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Jesús habla de la ceguera espiritual

Jesús se enteró de que habían expulsado al que había estado ciego; y cuando le halló le dijo: -¿Crees en el Hijo del Hombre? -Pero, ¿Quién es, Señor -Le preguntó el hombre, para que crea en Él? -Ya Le has visto -le contestó Jesús- , y es el Que te está hablando ahora. – ¡Sí, Señor, creo! -Le contestó; y se arrodilló ante Él. -Ha sido para juicio para lo que he venido a este mundo -dijo Jesús- , para que los que no ven puedan ver, y para que los que ven se queden ciegos. Algunos de los fariseos que estaban con Jesús Le oyeron decir esto, y dijeron: – ¡No seremos nosotros de esos ciegos! -Si fuerais ciegos – les contestó Jesús- , no tendríais culpa; pero, como presumís de ver muy bien, eso hace que sigáis siendo culpables. Juan 9:35-41

Revelación y condenación

Esta sección empieza con dos grandes verdades espirituales.

(i) Jesús buscó al hombre. Como dijo Crisóstomo: «Los judíos le echaron del templo; pero, el Señor del Templo, le encontró.» Si el testimonio de cualquier cristiano le separa de sus semejantes, le acerca más a Jesucristo. Jesús es siempre leal con el que Le es leal.

(ii) Jesús mismo le reveló a este hombre Su verdadera identidad como Mesías. La lealtad nos conduce a la revelación; es a la persona que Le es leal a la que Jesús se revela más plenamente. El castigo del mundo por esa lealtad bien puede ser la persecución o el ostracismo; pero la recompensa de Dios es un caminar más íntimo con Cristo y un conocimiento más íntimo de Su maravillosa Persona.

Juan termina con dos de sus pensamientos característicos.

(i) Jesús vino a este mundo para juicio. Siempre que una persona se encuentra cara a cara con Jesús, obtiene un veredicto sobre sí misma. Si no ve en Jesús nada que desear,. nada que admirar, nada que amar, entonces se ha condenado a sí misma. Si ve en Jesús a Alguien admirable, Alguien a Quien responder, Alguien a Quien aspirar, entonces está en el camino hacia Dios. La persona que es consciente de su propia ceguera, que anhela ver mejor y conocer mejor, es la que puede recibir la vista y penetrar en mayores profundidades de la verdad. El que piensa que ya lo sabe todo, que no se da cuenta de que no puede ver, es el que es ciego de verdad, sin esperanza y sin posibilidad de ayuda. Sólo el que se da cuenta de su propia ceguera puede aprender a ver. Sólo el que se da cuenta de su propio pecado puede recibir el perdón.

(ii) Cuanto más conocimiento tenga una persona, más digna de condenación es cuando ve la bondad y no la reconoce. Si los fariseos se hubieran criado en la ignorancia, no se los habría podido condenar. Su condenación fue la consecuencia del hecho de que sabían tanto y presumían de ver tan bien, y sin embargo dejaron de reconocer al Hijo de Dios cuando vino a este mundo. La ley de que la responsabilidad es la otra cara del privilegio está escrita en la vida.

Más y más grande

Antes de dar por terminado nuestro estudio de este capítulo maravilloso, haremos bien en leerlo otra vez, ésta de un tirón. Si lo leemos con cuidado y atención, veremos el más precioso progreso en el conocimiento de aquel hombre que había estado ciego hasta que se encontró con Jesús. Pasó por tres etapas, cada una más elevada que la anterior.

(i) Empezó llamando a Jesús un hombre. «Ese hombre que llaman Jesús me abrió los ojos» (versículo 11). Empezó por creer que Jesús era un hombre maravilloso. Jamás había conocido a nadie que pudiera hacer la clase de cosas que Jesús hacía e hizo con él; empezó por creer en Jesús como el más grande de los hombres.

Haremos bien en pensar de cuando en cuando en la grandeza única de la personalidad humana de Jesús. En la galería de los mayores héroes de la Historia, a Él corresponde el puesto supremo. En cualquier antología de las vidas más dignas de admiración, gratitud e imitación, la Suya debe ser la primera. En cualquier antología de la literatura y del pensamiento universales, Sus parábolas y enseñanzas deben figurar en primer lugar. Shakespeare pone en boca de Marco Antonio dirigiéndose a Bruto: Su vida fue gentil; sus cualidades en armonía tal en su persona, que la Naturaleza, a todo el mundo, bien puede proclamar: «¡Este fue un hombre!»

No hay ni habrá jamás la menor duda de que de Quien esto se puede decir con innegable justicia es de Jesús.

(ii) De ahí pasó a llamar a Jesús profeta. Cuando le preguntaron su opinión en vista del hecho de que le había dado la vista, la respuesta del que había estado ciego fue: « Pues que es un profeta» (versículo 17). Un profeta es alguien que trae a las gentes el mensaje de Dios. « No cabe duda que el Señor Dios no hará nada sin revelarles Su plan secreto a Sus siervos los profetas» (Amós 3:7). Profeta es la persona que vive en comunión con Dios y ha penetrado en Sus consejos. Cuando leemos la sabiduría que hay en las palabras de Jesús, no podemos por menos de decir: « ¡Este es un Profeta! » Aunque otras cosas se puedan poner en duda, ésta es innegable: Si la humanidad siguiera las enseñanzas de Jesús, se resolverían todos los problemas personales, sociales, nacionales e internacionales. Si ha habido alguna vez un hombre que merezca ser llamado profeta, ese Hombre es
Jesús.

(iii) Por último, el que había estado ciego llegó a confesar que Jesús era el Hijo del Hombre, es decir, el Mesías esperado. Llegó a la convicción de que las categorías humanas no eran suficientes para identificar a Jesús, y por eso Le rindió honores divinos. Napoleón estaba en una ocasión en una compañía en la que se encontraban algunos escépticos eminentes, y estaban hablando de Jesús. Algunos Le consideraban un gran hombre, y nada más. «Caballeros dijo Napoleón-, yo conozco a los hombres; y Jesucristo es más que un hombre.»

Una de las cosas maravillosas que pasan con Jesús es que, a medida que Le vamos conociendo más, nos parece más grande. El problema con muchas relaciones humanas es que a menudo, cuanto más conocemos a una persona, más fallos y debilidades le descubrimos. Pero con Jesús nos ocurre exactamente lo contrario: cuanto más Le conocemos, más maravilloso nos parece; y eso será cierto, no sólo en el tiempo, sino en la eternidad.

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