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Jesús enseña abiertamente en el templo

Pero algunos días después que marcharon sus hermanos o parientes, él también se puso en camino para ir a la fiesta, no con publicidad, sino como en secreto. En efecto, los judíos en el día de la fiesta le buscaban por Jerusalén , y decían: ¿En dónde está aquel? Y era mucho lo que se susurraba de él entre el pueblo. Porque unos decían: Sin duda es hombre de bien. Otros al contrario: No, sino que trae embaucado al pueblo. Pero nadie osaba declararse públicamente a favor suyo, por temor de los judíos principales. Como quiera, hacia la mitad de la fiesta, subió Jesús al templo, y se puso a enseñar. Y se maravillaban los judíos, y decían: ¿Cómo sabe éste las letras sagradas sin haber estudiado? Les respondió Jesús : Mi palabra no es mía sino de aquel que me ha enviado. Quien quisiere hacer la voluntad de éste, conocerá si mi palabra es de Dios, o si yo hablo de mí mismo. Quien habla de su propio movimiento, busca su propia gloria; mas el que únicamente busca la gloria del que le envió, ése es veraz, y no hay en él injusticia o fraude. ¿Por ventura, no os dio Moisés la ley, y con todo eso ninguno de vosotros observa la ley? ¿Pues, por qué intentáis matarme? Respondió la gente: Estás endemoniado: ¿Quién es el que trata de matarte? Jesús prosiguió, diciéndoles: Yo hice una sola obra milagrosa en día de sábado, y todos lo habéis extrañado. Mientras que, habiéndoos dado Moisés la ley de la circuncisión (no que traiga de él su origen, sino de los patriarcas), no dejáis de circuncidar al hombre aun en día de sábado. Pues si un hombre es circuncidado en sábado, para no quebrantar la ley de Moisés, ¿os habéis de indignar contra mí, porque he curado a un hombre en todo su cuerpo en día de sábado? No queráis juzgar por las apariencias, sino juzgad por un juicio recto. Comenzaron entonces a decir algunos de Jerusalén : ¿No es éste a quien buscan para darle la muerte? Y con todo vedle que habla públicamente, y no le dicen nada. ¿Si será que nuestros príncipes de los sacerdotes y los senadores han conocido de cierto ser éste el Cristo? Pero de éste sabemos de dónde es; mas cuando venga el Cristo nadie sabrá su origen. Entretanto, prosiguiendo Jesús en instruirlos, decía en alta voz en el templo: Vosotros pensáis que me conocéis, y sabéis de dónde soy; pero yo no he venido de mí mismo, sino que quien me ha enviado es veraz, al cual vosotros no conocéis. Yo sí que le conozco, porque de él tengo el ser; y él es el que me ha enviado. Al oír esto buscaban cómo prenderle; mas nadie puso en él las manos, porque aún no era llegada su hora. Entretanto muchos del pueblo creyeron en él, y decían: Cuando venga el Cristo , ¿hará por ventura más milagros que los que hace éste? Juan 7: 10-31

Jesús eligió su momento, y fue a Jerusalén. Aquí se nos presentan las reacciones de la gente. Uno de los puntos supremamente interesantes de este capítulo son las diferentes reacciones que nos cuenta que se produjeron entre la gente.

Vamos a recogerlas aquí ahora.

(i) Tenemos la reacción de sus hermanos.

Reaccionaron realmente burlándose y tomándole el pelo despectivamente. No creían en Él; estaban provocándole como si se tratara de un chiquillo travieso. Sigue siendo frecuente esa actitud de desprecio tolerante a Jesús. George Bernanos, en su Diario de un cura rural, nos cuenta que a veces invitaban al cura en la casona aristocrática de la parroquia. El amo le animaba a hablar y a discutir con los otros invitados, pero siempre lo hacía para divertirse un poco y con un desprecio tolerante, como si estuviera animando a un niño o a un perrillo a desplegar sus gracias. Aún hay quienes no parece que se han dado cuenta de que la fe cristiana es una cuestión de vida o muerte.

(ii) Tenemos el odio declarado de los fariseos y de los principales sacerdotes (versículos 7 y 19). No le odiaban por la misma razón; porque, de hecho, se odiaban entre sí. Los fariseos odiaban a Jesús porque pasaba de sus mezquinas reglas y normas. Si Él tenía razón, ellos no la podían tener; y amaban su propio sistema más de lo que amaban a Dios. Los saduceos eran un partido político. No observaban las reglas y normas de los fariseos. Casi todos los sacerdotes eran saduceos. Colaboraban con los dominadores romanos, y gozaban de una situación muy cómoda y hasta lujosa. No querían un Mesías; porque cuando viniera se desintegraría su posición política y se les acabaría el chollo. Odiaban a Jesús porque interfería en sus intereses creados, que eran para ellos algo mucho más importante que las cosas de Dios. Todavía sigue sucediendo el que una persona ame más su propio pequeño sistema que a Dios, y que coloque sus intereses creados por encima del desafío de una vida aventurera y sacrificial.

(iii) Ambas reacciones confluían en un deseo ardiente de eliminar a Jesús (versículos 30 y 32). Cuando los ideales de una persona están en conflicto con los de Cristo, o bien se somete o tratará de buscar la manera de eliminarle a Él. Hitler no quería tener cristianos cerca, porque reconocen una lealtad superior a la que los ata al estado. Una persona se enfrenta con una sencilla alternativa si deja que Cristo entre en su órbita. Tiene que escoger entre lo que ella misma quiere, o lo que Cristo quiere; y, si quiere seguir haciendo su propia voluntad, tiene que tratar de eliminar de su vida a Cristo.

(iv) Tenemos el desprecio arrogante (versículos 15, 47-49). ¿Qué derecho tenía este Hombre para venir a establecer su ley? Jesús no tenía títulos académicos; no había estudiado en las escuelas rabínicas. ¿Qué persona inteligente iría a escucharle? Aquí tenemos la reacción de los intelectuales presumidos.

Muchos grandes poetas y escritores y predicadores no tenían títulos. Esto no es decir, ni mucho menos, que el estudio no sirva para nada; pero debemos tener cuidado con rechazar a nadie e incluirle entre los que no tienen ninguna importancia simplemente porque carece del equipo técnico de las escuelas.

(v) Tenemos la reacción de la multitud. Tenía dos caras; la primera era una reacción de interés (versículo 11). La única actitud que es imposible cuando Cristo realmente invade la vida es la indiferencia. Aparte de todo lo demás, Jesús es la figura más interesante de la Historia. Y la segunda fue la reacción de la discusión (versículos 12 y 43). Se hablaba de Jesús; se presentaban puntos de vista acerca de Él; se debatía su persona. Aquí hay tanto de valor como de peligro. El valor es que nada ayuda a aclarar nuestra opinión tanto como contraponerla a las de los demás. La mente se aguza con la mente como el hierro con el hierro. El peligro es que la religión se puede convertir muy fácilmente en una cuestión de discusión y de debate que se prolonga toda la vida sin llegar a nada. Hay una gran diferencia entre ser un teólogo amateur que no pasa de la discusión, y ser una persona realmente creyente, que ha pasado de hablar de Cristo a conocerle personalmente de veras.

Veredictos sobre Jesús

En este capítulo hay una serie de veredictos sobre Jesús.

(i) Hay un veredicto de que era una buena persona (versículo 12). Ese veredicto es verdad, pero no es toda la verdad. Napoleón hizo una famosa observación: «Yo conozco a los hombres, y Jesucristo es más que un hombre.» Jesús es, desde luego, un hombre verdadero; pero es, además, el verdadero Hombre, y en Él está la Mente de Dios. Cuando habla, no es sólo un hombre hablando a los hombres; si fuera sólo eso podríamos discutir Sus mandamientos. Cuando Él habla, es Dios hablando a la humanidad; el Cristianismo no consiste en discutir Sus mandamientos, sino en cumplirlos.

(ii) Hay un veredicto de que era un profeta (Versículo 40). También eso es verdad. El profeta es uno que anuncia la voluntad de Dios, uno que ha vivido tan cerca de Dios que conoce Su pensamiento y propósito. Eso es verdad de Jesús; pero hay una gran diferencia entre un profeta y Jesús. El profeta dice: « Así dice el Señor.» Tiene una autoridad prestada y delegada. Su mensaje no tiene su origen en él mismo. Pero Jesús dice: «Yo os digo.» Tiene derecho a hablar, y su autoridad no es delegada, sino que le es propia.

(iii) Hay un veredicto de que era un loco que vivía fuera de la realidad (versículo 20). La disyuntiva es: o Jesús es la única Persona totalmente sana que ha habido en el mundo, o es un loco. Escogió la Cruz cuando hubiera podido tener el poder. Fue el Siervo doliente cuando hubiera podido ser un rey conquistador. Lavó los pies de sus discípulos cuando hubiera podido tener a toda la humanidad a sus pies. Vino para servir cuando hubiera podido someter al mundo entero a su servicio. No es sentido común lo que nos imparten las palabras de Jesús, sino un sentido que le es exclusivo. Él puso la escala de valores del mundo patas arriba porque trajo a un mundo loco la suprema sensatez de Dios.

(iv) Hay un veredicto de que era un hereje. Las autoridades judías vieron en Él a uno que estaba desviando a la gente de la verdadera religión. Le acusaron de todos los crímenes contra la religión que había en lista: de quebrantar el sábado, de ser un borrachín y un glotón, de tener los amigos menos recomendables, de ir en contra de la religión ortodoxa. Está bien claro que, si preferimos nuestra idea de la .religión a la suya, nos parecerá un hereje; y una de las cosas más difíciles del mundo es el reconocer que se está en un error.

(v) Hay un veredicto de que era un valiente (versículo 26). Nadie podrá jamás dudar de su coraje. Tenía valor moral para desafiar los convencionalismos y ser diferente. Tenía el valor físico para soportar los más terribles sufrimientos. Tuvo el valor de seguir adelante cuando su familia le abandonó, sus amigos le desampararon y uno de su propio círculo le traicionó. Le vemos aquí entrando valientemente en Jerusalén sabiendo que era para Él como la cueva de los leones. « Temía a Dios tanto que no le tenía miedo a ningún hombre», se dijo del reformador escocés John Knox. ¡Con mucha más razón podría decirse de Jesús!

(vi) Hay un veredicto de que tenía la personalidad más dinámica (versículo 46): El veredicto de los alguaciles que mandaron a prenderle en el templo y volvieron con las manos vacías fue que nunca había hablado nadie como Él. Julian Duguid nos cuenta que una vez iba haciendo un viaje en el mismo trasatlántico que Wilfred Grenfell; y dice que se podía saber cuando Grenfell entraba en una habitación aunque se estuviera de espaldas por la ola de autoridad que emanaba. Cuando pensamos en cómo el carpintero galileo se enfrentaba con los más poderosos del país y los dominaba hasta el punto de que eran ellos los que estaban sometidos a juicio y no Él, estamos obligados a reconocer que Él era, por lo menos, una de las personalidades supremas de la Historia. El cromo de un Jesús blanducho y anémico no le va. Del verdadero Jesús fluía un poder que hizo volver alucinados y con las manos vacías a los que habían sido enviados a detenerle.

(vii) Hay un veredicto de que era el Cristo, el Ungido de Dios. Es un hecho innegable que Jesús no encaja en ninguna de las categorías humanas que hay disponibles; sólo la categoría de lo divino le pertenece por derecho propio.

Hay otras tres reacciones a Jesús que debemos considerar.

(i) Está la reacción de temor de la multitud (versículo 13). Hablaban de Él, pero tenían miedo de hacerlo en voz demasiado alta. La palabra que usa Juan es onomatopéyica -es decir, que imita el sonido de lo que describe. Es la palabra gonguysmós. La palabra de la Reina-Valera es murmullo, mormollo en la Biblia del Oso; cuchicheando en la Nueva Biblia Española. Indica una especie de gruñido de queja en voz baja. Es la palabra que se usa de la murmuración de los israelitas contra Moisés en el desierto; era algo que hacían en voz baja porque tenían miedo de decirlo en alto. El miedo puede impedir que se proclamen las convicciones; pero el cristiano no debe tener miedo de decirle al mundo que cree en Jesucristo.

(ii) La reacción de algunos de la multitud fue la fe (versículo 31). Eran hombres y mujeres que no podían negar lo que les resultaba evidente. Oían lo que decía Jesús; veían lo que hacía; recibían el impulso de su dinamismo, y creían en Él. Cuando una persona se desembaraza de sus prejuicios y temores no tiene más remedio que acabar creyendo.

(iii) La reacción de Nicodemo fue defender a Jesús (versículo 50). En aquel concilio de las autoridades judías, la suya fue la única voz que se levantó en su defensa. Ahí está el deber de todos nosotros. Ian Maclaren solía decirles a sus alumnos cuando predicaban: «¡Decid algo bueno de Jesús!» Hoy vivimos en un mundo hostil al Evangelio de muchas maneras y en muchos sitios; pero lo sorprendente es que la gente no ha estado nunca tan dispuesta a hablar de Cristo y a discutir de religión. Vivimos en una generación en la que es fácil ganarse el título de los reyes de «Defensor de la fe.» Dios nos ha dado el privilegio de poder ser abogados y defensores de Cristo frente a las críticas, y hasta las burlas, de los que no le conocen, pero le necesitan desesperadamente.

La Autoridad Suprema

Los judíos estaban alucinados; y se decían: -¿Cómo es que sabe leer Este sin haber estudiado? -Lo que yo enseño -decía Jesús- no son cosas mías, sino que pertenecen al Que Me envió. EL que quiera hacer Su voluntad percibirá si Mi enseñanza procede de Dios o si lo que estoy diciendo no tiene su fuente más allá de Mí mismo. El que habla por cuenta propia está buscando su propia gloria; el que busca la gloria del que le envió es veraz y no tiene ninguna malicia.

Ya hemos tenido ocasión de advertir que es probable que algunos pasajes del evangelio de Juan no estén colocados en su debido sitio. Puede que el mismo Juan no tuviera tiempo para ponerlos en orden; o que las diversas hojas en que estaba escrito se reunieran equivocadamente. Esta sección y la siguiente son dos de los ejemplos más claros de colocación que se supone errónea. Tal como aparecen aquí resultan difíciles de entender porque no parecen guardar ninguna relación con el contexto.

Es casi seguro que deberían aparecer después de 5:47. El capítulo 5 nos relata la curación del inválido de la piscina. Jesús realizó ese milagro en sábado, y las autoridades judías lo consideraron un quebrantamiento de aquel día santo. En Su defensa Jesús cita los escritos de Moisés, y dice que, si los judíos de veras supieran lo que esos escritos querían decir y los creyeran, también creerían en Él. El capítulo termina: «Si hubierais creído a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribía acerca de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer mis palabras?» (Juan 5:47).

Si pasamos directamente de ahí a 7:15-24 obtenemos muy buen sentido. Jesús acaba de referirse a los escritos de Moisés, y los líderes judíos expresan su sorpresa diciendo: « ¿Cómo es que sabe leer este sin haber estudiado?» Entenderemos mucho mejor el sentido y lo pertinente de Juan 7:15-24 si suponemos que seguía originalmente a Juan 5:47; tengámoslo presente al estudiar ahora ese pasaje en cuestión.

La objeción que le hacían a Jesús era que era un iletrado. Es exactamente la misma acusación que hicieron contra Pedro y Juan cuando comparecieron ante el sanedrín (Hechos 4:13). Jesús no había estudiado en las escuelas rabínicas. La costumbre era que no se permitía explicar las Sagradas Escrituras y hablar de la Ley nada más que a los discípulos de maestros reconocidos. Ningún rabino se atrevería jamás a hacer ninguna afirmación sobre la base de su propia autoridad. Siempre empezaba: «Hay una enseñanza de que…», y proseguía citando las autoridades que sustentaban lo que él quería decir. Y aquí estaba ese Carpintero galileo, Que no tenía estudios de ninguna clase, y que se atrevía a citar y a explicar nada menos que lo que había dicho Moisés.

Aquí Jesús habría podido caer en una trampa. Podría haber dicho: « Yo no necesito ningún maestro. Soy autodidacto; no he recibido la enseñanza ni la sabiduría de ningún otro.» Pero, en vez, dijo: « ¿Preguntáis quién ha sido mi maestro? ¿Queréis saber qué autoridad aduzco para mi exposición de la Escritura? Mi autoridad es Dios.» Jesús se presentaba como discípulo de Dios.

De hecho, esta es una afirmación que hizo repetidas veces. «No he hablado de mi propia capacidad. El Padre que me envió me ha mandado lo que tengo que decir y hablar» (Juan 12: 49). «Las cosas que Yo os digo no las hablo por mi propia cuenta» (Juan 14:10).

Frank Salisbury cuenta que recibió una carta después de pintar su gran cuadro El entierro del guerrero desconocido en la abadía de Westminster. Un compañero artista le decía: «Quiero felicitarte por el gran cuadro que has pintado -o más bien, el cuadro que Dios te ha ayudado a pintar.» Todas las grandes .producciones de la mente o del espíritu humano son dones de Dios. Si nos gloriamos de ser autodidactos, si pretendemos que cualquier descubrimiento que hayamos hecho es nuestra exclusiva obra, estamos, a fin de cuentas, glorificando solamente nuestra reputación y nuestro ego. Los hombres más grandes no piensan en el poder de su propia mente o mano, sino siempre en el Dios que les dice lo que saben y les enseña lo que pueden hacer.

Además, Jesús establece a continuación una verdad. Sólo los que hacen la voluntad de Dios pueden comprender de veras su enseñanza. Ésa no es una verdad teológica, sino universal. Aprendemos haciendo. Un médico puede aprender la técnica de la cirugía de los libros. Puede que llegue a saber la teoría de todas las operaciones posibles. Pero eso no le hará cirujano; tiene que aprender haciendo. Uno puede estudiar el funcionamiento de un motor de coche; en teoría puede que sea capaz de planificar cualquier arreglo o ajuste; pero eso no le hará un buen mecánico. Tiene que aprender haciendo.

Así sucede con la vida cristiana. Si esperamos hasta comprenderlo todo para ponerlo por obra, nunca empezaremos. Pero, si empezamos a hacer la voluntad de Dios hasta donde la conocemos, la verdad de Dios se nos hará más y más clara. Si alguien dice: «Yo no puedo ser cristiano, porque hay mucho de la doctrina cristiana que no entiendo, y tengo que esperar hasta entenderlo todo,» la respuesta correcta sería: «Nunca lo entenderás todo por completo; pero, si empiezas por tratar de vivir la vida cristiana hasta donde ya la entiendes, la entenderás más y más cada día.» En el Cristianismo, como en todo lo demás, la manera de aprender es ponerlo por obra.

Recordemos que es muy probable que este pasaje debería venir realmente detrás de la historia de la curación del inválido de Betesda. Han acusado a Jesús de impiedad porque devolvió la salud a uno en sábado, y Él pasa a demostrar que estaba buscando solamente la gloria de Dios, y que no había ninguna mala intención en su obra.

Un razonamiento sabio

-¿No os dio Moisés la Ley, y no hay ni uno de vosotros que de veras la guarde? ¿Por qué queréis matarme? – ¡Estás loco! -dijo la gente- ¿Quién es el que está pensando matarte? Jesús les contestó: -Yo no he hecho más que una obra, y todos os maravillasteis. Moisés os dio el rito de la circuncisión (aunque no fue Moisés el que la originó, sino que se remonta a vuestros antepasados), y circuncidáis los varones aunque sea sábado. Si es lícito circuncidar a un hombre en sábado sin que eso suponga quebrantar la Ley de Moisés, ¿os enfurecéis conmigo por curar todo el cuerpo de un hombre en sábado? Dejad ya de juzgar por las apariencias y haced que vuestros juicios sean justos.

Antes de empezar a considerar este pasaje en detalle; debemos aclarar una cuestión. Tenemos que darnos cuenta de que, en esta escena, tiene lugar un debate entre Jesús y los líderes de los judíos en medio de una multitud de espectadores. Jesús está justificando su acción de sanar a un enfermo en sábado, que era técnicamente un quebrantamiento de la ley tradicional concerniente a ese día.

Jesús empieza diciendo que Moisés les dio la Ley, pero que no hay ni uno entre ellos que la cumpla perfectamente. (Veremos dentro de poco lo que quería decir con eso). Entonces, si Él quebrantó la ley para sanar a un enfermo, ¿por qué ellos, que quebrantan la ley, están tratando de matarle?

En este punto, la gente interrumpe el debate con la exclamación: «¡Estás loco! ¿Quién es el que está pensando matarte?» La gente todavía no se ha dado cuenta del odio que sus líderes le tienen a Jesús, ni de su malvado designio de eliminarle. Creen que Jesús padece una manía persecutoria que le tiene desequilibrado; y creen eso porque no conocen los hechos. Jesús no les contesta a esta pregunta, que no es realmente una pregunta sino una interjección de la audiencia. Jesús continúa con su razonamiento, que es el siguiente. La ley establecía que había que circuncidar a los niños al octavo día de su nacimiento: « Y al octavo día se circuncidará al niño» (Levítico 12:3). Estaba claro que ese día caería frecuentemente en sábado; y la ley concretaba que « todo lo necesario para la circuncisión se podía hacer en sábado.» Así pues, el razonamiento de Jesús seguía estos pasos:

(a) «Vosotros decís que cumplís a rajatabla toda la ley que os ha venido por medio de Moisés que prohíbe que se haga ningún trabajo en sábado, y catalogáis como trabajo toda clase de atención médica que no sea absolutamente necesaria para salvar una vida. No obstante, permitís que se lleve a cabo la circuncisión en sábado.»

(b) Ahora bien: la circuncisión incluye dos cosas. Es una atención médica a una parte del cuerpo humano; y el cuerpo tiene, de hecho, doscientas cuarenta y ocho partes (según el cómputo de los judíos de entonces). Pero también es una especie de mutilación, porque consiste en eliminar algo que formaba parte del cuerpo. « ¿Cómo podéis, razonablemente, culparme por darle a un hombre la salud completa de todo su cuerpo cuando vosotros os permitís mutilar cuerpos el sábado?» Ese era una razonamiento sumamente inteligente y que se basaba en los mismos principios de la ley de Dios.

(c) Jesús acaba diciéndoles que traten de ver lo que hay debajo de la superficie de las cosas y de juzgar justamente. Si lo hicieran, ya no podrían acusarle de quebrantar la Ley. Un pasaje como este puede que nos resulte remoto; pero, cuando lo leemos, podemos admirar la clara, profunda y lógica mente de Jesús en operación, y podemos observarle saliendo al paso a los más sabios y agudos hombres de su tiempo con sus propias armas y en sus propios términos; y ver cómo los derrotaba.

Las credenciales de Jesús

Cuando el festival iba ya por la mitad Jesús subió al recinto del templo y se puso a enseñar. Algunos de los de Jerusalén decían: -¿No es este el que estaban buscando para matarle? ¡Y fijaos! ¡Está hablando en público, y no le dicen nada! ¿Será que las autoridades han descubierto sin lugar a dudas que este es el Ungido de Dios? Pero no podría ser así; porque Éste sabemos de dónde es, y cuando venga el Ungido de Dios nadie sabrá de dónde ha venido. A eso Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: -¡Conque me conocéis, y sabéis de dónde soy! Pero no he venido por mi propia cuenta, sino que el que me envió es real. Vosotros no le conocéis, pero yo sí, porque he venido de Él, y Él es quien me ha enviado. A todo esto, les habría gustado encontrar la manera de arrestarle; pero nadie le puso la mano encima, porque su hora no había llegado todavía.

Ya hemos visto que es probable que los versículos 15-24 deban colocarse detrás de 5:47; así que, para restablecer la conexión, pasamos del versículo 14 al 25. La gente se sorprendió de encontrar a Jesús predicando en el recinto el templo. A lo largo de los lados del atrio de los Gentiles se extendían dos grandes pórticos con columnas: el pórtico Real y el de Salomón. Eran lugares en los que se reunía la gente, y donde a veces enseñaban los rabinos, y sería allí donde se encontraba Jesús entonces. Por lo menos parte de la gente, los que eran de Jerusalén, conocían muy bien la hostilidad de las autoridades hacia Jesús; y se sorprendieron de ver el valor con que desafiaba a las autoridades, y más aún de que le permitieran enseñar públicamente. De pronto se les ocurrió una posibilidad sorprendente: «¿Podría ser que este fuera el Mesías, el Ungido de Dios, y que las autoridades lo hubieran reconocido?»

Pero tan pronto como se les ocurrió aquella idea, la rechazaron. Y la razón era que ellos sabían. que Jesús era de Nazaret, y quiénes eran sus padres, hermanos y hermanas. Su identidad no tenía ningún misterio, lo cual le descartaba como posible Mesías, ya que la creencia popular era que el Mesías aparecería misteriosamente. Creían que estaría oculto esperando, y algún día eclosionaría repentinamente en el mundo sin que nadie supiera de dónde había salido. Creían que el Mesías nacería en Belén, el pueblo de David; pero también creían que eso sería todo lo que se sabría de él. En el evangelio de Juan no se hace referencia al nacimiento de Jesús en Belén que relata Lucas.

Había un dicho rabínico: «Tres cosas se presentan inesperadamente: el Mesías, las oportunidades y los alacranes.» El Mesías aparecería tan por sorpresa como las oportunidades que Dios envía o los alacranes que están escondidos entre las piedras. En años posteriores, cuando Justino Mártir estaba hablando y discutiendo con un judío sobre sus creencias, el judío dijo acerca del Mesías: « Aunque el Mesías hubiera nacido ya y estuviera en algún sitio, no sabría ni él mismo que era el Mesías, ni tendría ningún poder hasta que viniera Elías a ungirle y darle a conocer.» La creencia popular era que el Mesías aparecería en el mundo de improviso y misteriosamente. Esas condiciones no se daban en Jesús; para los judíos, su origen no tenía ningún misterio. Esta creencia era característica de una cierta actitud mental que prevalecía entre los judíos y que no ha desaparecido ni mucho menos: la que busca a Dios en lo extraordinario. La enseñanza del Evangelio es precisamente la inversa. Si Dios sólo está en lo sobrenatural, está muy poco en el mundo; mientras que, si está en las cosas normales, está siempre presente y en todo. El Cristianismo no considera este mundo como un lugar que Dios visita raras veces, sino como un mundo del que Dios no está nunca ausente.

En respuesta a estas objeciones, Jesús hizo dos afirmaciones, ambas escandalizadoras para la gente y para las autoridades. Dijo que era verdad que sabían quién y de dónde era Él; pero era igualmente verdad que, en último término, Él había venido directamente de Dios. Y en segundo lugar, dijo que ellos no conocían a Dios, pero Él sí. Era todo un insulto el decirle al pueblo de Dios que no conocían a Dios, y una pretensión increíble la de decir que Él, Jesús, era el único que le conocía, que estaba en una relación única y exclusiva con Dios de la que no participaba nadie más.

Aquí tenemos uno de los grandes virajes de la vida de Jesús. Hasta aquí, las autoridades le habían tenido por un revolucionario que quebrantaba el sábado, lo cual era ya para ellos un crimen considerable; pero desde ahora ya no sería culpable sólo de quebrantar el sábado, sino del pecado supremo de blasfemia. Tal como ellos lo veían, Jesús hablaba de Israel y de Dios de una manera que ningún ser humano tenía derecho a emplear.

Este es el dilema que sigue presentándonos: O lo que Jesús decía de Sí mismo era falso, en cuyo caso sería culpable de una blasfemia que nadie se ha atrevido a pronunciar jamás; o lo que decía de sí mismo era la verdad, en cuyo caso Él es el que pretende ser y no puede describirse en otros términos que como el Hijo de Dios. Cada persona tiene que decidirse a favor o en contra de Jesucristo.

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