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Jesús habla sobre el costo de seguirle

Y cuando estaba para cumplirse el tiempo en que Jesús había de salir, se puso en camino, mostrando un semblante decidido para ir a Jerusalén. Y despachó a algunos delante de sí para anunciar; los cuales habiendo partido entraron en una ciudad de samaritanos a prepararle hospedaje. Mas no quisieron recibirle, porque daba a conocer que iba a Jerusalén . Viendo esto sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: ¿Quieres que mandemos que llueva fuego del cielo y los devore? Pero Jesús vuelto a ellos los reprendió, diciendo: No sabéis a qué espíritu pertenecéis. El Hijo del hombre no ha venido para perder a los hombres, sino para salvarlos. Y con esto se fueron a otra aldea. Viéndose Jesús un día cercado de mucha gente, dispuso pasar a la ribera opuesta del lago de Genezaret; Mientras iban andando su camino, hubo un hombre que le dijo: Señor, yo te seguiré adondequiera que fueres. Y Jesús le respondió: Las zorras tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene sobre qué reclinar la cabeza. A otro le dijo Jesús : Sígueme; mas éste respondió: Señor, permíteme que vayas antes, y dé sepultura a mi padre; mas Jesús le respondió: Sígueme tú, y deja que los muertos, entierren a sus muertos, le replicó Jesús, tú ve, y anuncia el reino de Dios. Y otro le dijo: Yo te seguiré, Señor; pero primero déjame ir a despedirme de mi casa. Le respondió Jesús : Ninguno que después de haber puesto mano en el arado vuelve los ojos atrás, es apto para el reino de Dios. Mateo 8: 18-22; Lucas 9: 51-62

A primera vista esta sección parece fuera de sitio en este capítulo, un capítulo de milagros; y a primera vista estos versículos no parecen encajar en él. ¿Por qué lo puso aquí Mateo? Se ha sugerido que Mateo insertó aquí este pasaje porque sus pensamientos iban siguiendo a Jesús como el Siervo Doliente. Acaba de citar Isaías 53:4: « Él tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias» (Mateo 8:17); y naturalmente, se dice, ese cuadro guió los pensamientos de Mateo a la imagen de Uno que no tenía donde reposar la cabeza. Como Plummer decía: « La vida de Jesús empezó en un establo prestado y acabó en una tumba prestada.» Se ha sugerido que Mateo insertó este pasaje aquí porque tanto este mismo como los versículos inmediatamente precedentes muestran a Jesús como el Siervo Doliente de Dios.

Puede que sea así; pero es aún más probable que Mateo insertara este pasaje en este capítulo-de milagros porque vio en él un milagro. Era un escriba el que quería seguir a Jesús. Le dio a Jesús el título de más alto honor que conocía. «Maestro,» le llamó; en griego es didáskalos, que es la traducción normal de la palabra hebrea rabbí. Para él Jesús era el más grande maestro Que él había escuchado y visto nunca.

Claro que era un milagro el que un escriba Le diera ese título a Jesús y quisiera seguirle. Jesús representaba la destrucción y el final de todo ese legalismo estrecho en que se basaba la religión de los escribas; y fue indudablemente un milagro el que un escriba llegara a ver nada precioso o deseable en Jesús. Este es el milagro del impacto de la personalidad de Jesús.

El impacto de una personalidad sobre otra puede, por cierto, producir los efectos más maravillosos. Muy a menudo una persona se ha embarcado en una carrera de investigación por el impacto que le ha producido la personalidad de un gran. maestro; muchas personas han aceptado el Evangelio y asumido una vida de servicio cristiano por el impacto en sus vidas de una gran personalidad cristiana. La predicación misma se ha definido como «la verdad a través de la personalidad.»

W. H. Elliott, en su autobiografía Fines por descubrir, cuenta una cosa de la gran actriz Edith Evans: «Cuando murió su marido, vino a nosotros, llena de aflicción… En nuestra salita de la plaza de Chester se desahogó de sus sentimientos durante una hora o así, y eran sentimientos que le fluían de manantiales muy profundos. Su personalidad llenaba toda la, habitación. ¡La habitación no era bastante grande!… Durante días aquella habitación nuestra estuvo electrificada, como dije entonces. Las tremendas vibraciones no habían desaparecido.»

Esta es la historia del impacto de la personalidad de Jesús en la vida de un escriba judío. Sigue siendo verdad hasta el día de hoy que lo que más se necesita no es tanto hablar con las personas acerca de Jesús como enfrentarlas con Él, y dejar que la personalidad de Jesús haga el resto.
Pero hay más que eso. Tan pronto como el escriba experimentó esta reacción, Jesús le dijo que las zorras tienen guaridas y las aves de los cielos encuentran lugares en los árboles donde descansar, pero el Hijo del Hombre no tenía ningún sitio en la tierra para reposar la cabeza. Es como si Jesús le dijera a aquel hombre: «Antes de seguirme, piensa en lo que vas a hacer. Antes de seguirme, calcula el precio.»

Jesús no quería seguidores arrebatados en un momento de emoción, que se inflamaran como la paja y desaparecieran con la misma rapidez. No quería personas arrastradas por el flujo, y luego por el reflujo de una marea de meros sentimientos. Quería personas que supieran lo que estaban haciendo. Hablaba de cargar con la cruz (Mateo 10:38). Hablaba de ponerle a Él por encima de las relaciones más queridas de la vida (Lucas 14:26); y de renunciar a todo y dárselo a los pobres (Mateo 19:21). Siempre decía: «Sí, sé que se te viene el corazón conmigo, pero Me quieres lo bastante para eso?»

En cualquier esfera de la vida hay que enfrentarse con los hechos. Si un joven muestra deseos de dedicarse a la investigación, debemos decirle: «Eso está bien; pero, ¿estás dispuesto a decirles que no a los placeres y consagrarte al estudio y al trabajo para toda la vida?» Cuando un explorador está preparando su equipo, habrá muchos que le ofrezcan sus servicios, pero él tendrá que descartar a los románticos y a los idealistas diciéndoles: «Está bien, pero ¿estáis preparados para la nieve y el hielo, para los pantanos y el calor, para el cansancio y el agotamiento de todo ello?» Cuando un aficionado quiere llegar a ser un atleta, el entrenador debe decirle: «Está bien; pero, ¿estás dispuesto a las privaciones y la disciplina que son imprescindibles para llegar al podio de tus sueños?» Esto no es enfriar el entusiasmo, pero sí decir que el entusiasmo que no se enfrenta con los hechos pronto será ceniza en vez de llama.

Nadie podrá decir jamás que siguió a Jesús engañado. Jesús era transparentemente claro y sincero a ultranza. Le hacemos a Jesús un flaco servicio si hacemos alguna vez que la gente piense que el camino cristiano es fácil. No hay nada más emocionante que el camino de Cristo, ni gloria como la que hay al final de ese camino; pero Jesús nunca dijo que era fácil. El camino a la gloria pasa necesariamente por la Cruz.

La tragedia de la oportunidad perdida

Pero había otro que quería seguir a Jesús. Dijo que Le seguiría, si se le permitía ir a enterrar a su padre. La respuesta de Jesús fue: «Tú sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.» A primera vista esto parece muy duro. Para los judíos era una obligación sagrada el asegurarle un entierro digno a un padre. Cuando murió Jacob, José le pidió permiso al faraón para ir a enterrar a su padre: «Mi padre me hizo jurárselo cuando me dijo: «Yo estoy a punto de morir. Entiérrame en la tumba que me cavé en la tierra de Canaán.» Por tanto, déjame que me vaya ahora a enterrar a mi padre, y después volveré» (Génesis 50:5). A este dicho de Jesús se le han dado diversas explicaciones para disipar su aparente hosquedad e insensibilidad.

(i) Se ha sugerido que se ha cometido una equivocación, al traducir el arameo original de este dicho al griego, y que lo que Jesús le dice al hombre es que puede encargar el entierro de su padre a enterradores profesionales. Hay un extraño versículo en Ezequiel 39: I5: «Pasarán los que vayan por el país, y el que vea los huesos de algún hombre pondrá junto a ellos una señal, hasta que los entierren los sepultureros en el valle de Harnóngog.» Eso parece indicar que había una especie de servidores públicos llamados sepultureros; y se ha sugerido que Jesús le está diciendo al hombre que les deje encargarse del entierro de su padre. Esta explicación no parece muy probable dada la responsabilidad filial de los judíos.

(ii) Se ha sugerido que éste es en verdad un dicho muy duro, y que Jesús estaba diciéndole al hombre que la sociedad en la que vivía estaba muerta en el pecado, y debía salir de ella lo más pronto posible, aunque ello supusiera dejar sin enterrar a su propio padre; que nada, ni siquiera el deber más sagrado, debía aplazar el que se embarcara en el camino cristiano.

(iii) Pero la verdadera explicación está sin duda en la forma en que los judíos usaban esta frase -«Debo enterrar a mi padre»- yen que se sigue usando en Oriente. Wendt cita un incidente que le contó un misionero. Este misionero tenía un amigo turco, rico e inteligente. Le aconsejó que viajara por Europa cuando acabara sus estudios para completar su educación y ampliar sus perspectivas. El turco le contestó: «Antes de eso tengo que enterrar a mi padre.» El misionero le dio el pésame y le expresó su condolencia, creyendo que el padre de su amigo acababa de morir; pero el joven turco le explicó que su padre estaba vivo y perfectamente de salud, y que lo que había querido decir era que tenía que cumplir sus obligaciones con sus padres› y familiares antes de poder marcharse en el viaje sugerido; que, de hecho, no podía marcharse de casa hasta después que muriera su padre, que podría ser después de muchos años.-

Eso era sin duda lo que quería decir el hombre del incidente evangélico: «Te seguiré algún día, cuando haya muerto mi padre y pueda marcharme de casa.» Lo que estaba haciendo de hecho era aplazar su decisión indefinidamente.

Jesús era sabio: conocía el corazón humano, y sabía -muy bien que si aquel hombre no empezaba entonces a seguirle, nunca empezaría. A veces sentimos el impulso de hacer cosas elevadas; pero dejamos que se nos pase sin hacer nada.

La mayor tragedia de la vida es muchas veces la de las oportunidades perdidas. Nos sentimos movidos a hacer algo bueno, a abandonar alguna debilidad o hábito, a decirle a alguien una palabra de simpatía, o de advertencia, o de aliento; pero se nos pasa el momento, y no lo hacemos nunca; la debilidad queda sin conquistarse, y la palabra sin pronunciarse. En el mejor de nosotros hay algo de letargo, de inercia; el hábito de dejar las cosas para un mañana que no llega nunca, una cierta indecisión; y a menudo el buen impulso no se traduce nunca en acción.

Jesús le estaba diciendo a aquel hombre: «Ahora tienes la convicción de que debes salir de esa sociedad muerta en la que te mueves; dices que ya lo harás cuando pasen los años y haya muerto tu padre; sal ahora mismo, o no saldrás nunca.»

En su autobiografía, H. G. Wells menciona un momento crucial de su vida. Era aprendiz de guarnicionero, y no parecía tener mucho futuro. Se le presentó un día lo que él llamaba «una voz íntima y profética: «Salte de este oficio antes de que sea demasiado tarde; te cueste lo que te cueste.»» No espero; se salió, y llegó a ser H. G. Wells.

Que Dios nos conceda la fuerza de decisión que nos puede salvar de la tragedia de la oportunidad perdida.

Aquí tenemos dos lecciones en materia de tolerancia. En Palestina había muchos exorcistas, y todos pretendían ser capaces de echar demonios; parece que Juan veía un rival en ese hombre, y quería eliminarlo; pero Jesús no estaba de acuerdo.

El camino más directo de Galilea a Jerusalén pasaba por Samaria; pero la mayor parte de los judíos lo evitaban. Había una enemistad de siglos entre los judíos y los samaritanos (Juan 4:9). De hecho, los samaritanos hacían todo lo posible para molestar, y hasta hacer daño a los grupos de peregrinos que intentaban pasar por su territorio. Para Jesús no era corriente ir a Jerusalén por ese camino, y menos aún el buscar alojamiento en una aldea samaritana. A1 hacerlo, estaba ofreciendo una mano amiga a un pueblo enemigo. En este caso no se trataba sólo de negar la hospitalidad, sino también de rechazar la amistad. A Santiago y a Juan les parecía que estaban haciendo algo digno de alabanza cuando se ofrecieron a pedir la ayuda del Cielo para erradicar aquella aldea. Pero Jesús no se lo permitió.

No hay pasaje en el que Jesús nos enseñe más directamente el deber de la tolerancia. En muchos casos la tolerancia es una virtud perdida y, cuando existe, es por razones injustificadas. De todos los grandes líderes cristianos ninguno ha superado a John Wesley como dechado de la tolerancia: « No tengo -decía- más derecho a objetar a un hombre por tener una opinión distinta de la mía, que por usar una peluca mientras yo tengo mi propio pelo; pero si se quita la peluca y me sacude el polvo en la cara, consideraré un derecho el desmarcarme de él lo más pronto posible… Lo que más trato de evitar es la estrechez de espíritu, el partidismo, el estar aprisionado en las propias entrañas… en fin, ese fanatismo miserable que hace que muchos no estén dispuestos a creer que hay obra de Dios nada más que entre ellos… Pensamos y dejamos pensar.» Cuando su sobrino Samuel, hijo de Charles, se hizo católico, John le escribió: « No me importa en qué iglesia estés. Puedes salvarte o condenarte en cualquiera de las dos; pero me temo que no has nacido de nuevo.» La invitación a participar de la Santa Cena que se hace en las iglesias metodistas es sencillamente: « Acercaos todos los que amáis al Señor.»

La convicción de que los únicos métodos y creencias correctos son los nuestros ha traído más angustia y desgracia a la iglesia cristiana que ninguna otra cosa. Oliverio Cromwell escribió una vez a los escoceses intransigentes: « Os ruego por las entrañas de Cristo que consideréis que es posible que estéis equivocados.» T. R. Glover cita en alguna parte un dicho: «Recuerda que, sea lo que sea lo que tengas entre manos, alguien lo verá de manera diferente.» Todos los caminos conducen a Dios, y Él tiene su propia escalera secreta para llegar a cada corazón. Dios se revela de muchas maneras, y ninguna persona ni iglesia tiene el monopolio de su verdad.

Pero -y esto es tremendamente importante- nuestra tolerancia debe basarse, no en la indiferencia, sino en el amor. Debemos ser tolerantes, no porque nos importa un pito, sino porque miramos a la otra persona con ojos de amor. A Abraham Lincoln le criticaban por ser demasiado cortés con sus enemigos, y le recordaban que nuestro deber es acabar con ellos. « ¿Y no acabo yo con mis enemigos -dijo- cuando los hago mis amigos?» Aunque alguien esté completamente equivocado, no debemos considerarle un enemigo al que tenemos que destruir, sino como un amigo extraviado al que tenemos que recuperar con amor.

La honradez de Jesús

Aquí tenemos lo que les dijo Jesús a tres posibles seguidores.

(i) Su consejo al primero fue: «Antes de hacerte seguidor mío, considera lo que te va a costar.» Nadie podrá decir que le indujeron a seguir a Jesús con falsas promesas. Jesús le hacía a la gente el honor de colocarles el listón tan alto que ya no cabía más. Es posible que le hayamos hecho un flaco servicio a la iglesia dejando que la gente se crea que no hay gran diferencia entre el que es miembro y el que no lo es. Deberíamos decir que impone la mayor diferencia del mundo. Tendríamos menos gente; pero los que hubiera estarían comprometidos con Cristo de verdad.

(ii) Lo que le dijo Jesús al segundo suena duro, pero puede que no lo fuera tanto. Lo más seguro es que el padre de aquél no estuviera muerto, ni casi. Es probable que quisiera decir: «Te seguiré cuando se me haya muerto mi padre.» Un funcionario inglés en el Este cuenta que a un joven árabe muy brillante se le ofreció una beca para estudiar en Oxford o Cambridge, y contestó: «La aceptaré cuando haya enterrado a mi padre.» Y su padre no tenía muchos más de cuarenta años, y sí buena salud. Lo que Jesús quería dejar bien claro es que en todo hay un momento crucial; si se deja pasar la oportunidad, lo más probable es que no vuelva a presentarse. Este hombre sentía en el corazón la llamada a salir de un ambiente espiritualmente muerto; si dejaba pasar ese momento, no saldría nunca.

Los psicólogos nos dicen que cada vez que tenemos un sentimiento noble y no lo llevamos a la acción se hace menos probable que lo cumplamos nunca. La emoción se convierte en un sustituto de la acción. Por ejemplo: algunas veces nos da la idea de escribir una carta, puede que de agradecimiento, o de pésame, o de felicitación. Si lo dejamos para mañana, lo más probable es que no la escribamos nunca. Jesús nos anima a actuar en seguida cuando tenemos ese sentimiento.

(iii) Lo que le dice al tercero es una verdad que nadie puede negar. El que está arando no podrá, jamás hacer un surco derecho si vuelve la cabeza para mirar atrás por encima del hombro. Algunos tienen el corazón en el pasado; siempre andan mirando hacia atrás con añoranza, pensando que «cualquiera tiempo pasado fue mejor.» Watkinson, el gran predicador, nos cuenta que una vez en la playa, cuando iba con un nietecito, se encontraron a un anciano pastor. El vejete tenía muy mal genio y, entre otras cosas, había cogido una ligera insolación (sunstroke). El chiquillo había oído algo de la conversación, pero no se había enterado mucho; así es que cuando dejaron atrás al viejo quejica, se volvió a su abuelo y le dijo: « ¡Abuelito, espero que tú no sufras nunca de puesta de sol!» (sunset).

El cristiano está en marcha, no hacia el poniente, sino hacia la aurora. La consigna del Reino no es « ¡Atrás!», sino « ¡Adelante! » A este hombre, Jesús no le dijo ni «¡Sigue!» ni «¡Vuelve!», sino « No acepto un servicio tibio», y dejó que el hombre hiciera su propia decisión.

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