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Jesús narra la parábola de los dos hombres que oran

También les dijo Jesús una parábola a los que presumían de buenos y despreciaban a los demás: -Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo se puso en pie, y empezó a orar de una manera que más parecía que estaba hablando consigo mismo que con Dios: «¡Dios, te doy gracias porque no soy como los demás, que son ladrones, injustos, adúlteros, y menos como ese publicano! Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano, etc., etc. » Pero el publicano se puso al final de todo, y no se atrevía ni a levantar la vista, sino que se daba sinceros golpes de pecho y decía: «Dios, ten misericordia de este pecador que soy yo.» Os aseguro – siguió diciendo Jesús- que el publicano se fue a su casa en paz con Dios más que el fariseo; y es que, el que se chulea con Dios se hunde hasta lo más bajo; pero al que es humilde, Dios le tiende la mano y le levanta. Lucas 18:9-14

El pecado del orgullo

Los judíos religiosos practicaban la oración tres veces al día: a las 9 de la mañana, al mediodía y a las 3 de la tarde. Se consideraba que la oración era más eficaz si se ofrecía en el templo, por lo cual el templo era frecuentado a esas horas. Jesús nos presenta a dos personajes:

(i) El uno era fariseo. Realmente no oraba a Dios, sino consigo mismo. La verdadera oración se dirige solamente a Dios.

Cierto reportero norteamericano describió una vez la oración de un predicador como « la oración más elocuente que se haya ofrecido jamás a una audiencia de Boston.» El fariseo estaba presentando sus credenciales delante de Dios.

La ley judía no prescribía más que un ayuno obligatorio, el del Día de la Expiación. Pero los que querían ganar méritos ayunaban también todos los lunes y los jueves. Es curioso que esos eran los días de mercado cuando Jerusalén se llenaba de campesinos. Los que ayunaban se ponían polvos para parecer más pálidos, y se vestían con cuidadoso descuido y salían a la calle para que los viera el público. Los levitas tenían que recibir los diezmos de todos los productos (Números 18:21; Deuteronomio 14:22); pero este fariseo lo diezmaba todo, hasta lo que no era de precepto.

Su actitud era la típica de los peores fariseos. Se conserva la oración de un cierto rabino que decía: «Te doy gracias, oh Señor Dios, porque me has dado parte con los que se sientan en la Academia, y no con los que se sientan por las esquinas. Porque yo madrugo, como ellos; pero yo para buscar las palabras de la ley, y ellos para cosas vanas. Yo trabajo, como ellos; pero yo trabajo para recibir una recompensa, y ellos trabajan y no reciben ninguna recompensa. Yo corro, como ellos; pero yo corro hacia la vida del mundo venidero, y ellos hacia el pozo de la destrucción.» Dijo una vez el rabino Simeón ben Yocai: «Si no hay más que dos justos en el mundo, somos mi hijo y yo; y si no hay más que uno, ¡soy yo!»

El fariseo realmente no iba a orar; iba a informar a Dios de lo bueno que era.

(ii) El otro era publicano. Se quedaba al final, y no se atrevía ni a levantar la vista ante Dios. Aquí otra vez casi todas las traducciones españolas de la Biblia pierden un importante matiz del original al traducir a mí, pecador; Bover-Cantera y Nueva Biblia Española se acercan más con este pecador. El publicano dijo realmente: « ¡Dios, ten misericordia de mí, el pecador», como si se considerara, no meramente un pecador, sino el pecador por antonomasia. Y Jesús dijo: « Y fue esa oración, surgida de un corazón quebrantado y avergonzado de sí mismo, la que le granjeó la aceptación de Dios.»

No hay duda que esta parábola nos enseña ciertas cosas importantísimas acerca de la oración:

(i) Ningún orgulloso puede orar. La puerta del Cielo tiene el dintel tan bajo que no se puede entrar más que de rodillas.

No ya he de gloriarme jamás, ¡oh Dios mío! de aquellos deberes que un día cumplí. Mi gloria era vana; confío tan sólo en Cristo y su sangre vertida por mí. José M. De Mora

(ii) Nadie que desprecie a sus semejantes puede orar. En la oración no nos podemos encumbrar por encima de los demás. Recordamos que somos cada uno parte de una humanidad pecadora, doliente e indigna, que se arrodilla ante el trono de la gracia de Dios.

(iii) La verdadera oración brota cuando colocamos nuestras vidas al lado de la vida de Dios. Sin duda todo lo que dijo el fariseo era verdad: ayunaba; diezmaba meticulosamente; no era como los hombres que menciona, y menos como el publicano.

Pero la pregunta no es: «¿Soy yo tan bueno como mis semejantes?», sino: « ¿Soy yo tan bueno como Dios?» Una vez hice un viaje en tren a Inglaterra. Cuando pasábamos por los montes de Yorkshire vi una casa de campo enjalbegada que parecía irradiar blancura inmaculada. Unos días después, al volver a Escocia, había nevado; y cuando vi la cabañita, me pareció sucia y casi gris en comparación con la blancura virginal del paisaje.

Todo depende de con qué nos comparamos. Cuando ponemos nuestra vida al lado de la de Jesús y al lado de la santidad de Dios, todo lo que podemos decir es: «Dios, ten misericordia de este pecador que soy yo.»

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