En el capítulo 9 vemos otro ejemplo de esta cuidadosa planificación, porque contiene las primeras sombras de la tormenta que se está fraguando. Vemos cómo empieza a crecer la oposición; oímos las primeras insinuaciones de las acusaciones que se van a urdir contra Jesús, y que acabarán finalmente por llevarle a la muerte. En este capítulo se Le hacen a Jesús cuatro acusaciones.
(i) Se Le acusaba de blasfemia. En Matea 91-8 vemos a Jesús curando al paralítico perdonándole sus pecados; y oímos a los escribas acusarle de blasfemia porque pretendía hacer lo que sólo Dios puede hacer. Acusaban a Jesús de blasfemia porque hablaba con la voz de Dios. Blasfémía quiere decir literalmente insulto o calumnia; y los enemigos de Jesús le acusaban de insultar a Dios porque Se arrogaba los poderes exclusivos de Dios.
(ii) Se Le acusaba de inmoralidad. En Mateo 9:10-13 vemos a Jesús participando en una fiesta con publicanos y pecadores. Los fariseos se escandalizaban de que Él comiera con tal gentuza. La implicación era que Él era igual que ellos. «Dime con quién andas, y te diré quién eres.»
A Jesús Le acusaron de hecho de ser una persona inmoral porque se Le veía con gente inmoral. Una vez que una persona cae en desgracia es la cosa más fácil del mundo tergiversar y falsificar todo lo que hace.
Harold Nicolson cuenta una conversación que tuvo con Stanley Baldwin. Nicolson estaba por entonces empezando su carrera política, y fue a pedir a Baldwin, político veterano, el consejo que le pudiera dar. Baldwin le dijo algo así: «Vas a tratar de ser un estadista, y a manejar los asuntos del país. Bien, yo tengo una larga experiencia de ese tipo de vida, y te daré tres reglas que harás bien en seguir. La primera, si ya estás suscrito a una agencia de recortes de periódicos, cante la la suscripción inmediatamente. La segunda, no te ríase` nunca de los errores de tus oponentes. La tercera, ármate d paciencia cuando te atribuyan falsos motivos.» Una de las armas favoritas de los enemigos de cualquier hombre publica es atribuirle falsos motivos; eso es lo que Le hicieron a Jesúa Sus enemigos.
(iii) Se Le acusaba de laxitud en la piedad. En Mateo 9:14: 17, los discípulos de Juan les preguntaron a los de Jesús qué su Maestro no ayunaba. Jesús no observaba las prácticas ortodoxas de la religión, y por tanto los ortodoxos no se fiaban de Él. Cualquiera que se aparte de los convencionalismo sufrirá por ello; y cualquiera que quebrante los convencionalismos religiosos, más todavía. Jesús quebrantaba los convencionalismos ortodoxos de la piedad farisaica, y se le criticaba por ello.
(iv) Se le acusa de actuar de acuerdo con el diablo. En Mateo 9:31-34 Le vemos curando a un mudo, y Sus enemigos atribuyen la curación a Su asociación con el diablo. Siempre que entra un nuevo poder en la vida -se ha dicho, por ejemplo, del poder espiritual- hay quienes dicen: «Debemos tener cuidado; esto podría ser obra del diablo y no de Dios.» Es curioso que cuando la gente se encuentra con algo que no le gusta, o que no entiende, o que no está de acuerdo con sus: ideas preconcebidas, a menudo se lo atribuyen al diablo y no a Dios. Así que aquí tenemos el principio de la campaña contra Jesús. Sus calumniadores ya están actuando. Las lenguas chismosas están envenenando la verdad y atribuyendo falsos motivos. El movimiento para eliminar a este conflictivo Jesús ha comenzado.
Aquí tenemos una historia gráfica y bastante macabra. Es la clase de historia en la que tenemos que esforzarnos por leer entre líneas, porque representa una forma de pensar que era muy familiar entre la gente de Palestina en los días de Jesús, pero que nos resulta sumamente extraña.
Si esto se ha de tomar en estrecha relación con lo que precede -y esa era la intención de Marcos-, debe de haber sucedido ya muy tarde por la tarde o hasta ya entrada la noche. La historia resulta todavía más fantástica y misteriosa si tenemos en cuenta que tuvo lugar en las sombras de la noche.
El versículo 35 de Marcos 4 nos dice que era ya tarde por la tarde cuando Jesús y Sus amigos se hicieron a la mar. El lago de Galilea tiene 20 kilómetros por lo más largo, y 11 por lo más ancho.
En el lugar de nuestra historia hay unos 8 kilómetros de lado a lado. Habían hecho el viaje; y, durante la travesía, se habían enfrentado con la tormenta y habían conseguido por fin llegar a tierra. Era una parte de la orilla del lago en la que hay muchas cuevas en la roca caliza, muchas de las cuales se usaban como tumbas. En sus mejores momentos era un paraje misterioso; cuando caía la noche tiene que haber sido verdaderamente macabro.
De las tumbas vino corriendo hacia ellos un hombre poseído por el demonio. Era un lugar especialmente adecuado para él, porque los demonios, según se creía entonces, vivían en los lugares sucios, en sitios solitarios y desolados y entre las tumbas. Era en medio de la noche y antes del canto del gallo cuando los demonios estaban especialmente activos. Era peligroso dormir a solas en una casa vacía por la noche; saludar a cualquier persona en la oscuridad, porque podría ser un demonio; salir por la noche sin una luz o una antorcha era arriesgarse demasiado. Aquel era un lugar peligroso, y una hora peligrosa, y el hombre era un hombre peligroso.
Hasta qué punto este hombre se sentía poseído se ve por su manera de hablar. Algunas veces usa el singular como si fuera él mismo el que hablaba; pero otras usa el plural, como si todos los demonios estuvieran hablando. Estaba tan convencido de que tenía demonios que sentía como que hablaban por medio de él. Cuando Jesús le preguntó cómo se llamaba, contestó que Legión.
Probablemente había dos razones para aquello. Una legión era un regimiento romano de 6,000 soldados. Probablemente aquel hombre había visto una de aquellas legiones romanas en marcha por la carretera, y estaba convencido de que tenía una legión de demonios dentro. En cualquier caso, los judíos creían que ninguna persona podría sobrevivir si se diera cuenta del número de demonios que la rodeaban. Eran «como la tierra que se echa alrededor de un bancal cuando se planta.» Había un millar a la mano derecha de un hombre y diez millares a su izquierda. La reina de los espíritus femeninos tenía no menos de 180,000 seguidoras. Había un dicho judío: «Una legión de espíritus dañinos está acechando a las personas,» diciéndoles: «¿Cuándo caerán estos en las manos de una de estas cosas y le apresarán?» Sin duda este desgraciado sabía todas estas cosas, y su pobre mente peregrina estaba
segura de que una masa de aquellos demonios había hecho en él su residencia.
Además, Palestina era un país ocupado. Las legiones romanas, cuando más salvajes e irresponsables, podían a veces ser culpables de atrocidades que le helarían a uno la sangre. Bien puede ser que este hombre hubiera visto, y hasta tal vez experimentado, cómo sus seres amados sufrían los asesinatos y la rapiña que acompañaban a veces a las legiones. Bien puede ser que fuera alguna terrible experiencia así la que le hubiera dañado la mente. La palabra Legión conjuraba en él una visión de terror y muerte y destrucción.
Estaba convencido de que tenía dentro demonios de esa clase. No podremos ni empezar a entender esta historia a menos que veamos lo grave que era el caso de este hombre. Está claro que Jesús intentó más de una vez curarle. El versículo 8 nos dice que Jesús había empezado usando Su método habitual una orden de autoridad al demonio para que saliera. En esta ocasión no fue suficiente. A continuación, le preguntó a aquel demonio cómo se llamaba.
Siempre se suponía en aquel tiempo que, si se podía descubrir el nombre de un demonio, se adquiría un cierto poder sobre él. Una antigua fórmula mágica decía: «Te conjuro, cualquier espíritu demoníaco que seas, que digas quién eres.» Se creía que si se sabía el nombre, el poder del demonio quedaba quebrantado. En este caso aun aquello no resultó suficiente.
Jesús vio que no había nada más que una manera de curar a este hombre -y era darle una demostración indudable de que los demonios habían salido de él, por lo menos indudable en tanto en cuanto concernía a su propia mente. No importa si creemos en la posesión diabólica o no; aquel hombre sí creía. Aun en el caso de que todo fuera una invención de su mente desquiciada, los demonios eran para él algo muy real. El doctor Randle Short, hablando de la supuesta mala influencia de la Luna (Salmo 121:6) que ha quedado en palabras como lunático y alunado, dice: «La ciencia moderna no reconoce ningún daño particular que produzca la Luna. Sin embargo es una creencia muy extendida que la Luna afecta realmente la mente de las personas… Es bueno saber que el Señor nos puede librar de los peligros imaginarios tanto como de los reales. A menudo los imaginarios son más difíciles de afrontar.»




