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Jesús prepara a los discípulos para la persecución

Y les dijo Jesús: Tengan cuidado, porque los entregarán a las autoridades, los golpearán en las sinagogas y hasta los presentarán ante gobernadores y reyes por causa mía; así podrán dar testimonio de mí delante de ellos y de los paganos. Pero cuando los entreguen a las autoridades, no se preocupen ustedes por lo que han de decir o cómo han de decirlo, porque cuando les llegue el momento de hablar, Dios les dará las palabras. Pues no serán ustedes quienes hablen, sino que el Espíritu de su Padre hablará por ustedes. Los hermanos entregarán a la muerte a sus hermanos, y los padres a sus hijos; y los hijos se volverán contra sus padres y los matarán. Todo el mundo los odiará a ustedes por causa mía; pero el que se mantenga firme hasta el fin, se salvará. Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra; pues les aseguro que el Hijo del hombre vendrá antes que ustedes hayan recorrido todas las ciudades de Israel. Ningún discípulo es más que su maestro, y ningún criado es más que su amo. El discípulo debe conformarse con llegar a ser como su maestro, y el criado como su amo. Si al jefe de la casa lo llaman Beelzebú, ¿qué dirán de los de su familia? No tengan, pues, miedo de la gente. Porque no hay nada secreto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse. Lo que les digo en la oscuridad, díganlo ustedes a la luz del día; y lo que les digo en secreto, grítenlo desde las azoteas de las casas. No tengan miedo de los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; teman más bien al que puede hacer perecer alma y cuerpo en el infierno. ¿No se venden dos pajarillos por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre de ustedes lo permita. En cuanto a ustedes mismos, hasta los cabellos de la cabeza él los tiene contados uno por uno. Así que no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos. Si alguien se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a favor de él delante de mi Padre que está en el cielo; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en el cielo. No crean que yo he venido a traer paz al mundo; no he venido a traer paz, sino guerra. He venido a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra; de modo que los enemigos de cada cual serán sus propios parientes. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no merece ser mío; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no merece ser mío; y el que no toma su cruz y me sigue, no merece ser mío. El que trate de salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa mía, la salvará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá igual premio que el profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, recibirá el mismo premio que el justo y cualquiera que le da siquiera un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser seguidor mío, les aseguro que tendrá su premio. Mateo 10:17-42

Antes de estudiar este pasaje en detalle debemos notar dos cosas acerca de él en general. Cuando estábamos estudiando el Sermón del Monte, ya vimos que una de las grandes características de Mateo era su interés en la disposición ordenada de su material. Vimos que Mateo tenía la costumbre de reunir en un lugar todo el material referente a un tema, aunque Jesús lo hubiera dicho en diferentes ocasiones. Mateo era sistematizador. Este pasaje es uno de los ejemplos en que Mateo reúne su material de diferentes tiempos. Aquí recoge las cosas que dijo Jesús en distintas ocasiones acerca de la persecución.

No cabe duda que, hasta cuando Jesús envió a Sus hombres por primera vez, les dijo lo que podían esperar. Pero al principio Mateo relata que Jesús les dijo a Sus hombres que no fueran esa vez a los gentiles o a los samaritanos; y sin embargo en este pasaje Mateo nos presenta a Jesús anunciando persecución y proceso ante gobernadores y reyes, es decir, muy lejos de Palestina. La explicación es que Mateo recoge las referencias de Jesús a la persecución y reúne tanto lo que Jesús dijo cuando envió a Sus hombres en su primera expedición como lo que Jesús les dijo después de Su resurrección, cuando los estaba enviando por todo el mundo. Aquí tenemos las palabras, no sólo de Jesús en Galilea, sino también del Cristo Resucitado.

Además, debemos notar que en estas palabras Jesús estaba haciendo uso de ideas e imágenes que formaban parte del pensamiento judío. Ya hemos visto una y otra vez que era la costumbre de los judíos en sus descripciones del futuro el dividir el tiempo en dos edades. Estaba la edad presente, totalmente mala, y la edad por venir, que sería la edad de oro de Dios; y entre las dos estaría el Día del Señor, que sería un tiempo terrible de caos y destrucción y juicio. Ahora bien, uno de los rasgos que aparecían frecuentemente en el pensamiento judío acerca del Día del Señor era que dividiría a los amigos y a los familiares en dos bandos, y que los vínculos más estrechos de la Tierra se destruirían en amargas enemistades.

«Todos los amigos se destruirán entre sí» (2 Esdras 5:9). « En ese tiempo los amigos se harán la guerra unos contra otros como enemigos» (2 Esdras 6:24). «Y se pelearán entre sí, los jóvenes con los viejos, y los viejos con los jóvenes, los pobres con los ricos, y los humildes con los grandes, y los mendigos con los príncipes» (Jubileos 23:19). « Y se aborrecerán unos a otros, y se provocarán para luchar; y los miserables gobernarán sobre los honorables, y los de baja estofa serán alabados más que los famosos» (Apocalipsis de Baruc 70:3). « Y empezarán a pelear entre ellos, y su mano derecha será fuerte contra ellos, y ninguno reconocerá a su hermano, ni un hijo a su padre o a su madre, hasta que sean innumerables los cadáveres de sus matanzas» (Enoc 56:7). «Y en aquellos días los marginados se irán y se llevarán a sus niños y los abandonarán, de forma que sus niños perecerán por su culpa; sí, abandonarán a sus niños todavía de pecho y no volverán a ellos; y no tendrán lástima de sus seres queridos» (Enoc 99:5). « Y en aquellos días, en un mismo lugar, los padres juntamente con sus hijos serán heridos, y los hermanos unos con otros caerán muertos hasta que fluyan arroyos con su sangre. Porque un hombre no retendrá su mano de matar a sus hijos y a los hijos de sus hijos, y el pecador no retendrá su mano de su hermano respetable; desde el amanecer hasta el ocaso se matarán unos a otros» (Enoc 100: 1 s).

Todas estas citas se han tomado de los libros que los judíos escribían y conocían y amaban, y con los que alimentaban sus corazones y sus esperanzas en los días entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Jesús conocía estos libros; Sus hombres también los conocían; y cuando Jesús hablaba de los terrores por venir, y de las divisiones que rasgarían los lazos más íntimos de la Tierra, estaba diciéndoles en efecto: «El Día del Señor ha llegado.» Y Sus hombres sabrían lo que les estaba diciendo, y saldrían convencidos de que estaban viviendo los días más grandes de la Historia.

La honestidad del Rey con sus mensajeros

No podemos leer este pasaje sin quedar profundamente impresionados con la honestidad de Jesús. Él nunca se resistió a decirles a las personas lo que podrían esperar si Le seguían. Es como si dijera: «Tengo una tarea para vosotros -es de lo más horrible y de lo peor- ¿la aceptáis?» Plummer comenta: «Ésta no es la manera que tiene el mundo de ganar adeptos.» El mundo le ofrece a una persona un sendero de rosas, comodidad, tranquilidad, progreso, el cumplimiento de sus ambiciones mundanas. Jesús les ofreció a los Suyos tribulación y muerte. Y sin embargo la Historia demuestra que Jesús estaba en lo cierto. En lo más íntimo de nuestro corazón a todos nos encanta una invitación a la aventura.

Después del sitio de Roma, en 1849, Garibaldi hizo la siguiente proclamación a sus seguidores: «Soldados, todos nuestros esfuerzos contra fuerzas superiores han sido inútiles. No tengo para ofreceros más que hambre y sed, sufrimiento y muerte; pero llamo a todos los que aman su país a que se me unan.» Y se le unieron a millares.

Después de Dunkerque, Churchill le ofreció a su país «sangre, brega, sudor y lágrimas.» Prescott cuenta que. Pizarro, aquel inveterado aventurero ofreció a su pequeña banda la tremenda elección entre la seguridad conocida de Panamá y el esplendor todavía desconocido del Perú. Echó mano a su espada y trazó con ella una raya en la arena de Este a Oeste: «¡Amigos y camaradas! -les dijo- A ese lado está la brega, el hambre, la falta de ropa, las tormentas que calan hasta los huesos, la destitución y la muerte; a este lado, la facilidad y el placer. Ahí está Perú con sus riquezas aquí Panamá con su pobreza. Que escoja cada hombre lo que le corresponde mejor a un bravo castellano. Por mi parte, yo voy al Sur.» Y cruzó la línea. Trece hombres escogieron la aventura con él.

Cuando Shackleton propuso dirigirse al Polo Sur, pidió voluntarios para la marcha entre ventiscas a través del hielo polar. Esperaba tenerlo difícil; pero le inundaron con cartas, de jóvenes y viejos, ricos y pobres, los de más arriba y los de más abajo, todos deseando participar en esa gran aventura.

Puede que la Iglesia tenga que aprender otra vez que no atraeremos nunca a las personas a una vida fácil; es la llamada de lo heroico la que habla a fin de cuentas al corazón. Jesús ofreció a sus hombres tres clases de adversidades:

(i) El Estado los perseguiría; los llevarían a los consejos, y a los reyes y a los gobernadores. Mucho antes de esto Aristóteles se había preguntado si un hombre bueno podía ser realmente un buen ciudadano; porque, decía, el deber de un ciudadano es dar su apoyo y obediencia al Estado, y hay veces en que a un hombre bueno eso le resultaría imposible. Cuando llevaran a los hombres de Cristo a tribunales y a juicios no tendrían que preocuparse por lo que habían de decir; porque Dios les daría las palabras. « Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de hablar,» le prometió Diosa Moisés (Éxodo 4:12). No era la humillación lo que los primeros cristianos temían; ni tampoco los dolores crueles y la agonía. Pero muchos de ellos temían que su falta de habilidad en el uso de las palabras y la defensa dejara en mal lugar su fe. La promesa de Dios es que cuando uno de los Suyos está enjuicio por su fe, le vendrán las palabras que deba usar.

(ii) La Iglesia los perseguiría; los azotarían en las sinagogas. A la Iglesia no le gusta que la inquieten, y tiene su forma de lidiar a los que alteran la tranquilidad. Los cristianos eran, y somos, los que ponen el mundo patas arriba (Hechos 17: 6). Ha sucedido muchas veces que uno que venía con un mensaje de Dios tuviera que arrostrar el odio y la enemistad de una ortodoxia fosilizada.

(iii) La familia los perseguiría; los que tenían más cerca y les eran más queridos los tomarían por locos, y les cerrarían la puerta de su casa en la cara. En todos los tiempos se da a veces el caso de que el cristiano tiene que enfrentarse con la disyuntiva más terrible: la de escoger entre su lealtad a Cristo, y su lealtad a su familia y amigos.

Jesús les advirtió a Sus hombres que en los días por venir podría ser que se confabularan contra ellos el Estado y la Iglesia y la familia.

Las razones para la persecución de los mensajeros del Rey

Mirando las cosas desde nuestro punto de vista encontramos difícil de entender por qué cualquier gobierno podría querer perseguir a los cristianos, cuyo único propósito era vivir en pureza, en caridad y en respeto. Pero en días posteriores el gobierno romano tuvo lo que consideraba buenas razones para perseguir a los cristianos.

(i) Corrían algunas calumnias sobre los cristianos. Los acusaban de ser caníbales por las palabras de la Santa Cena que hablan de comer el cuerpo de Cristo y beber Su sangre. Los acusaban de inmoralidad, porque el nombre que le daban a su fiesta semanal era agapé, la fiesta del amor. Los acusaban de incendiarios, por el cuadro que los predicadores cristianos pintaban del fin del mundo. Los acusaban de ser ciudadanos desleales y desafectos al régimen porque se negaban a confesar la divinidad del emperador.

(ii) Es dudoso que los mismos paganos creyeran realmente estas acusaciones calumniosas. Pero había otras que eran más serias. Se acusaba a los cristianos de deshacer los vínculos familiares. Era verdad que el cristianismo a veces dividía familias, como ya hemos visto; y a los paganos les parecía que era algo que enfrentaba a los padres con los hijos y a los maridos con sus mujeres.

(iii) Una dificultad auténtica la presentaba la posición de los esclavos en la Iglesia Cristiana. En el imperio romano había 60,000,000 de esclavos. Siempre era uno de los temores del imperio el que se rebelaran los esclavos. Si la estructura del imperio había de permanecer intacta, había que mantener a los esclavos en su lugar; no se debía hacer nada para animarlos a rebelarse, o las consecuencias serían más terribles de lo que se podía imaginar.

Ahora bien: la Iglesia Cristiana no trataba de liberar a los esclavos, o de condenar la esclavitud; pero sí trataba a los esclavos como iguales dentro de la Iglesia. Clemente de Alejandría mantenía que «los esclavos son como nosotros,» y a ellos también se les aplicaba la – regla de oro. Lactancio escribió: «Los esclavos no son esclavos para nosotros. Los consideramos hermanos en el Espíritu, consiervos en la fe.» Es un hecho notable que, aunque había millares de esclavos en la Iglesia Cristiana, la palabra esclavo nunca aparece en las inscripciones de las tumbas cristianas romanas. Y peor todavía: Era perfectamente posible que un esclavo tuviera cargos en la Iglesia Cristiana. Dos obispos de Roma de principios del siglo II, Calixto y Pío, habían sido esclavos. Y no era raro encontrar ancianos y diáconos que eran esclavos.

Y todavía peor: En el año 220 d.C. Calixto, que como ya hemos visto había sido esclavo, decidió que a partir de entonces la Iglesia Cristiana consentiría el matrimonio de una joven de la clase alta con un liberto, un matrimonio que era de hecho ilegal bajo la ley romana, y por tanto no era considerado matrimonio.

Por su manera de tratar a los esclavos, la Iglesia Cristiana debe de haber parecido a las autoridades romanas una fuerza que estaba resquebrajando las bases mismas de la civilización y amenazando la misma existencia del imperio al dar a los esclavos una posición que no debieran haber tenido nunca según la ley romana.

(iv) No cabe duda que el Cristianismo afectó seriamente algunos intereses creados en relación con la religión pagana. Cuando el Cristianismo llegó a Éfeso la industria de los plateros recibió un golpe mortal, porque cada vez eran menos los que deseaban comprar las imágenes que ellos fabricaban (Hechos 19:24-27). Plinio fue gobernador de Bitinia en el reinado de Trajano, y en una carta al emperador (Plinio: Cartas 10:96) le dice que había tomado medidas para arrestar el rápido crecimiento del Cristianismo para que «los templos que habían sido desertados cierto tiempo volvieran a ser frecuentados; los festivales sagrados, interrumpidos hacía tiempo, revivieran; mientras que hay una demanda general de sacrificios animales que hacía algún tiempo que tenían pocos compradores.» Está claro que la extensión del Cristianismo suponía la abolición de algunas industrias y actividades;* y los que perdían su negocio y su dinero no es extraño que se quejaran. El Cristianismo predica una visión de la persona que no puede aceptar un Estado totalitario. El Cristianismo se proponía deliberadamente obliterar algunos negocios y profesiones y maneras de hacer dinero. Todavía sigue siendo así; y por tanto es probable que el cristiano sufra persecución por su fe.

La prudencia del mensajero del Rey

Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. Os aseguro que no completaréis vuestro recorrido a las ciudades de Israel antes que llegue el Hijo del Hombre.

Este pasaje aconseja una prudencia cristiana y sabia. En los días de persecución siempre amenazaba al testigo cristiano un cierto peligro. Siempre hubo algunos que cortejaban el mar tirio; habían llegado a tal intensidad de entusiasmo fanático e histérico que hacían lo que fuera para convertirse en mártires de la fe. Jesús era sabio. Les dijo a Sus hombres que no tenía que haber un desperdicio caprichoso de vidas cristianas; que no debían malgastar sus vidas sin necesidad ni sentido. Como ha dicho alguien, la vida de todo testigo cristiano es preciosa, y no hay que tirarla por la borda. «La bravata no es el martirio.» A menudo los cristianos tenían que morir por su fe, pero no debían perder sus vidas de una manera que no ayudaba realmente a la fe. Como se dijo en tiempo posterior uno debe contender legalmente por la fe.

Cuando Jesús decía esto, estaba hablando de una manera que los judíos reconocerían y entenderían. No ha habido nunca ningún pueblo que haya sido más perseguido que los judíos; y ningún pueblo ha tenido nunca más claro en qué consistían los deberes del mártir. La enseñanza de los grandes rabinos era muy clara. Cuando era una cuestión de santificación pública o profanación abierta del nombre de Dios, la obligación estaba clara: había que estar dispuesto a dar la vida. Pero cuando esa declaración pública no estaba en cuestión; uno podía salvar la vida quebrantando la Ley; pero no había justificación posible para cometer idolatría, adulterio o asesinato.

El caso que los rabinos citaban era el siguiente: Supongamos que a un judío le detiene un soldado romano que se pone a decirle burlonamente y sin otra intención que la de humillar y dejar por tonto a un judío: «Come de este cerdo.» En tal caso el judío puede comer, porque «las leyes de Dios se dan para la vida y no para la muerte.» Pero supongamos que el romano dice: «Come de este cerdo en señal de que abjuras del judaísmo; come de este cerdo en señal de que estás dispuesto a dar culto a Júpiter y al emperador,» entonces el judío debe morir antes que comer. En cualquier tiempo de persecución oficial. el judío debe morir antes que abjurar de su fe. Como decían los rabinos: «Las palabras de la Ley son solamente firmes para el hombre que está dispuesto a morir por ellas.» A1 judío se le prohibía perder la vida en un acto innecesario de martirio; pero cuando era cuestión de verdadero testimonio, tenía que estar preparado a morir.

Haremos bien en recordar que, aunque estamos obligados a aceptar el martirio por nuestra fe, se nos prohíbe cortejar el martirio. Si el sufrir por la fe nos llega en el cumplimiento de nuestro deber, hay que aceptarlo; pero no hay que invitarlo innecesariamente; el invitarlo causa más daño que bien a la fe que confesamos. El constituirse a uno mismo como mártir es muy corriente en todos los asuntos humanos.

Se ha dicho que hay a veces más heroísmo en atreverse a huir del peligro que en esperarlo. Requiere verdadera sabiduría el reconocer cuándo hay que escapar. André Maurois, en Por qué cayó Francia, cuenta una conversación que tuvo con Winston Churchill. Hubo un tiempo al principio de la II Guerra Mundial cuando Gran Bretaña parecía extrañamente inactiva e indispuesta a actuar. Churchill le dijo a Maurois: «¿Ha observado usted los hábitos de las langostas?» «No,» respondió Maurois a esta sorprendente pregunta. Churchill prosiguió: «Bueno, pues si tiene usted oportunidad, estúdielas. En ciertos períodos de su vida la langosta pierde su caparazón protector. Cuando está mudando el caparazón hasta el más bravo crustáceo se retira a una grieta de la roca y espera pacientemente hasta que el nuevo caparazón haya tenido tiempo de salirle. Tan pronto como esta nueva armadura está fuerte, sale de su escondite y vuelve a ser el luchador dueño de los mares. Inglaterra, por culpa de ministros imprevisores, ha perdido su caparazón; debemos esperar en nuestra gruta hasta que esté fuerte de nuevo.» Ese era un tiempo en el que la inacción era más sabia que la acción; y cuando el huir era más sabio que el atacar.

Si uno es débil en la fe, hará bien en evitar las discusiones acerca de cosas dudosas, y no lanzarse a ellas. Si uno sabe que es vulnerable a cierta tentación, hará bien en evitar los lugares en que puede esperar que se le presente, y no frecuentarlos. Si uno sabe que hay personas que le ponen nervioso y le fastidian y que le provocan a lo que no debe hacer, será sabio evitar esa compañía en vez de buscarla. El valor no es la temeridad; no es nada bueno correr riesgos innecesarios; la gracia de Dios no está para proteger a los temerarios sino a los prudentes.

La llegada del Rey

Este pasaje contiene un extraño dicho que honradamente no podemos pasar por alto. Mateo nos describe a Jesús enviando a Sus hombres y diciéndoles: «No completaréis vuestro recorrido de las ciudades de Israel antes de que llegue el Hijo del Hombre.» A primera vista esto parece querer decir que antes de qué Sus hombres hubieran completado su campaña de evangelización, llegaría Su día de gloria y Su vuelta al poder. La dificultad está precisamente en que eso no sucedió; y, sí Jesús lo esperaba, se equivocó. Si dijo esto en ese sentido, predijo algo que no sucedió. Pero hay una explicación perfectamente buena y suficiente de esta aparente dificultad.

La Iglesia Primitiva creía intensamente en la Segunda Venida de Jesús, y creía que iba a suceder pronto, en su misma generación. No podía haber nada más natural que, como estaban viviendo días de salvaje persecución, anhelaran el día de su liberación y su gloria. El resultado era que se aferraban a cualquier posible dicho de Jesús que se pudiera interpretar como alusión a Su vuelta triunfante y gloriosa; y a veces y con toda naturalidad usaron cosas que Jesús había dicho, leyendo en ellas algo distinto de lo que decían originalmente.

Podemos observar cómo tuvo lugar este proceso en las páginas del Nuevo Testamento. Hay tres versiones de un único dicho de Jesús. Vamos a colocarlas una detrás de otra: Os aseguro que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte antes de ver al Hijo del Hombre que viene en Su Reino (Mateo 16:28). Os aseguro que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte antes de ver el Reino de Dios venir con poder (Marcos 9:1). Os digo de seguro que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte antes de ver el Reino de Dios (Lucas 9:27).

Está bien claro qué .-éstas son tres versiones del mismo dicho. Marcos es el -más primitiva de los tres, y por tanto la versión de Marcos es la que tiene más probabilidades de ser estrictamente exacta. Marcos dice que había algunos de los que estaban escuchando a Jesús que no morirían antes de ver el Reino de Dios viniendo con poder. Eso fue gloriosamente cierto, porque a los treinta años de la Cruz el mensaje del Cristo Crucificado y Resucitado se había extendido por todas partes y había llegado a Roma, la capital dei mundo. Era cierto que muchos estaban entrando en el Reino; era cierto que el Reino estaba viniendo con poder. Lucas transmite el dicho en la misma forma que Marcos.

Ahora fijaos en Mateo. Su versión es ligeramente diferente: dice que hay algunos que no morirán hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo con poder. Eso, literalmente, no sucedió. La explicación es que Mateo estaba escribiendo entre los años 80 d.C. y 90 d.C., cuando estaba teniendo lugar una terrible persecución. Los cristianos se aferraban a todo lo que recordara la prometida liberación de la agonía; y él tomó el dicho que anunciaba la difusión del Reino y lo expresó de una manera que anunciaba la Segunda Venida de Cristo en la vida de una persona… ¿Y quién se lo reprocharía?

Eso es lo que ha hecho aquí Mateo. Tomad este dicho de nuestro pasaje y escribidlo como lo habrían escrito Marcos y Lucas: « No completaréis vuestro recorrido de las ciudades de Israel antes que venga el Reino de Dios.» Esa fue una verdad bendita; porque a medida que iban avanzando en su misión, los corazones se iban abriendo a Jesucristo y recibiéndole como Maestro y Señor. En un pasaje como este no debemos pensar que Jesús se equivocó, sino más bien que Mateo interpretó la promesa de la venida del Reino como una promesa de la Segunda Venida de Jesucristo. Y lo hizo porque en días de terror los creyentes se aferraban a la esperanza de Cristo; y Cristo vino para ellos en el Espíritu, porque nadie sufrió jamás por Cristo a solas.

El mensajero del Rey y los sufrimientos del Rey

El alumno no está por encima de su maestro, ni el esclavo por encima de su amo. Ya es bastante para el alumno el ser como su maestro, y para el esclavo ser como su amo. Si al Amo de la casa Le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más se lo llamarán a los de Su casa! Jesús advirtió a Sus discípulos que debían esperar que les sucediera a ellos lo que Le sucedió a El. Los judíos conocían muy bien el dicho: «Bástele al esclavo ser como su amo.» En años sucesivos habrían de usarla con un sentido especial. En el año 70 d.C. Jerusalén fue destruida, y de tal manera que se pasó un arado por sus ruinas. El templo de Dios y la ciudad de Dios quedaron en ruinas. Los judíos se dispersaron por todo el mundo, y muchos de ellos lamentaron e hicieron duelo de la suerte terrible que les había correspondido a ellos personalmente. Fue entonces cuando los rabinos les dijeron: «Cuando el templo de Dios ha sido destruido, ¿cómo puede ningún judío lamentar sus propias desgracias personales?»

En este dicho de Jesús hay dos cosas.

(i) Hay una advertencia: la de que, como Jesús tuvo que llevar una cruz, también cada cristiano individual debe llevar una cruz. La palabra que se usa para los miembros de su casa es una sola en griego, oikiakoi. Esta palabra tiene un sentido técnico: se refiere a los miembros de la casa oficial de un gobierno: es decir, los miembros del gobierno. Es como si Jesús dijera: «Si Yo, el supremo dignatario y jefe del ejército, debo sufrir, vosotros que estáis a mis órdenes en mi gobierno no podéis salir mejor parados.» Jesús nos llama a participar, no sólo de Su gloria, sino también de Su sacrificio. Cuando el ser cristiano conlleva dificultades, nos podemos decir, no sólo: «Hermanos, estamos recorriendo el camino que anduvieron los santos,» sino también: «Hermanos, vamos por el camino que hollaron los mismos pies de Cristo.»

Siempre es emocionante pertenecer a una noble compañía. Eric Linklater cuenta en su autobiografía su experiencia en la desastrosa marcha de retirada de la Primera Guerra Mundial. Estaba en la compañía Black Watch, que después de la batalla había quedado reducida a un oficial, treinta soldados y un gaitero. « A1 día siguiente, marchando pacíficamente a la luz de la mañana de Francia por un camino vecinal, nos encontramos con los fragmentos deshilachados de un batallón de los Foot Guards; y el gaitero, dándole aliento a su gaita, y tañéndola de tal manera que llenaba todo el aire como si fuera toda la banda de la División de las Highlands, saludó a los altos Coldstreamers, a los que les quedaban un tambor o dos y algunos instrumentos de bronce que también iban haciendo una música gallarda. Tiesos nos pasamos, hinchando el pecho, mirando a la derecha, con las faldas escocesas balanceándose en respuesta al contoneo de los Guards, y con el pompón rojo en las boinas en prueba de una fe machacada pero en recuperación. Estábamos sin afeitar y llenos de barro. Los Guards -los cincuenta que quedaban del batallón- estaban con los botones brillantes y bien afeitados -nosotros parecíamos mineros recién salidos de las minas de carbón de Fife o de las chabolas de Dundee, pero pisábamos a paso rápido al compás marcial de nuestra canción escocesa “Hielan’ Laddie”, y de pronto me encontré gritando de pura juerga y alegría de encontrarme en tal compañía.» Una de las grandes emociones de la vida es estar en buena compañía y pertenecer a una gran comunidad.

Cuando nuestra fe nos cuesta algo estamos más cerca que nunca de la comunión con Jesucristo; y, si participamos de la comunión de Sus padecimientos, también experimentaremos el poder de Su resurrección.

La liberación del miedo del mensajero del Rey

Así que no les tengáis miedo; porque no hay nada que esté velado que no haya de ser desvelado, ni nada escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz del día; lo que se os susurra al oído, proclamadlo desde las azoteas. No les tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo, pero no el alma; temed más bien al Que tiene poder para destruir tanto el cuerpo como el alma en la gehena.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una pesetas, y ni uno de ellos se posará en el suelo sin que lo sepa vuestro Padre? Dios lleva la cuenta hasta de los pelos que tenéis en la cabeza; así que no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.

Tres veces en este breve pasaje Jesús exhorta a Sus discípulos que no tengan miedo. El mensajero del Rey tiene que tener una cierta intrepidez valerosa que le distinga de otras personas. (i) La primera orden está en los versículos 26 y 27, y habla de una doble intrepidez.

(a) No tienen que tener miedo, porque no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni escondido que no llegue a saberse. El sentido de esto es que la verdad triunfará. «Grande es la verdad -decía un proverbio latino-, y prevalecerá.» Cuando Jaime VI de Inglaterra amenazó a Andrew Melville con desterrarle o ahorcarle, la respuesta del reformador fue: « Tú no puedes desterrar o ahorcar la verdad.» Cuando el cristiano se encuentra atacado por el sufrimiento, el sacrificio y aun el martirio por su fe, debe recordar que llegará un día cuando se verán las cosas como son en realidad; y entonces el poder del perseguidor y el heroísmo del testigo cristiano se apreciarán en su justo valor, y cada uno recibirá su merecido.

(b) No tienen que tener miedo de proclamar con coraje el mensaje que han recibido. Lo que Jesús les había dicho, tenían que decírselo a todo el mundo. Aquí en este versículo único (el 27) se encuentra la verdadera función del predicador.

En primer lugar, el predicador debe escuchar; debe estar en el consejo secreto con Cristo, para que en las horas tenebrosas Cristo le hable, y para que en la soledad Cristo le susurre al oído. Nadie puede hablar por Cristo a menos que Cristo le haya hablado; nadie puede proclamar la verdad a menos que haya escuchado a la verdad; porque nadie puede comunica a otros lo que no sabe. En los grandes días en que la Reforma estaba llegando a nacer, Colet invitó a Erasmo a que fuera a Oxford a dar una serie de conferencias sobre Moisés o Isaías; pero Erasmo sabía que no estaba listo, y le mandó su respuesta: «Pero yo, que he aprendido a vivir conmigo mismo, y sé cuán escaso es mi bagaje, no puedo pretender la preparación que se requiere para esa tarea, ni creo poseer la fuerza de mente para resistir los celos de tantos que estarán ansiosos por mantener su propio terreno. Esa campaña es tal que requiere, no un novato, sino un experto general. Ni tampoco quiero que me consideres inmodesto por declinar una posición que sería más inmodesto aceptar. No estás actuando sabiamente, Colet, al pedirle agua a una roca pómez, como decía Plauto. ¿Con qué cara voy yo a enseñar lo que nunca he aprendido? ¿Cómo voy a calentar a otros cuando yo mismo estoy tiritando de frío?»

En segundo lugar, el predicador debe hablar lo que Le ha escuchado a Cristo, y debe hablar aunque lo que diga le granjee el odio de muchos; y aun si, por hablar, tiene que tomar su vida en sus manos.

A la gente no le gusta la verdad; porque, como decía Diógenes, la verdad es como la luz para los ojos irritados. Una vez estaba predicando Latimer en presencia del rey. Sabía que iba a decir algo que al rey no le agradaría; así es que en el púlpito mantuvo un soliloquio consigo mismo: « ¡Latimer, Latimer, Latimer! – se decía – Cuidado con lo que dices: El Rey Enrique VIII está aquí.» Hizo. una pausa, y luego prosiguió: «¡Latimer, Latimer, Latimer! Ten cuidado con lo que dices. ¡El Rey de reyes está aquí!»

El que tiene un mensaje habla a los hombres, pero habla en la presencia de Dios. Se dijo del gran reformador escocés John Knox cuando le estaban enterrando: «Aquí yace uno que temía a Dios tanto que nunca tuvo el más mínimo temor delante de ningún hombre.»

El testigo cristiano es alguien que no conoce el miedo, porque sabe que el juicio de la eternidad corregirá los juicios del tiempo. El predicador y maestro cristiano es una persona que escucha con reverencia y luego habla con coraje; porque sabe que, ya sea que escuche o que hable, está en la presencia de Dios.

La liberación del miedo y el coraje de la justicia del mensajero del Rey

La segunda orden está en el versículo 28. Para decirlo sencillamente, lo que Jesús está diciendo aquí es que ningún castigo que los hombres puedan imponer se puede comparar con el destino final del que haya sido culpable de infidelidad y desobediencia a Dios. Es verdad que los hombres pueden matar el cuerpo físico; pero Dios puede condenar a muerte el alma. Hay tres cosas en que debemos fijarnos aquí.

(a) Algunas personas creen en lo que se llama inmortalidad condicional. Esta creencia sostiene que la recompensa de la bondad es que el alma se eleva más y más hasta que es una con toda la inmortalidad, la bienaventuranza y la bendición de Dios; y que el castigo del malvado que se niegue a enmendar sus caminos a pesar de las llamadas de Dios es que su alma irá cayendo cada vez más hasta que al final desaparezca y deje de ser. No podernos construir una doctrina basándonos en un solo texto; pero eso es algo muy parecido a lo que Jesús está diciendo aquí. Los judíos sabían que el castigo de Dios era algo terrible.

Porque Tú tienes potestad sobre la vida y la muerte. Y Tú guías hacia abajo hasta las puertas del Hades; y otra vez de -vuelta hacia arriba. Pero, aunque el hombre puede matar en su malignidad, sin embargó no puede traer de nuevo el espíritu que ha marchado, ni liberar al alma que el Hades ha recibido. (Sabiduría de Salomón 16:13s).

Durante los tiempos de las matanzas de la lucha de los Macabeos, los siete hermanos mártires se animaban unos a otros diciendo: « No temamos al que cree que puede matar; porque gran lucha y dolor del alma espera en el tormento eterno a los que quebrantan las ordenanzas de Dios.» (4 Macabeos 13:14s).

Haremos bien en recordar que los castigos y las recompensas de los hombres no son nada comparados con los castigos que Dios puede imponer y las recompensas que puede otorgar.

(b) La segunda cosa que enseña este pasaje es que todavía hay lugar en la vida del cristiano para lo que podríamos llamar un santo temor.

Los judíos conocían muy bien el temor de Dios. Una de sus historias rabínicas cuenta que rabí Yojanán estaba enfermo. «Sus discípulos fueron a visitarle. Cuando los vio, empezó a llorar. Sus discípulos le dijeron: “¡Oh lámpara de Israel, pilar de la mano derecha, maza poderosa! ¿Por qué lloras?” Y él les contestó: “Si me llevaran a la presencia de un rey humano que hoy está aquí y mañana está en la tumba, que, si estuviera airado conmigo, su ira no sería eterna; que, si me metiera en la cárcel, no sería para toda eternidad; que, si me condenara a muerte, esa muerte no sería para siempre, y a quien podría apaciguar con palabras o soborno de dinero… aun entonces lloraría. Pero ahora, cuando voy a comparecer ante la presencia del Rey de reyes, el Santo, bendito sea, Que vive y permanece por toda eternidad; Que, si está airado conmigo, Su ira es eterna; Que, si me manda a la cárcel, será para toda eternidad; Que, si me condena a muerte, esa muerte será para siempre, y á Quien no puedo apaciguar con palabras o con sobornos de dinero… Sí, y más que eso: Cuando se extienden delante de mí dos caminos, uno que conduce al jardín del Edén y el otro a la gehena, y no sé por cuál se me encaminará… ¿Y no he de llorar?»

No es que los pensadores judíos se olvidaran de que existe el amor, y de que el amor es lo más grande que hay. «La recompensa de aquel cuyo móvil es el amor -decían- es doble y cuádruple. Actúa por amor, porque no hay amor donde hay temor, o temor donde hay amor, excepto en relación con Dios.» Los judíos siempre estuvieron seguros de que en la relación con Dios hay temor y amor. «Teme a Dios y ama a Dios, la Ley dice ambas cosas; obra tanto por amor como por temor; por amor porque, si odiaras, ningún amador odiaría; por temor porque, si cocearas, ningún temeroso cocearía.» Pero los judíos nunca olvidaron -ni debemos olvidar nosotros- la absoluta santidad de Dios.

Y para el cristiano el asunto es aún más convincente, porque nuestro temor no es a que Dios nos castigue, sino a que nosotros podamos herir Su amor. El judío no estaba nunca en peligro de ver con sensiblería el amor. de Dios, ni tampoco Jesús. Dios es amor, pero Dios es también santidad, porque Dios es Dios; y debe haber un lugar en nuestros corazones y en nuestros pensamientos tanto para el amor que responde al amor de Dios, como para el respeto, la reverencia y el temor que responden a la santidad de Dios.

(c) Además, este pasaje nos dice que hay cosas que son peores que la muerte; la deslealtad es una de ellas. Si uno es culpable de deslealtad, si compra la seguridad a expensas del deshonor, la vida ya no es tolerable. No se puede dar la cara a los demás; no se puede dar la cara a uno mismo; y, finalmente, uno no puede dar la cara a Dios. Hay veces en que la comodidad, la seguridad, la tranquilidad,, la misma vida pueden costar demasiado caras.

La liberación del miedo del mensajero de Rey: ¡Dios. Se preocupa!

(iii) La tercera orden de no tener miedo se encuentra en el versículo 31; y se basa en la certeza del cuidado minucioso de Dios. Si Dios se cuida de los pajarillos, no cabe duda de que se cuidará de las personas.

Mateo dice que dos pajarillos se venden por una peseta, y sin embargo ninguno de ellos cae al suelo sin que Dios lo sepa. Lucas nos da este dicho de Jesús en una forma ligeramente diferente: «¿No se venden cinco pajarillos por dos pesetas? ¡Pues Dios no se ha olvidado de ninguno de ellos!» (Lucas 12:6). La punta es la siguiente: Dos pajarillos se vendían por una pesetas. (La moneda que se menciona aquí era el assarion, que era una dieciseisava parte de un denarius; un denarius sería aproximadamente ocho pesetas; así que el assarion sería media pesetas.) Pero si el comprador estaba dispuesto a gastarse dos pesetas, le daban no cuatro pajarillos; sino cinco. Le daban uno de propina como si no tuviera ningún valor. Dios se cuida aun del pajarillo que se da de propina y que nadie considera que tiene ningún valor: Hasta el pajarillo olvidado Le es querido a Dios.

La imagen es aún más pictórica. En este contexto, la palabra caer nos hace pensar naturalmente en la muerte; pero lo más probable es que el texto griego sea traducción de un original arameo en el que la misma palabra quiere decir posarse en el suelo. No es que Dios se fije solamente en el pajarillo cuando cae muerto; es mucho más que eso: es que Dios se fija en el pajarillo cada vez que se pasa y salta sobre el suelo. Así es que el razonamiento de Jesús es que, si Dios se cuida tan constantemente de los pajarillos, cuánto más se cuidará de las personas.

También aquí los judíos entenderían lo que Jesús estaba diciendo. Ninguna otra nación tuvo nunca una impresión comparable del cuidado detallado de Dios por Su creación. Rabí Janina decía: «Ninguna persona se hace daño en un dedo aquí abajo a menos que así lo disponga Dios.» Hay un dicho rabínico: «Dios se sienta y se pone a alimentar al mundo desde los cuernos del bisonte hasta las liendres.» Hil.lel tiene una maravillosa interpretación del Salmo 136. Ese Salmo empieza contando la historia, en poesía lírica, acerca del Dios que es el Dios de la creación, el Dios que hizo los cielos y la Tierra, y el Sol y la Luna y las estrellas (versículos 1-9); luego pasa a contar la historia del Dios que es el Dios de la Historia, el Dios que rescató a Israel de Egipto y que luchó en su favor (versículos 11-24); y finalmente habla de Dios como el Dios «Que da sustento a toda carne» (versículo 25). El Dios que hizo el universo y que controla la Historia de la humanidad es el Dios que nos alimenta día a día. El origen de nuestro pan cotidiano es la obra de Dios tanto como la obra de la creación y el poder salvador de la cautividad de Egipto. El amor de Dios por la humanidad no se ve solamente en la omnipotencia. de la creación y en los grandes acontecimientos de la Historia; se ve también en el cuidado que tiene a diario de los cuerpos de las personas.

El coraje del mensajero del Rey se funda sobre la convicción de que, pase lo que pase, nada le puede arrastrar más allá del amor de Dios. Sabe que sus tiempos están siempre en las manos de Dios; que Dios no le dejará ni le abandonará; que siempre está rodeado por el cuidado de Dios. Y si es así, ¿de quién o de qué hemos de tener miedo?

La lealtad del mensajero del Rey y su recompensa

Al que se declare como seguidor Mío ante sus semejantes, yo también le declararé como tal delante de Mi Padre. Y al que niegue tener nada que ver conmigo ante los demás, Yo también negaré lo mismo delante de Mi Padre.

Aquí se establece la doble lealtad de la vida cristiana. Si una persona es leal a Jesucristo en esta vida, Jesucristo será leal con ella en la vida por venir. Si una persona está orgullosa de declarar que Jesucristo es su Maestro, Jesucristo estará orgulloso de declarar que es Su servidora. Es un hecho indudable de la Historia que si no hubiera sido por hombres y mujeres de la Iglesia Primitiva que se negaron a negar a su Maestro arrostrando la muerte y la agonía, hoy no habría Iglesia Cristiana. La Iglesia de hoy está construida sobre la inquebrantable lealtad de aquellos que se mantuvieron firmes en la fe.

Plinio, el gobernador de Bitinia, escribe al emperador Trajano contándole como trataba a los cristianos de su provincia. Delatores anónimos ofrecían información de que algunas personas eran cristianas. Plinio cuenta que les daba a estas personas la oportunidad de invocar a los dioses de Roma y de ofrecer vino e incienso a la imagen del emperador, y que les demandaba como prueba final el maldecir el nombre de Cristo. Y entonces añade: « Se dice que a los que son de veras cristianos no se les puede obligar a hacer estas cosas.» Hasta un gobernador romano confiesa su impotencia para sacudir la lealtad de los que eran cristianos de veras.

Todavía le es posible a una persona negar a Jesucristo.

(i) Podemos negarle con nuestras palabras. Se dice de J. P. Mahaffy, el famoso erudito y hombre de mundo de Trinity College, Dublín, que cuando le preguntaban si era cristiano, respondía: «Sí, pero no agresivamente.» Quería decir que no permitía que su cristianismo interfiriera con la sociedad que frecuentaba y el placer que amaba. Algunas veces les decimos a los demás, puede que no con todas las palabras, que somos miembros de iglesia pero que no nos preocupa mucho la cosa; que no pretendemos ser diferentes de los demás; que estamos dispuestos a participar de todos los placeres del mundo, y que no esperamos que nadie se preocupe de respetar los vagos principios que tengamos.

El cristiano no puede nunca evadir el deber de ser diferente del mundo. Nuestro deber no es amoldarnos al mundo, sino transformarnos en algo distinto de él. (ii) Podemos negarle con nuestro silencio. Un escritor francés cuenta la llegada de una esposa joven a una vieja familia.

La vieja familia no había dado su conformidad al matrimonio, aunque eran tan convencionalmente corteses que nunca expresaban sus objeciones con palabras o críticas. Pero la joven esposa dijo después que le habían hecho desgraciada la vida con « la amenaza de lo que no se decía.»

Puede haber tal cosa como la amenaza de lo que no se dice en la vida cristiana. Una y otra vez la vida nos ofrece oportunidad para decir algo de Cristo, para denunciar algún mal, para asumir alguna posición y para mostrar de qué parte estamos. Una y otra vez en tales ocasiones es más fácil guardar silencio que hablar. Pero guardar silencio es negar a Jesucristo. Probablemente es cierto que hay más personas que niegan a Cristo con un silencio cobarde que expresamente con palabras.

(iii) Podemos negarle con nuestras acciones. Podemos vivir de tal manera que nuestra vida sea una negación continua de la fe que profesamos.

El que ha rendido pleitesía al Evangelio de la pureza puede que sea culpable de toda clase de deshonestidades mezquinas y de quebrantamiento del honor estricto. El que se ha comprometido a seguir al Maestro que le mandó tomar una cruz puede que viva una vida dominada por el cuidado de su propia tranquilidad y comodidad. El que ha entrado al servicio de Aquel Que perdonaba y Que mandaba a Sus seguidores perdonar, puede que viva una vida de amargura y resentimiento y desavenencia con los demás. El que ha fijado sus ojos en el Cristo que murió por amor a la humanidad puede que viva una vida en la que el servicio y el amor y la generosidad de Cristo brillen solamente por su ausencia. En la conferencia de Lambeth de 1948 se compuso una oración especial:

Todopoderoso Dios: concédenos Tu gracia para que seamos no solamente oidores sino hacedores de. Tu santa palabra; para que no solamente admiremos sino obedezcamos Tu doctrina; no solamente profesemos, sino practiquemos Tu religión; no solamente amemos, sino vivamos Tu Evangelio. Concédenos que lo que aprendemos de Tu gloria podamos recibirlo en nuestros corazones y mostrarlo en nuestras vidas. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. Esta es una oración que bien podemos recordar y usar continuamente cada uno de nosotros.

La guerra del mensajero del Rey

No creáis que he venido a traer la paz a la Tierra: no he venido a traer la paz, sino la espada. He venido a poner a un hombre en desacuerdo con su padre, a una hija con su madre, a una nuera con su suegra… y los enemigos de una persona serán los miembros de su propia familia. El que ame a su padre o a su madre más que a Mí, no merece ser Mi seguidor; y el que no tome su cruz y Me siga, no merece ser Mi seguidor. El que piense en encontrar la vida será el que la pierda; y el que pierda la vida por causa de Mí será el que la halle.

En ningún otro pasaje se despliega más claramente que en éste la absoluta honestidad de Jesús. Aquí coloca el listón de la demanda cristiana en lo más alto y menos asequible. Dice a los suyos exactamente lo que pueden esperar si aceptan la comisión de mensajeros del Rey. Jesús ofrece .aquí en este pasaje cuatro cosas.

(i) Ofrece la guerra; y en esa guerra sucederá a menudo que los enemigos de una persona serán los de su propia casa.

El caso es que Jesús estaba usando un lenguaje que les era perfectamente familiar a los judíos. Los judíos creían que una de las características del Día del Señor, el día en que Dios intervendría en la Historia, sería la división de las familias. Los rabinos decían: «En el tiempo cuando venga el Hijo de David, una hija se levantará contra su madre, una nuera contra su suegra.» « El hijo desprecia al padre, la hija se rebela contra su madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos de un hombre son los de su propia familia.» Es como si Jesús dijera: «El fin que habéis estado esperando ha llegado, y la intervención de Dios en la Historia ya está dividiendo las familias y los grupos y los hogares.»

Cuando surge una gran causa, la gente se divide irremisiblemente; no se puede evitar que haya quienes acepten, y quienes rechacen el desafío. El encontrarse cara a cara con Jesús supone tener que decidir si se Le acepta o se Le rechaza; y el mundo siempre estará dividido entre los unos .y los otros.

Lo más amargo de esta guerra era que los enemigos de una persona fueran los de su propia casa. Puede suceder que el amor que uno tenga a su esposa y a su familia le haga renunciar a alguna gran aventura, a algún curso de servicio, a alguna llamada al sacrificio; ya sea porque no se quiere separar de ellos o porque no quiere someterlos a ningún peligro.

T. R. Glover cita una carta de Oliver Cromwell al lord Wharton del 1 de enero de 1649, y Cromwell tenía en mente la sospecha de que Wharton estuviera tan unido a su esposa y hogar que se negara a escuchar la llamada a la aventura y a la lucha y decidiera quedarse en casa: «Mis respetos a la querida señora; querría que no la convirtieras en una tentación mayor de lo que es. Guárdate- de .todos los parientes. Las misericordias no deben ser tentaciones; pero a veces es en eso en lo que las convertimos.»

A veces sucede que uno desoye la llamada de Dios a algún servicio arriesgado porque se deja inmovilizar por los lazos familiares. Esta es una disyuntiva frecuente. Puede que uno pase por la vida sin tener que arrostrarla; pero es un hecho que es posible que los más queridos se conviertan en los peores enemigos si son ellos los que de alguna, manera le impiden a uno hacer lo que Dios quiere que haga. Les ofrece una elección; y una persona tiene que escoger a veces entre los lazos más íntimos de la Tierra y la lealtad a Jesucristo.

Bunyan experimentó dramáticamente este dilema. Lo que más le angustiaba en la cárcel era el efecto que tendría en su esposa e hijos. ¿Qué sería de ellos, privados de su apoyo? «El separarme de mi mujer y de mis pobres hijitos se me hacía en este lugar algo tan desgarrador como si me arrancaran la carne de los huesos; y eso, no sólo porque aprecio en gran manera esas bendiciones, sino también porque me venían a menudo a la mente las muchas dificultades, miserias y necesidades que tendría que soportar mi pobre familia si me separaran de ella, especialmente mi pobre hijita ciega, que pesaba en mi corazón más que todo lo demás. ¡Oh, la idea de las adversidades que tendría que pasar mi cieguecita me destrozaba el corazón… ! Pero, volviendo en mí, pensé que lo tenía que aventurar todo por Dios, aunque fuera como separar la uña de la carne. ¡Oh, al verme en esta condición me comparaba con un .hombre que estuviera derribando su casa encima de su esposa e hijos! Pero pensé: Lo tengo que hacer, lo tengo que hacer.» Es verdad que esta terrible disyuntiva no es muy frecuente; por la misericordia de Dios, puede que no se nos presente nunca a muchos de nosotros; pero sigue siendo un hecho que todas las lealtades deben ceder el paso a la lealtad a Dios.

El precio de ser un mensajero del Rey

(iii) Jesús ofrece una cruz. Los habitantes de Galilea sabían muy bien lo que era una cruz. Cuando el general romano Varo aplastó el levantamiento de Judas el Galileo, crucificó a dos mil judíos; colocando las cruces al borde de todas las carreteras que conducían a Galilea. En la antigüedad, los criminales llevaban a cuestas el travesaño de la cruz al lugar de la ejecución, y los hombres a los que hablaba Jesús habían visto a los reos marchar tambaleándose bajo el peso de las cruces y muriendo en agonía sobre ellas.

Los grandes hombres cuyos nombres están en el cuadro de honor de la fe sabían muy bien lo que estaban haciendo. Después de ser juzgado -en el castillo de Scarborough, George Fox escribió: «Y los oficiales me amenazaban a menudo con que me iban a ahorcar en la muralla… hablaban mucho de ahorcarme. Pero yo les dije que si eso era lo que querían, y los dejaban hacerlo, yo estaba preparado.» Cuando trajeron a Bunyan a presencia del magistrado, dijo: «Señor, la ley de Cristo ofrece dos formas de obediencia: la una, hacer lo que creo en conciencia que estoy obligado a hacer, activamente; y cuando no puedo obedecer activamente, estoy dispuesto a yacer y sufrir lo que me hayan de hacer.»

El cristiano puede que tenga que sacrificar sus ambiciones personales, la tranquilidad y la comodidad que podría haber disfrutado, la carrera que podría haber completado; puede que tenga que renunciar a sus sueños, puede que tenga que darse cuenta de que las cosas luminosas que había vislumbrado no serían nunca para él. Seguramente tendrá que sacrificar su voluntad, porque ningún cristiano puede nunca hacer lo que a él le agrade; tiene que hacer lo que a Cristo Le agrada. En el Cristianismo hay siempre una cruz, porque por eso es la religión de la Cruz. (iv) Jesús ofrece aventura..Les dijo que el que encuentra su vida es el que la pierde; y el que la pierde, – la encuentra.

Una y otra vez eso ha sido verdad en el sentido más literal. Siempre ha sido verdad que muchas personas hubieran podido salvar la vida fácilmente; pero, si la salvaban, la habrían perdido, porque nunca habría oído nadie hablar de ellos, y habrían perdido el lugar que- ocupan en, la Historia.. Epicteto decía de Sócrates: «Muriendo, se salvó, porque no huyó.» Podría haber salvado la vida; pero en ese- caso, el verdadero Sócrates habría muerto, y no se le habría recordado. Cuando acusaron a Bunyan de negarse a acudir a los cultos de la religión oficial y de celebrar reuniones prohibidas por su cuenta, pensó muy en serio si su deber era salir huyendo para salvar la vida, o mantenerse firme en lo que creía que era la verdad. Como todo el mundo sabe, escogió esto último. T. R. Glover concluye su estudio sobre Bunyan manifestando: « Y suponiendo que le habían comido el coco, y que él había dado su consentimiento a dejar de “abstenerse perniciosa y diabólicamente de ir a la iglesia para escuchar el culto divino,” y dejar de ser “promotor de ciertas reuniones ilegales y conventículos que causaban gran confusión y desviación a los buenos ciudadanos del reino contra las leyes de nuestro soberano señor el rey”, Bedford habría preferido mantener a un quinqui antes que a él -y posiblemente no uno- de los mejores, porque no hay nada que demuestre que los renegados resultan buenos pensadores-; pero ¿cuánto habría perdido Inglaterra?» No hay lugar para una táctica de seguridad en la vida cristiana. El que busca en primer lugar la tranquilidad y la comodidad y la seguridad y el cumplimiento de sus ambiciones personales, puede que obtenga todo eso, pero no será un hombre feliz; porque vino a este mundo para servir a Dios y a sus semejantes. Uno puede amasar la vida, si es eso lo que quiere; pero de esa manera perderá todo lo que hace valiosa la vida para los demás, y digna de vivir para sí mismo. El camino del servicio a sus semejantes, el camino de cumplir el propósito de Dios en nuestra vida, el camino de la verdadera felicidad consiste en gastar la vida generosamente, porque sólo así podemos encontrar la vida, aquí y en el más allá.

La recompensa de los que reciben al mensajero del Rey

El que os reciba a vosotros es como si Me recibiera a Mí en persona; y el que Me reciba a Mí, recibirá realmente al Que Me envió. El que reciba a un profeta como tal, recibirá la recompensa de un profeta; y el que reciba a un hombre justo como lo que es, recibirá la recompensa de un hombre justo. Y el que le dé a uno de estos pequeñitos un trago de agua fresca porque es Mi discípulo y esto que os digo es la pura verdad no se quedará sin su recompensa.

Cuando Jesús dijo esto, estaba hablando de una manera que era comente entre los judíos. Los judíos creían que el recibir al enviado o mensajero de una persona era como recibir a la misma persona. El hacer los honores a un embajador era lo mismo que hacérselos al rey que le había enviado. El recibir con amor al mensajero de un amigo era lo mismo que recibir al amigo mismo. Los judíos siempre creyeron que el honor que se hacía al representante de una persona era el mismo que el honor que se hacía a la persona cuyo era el representante. Esto era particularmente cierto en relación con los sabios y con los que enseñaban la verdad de Dios. Los rabinos decían: « El que da hospitalidad a los sabios es como si trajera las primicias de sus frutos a Dios.» «El que recibe con afecto a los instruidos es como si recibiera a Dios.» Si uno es un verdadero hombre de Dios, el recibirle es recibir al Dios que le envió.

Este pasaje define los cuatro eslabones de la cadena de la salvación. (i) Está Dios, en Cuyo amor empezó todo el proceso de la salvación. (ii) Está Jesús, Que trajo ese mensaje a la humanidad. (iii) Está el mensajero humano, el profeta que habla, el hombre bueno que es un ejemplo, el discípulo que aprende, quienes a su vez pasan a otros la buena noticia que han recibido. (iv) Está el creyente que recibe a los hombres y el mensaje de Dios y que así encuentra la vida para su alma. Aquí hay algo muy precioso para toda alma sencilla y humilde.

(i) No todos podemos ser profetas, y predicar y proclamar la palabra de Dios, pero el que ofrece al mensajero de Dios el sencillo don de la. hospitalidad recibirá no menos recompensa que el mismo profeta. Hay muchas personas que han sido grandes figuras públicas; hay muchas personas cuya voz ha inflamado los corazones de millares; hay muchas personas que han asumido una carga casi insoportable de responsabilidad y servicio público, todas las cuales habrían dado testimonio con gusto de que no podrían haber sobrevivido al esfuerzo y las exigencias de su tarea si no hubiera sido por el amor y el cuidado y la simpatía y el servicio de alguien en casa de quien el público no sabía nada. Cuando la verdadera grandeza se mida a los ojos de Dios se verá una y otra vez que la persona que movió el mundo dependía totalmente de otra que, por lo que concierne al mundo, era una desconocida. Hasta el profeta tiene que tomar el desayuno, y que su ropa esté lista. Que las que tienen la ingrata tarea de hacer un hogar, preparar comidas, lavar la ropa, hacer la compra, cuidar de los niños… no lo consideren una rutina o un aburrimiento. Es la mayor tarea de Dios; y será más probable que reciban la recompensa del profeta ellas que otros cuyo horario está lleno de reuniones de comités y cuyos hogares son inhóspitos.

(ii) No todos podemos ser ejemplos luminosos de bondad; no todos podemos descollar a los ojos del mundo por nuestra integridad; pero la persona que ayuda a una persona buena a ser buena recibe la recompensa de una persona buena.

H. L. Gee tiene una historia preciosa. Había un chico en una aldea que, después de una gran lucha, llegó al ministerio pastoral. El que le ayudó en sus estudios era el zapatero de la aldea. El zapatero, como muchos de su profesión, era un hombre muy leído y buen pensador, y había hecho mucho por el otro. A su debido tiempo el joven fue ordenado. Y ese día el zapatero le dijo: «Siempre he deseado ser ministro del Evangelio, pero las circunstancias de mi vida lo hicieron imposible. Pero tú estás logrando lo que estuvo cerrado para mí; y quiero que me prometas una cosa: Quiero que me permitas hacer y arreglar tus zapatos, sin pagarme nada, y que te los pongas para subir al púlpito a predicar; y entonces yo sabré que estás predicando el Evangelio que yo siempre quise predicar con mis zapatos puestos.» (En inglés «estar en los zapatos de otro» es como en español «estar en el pellejo de otro».) El zapatero estaba sirviendo a Dios lo mismo que el predicador, y su recompensa sería un día la misma.

(iii) No todos podemos enseñar a un niño; pero hay maneras de servir al niño que nos son asequibles a todos. Puede que no tengamos ni los conocimientos ni la técnica para enseñar, pero hay que hacer otras muchas cosas sencillas sin las cuales el niño no podría vivir. Puede que en este pasaje no sea en los niños en edad en los que Jesús está pensando sino en los niños en la fe. Parece muy probable que los rabinos llamaban a sus discípulos los pequeñitos. Puede que no podamos enseñar en el sentido técnico y académico; pero hay una enseñanza mediante la vida y el ejemplo que hasta la persona más sencilla puede impartir a los demás.

(iv) La gran belleza de este pasaje está en su insistencia en cosas sencillas. La Iglesia y Cristo siempre necesitarán grandes oradores, ejemplos luminosos de santidad, grandes maestros, cuyos nombres se conocerán en todos los hogares; pero la Iglesia y Cristo siempre necesitarán también a aquellos en cuyos hogares se ofrece hospitalidad, cuyas manos están siempre dispuestas a los servicios que hacen un hogar, y de cuyos corazones fluye el cuidado que es esenencial en el amor cristiano; y, como decía la señora Browning: «Todo servicio cuenta igual para Dios.»

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