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Jesús lanza a los demonios a un hato de cerdos

Por fin llegaron a la tierra de Gadara, que está al otro lado del lago, frente a Galilea. En cuanto Jesús bajó de la barca, a tierra, se le acercó un hombre que tenía un espíritu impuro. Este hombre había salido de entre las tumbas, porque vivía en ellas y hacía mucho tiempo que no se ponía ropa ni vivía en una casa. Eran tan feroces que nadie podía pasar por aquel camino; Nadie podía sujetarlo, pues aunque muchas veces lo habían atado de pies y manos concadenas, siempre las había hecho pedazos, sin que nadie lo pudiera dominar y el demonio lo hacía huir a lugares desiertos. Andaba de día y de noche por los cerros y las tumbas, gritando y golpeándose con piedras. Pero cuando vio de lejos a Jesús, echó a correr, y poniéndose de rodillas delante de él le dijo a gritos: –¡No te metas conmigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo! ¿Viniste acá para atormentarnos antes de tiempo? ¡Te ruego por Dios que no me atormentes! Hablaba así porque Jesús le había dicho: –¡Espíritu impuro, deja a ese hombre! Jesús le preguntó: –¿Cómo te llamas? Él contestó: –Me llamo Legión, porque somos muchos los demonios que hemos entrado en él, los cuales pidieron a Jesús que no los mandara al abismo y rogaban mucho que no los enviara fuera de aquella región y como cerca de allí, junto al cerro, había gran número de cerdos comiendo, los espíritus le rogaron: –Mándanos a los cerdos y déjanos entrar en ellos. Jesús les dio permiso, y les dijo: –Vayan; y los espíritus impuros salieron del hombre y entraron en los cerdos y al momento todos los cerdos, que eran unos dos mil, echaron a correr pendiente abajo hasta el lago, y allí se ahogaron. Los que cuidaban de los cerdos salieron huyendo, y fueron a contar en el pueblo y por los campos lo sucedido. La gente acudió a ver lo que había pasado con los endemoniados y cuando llegaron a donde estaba Jesús, vieron sentado, vestido y en su cabal juicio al endemoniado que había tenido la legión de espíritus. La gente estaba asustada, y los que habían visto lo sucedido con el endemoniado y con los cerdos, se lo contaron a los demás. Entonces comenzaron a rogarle a Jesús que se fuera de aquellos lugares porque tenían mucho miedo. Así que Jesús entró en la barca y se fue. Al volver Jesús a la barca, el hombre que había estado endemoniado le rogó que lo dejara ir con él. Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: –Vete a tu casa, con tus parientes, y cuéntales todo lo que el Señor te ha hecho, y cómo ha tenido compasión de ti. El hombre se fue, y comenzó a contar por los pueblos de Decápolis lo que Jesús había hecho por él; y todos se quedaron admirados.  Mateo 8.28-34; Marcos 5:1-20; Lucas 8:26-39

Antes de empezar a estudiar este pasaje en detalle, trataremos de resolver una dificultad que acecha al estudiante de los evangelios. Se ve que había una cierta incertidumbre en las mentes de los evangelistas en cuanto al lugar donde sucedió este incidente. Esa incertidumbre se refleja en las diferencias que hay entre los tres evangelios sinópticos. La ReinaValera›95 de estudio ya hace constar las diferencias en el nombre de la región -gergesenos o gadarenos o gerasenos.

La dificultad consiste en que no se ha logrado identificar este lugar con toda seguridad. Gerasa es difícil que sea correcto, porque la única Gerasa de que tenemos información estaba a más de cincuenta kilómetros tierra adentro, al Sudeste del lago, en Galaad; y es seguro que Jesús no recorrió esa distancia cuando desembarcó. Gadara es casi seguro que es el nombre correcto, porque era un pueblo a menos de diez kilómetros tierra adentro desde la orilla del lago, y es normal que el cementerio estuviera a esa distancia, así como los campos para apacentar los cerdos.

Gergesa es probable que se deba a la conjetura de Orígenes, el gran erudito alejandrino del siglo III. Él sabía que Gerasa era imposible; dudaba también de la posibilidad de Gadara, y conocía una aldea llamada Gergesa, en la parte oriental del Mar de Galilea, y sugirió que ese debía de ser el lugar. Lo más probable es que las diferencias se deban al hecho de que los que copiaban los manuscritos antiguos no conocían Palestina lo suficiente como para estar seguros de dónde estaba ese lugar y cómo se llamaba.

Este milagro nos enfrenta con la idea de la posesión diabólica, que es tan corriente en los evangelios. El mundo antiguo creía incuestionable e intensamente en los malos espíritus. El aire estaba tan lleno dé estos espíritus que no era posible insertar en él la punta de una aguja sin encontrarse con alguno. Algunos decían que había siete millones y medio de ellos; había diez mil en la mano derecha de cada persona, y otros diez mil en su izquierda; y todos estaban esperando la oportunidad para hacerle daño. Vivían en lugares inmundos, como las tumbas, y en otros en los que no había agua para limpiar. Vivían en los desiertos, en los que se podían oír sus aullidos. Eran especialmente peligrosos para los viajeros solitarios, las mujeres de parto, la esposa y el esposo recién casados, los niños que salían por la noche y los que viajaban de noche. Eran especialmente peligrosos en el calor del mediodía, y entre la puesta y la salida del sol. Los demonios masculinos se llamaban sedim, y los femeninos lilin, de Lilit. Los demonios femeninos tenían pelo largo, y eran especialmente peligrosos para los niños; por eso tenían los niños ángeles de la guarda (cp. Mateo 18:10).

En cuanto al origen de los demonios había diferentes opiniones. Algunos mantenían que existían desde el principio del mundo. Otros, que eran los espíritus de los malvados que habían muerto, y que hasta después de la muerte trataban de hacer daño. Lo más corriente de todo era relacionarlos con la extraña historia del Génesis b:1-8. Ese pasaje dice que los ángeles pecadores vinieron a la Tierra y sedujeron a mujeres mortales. Los demonios se creía que eran los descendientes de los que nacieron de aquellas malas uniones.

A estos demonios se les atribuían todas las enfermedades. Se los suponía responsables, no solo de enfermedades como la epilepsia y los trastornos mentales, sino también de las enfermedades corporales. Los egipcios mantenían que el cuerpo constaba de treinta y seis partes :diferentes, cada una de las cuales podía ser la guarida de un demonio. Una de sus maneras favoritas de conseguir introducirse en el cuerpo de una persona era acechar mientras estaba comiendo, y colarse con la comida.

A nosotros nos parecerá fantástico todo esto; pero los pueblos antiguos creían a pies-juntillas en los demonios. Si una persona estaba convencida de que estaba poseída por un demonio, se dedicaría a reproducir todos los síntomas de la posesión diabólica. Se podía convencer auténticamente de que tenía dentro un demonio. Hasta el día de hoy, uno se puede autosugestionar y convencer de qué tiene un dolor o ,está enfermo; eso podía suceder todavía más fácilmente cuando había tanto de lo que hoy llamamos supersticiones, y cuando el conocimiento humano era
mucho más primitivo que ahora. Aunque no hubiera demonios, una persona que se creyera poseída sólo podía curarse si se admitía que, por lo menos para ella; los demonios eran la cosa más real del mundo.

La derrota de los demonios

Cuando Jesús llegó al otro lado del lago, se Le enfrentaron dos endemoniados que vivían entre las tumbas, porque las tumbas eran el lugar de residencia normal de los demonios. Eran tan feroces que constituían un peligro para los que pasaran por allí, y un viajero prudente evitaría un encuentro con ellos a toda costa.

W. M. Thonmson, en La Tierra y el Libro, nos cuenta que él mismo, en el siglo XIX, vio personas que estaban en exactamente la misma situación de aquellos dos endemoniados de las tumbas de Gadara: Actualmente se , dan casos muy semejantes – locos furiosos y peligrosos que deambulan por las montañas y duermen en cuevas y en tumbas. Cuando tienen uno de sus peores paroxismos no hay quien los domine, y son tremendamente fuertes… Y es uno de los rasgos más corrientes de esta locura que los que la padecen se niegan a usar ropa. Los he visto a menudo totalmente desnudos por las calles de Beirut y de Sidón. También hay casos que corren salvajemente por los despoblados y aterran a todos los de la vecindad. Aparte de todo lo demás, Jesús dio muestras de un valor extraordinario al pararse a hablar con aquellos dos hombres.

Si de veras queremos saber los detalles de, esta historia tenemos que acudir a Marcos. El relato de Marcos (Marcos 5:1-19) es mucho más largo, y lo que nos da Mateo no es más que un resumen. Esta es una historia de milagro que ha causado mucha discusión, y la discusión se ha centrado en torno a la destrucción del hato de cerdos. Muchos la han encontrado extraña, y han considerado cruel el que Jesús destruyera así una manada de animales. Pero es casi seguro que Jesús no destruyó deliberadamente los cerdos.

Debemos tratar de visualizar lo que sucedió. Los endemoniados estaban chillando y gritando (Marcos 5: 7; Lucas 8:28). Debemos tener presente que estaban totalmente convencidos de que estaban invadidos de demonios. Ahora bien, era una creencia normal y ortodoxa que todos compartían que cuando viniera el Mesías y hubiera un juicio final, los demonios serían destruidos.

Eso es lo que los hombres querían decir cuando le preguntaron a Jesús por qué había venido a atormentarlos antes del tiempo de terminar. Estaban tan convencidos de que estaban poseídos por demonios que nada los podía haber librado de su convicción que no fuera una demostración visible de que los demonios habían salido de ellos.

Había que hacer algo que fuera para ellos una prueba indubitable. Lo más seguro es que sus gritos y chillidos alarmaran el hato de los cerdos, que, en su terror, huyeron en desbandada y se cayeron al lago. El agua era fatal para los demonios. Ante eso, Jesús aprovechó la ocasión que se le presentaba.

«¡Fijaos! -les dijo-›Fijaos en esos cerdos: se han hundido en el fondo del lago, y se han llevado vuestros demonios para siempre.» Jesús sabía que no había otra manera de convencer a esos dos hombres de que estaban definitivamente curados. Si fue así, Jesús no destruyó aposta la manada de cerdos; simplemente usó su estampida para ayudar a aquellos dos pobres pacientes a creer en su curación.

Pero aunque Jesús hubiera causado deliberadamente la destrucción de aquel hato de cerdos, no debería nunca habérsele culpado por ello. Hay tal cosa como pasarse de chinche. T. R. Glover hablaba de las personas que creen que son muy religiosas cuando lo que son es muy fastidiosas.

No podemos comparar el valor de un hato de cerdos con el de dos almas humanas inmortales. No es comente negarse a comer un bocadillo de jamón o chuletas de cerdo para la comida por motivos de conciencia. Nuestra simpatía hacia los cerdos no nos lleva tan lejos como para impedirnos comérnoslos; ¿y vamos a quejarnos de que Jesús devolviera la salud a dos mentes humanas a costa de un hato de cerdos? Esto no quiere decir, ni mucho menos que animemos, o ni siquiera disculpemos la crueldad con los animales. Es sencillamente que debemos conservar en la vida un sentido de la proporción.

La tragedia suprema de esta historia radica en su conclusión. Los que habían estado pastoreando a los cerdos volvieron corriendo al pueblo y dijeron lo que había sucedido; y el resultado fue que los del pueblo le pidieron a Jesús que saliera inmediatamente de su territorio.

Aquí encontramos el peor egoísmo humano. A esa gente no le importaba que dos personas hubieran recuperado la razón; lo único que les importaba era que se habían quedado sin sus cerdos. Eso es lo que sucede muchas veces cuando se dice: « Me importa un pito lo que les pase a los demás, siempre que no sufran mis ganancias y mi comodidad y mi tranquilidad.» Nos podemos alucinar ante la insensibilidad de aquella gente de Gadara, pero debemos tener cuidado de no objetar a que se ayude a otros para no perder nuestros privilegios.

Crece la oposición

Ya hemos visto repetidamente que en el evangelio de Mateo no aparece nada colocado al azar. Todo está planificado y diseñado cuidadosamente.

En el capítulo 9 vemos otro ejemplo de esta cuidadosa planificación, porque contiene las primeras sombras de la tormenta que se está fraguando. Vemos cómo empieza a crecer la oposición; oímos las primeras insinuaciones de las acusaciones que se van a urdir contra Jesús, y que acabarán finalmente por llevarle a la muerte. En este capítulo se Le hacen a Jesús cuatro acusaciones.

(i) Se Le acusaba de blasfemia. En Matea 91-8 vemos a Jesús curando al paralítico perdonándole sus pecados; y oímos a los escribas acusarle de blasfemia porque pretendía hacer lo que sólo Dios puede hacer. Acusaban a Jesús de blasfemia porque hablaba con la voz de Dios. Blasfémía quiere decir literalmente insulto o calumnia; y los enemigos de Jesús le acusaban de insultar a Dios porque Se arrogaba los poderes exclusivos de Dios.

(ii) Se Le acusaba de inmoralidad. En Mateo 9:10-13 vemos a Jesús participando en una fiesta con publicanos y pecadores. Los fariseos se escandalizaban de que Él comiera con tal gentuza. La implicación era que Él era igual que ellos. «Dime con quién andas, y te diré quién eres.»

A Jesús Le acusaron de hecho de ser una persona inmoral porque se Le veía con gente inmoral. Una vez que una persona cae en desgracia es la cosa más fácil del mundo tergiversar y falsificar todo lo que hace.

Harold Nicolson cuenta una conversación que tuvo con Stanley Baldwin. Nicolson estaba por entonces empezando su carrera política, y fue a pedir a Baldwin, político veterano, el consejo que le pudiera dar. Baldwin le dijo algo así: «Vas a tratar de ser un estadista, y a manejar los asuntos del país. Bien, yo tengo una larga experiencia de ese tipo de vida, y te daré tres reglas que harás bien en seguir. La primera, si ya estás suscrito a una agencia de recortes de periódicos, cante la la suscripción inmediatamente. La segunda, no te ríase` nunca de los errores de tus oponentes. La tercera, ármate d paciencia cuando te atribuyan falsos motivos.» Una de las armas favoritas de los enemigos de cualquier hombre publica es atribuirle falsos motivos; eso es lo que Le hicieron a Jesúa Sus enemigos.

(iii) Se Le acusaba de laxitud en la piedad. En Mateo 9:14: 17, los discípulos de Juan les preguntaron a los de Jesús qué su Maestro no ayunaba. Jesús no observaba las prácticas ortodoxas de la religión, y por tanto los ortodoxos no se fiaban de Él. Cualquiera que se aparte de los convencionalismo sufrirá por ello; y cualquiera que quebrante los convencionalismos religiosos, más todavía. Jesús quebrantaba los convencionalismos ortodoxos de la piedad farisaica, y se le criticaba por ello.

(iv) Se le acusa de actuar de acuerdo con el diablo. En Mateo 9:31-34 Le vemos curando a un mudo, y Sus enemigos atribuyen la curación a Su asociación con el diablo. Siempre que entra un nuevo poder en la vida -se ha dicho, por ejemplo, del poder espiritual- hay quienes dicen: «Debemos tener cuidado; esto podría ser obra del diablo y no de Dios.» Es curioso que cuando la gente se encuentra con algo que no le gusta, o que no entiende, o que no está de acuerdo con sus: ideas preconcebidas, a menudo se lo atribuyen al diablo y no a Dios. Así que aquí tenemos el principio de la campaña contra Jesús. Sus calumniadores ya están actuando. Las lenguas chismosas están envenenando la verdad y atribuyendo falsos motivos. El movimiento para eliminar a este conflictivo Jesús ha comenzado.

Aquí tenemos una historia gráfica y bastante macabra. Es la clase de historia en la que tenemos que esforzarnos por leer entre líneas, porque representa una forma de pensar que era muy familiar entre la gente de Palestina en los días de Jesús, pero que nos resulta sumamente extraña.

Si esto se ha de tomar en estrecha relación con lo que precede -y esa era la intención de Marcos-, debe de haber sucedido ya muy tarde por la tarde o hasta ya entrada la noche. La historia resulta todavía más fantástica y misteriosa si tenemos en cuenta que tuvo lugar en las sombras de la noche.

El versículo 35 de Marcos 4 nos dice que era ya tarde por la tarde cuando Jesús y Sus amigos se hicieron a la mar. El lago de Galilea tiene 20 kilómetros por lo más largo, y 11 por lo más ancho.

En el lugar de nuestra historia hay unos 8 kilómetros de lado a lado. Habían hecho el viaje; y, durante la travesía, se habían enfrentado con la tormenta y habían conseguido por fin llegar a tierra. Era una parte de la orilla del lago en la que hay muchas cuevas en la roca caliza, muchas de las cuales se usaban como tumbas. En sus mejores momentos era un paraje misterioso; cuando caía la noche tiene que haber sido verdaderamente macabro.

De las tumbas vino corriendo hacia ellos un hombre poseído por el demonio. Era un lugar especialmente adecuado para él, porque los demonios, según se creía entonces, vivían en los lugares sucios, en sitios solitarios y desolados y entre las tumbas. Era en medio de la noche y antes del canto del gallo cuando los demonios estaban especialmente activos. Era peligroso dormir a solas en una casa vacía por la noche; saludar a cualquier persona en la oscuridad, porque podría ser un demonio; salir por la noche sin una luz o una antorcha era arriesgarse demasiado. Aquel era un lugar peligroso, y una hora peligrosa, y el hombre era un hombre peligroso.

Hasta qué punto este hombre se sentía poseído se ve por su manera de hablar. Algunas veces usa el singular como si fuera él mismo el que hablaba; pero otras usa el plural, como si todos los demonios estuvieran hablando. Estaba tan convencido de que tenía demonios que sentía como que hablaban por medio de él. Cuando Jesús le preguntó cómo se llamaba, contestó que Legión.

Probablemente había dos razones para aquello. Una legión era un regimiento romano de 6,000 soldados. Probablemente aquel hombre había visto una de aquellas legiones romanas en marcha por la carretera, y estaba convencido de que tenía una legión de demonios dentro. En cualquier caso, los judíos creían que ninguna persona podría sobrevivir si se diera cuenta del número de demonios que la rodeaban. Eran «como la tierra que se echa alrededor de un bancal cuando se planta.» Había un millar a la mano derecha de un hombre y diez millares a su izquierda. La reina de los espíritus femeninos tenía no menos de 180,000 seguidoras. Había un dicho judío: «Una legión de espíritus dañinos está acechando a las personas,» diciéndoles: «¿Cuándo caerán estos en las manos de una de estas cosas y le apresarán?» Sin duda este desgraciado sabía todas estas cosas, y su pobre mente peregrina estaba
segura de que una masa de aquellos demonios había hecho en él su residencia.

Además, Palestina era un país ocupado. Las legiones romanas, cuando más salvajes e irresponsables, podían a veces ser culpables de atrocidades que le helarían a uno la sangre. Bien puede ser que este hombre hubiera visto, y hasta tal vez experimentado, cómo sus seres amados sufrían los asesinatos y la rapiña que acompañaban a veces a las legiones. Bien puede ser que fuera alguna terrible experiencia así la que le hubiera dañado la mente. La palabra Legión conjuraba en él una visión de terror y muerte y destrucción.

Estaba convencido de que tenía dentro demonios de esa clase. No podremos ni empezar a entender esta historia a menos que veamos lo grave que era el caso de este hombre. Está claro que Jesús intentó más de una vez curarle. El versículo 8 nos dice que Jesús había empezado usando Su método habitual una orden de autoridad al demonio para que saliera. En esta ocasión no fue suficiente. A continuación, le preguntó a aquel demonio cómo se llamaba.
Siempre se suponía en aquel tiempo que, si se podía descubrir el nombre de un demonio, se adquiría un cierto poder sobre él. Una antigua fórmula mágica decía: «Te conjuro, cualquier espíritu demoníaco que seas, que digas quién eres.» Se creía que si se sabía el nombre, el poder del demonio quedaba quebrantado. En este caso aun aquello no resultó suficiente.

Jesús vio que no había nada más que una manera de curar a este hombre -y era darle una demostración indudable de que los demonios habían salido de él, por lo menos indudable en tanto en cuanto concernía a su propia mente. No importa si creemos en la posesión diabólica o no; aquel hombre sí creía. Aun en el caso de que todo fuera una invención de su mente desquiciada, los demonios eran para él algo muy real. El doctor Randle Short, hablando de la supuesta mala influencia de la Luna (Salmo 121:6) que ha quedado en palabras como lunático y alunado, dice: «La ciencia moderna no reconoce ningún daño particular que produzca la Luna. Sin embargo es una creencia muy extendida que la Luna afecta realmente la mente de las personas… Es bueno saber que el Señor nos puede librar de los peligros imaginarios tanto como de los reales. A menudo los imaginarios son más difíciles de afrontar.»

Este hombre necesitaba liberación; ya fuera liberación de la posesión diabólica real, o de una ilusión sumamente poderosa, no importa. Aquí es donde entra la manada de cerdos. Estaban paciendo en la ladera de la colina. El hombre sentía que los demonios estaban pidiendo que no se los destruyera del todo, sino que se los enviara a los cerdos. Todo ese tiempo estaba dando gritos y alaridos y experimentando paroxismos que eran señales de su mal. De pronto, cuando sus chillidos alcanzaron una intensidad superior, toda la manada salió huyendo y se precipitó por una ladera escarpada en el mar. ¡Allí estaba la prueba que el hombre necesitaba! Esto era casi la única cosa del mundo que podía convencerle de que estaba curado. Jesús, como sabio médico que entendía con tanta amabilidad y simpatía y psicología la mente enferma, usó aquel acontecimiento para ayudar a aquel hombre a recuperar su sanidad, y su mente turbulenta recuperó la paz.

Hay personas excesivamente detallistas que culpan a Jesús por devolverle la salud a un hombre a costa de la muerte de unos cerdos. No cabe duda de que es una manera muy ciega de ver las cosas. ¿Cómo puede llegar a compararse el destino de los cerdos al de una persona con un alma inmortal? No tenemos ningún reparo, supongo yo, en que nos pongan carne de cerdo para la comida, ni la rechazamos porque haya supuesto la vida de un animal. Sin duda, si matamos animales para no pasar hambre, no podemos presentar ninguna objeción si la salvación de la mente y el alma de una persona supuso la muerte de una manada de esos mismos animales. Hay una sensiblería blandengue que languidece de lástima por el daño que sufre un animal, y nunca mueve ni un dedo para remediar el estado lastimoso de millares de hombres y mujeres y niños de Dios. Esto no es decir que no tenemos por qué preocuparnos de lo que le sucede a la creación animal de Dios, porque Dios ama todas las criaturas que Sus manos han hecho; pero sí es decir que debemos conservar un sano sentido de la proporción, y en el baremo de Dios no hay nada tan importante como un alma humana.

Pedirle a cristo que se vaya

Los que estaban apacentando los puercos salieron huyendo, y dieron la noticia de lo que había sucedido en el pueblo y en las granjas. Y salió la gente a ver qué era lo que había pasado. Llegaron hasta donde estaba Jesús, y vieron al poseso -el hombre que había tenido la legión de demonios- sentado, totalmente vestido y en su sano juicio, y les dio mucho miedo. Y los que habían visto lo que había pasado les contaron lo que le había sucedido al poseso, y les dijeron lo de los puercos; y ellos se pusieron a insistirle a Jesús que se marchara de su territorio.

Naturalmente, los hombres que estaban a cargo de los puercos fueron al pueblo y a las granjas con la noticia de este suceso extraordinario. Cuando la gente curiosa llegó al lugar, encontraron al hombre que había estado tan mal, sentado, normalmente vestido y en plena posesión de sus facultades. El loco salvaje y desnudo se había convertido en un ciudadano sano y sensato.

Y entonces viene la sorpresa, la paradoja, lo que nadie realmente esperaría. Habríamos supuesto que aquella gente se habría alegrado mucho; pero reaccionaron más bien con miedo. Y se habría esperado que Le pidieran a Jesús que se quedara con ellos y ejerciera aún más Su extraordinario poder; pero Le dijeron que se marchara de su territorio lo más pronto posible. ¿Por qué? Un pobre desgraciado había recuperado la salud, pero ellos habían perdido los cerdos, y por tanto no querían saber más de Jesús. Aquello había alterado la rutina de la vida, y ellos querían que el elemento perturbador desapareciera lo más pronto posible.

Un frecuente grito de batalla de la mente humana es: «¡No me compliques la vida!» En general, lo único que quiere la gente es que se la deje en paz.

(i) La gente dice instintivamente: «¡No alteres mi tranquilidad!» Si alguien viniera a nosotros y nos dijera: «Te puedo dar un mundo que será mejor para la masa de gente en general, pero supondrá que tu comodidad, por lo menos por cierto tiempo, se verá perturbada e inquietada, y que tendrás que pasarte con algo menos que ahora por bien de los demás,» la mayor parte de la gente diría: «Prefiero que las cosas sigan como están.» De hecho, esa es casi exactamente la situación que estamos viviendo en la actual revolución social. Estamos pasando una época de redistribución, no sólo en este país, sino también en las naciones en vías de desarrollo. Estamos en una época en que se vive muchísimo mejor que en cualquier tiempo pasado; pero eso ha supuesto que la vida no sea tan cómoda como lo era para un número considerable de personas; y por esa misma razón hay resentimiento, porque algunas de las comodidades de la vida han desaparecido.

Se habla un montón de lo que nos debe la vida. La vida no nos debe absolutamente nada; somos nosotros los que le debemos a la vida todo lo que le podamos dar. Somos seguidores de Uno que dejó la gloria del Cielo por la estrechez de la Tierra, y el gozo de Dios por el dolor de la Cruz. Es humano no querer que nos alteren nuestra comodidad; es divino estar dispuestos a sufrir molestias para que otros estén mejor.

(ii) La gente dice instintivamente: «No te metas con mis posesiones.» Aquí tenemos otro aspecto de la misma cosa. Ninguna persona renuncia voluntariamente a nada que posea. Cuanto más tenemos, más queremos retener para nosotros mismos.

Borrow, que conocía a los gitanos, nos cuenta que la técnica de echar la buena ventura del gitano es prometerle al joven toda clase de placeres, y anunciarle al viejo riquezas y sólo riquezas. «Porque ellos tienen suficiente conocimiento del corazón humano para darse cuenta de que la avaricia es la última pasión que se extingue en todos nosotros.» La manera más rápida de ver si una persona realmente acepta su fe y si realmente cree en sus principios es si está dispuesta a volverse más pobre por ellos.

(iii) La gente dice instintivamente: «No me compliques mi religión.»

(a) La gente dice: «No hagas que los temas desagradables estropeen el decoro agradable de mi religión.» Edmund Gosse señala una curiosa omisión en los sermones del famoso predicador Jeremy Taylor: «Estos sermones figuran entre los más elocuentes y profundos de la lengua inglesa; pero apenas alguna vez mencionan a los pobres, casi nunca sus angustias, y no muestran prácticamente ningún interés en su situación. Estos sermones se predicaron en el Sur de Gales, donde abundaba la pobreza. El clamor de los pobres y de los hambrientos, de los pobremente vestidos y de los necesitados ascendía al Cielo sin cesar, y clamaba por piedad y remedio; pero este elocuente predicador no parecía oírlo nunca; vivía y escribía y predicaba rodeado de sufrimiento y de necesidades, y sin embargo se mantenía casi inconsciente de su existencia.»

Es mucho menos inquietante predicar acerca de las sutilezas de las creencias y doctrinas teológicas que acerca de las necesidades humanas y de las miserias de la vida. De hecho, hemos sabido de congregaciones que informaban a sus posibles pastores que los aceptarían con la condición de que no predicaran sobre ciertos asuntos. Es una cosa notable que no fue lo que dijo Jesús acerca de Dios lo que Le trajo problemas; fue lo que dijo acerca del hombre y acerca de las necesidades del hombre lo que inquietó a los ortodoxos de Su tiempo.

(b) Se ha sabido de gente que decía: «No hagas que las relaciones personales me compliquen la religión.» James Bums cita algo sorprendente en relación con este tema de la vida de Angela di Foligras, la famosa mística italiana. Tenía el don de retirarse completamente de este mundo, y de volver de sus trances con historias de una comunión inefablemente dulce con Dios. Fue ella la que dijo: «En ese tiempo, y por la voluntad de Dios, murió mi madre, que era un gran obstáculo para que yo pudiera seguir el camino de Dios. Mi marido también murió, y en un tiempo relativamente breve murieron todos mis hijos. Y como yo había empezado a seguir el camino mencionado, y Le había pedido a Dios que me librara de ellos, tuve gran consuelo con sus muertes, aunque también sentí algún dolor.» Su familia era un obstáculo en su religión. Hay una clase de religión a la que le gustan más los comités que el trabajo de casa, y tiene más interés en los momentos devocionales que en los actos de servicio. Presume de servir a la iglesia y de dedicarse a la devoción -pero a los ojos de Dios lo tiene todo al revés.

(c) Hay personas que dicen: «No compliques mis creencias.» Hay una clase de religión que dice: «Lo que estaba bien para mis antepasados es suficientemente bueno para mí.» Hay personas que no quieren saber nada nuevo, porque sospechan que en ese caso tendrían que pasar muchos sudores mentales y pensar de nuevo las cosas y llegar a nuevas conclusiones. Hay tal cosa como una cobardía de pensamiento y un letargo de mente y un sueño del alma que son cosas terribles.

Los gerasenos se deshicieron del Cristo inquietante -y sigue habiendo muchos que tratan de hacer lo mismo.

Un testigo de cristo

Cuando Jesús se estaba subiendo a la barca, el hombre que había estado poseído por el demonio Le pidió insistentemente que le dejara estar con Él. Jesús no se lo permitió, sino le dijo: -Vuelve a tu pueblo y a los tuyos, y diles todo lo que el Señor ha hecho por ti. Y él se marchó, y empezó a proclamar por toda Decápolis la historia de todo lo que Jesús había hecho por él.

Es sumamente interesante que este acontecimiento tuvo lugar en la Decápolis. Decápolis quiere decir Las Diez Ciudades. Cerca del Jordán y hacia el Este, había diez ciudades que tenían un carácter bastante especial. Eran esencialmente griegas. Se llamaban Escitópolis, que era la única al Oeste del Jordán, Pela, Dión, Gerasa, Filadelfia, Gadara, Rafana, Canata Hipos y Damasco. Con las conquistas de Alejandro Magno había habido una penetración griega en Palestina y Siria.

Las ciudades griegas que se fundaron allí y entonces tenían una curiosa posición. Estaban dentro de Siria, pero eran considerablemente independientes. Tenían sus propios consejos, y acuñaban su propia moneda; tenían el derecho de la administración local, no sólo de sí mismas, sino del área a su alrededor. Tenían el derecho de asociarse entre sí para la defensa mutua y para fines comerciales. Se mantuvieron en una especie de semi-independencia hasta el tiempo de los Macabeos, a mediados del siglo 11 a.C., cuando los conquistadores judíos sometieron la mayor parte de estas ciudades al gobierno judío.

Fueron liberadas del control judío por el emperador romano Pompeyo hacia el año 63 a.C. Todavía estaban en una posición curiosa. Eran independientes hasta cierto punto, pero estaban sujetas a los impuestos y al servicio militar romanos. No tenían una guarnición, pero eran con frecuencia el cuartel general de las legiones romanas en las campañas orientales. Ahora bien, Roma gobernaba casi toda esta parte del mundo por un sistema de reyes tributarios. El resultado era que Roma podía ofrecerles a estas ciudades muy poca protección; así es que se asociaban entre sí en una especie de confederación para defenderse de la presión de los judíos y de los árabes. Eran ciudades hermosas. Eran tozudamente griegas: tenían sus dioses griegos y sus templos griegos y sus anfiteatros griegos; estaban consagradas a la manera griega de vivir.

Así es que aquí tenemos algo muy interesante. Si Jesús estuvo en la Decápolis, este es uno de los primeros indicios de cosas por venir. Habría judíos allí, pero era fundamentalmente un área griega. Aquí tenemos las primicias de un mundo para Cristo. Aquí tenemos la primera señal del Cristianismo rompiendo los límites del judaísmo y saliendo a todo el mundo. Cómo eran estas ciudades y la importancia que tenían se puede ver por el hecho de que de Gadara solo procedían Filodemo, el gran filósofo epicúreo, que era contemporáneo de Cicerón; Meleagro, el maestro del epigrama griego; Menipo -cuyo supuesto retrato pintó Velázquez-, el famoso satírico, y el retórico Teodoro, que fue nada menos que el tutor del emperador reinante Tiberio. Algo sucedió aquel día que Jesús puso Su pie en Decápolis.

Había una buena razón para que Jesús mandara al hombre que había sido un poseso de vuelta a su tierra.

(i) Había de ser un testigo del Evangelio. Había de ser una demostración viva, andante, visible e incontestable de lo que Cristo puede hacer por una persona. Nuestra gloria debe consistir siempre, no en lo que nosotros podemos hacer por Cristo, sino en lo que Cristo puede hacer y ha hecho por nosotros. La prueba incontestable del Cristianismo es un hombre nacido de nuevo.

(ii) Había de ser la primera semilla de lo que a su tiempo llegaría a ser una cosecha poderosa. El primer contacto con la civilización griega se hizo en la Decápolis. Todo tiene que empezar en algún sitio; y la gloria de todo el Cristianismo que un día florecería en la mente y el genio helénico empezó con un hombre que había estado poseído por demonios y a quien Cristo sanó. Cristo siempre tiene que empezar por alguien. En nuestro propio círculo y sociedad, ¿por qué no ha de empezar Él por nosotros?

Jamás empezaremos a entender este relato a menos que nos demos cuenta de que, pensemos nosotros lo que pensemos, los demonios eran algo muy real para aquella gente de Gadara, y para el mismo hombre. Ahora se diría que era un caso de demencia violenta. Era un peligro para la gente, así es que vivía entre las tumbas, que se creía que eran la morada de los demonios.

Fijémonos en el valor de Jesús al tratar con aquel hombre, que tenía una fuerza más que brutal para romper cadenas y rejas.

Sus vecinos le tenían tanto miedo que no se atrevían a hacer nada por él. Pero Jesús le recibió con tranquilidad y calma. Cuando Jesús le preguntó cómo se llamaba, el hombre contestó que «Legión». La legión romana era un regimiento de 6.000 soldados. Aquel hombre habría visto marchar a una legión roma, y su pobre mente afligida sentía que no era un demonio, sino toda una legión de ellos lo que tenía dentro de sí. Es posible que su mal hubiera empezado al ver en su infancia a una legión romana cometer atrocidades.

La cuestión de los cerdos ha constituido una gran dificultad para muchos, que no comprenden cómo Jesús pudo hacerles aquello a unos cerdos inocentes. Se ha considerado que aquello había sido una acción inmoral y cruel, ¡como si los cerdos se criaran para que disfrutaran de una vida larga y tranquila!

Podemos suponer que lo que sucedió fue que los cerdos estaban pastando por allí cerca; Jesús estaba aplicando su poder para curar un caso realmente difícil. De pronto, los chillidos y gritos salvajes del hombre causaron la estampida de los cerdos, que se precipitaron al lago, ciegos de terror. «¡Mira dónde han ido tus demonios!», diría Jesús al hombre. Fuera como fuera, ¿podemos comparar el valor de una manada de cerdos con el del alma inmortal de un hombre? ¿Nos vamos a quejar de que costara la vida de aquellos cerdos el salvar aquella alma? ¿No es una estupidez perversa el quejarnos de que murieran los cerdos para sanar a un hombre? Tenemos que mantener un sentido de la proporción. Si la única manera de convencer a ese hombre de la realidad de su cura era el que perecieran aquellos cerdos, parece señal de una necia ceguera el objetar nada.

Tenemos que considerar las reacciones de dos clases de personas.

(i) Tenemos a los gadarenos. Le pidieron a Jesús que se fuera.

(a) Les fastidiaba que les alteraran la rutina de la vida. Todo seguía su marcha en paz hasta que llegó ese revolucionario de Jesús, y le rechazaron. Hay más personas que rechazan a Jesús porque les altera la vida que por ninguna otra razón. Si le dice a uno: «Tienes que abandonar ese hábito, tienes que cambiar tu vida»; si le dice a un empresario: «No puedes ser cristiano y hacer que tus obreros trabajen en esas condiciones»; si le dice al dueño de una casa: «No puedes cobrar dinero por el alquiler de esa pocilga» -es probable que todos le digan: «¡Vete a la porra, y déjame en paz!»

(b) Apreciaban a sus cerdos más que al alma de un hombre. El dar más valor a las cosas que a las personas es uno de los mayores peligros de la vida. Eso es lo que crea los suburbios y las explotaciones injustas. Y, entre nosotros: eso es lo que nos hace exigir agoístamente nuestra comodidad a costa del sacrificio y de la esclavitud de otros. No hay absolutamente nada en el mundo tan importante como una persona humana.

(c) Tenemos al hombre que fue curado. Era natural que quisiera irse con Jesús, pero Jesús le mandó a su casa. El testimonio cristiano, lo mismo que la caridad, empieza en casa. Nos sería mucho más fácil hablar de Jesús entre los que no nos conocen; pero es nuestro deber, allí donde Cristo nos pone, testificar de Él. Y si resulta que somos los únicos cristianos en la tienda, en la oficina, en la escuela, en la fábrica o en el círculo en el que trabajamos o vivimos, no tenemos por qué quejarnos. Es un desafío en el que Dios nos dice: «Ve a decirles a los que te encuentras todos los días lo que Yo he hecho por ti.»

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