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Jesús lanza a los demonios a un hato de cerdos

Este hombre necesitaba liberación; ya fuera liberación de la posesión diabólica real, o de una ilusión sumamente poderosa, no importa. Aquí es donde entra la manada de cerdos. Estaban paciendo en la ladera de la colina. El hombre sentía que los demonios estaban pidiendo que no se los destruyera del todo, sino que se los enviara a los cerdos. Todo ese tiempo estaba dando gritos y alaridos y experimentando paroxismos que eran señales de su mal. De pronto, cuando sus chillidos alcanzaron una intensidad superior, toda la manada salió huyendo y se precipitó por una ladera escarpada en el mar. ¡Allí estaba la prueba que el hombre necesitaba! Esto era casi la única cosa del mundo que podía convencerle de que estaba curado. Jesús, como sabio médico que entendía con tanta amabilidad y simpatía y psicología la mente enferma, usó aquel acontecimiento para ayudar a aquel hombre a recuperar su sanidad, y su mente turbulenta recuperó la paz.

Hay personas excesivamente detallistas que culpan a Jesús por devolverle la salud a un hombre a costa de la muerte de unos cerdos. No cabe duda de que es una manera muy ciega de ver las cosas. ¿Cómo puede llegar a compararse el destino de los cerdos al de una persona con un alma inmortal? No tenemos ningún reparo, supongo yo, en que nos pongan carne de cerdo para la comida, ni la rechazamos porque haya supuesto la vida de un animal. Sin duda, si matamos animales para no pasar hambre, no podemos presentar ninguna objeción si la salvación de la mente y el alma de una persona supuso la muerte de una manada de esos mismos animales. Hay una sensiblería blandengue que languidece de lástima por el daño que sufre un animal, y nunca mueve ni un dedo para remediar el estado lastimoso de millares de hombres y mujeres y niños de Dios. Esto no es decir que no tenemos por qué preocuparnos de lo que le sucede a la creación animal de Dios, porque Dios ama todas las criaturas que Sus manos han hecho; pero sí es decir que debemos conservar un sano sentido de la proporción, y en el baremo de Dios no hay nada tan importante como un alma humana.

Pedirle a cristo que se vaya

Los que estaban apacentando los puercos salieron huyendo, y dieron la noticia de lo que había sucedido en el pueblo y en las granjas. Y salió la gente a ver qué era lo que había pasado. Llegaron hasta donde estaba Jesús, y vieron al poseso -el hombre que había tenido la legión de demonios- sentado, totalmente vestido y en su sano juicio, y les dio mucho miedo. Y los que habían visto lo que había pasado les contaron lo que le había sucedido al poseso, y les dijeron lo de los puercos; y ellos se pusieron a insistirle a Jesús que se marchara de su territorio.

Naturalmente, los hombres que estaban a cargo de los puercos fueron al pueblo y a las granjas con la noticia de este suceso extraordinario. Cuando la gente curiosa llegó al lugar, encontraron al hombre que había estado tan mal, sentado, normalmente vestido y en plena posesión de sus facultades. El loco salvaje y desnudo se había convertido en un ciudadano sano y sensato.

Y entonces viene la sorpresa, la paradoja, lo que nadie realmente esperaría. Habríamos supuesto que aquella gente se habría alegrado mucho; pero reaccionaron más bien con miedo. Y se habría esperado que Le pidieran a Jesús que se quedara con ellos y ejerciera aún más Su extraordinario poder; pero Le dijeron que se marchara de su territorio lo más pronto posible. ¿Por qué? Un pobre desgraciado había recuperado la salud, pero ellos habían perdido los cerdos, y por tanto no querían saber más de Jesús. Aquello había alterado la rutina de la vida, y ellos querían que el elemento perturbador desapareciera lo más pronto posible.

Un frecuente grito de batalla de la mente humana es: «¡No me compliques la vida!» En general, lo único que quiere la gente es que se la deje en paz.

(i) La gente dice instintivamente: «¡No alteres mi tranquilidad!» Si alguien viniera a nosotros y nos dijera: «Te puedo dar un mundo que será mejor para la masa de gente en general, pero supondrá que tu comodidad, por lo menos por cierto tiempo, se verá perturbada e inquietada, y que tendrás que pasarte con algo menos que ahora por bien de los demás,» la mayor parte de la gente diría: «Prefiero que las cosas sigan como están.» De hecho, esa es casi exactamente la situación que estamos viviendo en la actual revolución social. Estamos pasando una época de redistribución, no sólo en este país, sino también en las naciones en vías de desarrollo. Estamos en una época en que se vive muchísimo mejor que en cualquier tiempo pasado; pero eso ha supuesto que la vida no sea tan cómoda como lo era para un número considerable de personas; y por esa misma razón hay resentimiento, porque algunas de las comodidades de la vida han desaparecido.

Se habla un montón de lo que nos debe la vida. La vida no nos debe absolutamente nada; somos nosotros los que le debemos a la vida todo lo que le podamos dar. Somos seguidores de Uno que dejó la gloria del Cielo por la estrechez de la Tierra, y el gozo de Dios por el dolor de la Cruz. Es humano no querer que nos alteren nuestra comodidad; es divino estar dispuestos a sufrir molestias para que otros estén mejor.

(ii) La gente dice instintivamente: «No te metas con mis posesiones.» Aquí tenemos otro aspecto de la misma cosa. Ninguna persona renuncia voluntariamente a nada que posea. Cuanto más tenemos, más queremos retener para nosotros mismos.

Borrow, que conocía a los gitanos, nos cuenta que la técnica de echar la buena ventura del gitano es prometerle al joven toda clase de placeres, y anunciarle al viejo riquezas y sólo riquezas. «Porque ellos tienen suficiente conocimiento del corazón humano para darse cuenta de que la avaricia es la última pasión que se extingue en todos nosotros.» La manera más rápida de ver si una persona realmente acepta su fe y si realmente cree en sus principios es si está dispuesta a volverse más pobre por ellos.

(iii) La gente dice instintivamente: «No me compliques mi religión.»

(a) La gente dice: «No hagas que los temas desagradables estropeen el decoro agradable de mi religión.» Edmund Gosse señala una curiosa omisión en los sermones del famoso predicador Jeremy Taylor: «Estos sermones figuran entre los más elocuentes y profundos de la lengua inglesa; pero apenas alguna vez mencionan a los pobres, casi nunca sus angustias, y no muestran prácticamente ningún interés en su situación. Estos sermones se predicaron en el Sur de Gales, donde abundaba la pobreza. El clamor de los pobres y de los hambrientos, de los pobremente vestidos y de los necesitados ascendía al Cielo sin cesar, y clamaba por piedad y remedio; pero este elocuente predicador no parecía oírlo nunca; vivía y escribía y predicaba rodeado de sufrimiento y de necesidades, y sin embargo se mantenía casi inconsciente de su existencia.»

Es mucho menos inquietante predicar acerca de las sutilezas de las creencias y doctrinas teológicas que acerca de las necesidades humanas y de las miserias de la vida. De hecho, hemos sabido de congregaciones que informaban a sus posibles pastores que los aceptarían con la condición de que no predicaran sobre ciertos asuntos. Es una cosa notable que no fue lo que dijo Jesús acerca de Dios lo que Le trajo problemas; fue lo que dijo acerca del hombre y acerca de las necesidades del hombre lo que inquietó a los ortodoxos de Su tiempo.

(b) Se ha sabido de gente que decía: «No hagas que las relaciones personales me compliquen la religión.» James Bums cita algo sorprendente en relación con este tema de la vida de Angela di Foligras, la famosa mística italiana. Tenía el don de retirarse completamente de este mundo, y de volver de sus trances con historias de una comunión inefablemente dulce con Dios. Fue ella la que dijo: «En ese tiempo, y por la voluntad de Dios, murió mi madre, que era un gran obstáculo para que yo pudiera seguir el camino de Dios. Mi marido también murió, y en un tiempo relativamente breve murieron todos mis hijos. Y como yo había empezado a seguir el camino mencionado, y Le había pedido a Dios que me librara de ellos, tuve gran consuelo con sus muertes, aunque también sentí algún dolor.» Su familia era un obstáculo en su religión. Hay una clase de religión a la que le gustan más los comités que el trabajo de casa, y tiene más interés en los momentos devocionales que en los actos de servicio. Presume de servir a la iglesia y de dedicarse a la devoción -pero a los ojos de Dios lo tiene todo al revés.

(c) Hay personas que dicen: «No compliques mis creencias.» Hay una clase de religión que dice: «Lo que estaba bien para mis antepasados es suficientemente bueno para mí.» Hay personas que no quieren saber nada nuevo, porque sospechan que en ese caso tendrían que pasar muchos sudores mentales y pensar de nuevo las cosas y llegar a nuevas conclusiones. Hay tal cosa como una cobardía de pensamiento y un letargo de mente y un sueño del alma que son cosas terribles.

Los gerasenos se deshicieron del Cristo inquietante -y sigue habiendo muchos que tratan de hacer lo mismo.

Un testigo de cristo

Cuando Jesús se estaba subiendo a la barca, el hombre que había estado poseído por el demonio Le pidió insistentemente que le dejara estar con Él. Jesús no se lo permitió, sino le dijo: -Vuelve a tu pueblo y a los tuyos, y diles todo lo que el Señor ha hecho por ti. Y él se marchó, y empezó a proclamar por toda Decápolis la historia de todo lo que Jesús había hecho por él.

Es sumamente interesante que este acontecimiento tuvo lugar en la Decápolis. Decápolis quiere decir Las Diez Ciudades. Cerca del Jordán y hacia el Este, había diez ciudades que tenían un carácter bastante especial. Eran esencialmente griegas. Se llamaban Escitópolis, que era la única al Oeste del Jordán, Pela, Dión, Gerasa, Filadelfia, Gadara, Rafana, Canata Hipos y Damasco. Con las conquistas de Alejandro Magno había habido una penetración griega en Palestina y Siria.

Las ciudades griegas que se fundaron allí y entonces tenían una curiosa posición. Estaban dentro de Siria, pero eran considerablemente independientes. Tenían sus propios consejos, y acuñaban su propia moneda; tenían el derecho de la administración local, no sólo de sí mismas, sino del área a su alrededor. Tenían el derecho de asociarse entre sí para la defensa mutua y para fines comerciales. Se mantuvieron en una especie de semi-independencia hasta el tiempo de los Macabeos, a mediados del siglo 11 a.C., cuando los conquistadores judíos sometieron la mayor parte de estas ciudades al gobierno judío.

Fueron liberadas del control judío por el emperador romano Pompeyo hacia el año 63 a.C. Todavía estaban en una posición curiosa. Eran independientes hasta cierto punto, pero estaban sujetas a los impuestos y al servicio militar romanos. No tenían una guarnición, pero eran con frecuencia el cuartel general de las legiones romanas en las campañas orientales. Ahora bien, Roma gobernaba casi toda esta parte del mundo por un sistema de reyes tributarios. El resultado era que Roma podía ofrecerles a estas ciudades muy poca protección; así es que se asociaban entre sí en una especie de confederación para defenderse de la presión de los judíos y de los árabes. Eran ciudades hermosas. Eran tozudamente griegas: tenían sus dioses griegos y sus templos griegos y sus anfiteatros griegos; estaban consagradas a la manera griega de vivir.

Así es que aquí tenemos algo muy interesante. Si Jesús estuvo en la Decápolis, este es uno de los primeros indicios de cosas por venir. Habría judíos allí, pero era fundamentalmente un área griega. Aquí tenemos las primicias de un mundo para Cristo. Aquí tenemos la primera señal del Cristianismo rompiendo los límites del judaísmo y saliendo a todo el mundo. Cómo eran estas ciudades y la importancia que tenían se puede ver por el hecho de que de Gadara solo procedían Filodemo, el gran filósofo epicúreo, que era contemporáneo de Cicerón; Meleagro, el maestro del epigrama griego; Menipo -cuyo supuesto retrato pintó Velázquez-, el famoso satírico, y el retórico Teodoro, que fue nada menos que el tutor del emperador reinante Tiberio. Algo sucedió aquel día que Jesús puso Su pie en Decápolis.

Había una buena razón para que Jesús mandara al hombre que había sido un poseso de vuelta a su tierra.

(i) Había de ser un testigo del Evangelio. Había de ser una demostración viva, andante, visible e incontestable de lo que Cristo puede hacer por una persona. Nuestra gloria debe consistir siempre, no en lo que nosotros podemos hacer por Cristo, sino en lo que Cristo puede hacer y ha hecho por nosotros. La prueba incontestable del Cristianismo es un hombre nacido de nuevo.

(ii) Había de ser la primera semilla de lo que a su tiempo llegaría a ser una cosecha poderosa. El primer contacto con la civilización griega se hizo en la Decápolis. Todo tiene que empezar en algún sitio; y la gloria de todo el Cristianismo que un día florecería en la mente y el genio helénico empezó con un hombre que había estado poseído por demonios y a quien Cristo sanó. Cristo siempre tiene que empezar por alguien. En nuestro propio círculo y sociedad, ¿por qué no ha de empezar Él por nosotros?

Jamás empezaremos a entender este relato a menos que nos demos cuenta de que, pensemos nosotros lo que pensemos, los demonios eran algo muy real para aquella gente de Gadara, y para el mismo hombre. Ahora se diría que era un caso de demencia violenta. Era un peligro para la gente, así es que vivía entre las tumbas, que se creía que eran la morada de los demonios.

Fijémonos en el valor de Jesús al tratar con aquel hombre, que tenía una fuerza más que brutal para romper cadenas y rejas.

Sus vecinos le tenían tanto miedo que no se atrevían a hacer nada por él. Pero Jesús le recibió con tranquilidad y calma. Cuando Jesús le preguntó cómo se llamaba, el hombre contestó que «Legión». La legión romana era un regimiento de 6.000 soldados. Aquel hombre habría visto marchar a una legión roma, y su pobre mente afligida sentía que no era un demonio, sino toda una legión de ellos lo que tenía dentro de sí. Es posible que su mal hubiera empezado al ver en su infancia a una legión romana cometer atrocidades.

La cuestión de los cerdos ha constituido una gran dificultad para muchos, que no comprenden cómo Jesús pudo hacerles aquello a unos cerdos inocentes. Se ha considerado que aquello había sido una acción inmoral y cruel, ¡como si los cerdos se criaran para que disfrutaran de una vida larga y tranquila!

Podemos suponer que lo que sucedió fue que los cerdos estaban pastando por allí cerca; Jesús estaba aplicando su poder para curar un caso realmente difícil. De pronto, los chillidos y gritos salvajes del hombre causaron la estampida de los cerdos, que se precipitaron al lago, ciegos de terror. «¡Mira dónde han ido tus demonios!», diría Jesús al hombre. Fuera como fuera, ¿podemos comparar el valor de una manada de cerdos con el del alma inmortal de un hombre? ¿Nos vamos a quejar de que costara la vida de aquellos cerdos el salvar aquella alma? ¿No es una estupidez perversa el quejarnos de que murieran los cerdos para sanar a un hombre? Tenemos que mantener un sentido de la proporción. Si la única manera de convencer a ese hombre de la realidad de su cura era el que perecieran aquellos cerdos, parece señal de una necia ceguera el objetar nada.

Tenemos que considerar las reacciones de dos clases de personas.

(i) Tenemos a los gadarenos. Le pidieron a Jesús que se fuera.

(a) Les fastidiaba que les alteraran la rutina de la vida. Todo seguía su marcha en paz hasta que llegó ese revolucionario de Jesús, y le rechazaron. Hay más personas que rechazan a Jesús porque les altera la vida que por ninguna otra razón. Si le dice a uno: «Tienes que abandonar ese hábito, tienes que cambiar tu vida»; si le dice a un empresario: «No puedes ser cristiano y hacer que tus obreros trabajen en esas condiciones»; si le dice al dueño de una casa: «No puedes cobrar dinero por el alquiler de esa pocilga» -es probable que todos le digan: «¡Vete a la porra, y déjame en paz!»

(b) Apreciaban a sus cerdos más que al alma de un hombre. El dar más valor a las cosas que a las personas es uno de los mayores peligros de la vida. Eso es lo que crea los suburbios y las explotaciones injustas. Y, entre nosotros: eso es lo que nos hace exigir agoístamente nuestra comodidad a costa del sacrificio y de la esclavitud de otros. No hay absolutamente nada en el mundo tan importante como una persona humana.

(c) Tenemos al hombre que fue curado. Era natural que quisiera irse con Jesús, pero Jesús le mandó a su casa. El testimonio cristiano, lo mismo que la caridad, empieza en casa. Nos sería mucho más fácil hablar de Jesús entre los que no nos conocen; pero es nuestro deber, allí donde Cristo nos pone, testificar de Él. Y si resulta que somos los únicos cristianos en la tienda, en la oficina, en la escuela, en la fábrica o en el círculo en el que trabajamos o vivimos, no tenemos por qué quejarnos. Es un desafío en el que Dios nos dice: «Ve a decirles a los que te encuentras todos los días lo que Yo he hecho por ti.»

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