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Jesús perdona a una mujer adúltera

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Jesús perdona a una mujer adúltera

En seguida se retiraron cada uno a su casa. Jesús se retiró al monte de los Olivos: Y al romper el día volvió según costumbre al templo; y como todo el pueblo concurría a él, sentándose se puso a enseñarlos. Cuando he aquí que los escribas y fariseos traen a una mujer cogida en adulterio y, poniéndola en medio, dijeron a Jesús : Maestro, esta mujer acaba de ser sorprendida en adulterio. Moisés en la ley nos tiene mandado apedrear a las adúlteras. Tú ¿qué dices a esto? Lo cual preguntaban para tentarle y poder acusarle. Pero Jesús se inclinó hacia el suelo, y con el dedo escribía en la tierra. Mas como porfiasen ellos en preguntarle, se enderezó, y les dijo: El que de vosotros se halla sin pecado, que le tire la primera piedra. Y volviendo a inclinarse otra vez, continuaba escribiendo en el suelo. Mas, oída tal respuesta, se iban escabullendo uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta que dejaron solo a Jesús y a la mujer que estaba en medio. Entonces Jesús , enderezándose, le dijo: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: Nadie, Señor. Y Jesús compadecido le dijo: Pues tampoco yo te condenaré. Anda, y no peques más. Juan 7.53–8.11

Miseria y misericordia

Los escribas y fariseos se habían lanzado a buscar alguna acusación para desacreditar a Jesús; y aquí creían que le podrían colocar entre la espada y la pared de manera que no tuviera salida. Cuando surgía una cuestión legal difícil, la costumbre era presentársela a un rabino para que decidiera; así es que los escribas y fariseos le trajeron a Jesús a una mujer que había sido sorprendida en adulterio.

Desde el punto de vista de la ley judía, el adulterio era un grave delito. Los rabinos decían: «Un judío tiene que morir antes de cometer idolatría, asesinato o adulterio.» El adulterio era, pues, uno de los tres pecados más graves, y se castigaba con la pena de muerte, aunque había algunas diferencias en cuanto a la manera de ejecutarla. Levítico 20:10 establece: «Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos.» Allí no se especifica la forma de la ejecución. Deuteronomio 22: 2324 establece el castigo en el caso de una mujer que ya está comprometida. En ese caso, ella y el que la sedujo se traerán fuera de las puertas de la ciudad, «y los apedrearéis, y morirán.» La Misná, es decir, la ley judía codificada, establece que la pena por adulterio es la estrangulación, y hasta el método de la estrangulación de detalla: «El hombre se meterá en estiércol hasta las rodillas, con una toalla suave enrollada al cuello (para que no le quede ninguna marca, ya que el castigo es castigo de Dios). Entonces un hombre tirará en un sentido y otro en otro hasta que el reo muera.» La Misná reitera que, en ese caso, hay que lapidar a la mujer. Desde el punto de vista puramente legal, los escribas y fariseos eran perfectamente correctos. Aquella mujer debía morir apedreada.

El dilema en que pensaban meter a Jesús era el siguiente. Si decía que la mujer tenía que ser apedreada, había dos consecuencias. La primera, que Jesús perdería su reputación de piadoso, y ya nunca se le llamaría « amigo de los pecadores». La segunda, que entraría en conflicto con la ley romana, que prohibía a los judíos dictar y ejecutar sentencia de muerte. Si decía que había que perdonar a la mujer, dirían inmediatamente que Jesús enseñaba a quebrantar la ley de Moisés, y que estaba condonando y hasta fomentando el adulterio. Los escribas y fariseos creían que Jesús no se les podría escapar de la trampa; pero Él le dio la vuelta al juicio de tal manera que hizo recaer la acusación contra los acusadores.

Al principio, Jesús estaba inclinado y escribiendo en el suelo con el dedo. ¿Por qué? Hay cuatro posibles razones.

(i) Puede que quisiera sencillamente ganar tiempo y no dar una respuesta precipitada. En ese breve momento puede que estuviera pensándose la cuestión, y presentándosela a Dios.

(ii) Algunos manuscritos añaden: «Como si no los hubiera oído.» Puede que Jesús obligara deliberadamente a los escribas y fariseos a repetir la acusación, para que se dieran cuenta del sadismo que encerraba.

(iii) Seeley, en Ecce Homo, hace una sugerencia interesante. «Jesús se sentía oprimido por un intolerable sentimiento de vergüenza ajena. No podía enfrentarse con la mirada de la multitud, ni con la de los acusadores, ni mucho menos con la de la mujer… En su ardiente perplejidad y confusión se dobló hacia la tierra para ocultar su rostro, y empezó a escribir en el suelo con el dedo.» Puede que el gesto impúdico y lujurioso en los rostros de los escribas y fariseos, y la frígida crueldad de sus ojos, la curiosidad salaz de la multitud, la vergüenza de la mujer, todo se combinó para estrujarle el corazón a Jesús de agonía y piedad, y tuvo que esconder la mirada.

(iv) Con mucho la sugerencia más interesante surge de ciertos manuscritos tardíos. En la traducción Armenia leemos: « Él mismo, inclinando la cabeza, estaba escribiendo con el dedo en la tierra para declarar los pecados de ellos; y ellos estaban viendo sus diversos pecados en las piedras.» Lo que se sugiere es que Jesús estaba escribiendo en la tierra los pecados de los mismísimos hombres que habían acusado a la mujer. Puede que fuera eso. La palabra griega normal para escribir es grafein; pero aquí se usa katagrafein, que puede querer decir redactar un informe contra alguien. (Uno de los sentidos de kata es contra). En Job 13:26, Job dice: «¿Por qué escribes (katagrafein) contra mí amarguras?» Puede ser que Jesús estuviera confrontando a aquellos sádicos autosuficientes con el informe de sus propios pecados.

Fuera como fuera, los escribas y fariseos seguían reclamando una respuesta, y la recibieron. Jesús les dijo: «¡Está bien! ¡Apedreadla! ¡Pero que el que de vosotros esté sin pecado sea el que tire la primera piedra!» Bien puede ser que la palabra para sin pecado (anamartétos) quiera decir, no sin pecado, sino sin deseo pecaminoso. Jesús estaba diciendo: «Sí, la podéis apedrear; pero sólo si nunca habéis deseado cometer vosotros el mismo pecado.» Se hizo el silencio y, lentamente, los acusadores fueron desapareciendo.

Y quedaron solos Jesús y la mujer. Como expresó Agustín: «Quedaron solos una gran miseria y una gran misericordia.» (Las palabras en cursiva, que son las que usa Agustín en el original, son iguales en latín y en español). Jesús dijo a la mujer: «¿Note ha condenado nadie?» «Nadie, Señor» -contestó ella. Y Jesús le dijo-: «Entonces, Yo tampoco te voy a sentenciar ahora. Ve, y empieza tu vida de nuevo, y no peques más.»

Este pasaje nos presenta dos cosas en relación con la actitud de los escribas y fariseos.

(i) Nos presenta su concepción de la autoridad. Los escribas y fariseos eran los expertos legales de su tiempo. Para ellos, los problemas se resolvían con una decisión. Está claro que, para ellos, la autoridad era característicamente crítica, censora y condenatoria. El que la autoridad se basara en la compasión, el que su objetivo pudiera ser restaurar al criminal y al pecador, eran cosas que no les cabían en la cabeza. Concebían que su función les daba el derecho de estar por encima de todos los demás como severos guardianes, para detectar cualquier desliz o desviación de la ley, y lanzarse sobre los culpables con un castigo salvaje e implacable; nunca se les ocurría pensar que su autoridad supusiera la obligación de rehabilitar al ofensor.

Todavía hay quienes consideran una posición de autoridad como un derecho a condenar y un deber de castigar. Creen que una autoridad como la que ellos tienen les da el derecho de ser los perros guardianes morales y de despedazar al pecador. Pero toda autoridad se cimenta en la compasión. Cuando George Whitefield vio a un criminal que iba camino de la horca, pronunció su famosa frase: «Ese sería yo, si no fuera por la gracia de Dios.»

El primer deber de la autoridad es hacer lo posible por comprender la fuerza de las tentaciones que indujeron al pecador a pecar, y la seducción de las circunstancias que le presentaron el pecado tan atractivo. Ninguna persona puede juzgar a otra a menos que por lo menos trate de comprender lo que la otra ha pasado. El segundo deber de la autoridad es tratar de rehabilitar al culpable. Una autoridad que no se propone nada más que castigar la infracción de la ley está en un error; cualquier autoridad que, en el ejercicio de sus funciones, conduce al culpable o a la desesperación o al resentimiento, ha fracasado. La misión de la autoridad no es desterrar al pecador de toda sociedad decente, y menos borrarle por completo, sino hacer que sea una buena persona. El que está en autoridad debe ser como un buen médico: su único deseo debe ser sanar.

(ii) Este incidente nos presenta gráfica y cruelmente la actitud de los escribas y fariseos hacia la gente. No miraban a esta mujer como la persona que era, sino como un objeto, como un instrumento del que se podían valer para formular una acusación contra Jesús. La estaban usando como se podría usar una herramienta para cualquier trabajo. Para ellos, no tenía nombre, ni personalidad, ni sentimientos; era como un peón en el tablero de ajedrez, que se podía sacrificar para ganar posición; en estas circunstancias, para destruir a Jesús.

Siempre está mal el considerar a las personas como cosas; el hacerlo es manifiestamente contrario al Espíritu de Cristo. Se decía de la famosa economista Beatrice Webb, luego lady Passfield, «que veía a las personas como números que andaban.» El doctor Paul Tournier, en su Libro de casos de un médico, habla de lo que él llama « el personalismo de la Biblia.» Señala cuánto le gustan a la Biblia los nombres. Dios le dice a Ciro: « Yo soy el Señor, el Dios de Israel, Que te pongo nombre» (Isaías 45:3). Hay páginas enteras de nombres en la Biblia. El Dr. Tournier insiste en que esta es una prueba de que la Biblia piensa en la gente, primero y principalmente, no como casos o números de estadística, sino como personas. « El nombre propio es el símbolo de la persona. Si olvido los nombres de mis pacientes, si me digo: «¡Ah, sí! Ese es el tipo de la vesícula, o el tuberculoso que vi el otro día,» estoy más interesado en sus vejigas o pulmones que en ellos como personas.» Insiste en que un paciente debe ser siempre una persona, y nunca un caso.

Es sumamente improbable el que aquellos escribas y fariseos supieran ni el nombre de aquella mujer. Para ellos no era más que un caso de desvergonzado adulterio que podía entonces ser usado como instrumento para conseguir su propósito. En el instante en que las personas se convierten en cosas, ha muerto el espíritu del Evangelio.

Dios usa su autoridad para hacer que las personas se hagan buenas a base de amarlas; para Dios, una persona no se convierte nunca en una cosa. Debemos usar la autoridad de que disponemos siempre para comprender y siempre para por lo menos intentar rehabilitar a la persona que ha cometido un error; y nunca empezaremos siquiera a hacerlo así a menos que recordemos que todos los hombres y las mujeres son personas, y no cosas.

Además, este incidente nos dice mucho de Jesús y de su actitud hacia los pecadores.

(i) Era uno de los primeros principios de Jesús que sólo la persona que fuera sin falta podría emitir un juicio sobre las faltas de otros. « No juzguéis -dijo Jesús-, y no os expondréis al juicio» (Mateo 7:1). También dijo que el que se aventurara a juzgar a su hermano sería como el que tuviera una viga metida en el ojo y tratara de limpiar una motita que tuviera en el ojo otra persona (Mateo 7:3-5). Una de las faltas más corrientes de la vida es la de tantos de nosotros que exigimos niveles a otros que nosotros ni siquiera tratamos de alcanzar; y tantos de nosotros condenamos faltas en otros que están bien a la vista en nuestra propia vida.

La cualificación para juzgar no es el conocimiento, que está al alcance de cualquiera, sino la bondad a que se haya llegado, y ahí ninguno somos perfectos. Los mismos hechos de la condición humana proclaman que Dios es el único que tiene derecho a juzgar, por la sencilla razón de que ningún hombre es suficientemente bueno para juzgar a un semejante.

(ii) Era también uno de los primeros principios de Jesús que nuestra primera reacción hacia alguien que ha cometido un error debe ser la compasión. Se ha dicho que el primer deber del médico es « a veces, curar; a menudo, aliviar, y siempre, ofrecer consuelo.» Cuando una persona que está sufriendo de alguna incapacidad acude al médico, éste no la mira con asco, aunque esté sufriendo una enfermedad repulsiva. De hecho, la repugnancia normal que es a veces inevitable es absorbida en el deseo superior de ayudar y de curar. Cuando nos encontramos frente a alguien que ha cometido un error, nuestro primer sentimiento debería ser, no: «No voy a tener nada que ver con una persona que sea capaz de tal acción,» sino: « ¿Qué puedo hacer para ayudar? ¿Cómo puedo yo anular las consecuencias de ese error? Sencillamente, debemos aplicar a los demás la misma misericordia compasiva que querríamos que se nos mostrara si nos viéramos en una situación semejante.

(iii) Es muy importante que comprendamos exactamente cómo trató Jesús a aquella mujer. Es fácil sacar una impresión totalmente errónea, y llegar a la conclusión de que Jesús perdonó con ligereza y facilidad, como si el pecado no tuviera importancia. Lo que Él dijo fue: « Yo no te voy a condenar ahora mismo; vete, y no peques más. » De hecho, lo que estaba haciendo no era suspender el juicio y decir: « No te preocupes; todo está bien.» Lo que hizo fue algo así como aplazar la sentencia. Dijo: « No voy a dictar una sentencia definitiva ahora; ve, y demuestra que puedes mejorar. Has pecado; vete, y no peques ya más, y Yo te ayudaré todo el tiempo. Cuando llegue el final, veremos cómo has vivido.» La actitud de Jesús hacia el pecador implicaba cierto número de cosas.

(a) Implicaba una segunda oportunidad. Es como si Jesús le dijera a la mujer: « Sé que has estropeado las cosas; pero la vida no se te ha terminado; Yo te doy otra oportunidad, la de redimirte a ti misma.» Alguien ha escrito: «¡Como me molaría que hubiera algún lugar encantado, que se llamara la Tierra de Empezar Otra Vez, en la que nos despojáramos a la entrada de todos nuestros errores y estreses e inútiles angustias egoístas, como el que se quita el abrigo viejo y pesado y frío de la lluvia, para no ponérnoslo ya nunca jamás!»

En Jesús tenemos el Evangelio de la segunda oportunidad. Él está siempre intensamente interesado, no sólo en lo que una persona ha sido, sino en lo que puede llegar a ser. Él no dice que lo que hemos hecho no importa; las leyes y los corazones quebrantados siempre importan; pero Él está seguro de que todos tenemos un futuro tanto como un pasado.

(b) Implicaba compasión. La diferencia fundamental que había entre Jesús y los escribas y fariseos era que ellos querían condenar; y Él, perdonar. Si leemos entre líneas, está tan claro como el agua que ellos querían apedrear a la mujer, y que les encantaría hacerlo. Disfrutaban de la emoción de ejercer su poder condenando, y Jesús disfrutaba ejerciendo su poder perdonando. Jesús miraba a los pecadores con una compasión nacida del amor; los escribas y fariseos los miraban con una repugnancia nacida de un sentimiento de propia justicia.

(c) Implicaba desafío. Jesús enfrentó a esta mujer con el desafío de una vida sin pecado. No le dijo: «Está bien; no te preocupes; sigue viviendo como hasta ahora.» Dijo: «Está mal; salte de donde estás y emprende la lucha para mejorar; cambia de vida de arriba abajo; vete, y no peques más.» No era un perdón fácil, sino un desafío que le indicaba a la mujer pecadora unas cimas de bondad con las que no había soñado jamás. Jesús opone a una vida mala el desafío de una vida buena.

(d) Implicaba creer en da naturaleza humana. Si lo pensamos, nos daremos cuenta de que es realmente alucinante el que Jesús le dijera a una mujer que había arruinado su reputación: «Vete, y no peques más.» Lo maravilloso y altamente alentador era la fe que tenía Jesús en las personas. Cuando se encontraba con alguien que se había descarriado, no le decía: «Eres una criatura miserable y sin remedio;» sino que le decía: «Vete, y no peques más.» Creía que, con su ayuda, el pecador podía llegar a ser un santo. Su método no consistía en apabullar a las personas con el conocimiento, que ya tendrían, de su propia miseria; sino inspirarlas con el descubrimiento insospechado de que eran santos en potencia.

(e) Implicaba advertencia, no tanto expresada como insinuada. Aquí nos encontramos cara a cara con la elección eterna. Jesús le dio a aquella mujer la posibilidad de escoger aquel día entre, o volver al camino peligroso por el que había llegado hasta allí, o iniciar una nueva andadura con Jesús. La historia está inconclusa, como lo están todas las vidas hasta que se presenten al juicio de Dios.

(Como ya se ha advertido, esta historia no aparece en los manuscritos más antiguos. Se encontrará una exposición de este problema textual al final del libro.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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