

H. V. Morton, el famoso autor de libros de viaje, hace una descripción maravillosa de la manera de hablar que tiene un pastor oriental con sus ovejas. «A veces les habla en una especie de sonsonete alto, usando un lenguaje extraño y distinto de nada que yo hubiera oído en la vida. La primera vez que oí ese lenguaje de ovejas y cabras me encontraba en las colinas detrás de Jericó.

Un rebaño de cabras había bajado al valle y estaba empezando a escalar la colina del otro lado cuando el pastor se volvió y vio que se habían quedado atrás en una rica maleza. Elevando la voz, se dirigió a sus cabras en un lenguaje que Pan usaría en las montañas de Grecia. Era fantástico, porque no tenía nada de humano. Las palabras eran sonidos animales dispuestos en un cierto orden. Inmediatamente se elevó un balido de respuesta por todo el rebaño, y una o dos de las cabras volvieron la cabeza hacia él, pero no obedecieron. El cabrero entonces les dirigió una sola palabra más e hizo una especie de relincho de risa. Inmediatamente, una cabra que llevaba un cencerro dejó de comer y, abandonando el rebaño, bajó la colina al trote, cruzó el valle e inició la ascensión por la otra ladera. El hombre, acompañado de aquel animal, echó a andar y desapareció detrás de una roca. Muy pronto se produjo una reacción de pánico en la manada. Se olvidaron de comer. Miraron hacia arriba en busca del pastor. Ya no estaba a la vista. Se dieron cuenta de que el líder del cencerro ya no estaba. De la distancia les llegó la extraña risita de llamada del cabrero, en respuesta a la cual todo el rebaño cruzó de estampía el fondo del valle y saltó a la colina tras él.» (H. V. Morton, Tras las huellas del Maestro). W. M. Thomson, en La tierra y el libro, cuenta la misma historia. « El pastor daba un chillido de vez en cuando para recordarles su presencia. Conocían su voz, y le seguían; pero, si era un extraño el que chillaba, se paraban en seco, levantaban la cabeza en señal de alarma y, si se repetía la llamaba, salían huyendo, porque no reconocían aquella voz. Hice la prueba varias veces.» Exactamente lo que nos dice Juan.

H. V. Morton cuenta una escena que presenció en una cueva cerca de Belén. Dos pastores habían refugiado sus rebaños allí durante la noche. ¿Cómo iban a separar ahora los rebaños?

Uno de los pastores se puso a cierta distancia, e hizo su llamada peculiar, que sólo sus ovejas conocían, y al poco tiempo tenía todo su rebaño reunido alrededor de sí, porque conocían su voz. No habrían ido a ningún otro, pero conocían la voz de su pastor. Un viajero del siglo XVIII nos cuenta que hasta se podía hacer bailar a las ovejas de Palestina de diferentes maneras al son del silbato o de la flauta que les tocaba su propio pastor.

Todos los detalles de la vida pastoril iluminan la alegoría del Buen Pastor, Cuyas ovejas oyen Su voz y Cuyo rebaño está constantemente a Su cuidado.

La puerta de la vida

Entonces Jesús les dijo otra vez: -Lo que os digo es la pura verdad: Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes no eran más que ladrones y bandidos; pero las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta. El que entre pasando por mí estará a salvo, y podrá entrar y salir y siempre encontrará pastos. El ladrón no viene más que para matar, y robar, y destruir; Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en más abundancia. Juan 10:7-10

Los judíos no comprendieron el sentido de la historia del Buen Pastor, así es que Jesús, sencilla y claramente, se la aplicó a Sí mismo.

Empezó diciendo: « Yo soy la puerta.» En esta alegoría, Jesús habla de dos clases de refugios de ovejas. En los pueblos había corrales comunales donde se metían todos los rebaños de los vecinos cuando volvían a casa por la noche. Estaban protegidos por una puerta recia de la que solamente el portero tenía la llave. Era a esa clase de aprisco a la que se refería Jesús en los versículos 2 y 3. Pero, cuando el tiempo lo permitía y las ovejas no volvían por la noche al pueblo, se recogían en rediles al aire libre, que eran y son «apriscos cercados con un vallado de estacas y redes» (D.R.A.E.), con una abertura por la que entran y salen las ovejas; es decir, sin puerta propiamente dicha. Lo que sucedía era que, por la noche, el mismo pastor se tumbaba o acurrucaba en la abertura de forma que ninguna oveja podía salir sin pasar por encima de su cuerpo. Literalmente: el pastor era la puerta.

Eso era lo que Jesús tenía en mente cuando dijo: «Yo soy la puerta.» A través de Él, y sólo a través de Él, podemos tener acceso a la presencia de Dios. «A través de Él -decía Pablotenemos entrada al Padre» (Efesios 2:18). « Él -escribe el autor de Hebreos- es el camino nuevo y vivo» (Hebreos 10:20). Jesús abre el camino hacia Dios. Hasta que vino Jesús, se podía pensar en Dios sólo -en el mejor de los casos- como un extraño, o -en el peor de los casos- como un enemigo. Pero Jesús vino para enseñarnos cómo es Dios, y para abrirnos el camino hacia El. No hay otra puerta por la que podamos tener entrada a la presencia de Dios.

Para describir algo de lo que quiere decir esa entrada a Dios, Jesús usa una frase hebrea bien conocida. Dice que, por Él, podemos entrar y salir. El poder ir y venir sin impedimento era la manera judía de describir una vida totalmente segura y a salvo. Cuando uno puede entrar y salir sin miedo en su casa o en su país, eso quiere decir que hay paz, que las fuerzas de la ley y del orden funcionan y que se goza de completa seguridad. El líder de la nación debe ser « el que salga delante de ellos y que entre delante de ellos, que los saque y los introduzca» (Números 27:17). De la persona que es obediente a Dios se dice que será bendito en su entrar y bendito en su salir (Deuteronomio 28:6). Un menor de edad no sabe todavía entrar y salir (1 Reyes 3:7).

El salmista está seguro de que Dios siempre guardará su salida y su entrada (Salmo 121:8). Una vez que descubrimos, por medio de Jesucristo, cómo es Dios, adquirimos un nuevo sentido de libertad y de seguridad. Si sabemos que nuestra vida está en las manos de un Dios así, las preocupaciones y los temores desaparecen.

Jesús dijo que los que habían venido antes eran ladrones y bandidos. Por supuesto que no se estaba refiriendo a la gran sucesión de los profetas y héroes, sino a los aventureros que surgían cada dos por tres en Palestina prometiéndoles a los que los siguieran una edad de oro. Todos esos pretendientes no eran en realidad más que terroristas. Creían que el pueblo tendría que vadear un río de sangre para entrar en la supuesta edad de oro. Por este tiempo, Josefo nos dice que hubo diez mil desórdenes en Judea, tumultos causados por hombres de guerra. Habla de hombres como los celotas a los que no les importaba morir ni matar a sus seres queridos si se podían hacer realidad sus esperanzas de conquista. Jesús está diciendo: «Ha habido hombres que pretendían ser líderes enviados de Dios. Su credo eran la guerra y el asesinato. Guiaban al pueblo cada vez más lejos de Dios.

Mi camino es el de la paz, el amor y la vida; y, si lo queréis seguir, lleva cada vez más cerca de Dios.» Siempre ha habido, y habrá siempre, los que creen que hay que introducir la edad de oro por la violencia, la lucha de clases, la amargura y la destrucción. El mensaje de Jesús es que el único camino que conduce a Dios en el Cielo y a la edad de oro en la Tierra es el del amor.

Jesús Se presenta como el Que ha venido para que tengamos vida, y para que la tengamos en más abundancia. La frase griega para tenerla en más abundancia quiere decir una superabundancia de algo. Ser seguidor de Jesús, saber Quién es y lo que representa, es tener superabundancia de vida. Un soldado romano vino a Julio César para pedirle permiso para cometer suicidio. Era un pobre desgraciado y desanimado sin vitalidad. César le miró, y le dijo: «Pero hombre, ¿has estado vivo de veras alguna vez?» Cuando intentamos vivir nuestra propia vida, se nos hace aburrida y vacía. Cuando caminamos con Jesús, recibimos una nueva vitalidad, una superabundancia de vida. Es sólo cuando vivimos con Cristo cuando la vida vale la pena de veras y empezamos a vivir de verdad.

El pastor auténtico, y el falso

-Yo soy el Buen Pastor; un buen pastor da la vida por sus ovejas. El asalariado, que no es el pastor verdadero ni las oveja son realmente suyas, ve venir al lobo y abandona las ovejas y huye; y el lobo se apodera de ellas y las dispersa. El asalariado abandona las ovejas porque no es más que un asalariado, y las ovejas no le importan lo más mínimo. Yo soy el Buen Pastor, y conozco mis ovejas, y mis ovejas Me conocen a Mí, como el Padre Me conoce a Mí y Yo a Él. Y doy Mi vida por las ovejas. Juan 10:11-15

Este pasaje traza el contraste entre un buen pastor y un mal pastor, entre un pastor fiel y uno infiel. El pastor era en Palestina totalmente responsable de las ovejas. Si algo le sucedía a una, él tenía que demostrar que no había sido por su culpa. Amós habla del pastor que rescata dos patas o, aunque sólo fuera, la punta de una oreja, de la boca del león (Amos 3:12). La ley establecía: «Si le hubiere sido arrebatado por una fiera, se traerá testimonio» (Éxodo 22:13). El pastor tenía que traer una prueba de que la oveja había muerto, y de que él no había podido evitarlo. David le dijo a Saúl que, cuando estaba cuidando de las ovejas de su padre, tenía que pelear con leones y con osos (1 Samuel 17:34-36). Isaías habla de la cuadrilla de pastores que se reúne para enfrentarse con un león (Isaías 31:4). Para el pastor era la cosa más natural del mundo el tener que exponer su vida para defender su rebaño. Algunas veces tenía que hacer más que exponerla: la daba, tal vez frente a los ladrones y bandidos que atacaban el rebaño. El doctor W. M. Thomson, en La tierra y el libro, escribe: « He escuchado emocionado descripciones gráficas de verdaderas y sangrientas peleas con las fieras. Y cuando venían los ladrones o los bandidos, y es verdad que venían, el pastor fiel tenía que jugarse la vida para defender su rebaño. He sabido de más de un caso en que el pastor tuvo que dar la vida literalmente en la pelea. Un pobre chico fiel la primavera pasada, entre Tiberíades y Tabor, en vez de huir, luchó contra tres ladrones beduinos hasta que le hirieron todo el cuerpo con sus janyares y murió entre las ovejas que estaba defendiendo.» El pastor auténtico no vacilaba nunca en arriesgar y aun dar su vida para salvar a sus ovejas de cualquier peligro que las amenazara.

Pero, por otra parte, había pastores no fiables. La diferencia era esta: el que era pastor de veras lo era de nacimiento. Salía con el rebaño tan pronto como podía cumplir con su deber. Las ovejas eran sus compañeras y amigas, y era para él como una segunda naturaleza el pensar en ellas antes que en sí mismo. Pero el pastor improvisado hacía el trabajo, no por vocación, sino como una manera de ganar dinero, y para sacar lo más posible. Puede que se echara al campo porque en el pueblo no tenía otro trabajo. No sentía ningún aprecio por la responsabilidad de su tarea. No era más que un asalariado.

Los lobos han sido siempre, y siguen siendo en muchos sitios, una amenaza terrible para el ganado. Jesús dijo de Sus discípulos que los enviaba como ovejas en medio de lobos (Mateo 10:16); Pablo advirtió a los ancianos de Éfeso que se introducirían lobos rapaces que no tendrían compasión del rebaño (Hechos 20:29). Si atacaban los lobos, el pastor asalariado no pensaba más que en salvar su propia vida, y huía. Zacarías señala como característica del falso pastor que no intenta reunir las ovejas dispersas (Zacarías 11:16). El padre de Carlyle usó una vez esta alegoría cáusticamente en cierta ocasión. En Ecclefechan tenían problemas con el pastor evangélico; y problemas de la peor especie, de los de dinero. El padre de Carlyle se levantó y dijo mordazmente: «¡Dadle su salario al asalariado, y que se vaya!»

Lo que Jesús quería decir era que el que trabaja sólo por lo que pueda sacar, no piensa más que en el dinero; pero el que trabaja por amor, piensa en aquellos a los que está tratando de servir. Jesús, el Buen Pastor que amaba tanto a Sus ovejas, daría un día Su vida para salvarlas.

Fijémonos en un par de puntos antes de dar por concluido el estudio de este pasaje. Jesús se describe a Sí mismo como el Buen Pastor. Ahora bien: en griego hay dos palabras que se traducen por bueno. Está la palabra agathós, que simplemente describe la cualidad moral de una persona o cosa que es buena; y está la palabra kalós, que añade a la bondad una cualidad encantadora que hace a la persona que la posee atractiva y simpática. Algunas veces decimos de alguien que es así que es una bellísima persona; no refiriéndonos, desde luego, a su aspecto físico y exterior, sino a esas otras cualidades – como la amabilidad, la voluntad de ayudar, la paciencia con las debilidades y aun con las ofensas que tiene que sufrir- que hacen que todo el mundo quiera ser amigo de esa persona. En este pasaje, cuando Jesús se describe como el Buen Pastor, la palabra que usa es kalós. En Él hay más que eficacia y fiabilidad: hay un encanto que cautiva el alma. En la figura de Jesús como el Buen Pastor se reflejan Su gracia y simpatía al mismo tiempo que Su fuerza y eficacia.

El segundo punto es el siguiente. En la parábola, el rebaño es la Iglesia de Cristo; y la amenaza un doble peligro. Siempre es probable que el enemigo aceche desde fuera: los lobos, los ladrones y los merodeadores; pero es igualmente probable que los problemas se produzcan en el interior, por los falsos pastores. La Iglesia corre un doble peligro. Siempre está bajo fuego enemigo desde fuera; pero a menudo sufre la tragedia de una mala dirección, del desastre de pastores que ven su vocación como una carrera y no como un camino de servicio. El segundo peligro es, con mucho, el peor de los dos; porque, si el pastor es fiel y bueno, se tiene una defensa fuerte frente a los ataques del exterior; pero, si el pastor es infiel y un asalariado, los enemigos del exterior se pueden introducir y hacerle mucho daño al rebaño. La primera necesidad esencial que tiene la Iglesia en todos los tiempos es una dirección pastoral que siga el ejemplo de Jesucristo.

La unidad definitiva

Pero también tengo otras ovejas que no son de este redil. A esas también debo traer para que oigan Mi voz; y todas llegarán a ser un solo rebaño, y habrá un solo Pastor. Juan 10:16

Una de las cosas más difíciles de desaprender es el exclusivismo. Una vez que a un pueblo, o a un grupo, se le mete en la cabeza que gozan de un privilegio especial, les es sumamente difícil reconocer que ese privilegio es en realidad patrimonio común de toda la humanidad. Eso es algo que los judíos no aprendieron nunca. Creían que eran el pueblo escogido de Dios, y que a Dios no Le importaban los demás pueblos. Creían que, en el mejor de los casos, los otros pueblos estaban destinados a ser sus esclavos; y, en el peor de los casos, a ser eliminados del programa general. Pero Jesús dice que llegará el día en que toda la humanidad Le conocerá como su Pastor. Aun en el Antiguo Testamento no faltan indicios de ese día. Isaías tuvo precisamente ese sueño. Estaba convencido de que Dios había hecho que Israel fuera la luz de las naciones (Isaías 42:6; 49:6; 51:4), y siempre hubo voces solitarias que insistieron en que Dios no era la propiedad exclusiva de Israel, sino que el destino de Su pueblo era darle a conocer a toda la humanidad. A primera vista parecería que el Nuevo Testamento contiene dos actitudes diferentes a este respecto; y algunos pasajes del Nuevo Testamento puede que nos sorprendan y turben un tanto. Según nos cuenta la historia Mateo, cuando Jesús envió a Sus discípulos les dijo: «No os dirijáis a los gentiles, ni entréis en ningún pueblo de los samaritanos, sino id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mateo 10:5-6). Cuando la mujer sirofenicia solicitó la ayuda de Jesús, Su primera respuesta fue que Él no había sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mateo 15:24). Pero hay mucho que decir en el otro sentido. Jesús mismo se quedó algún tiempo y enseñó en Samaria (Juan 4:40); y declaró que ser descendiente de Abraham no era garantía de entrar en el Reino (Juan 8:39). Fue de un centurión romano de quien dijo que no había visto una fe semejante en Israel (Mateo 8:10); fue un leproso samaritano el único que volvió a darle las gracias (Lucas 17:15-19); fue el viajero samaritano el que dio muestras de una piedad que todos debemos tomar como ejemplo (Lucas 10:37); muchos vendrán a sentarse a la mesa en el Reino de Dios, del Este y del Oeste, del Norte y del Sur, mientras que los que se creen « hijos del Reino» serán excluidos (Mateo 8:11-12; Lucas 13:28-30); la gran comisión fue al final salir a predicar el Evangelio a todas las naciones (Marcos 16:15; Mateo 28:19); Jesús no era sólo la luz de los judíos, sino la luz del mundo (Juan 8:12).

¿Cómo se explican los dichos que parecen limitar la obra de Jesús a los judíos? Es muy sencillo. El propósito final de Jesús era que todo el mundo fuera para Dios. Pero, cualquier general sabe que debe, en primera instancia, limitar sus objetivos. Si trata de atacar en todo un frente demasiado extenso, no hará más que desparramar sus fuerzas sin obtener ningún buen resultado.

Para llegar a la victoria definitiva tiene que empezar por concentrar sus fuerzas en ciertos objetivos limitados. Eso fue lo que hizo Jesús. Si hubiera ido acá, allá y acullá, si hubiera mandado a Sus discípulos sin limitaciones en cuanto a la esfera de su trabajo, nada se habría logrado. De momento se concentró deliberadamente a la nación judía; pero su propósito definitivo era abarcar a todo el mundo con Su amor.

Hay tres grandes verdades en este versículo.

(i) Sólo en Jesucristo puede el mundo llegar a la unidad. Egerton Young fue el primer misionero que fue a los amerindios de más al Norte. En Saskatchewan fue a hablarles del amor de Dios. Para los indios era una nueva revelación. Cuando el misionero acabó su mensaje, el viejo jefe le dijo: -Cuando estabas hablando del gran Espíritu, ¿es cierto que te oí decir «Nuestro Padre»? -Sí, has oído bien -le contestó Egerton Young. -Eso es muy nuevo y dulce para mí -dijo el jefe-. Nosotros no habíamos pensado nunca en el gran Espíritu como Padre. Le oíamos en el trueno; Le veíamos en los relámpagos y rayos, en la tormenta y en el huracán, y Le teníamos miedo. Así que, cuando nos dices que el gran Espíritu es nuestro Padre, nos resulta algo muy hermoso. El anciano hizo una pausa y luego prosiguió, como si un destello de gloria hubiera brillado de pronto sobre él: -Misionero, ¿dijiste que el gran Espíritu es tu Padre? -Sí -respondió el misionero. -Y -siguió el jefe-, ¿dijiste que es el Padre de los indios? -Eso es lo que dije. -Entonces -exclamó el viejo jefe, como si le hubiera amanecido una aurora de gozo indecible- ¡tú y yo somos hermanos! La única unidad posible para la humanidad se funda en el hecho de nuestra común filiación divina. En el mundo hay división entre nación y nación; dentro de la misma nación, entre clase y clase. No puede haber una sola nación; y no puede haber una sola clase. Lo único que puede derribar las barreras y borrar las diferencias es el Evangelio de Jesucristo, que nos incluye a todos bajo el manto de la paternidad universal de Dios.

(ii) En la Vulgata, la traducción latina de san Jerónimo, hay un error que ha pasado a algunas traducciones antiguas. Dice: «Habrá un aprisco y un pastor.» En eso ha basado la Iglesia Católica Romana su enseñanza de que fuera de ella no hay salvación. Pero la traducción verdadera que aparece en casi todas las traducciones modernas es: «Habrá un solo rebaño, un solo Pastor;» o aún mejor: «Llegarán a formar un solo rebaño y tendrán un solo Pastor.» En «un rebaño, y un Pastor», como aparece en Reina-Valera, un se podría tomar como artículo indeterminado, lo que permitiría suponer que puede haber otros pastores y rebaños. Por eso ponemos, como otras traducciones, un solo, ya que en griego la palabra que se usa es el numeral.

La unidad viene del hecho, no de que se obligue a todas las ovejas a entrar en el redil, sino de que todas oyen, responden y obedecen a un solo Pastor. No es una unidad eclesiástica; sino la unidad que viene de la común lealtad a Jesucristo. El hecho de que haya un solo rebaño no quiere decir que no pueda haber más que una sola iglesia, una sola manera de dar culto a Dios, un solo sistema de administración eclesiástica; pero sí quiere decir que las distintas iglesias están unidas en su común lealtad a Jesucristo.

(iii) Pero este dicho de Jesús es una llamada muy personal, porque es un sueño que cada uno de nosotros podemos ayudar a hacer realidad. Las personas no podrán oír si no hay un mensajero; las otras ovejas no podrán incorporarse a menos que vaya alguien a traerlas. Aquí se nos presenta la tremenda tarea misionera de la Iglesia. Y no debemos considerarla sólo en términos de lo que solíamos llamar las misiones extranjeras. Si sabemos de alguien aquí y ahora que está fuera del amor de Cristo, Se le podemos encontrar. El sueño de Cristo depende de nosotros; somos nosotros los que podemos ayudarle a hacer del mundo un solo rebaño, con El como único Pastor.

La elección del amor

Por lo que Me ama el Padre es porque Yo entrego Mi vida para volverla a tomar. No es que nadie Me la quite; soy
Yo el Que la entrego. Tengo pleno derecho a entregarla, y tengo pleno derecho a recuperarla. Estas son las instrucciones que he recibido de Mi Padre. Juan 10:17-18

Hay pocos pasajes en el Nuevo Testamento que nos digan tanto como este acerca de Jesús en tan poco espacio.

(i) Nos dice que veía toda Su vida como un acto de obediencia a Dios. Dios Le había dado una tarea que cumplir, y Él estaba dispuesto a llevarla a cabo, aunque sabía que Le costaría la vida. Tenía una relación única y exclusiva con Dios que sólo podemos describir diciendo que era el Hijo de Dios. Pero esa relación no Le daba el derecho a hacer lo que Él quisiera; dependía de que hiciera siempre, costara lo que costara, lo que Dios quería. La filiación divina sólo podía basarse para El, como para nosotros, en la obediencia.

(ii) Nos dice que Jesús veía siempre la Cruz y la gloria como inseparables. Él no dudó nunca de que tenía que morir, e igualmente tampoco dudó nunca de que había de resucitar. La razón no era otra que Su confianza en Dios: estaba seguro de que Dios jamás Le abandonaría. La vida se basa en el hecho de que todas las cosas que valen la pena tienen un precio. Siempre se ha de pagar un precio para conseguirlas. La erudición se consigue solamente al precio del estudio; la habilidad en el arte o la técnica sólo se puede adquirir al precio de la práctica; la eminencia en cualquier deporte sólo se logra mediante el entrenamiento y la disciplina. El mundo está lleno de personas que han perdido su destino porque no quisieron pagar el precio. Nadie puede entrar en la gloria y la grandeza escogiendo siempre el camino más fácil; nadie puede dejar de encontrarlas si está dispuesto a seguir el camino difícil.

Se dice que en la Primera Guerra Mundial había un joven soldado francés que estaba herido de gravedad. Tenía un brazo tan destrozado que hubo que amputárselo. Era un ejemplar tan magnífico de humanidad joven que el cirujano se sentía apesadumbrado de que tuviera que quedarse manco para el resto de la vida. Esperó al lado de la cama del soldado para darle la mala noticia cuando despertara de la anestesia. Cuando el joven abrió los ojos, el cirujano le dijo: -Siento mucho decirte que has perdido el brazo. -No lo he perdido -le contestó el soldado-. ¡Lo he dado por Francia!

Jesús no se encontró irremisiblemente enredado en un cúmulo de circunstancias de las que no se podía librar. Aparte de la ayuda sobrenatural que habría podido solicitar, está claro que hasta el final habría podido volverse atrás y salvar la vida. No la perdió, sino la entregó. No se Le impuso la Cruz: la aceptó voluntariamente… por nosotros.

O Loco, o Hijo de Dios

De nuevo se produjo una división de opiniones entre los judíos por causa de las últimas palabras de Jesús. Muchos de ellos decían: -¡Es un poseso y un loco! ¿Por qué le hacéis caso? -Las cosas que dice no son de poseso -decían otros- . ¿Cómo va a poder abrir los ojos de los ciegos uno que esté dominado por un espíritu malo? Juan 10:19-21

Los que escucharon a Jesús en aquella ocasión se enfrentaron con el dilema que sigue presentándosenos a todos desde entonces. O Jesús era un loco megalómano, o era el Hijo de Dios. No hay escapatoria: si uno habla de Dios y de sí mismo de la manera que habló Jesús, o está totalmente engañado o está totalmente en lo cierto. Las afirmaciones que hizo Jesús sólo podrían querer decir locura o divinidad. ¿Cómo podemos llegar a la seguridad de que estaban justificadas y no eran la fantasía más grande del mundo y de la Historia?

(i) Las palabras de Jesús no son las de un loco. Podríamos citar a innumerables testigos que nos confirmarían que las enseñanzas de Jesús son la suprema salud mental y total. Pensadores y pensadoras de todas las generaciones han considerado la enseñanza de Jesús la única esperanza de cordura para un mundo desquiciado. La Suya es la única voz que habla con verdadero sentido en medio de la barahúnda de todos los engaños humanos.

(ii) Las obras de Jesús no son las de un loco. Sanó a los enfermos, alimentó a los hambrientos, consoló a los tristes. La locura de la megalomanía es esencialmente egoísta. No busca nada más que su propia gloria y prestigio. Pero Jesús Se pasó la vida haciendo cosas, y viviendo -y muriendo- por los demás. Como dijeron algunos de los mismos judíos, un loco no puede abrir los ojos de los ciegos.

(iii) El efecto que causa Jesús no es el que produce un loco. El hecho indiscutible es que el poder de Jesús ha transformado millones y millones de vidas. Los débiles se han vuelto fuertes, los egoístas se han vuelto generosos, los derrotados se han vuelto triunfadores, los angustiados se han vuelto serenos, los malos se han vuelto buenos. No es la locura lo que produce tales cambios, sino la prudencia y la sabiduría.

La elección sigue abierta: Jesús, o loco o divino. Ninguna persona sincera puede estudiar la evidencia y llegar a ninguna otra conclusión sino la de que Jesús trajo al mundo, no una loca fantasía, sino la perfecta cordura de Dios.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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