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Jesús se ocupa de la hipocresía

Entretanto, habiéndose juntado alrededor de Jesús tanto concurso de gentes que se atropellaban unos a otros, empezó a decir a sus discípulos: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Mas nada está oculto que no se haya de manifestar; ni secreto que al fin no se sepa. Así es que lo que dijisteis a oscuras, se dirá a la luz del día; y lo que hablasteis al oído en las alcobas, se pregonará sobre los terrados. A vosotros que sois mis amigos, os digo yo: No tengáis miedo de los que matan al cuerpo, y este hecho ya no pueden hacer más. Yo quiero mostraros a quién habéis de temer: Temed al que, después de quitar la vida, puede arrojar al infierno. A éste es, os repito, a quien habéis de temer. ¿No es verdad que cinco pajarillos se venden por dos cuartos, y con todo ni uno de ellos es olvidado de Dios? Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto no tenéis que temer; más valéis vosotros que muchos pajarillos. Os digo, pues que cualquiera que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del hombre le confesará, delante de los ángeles de Dios. Al contrario, quien me negare ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios. Si alguno habla contra el Hijo del hombre, este pecado se le perdonará; pero no habrá perdón para quien blasfemare contra el Espíritu Santo. Cuando os conduzcan a las sinagogas, y a los magistrados y potestades, no paséis cuidado de lo que, o como habéis de responder. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel trance lo que debéis decir. Lucas 12: 1-12

Cuando leemos pasajes como este, nos acordamos de la definición judía de la predicación, jaraz, que quiere decir sarta de perlas. Este pasaje parece una colección de perlas ensartadas, sí, pero sin la rígida conexión que exige la moderna predicación.

Aquí encontramos varias ideas sobresalientes.

(i) Se nos habla del pecado prohibido, que es la hipocresía. La palabra hipócrita empezó significando alguien que contesta; así es que hipocresía quería decir originalmente contestación. En un principio esta palabra se refería al fluir ordinario de preguntas y respuestas en una conversación o diálogo; y luego se usó para referirse al diálogo de una comedia; y de ahí pasó a significar hacer un papel. El hipócrita no es una persona genuina, sino alguien que está representando a un personaje; de ahí que lleva consigo la idea de insinceridad. Dios prefiere habérselas con un pecador auténtico antes que con un farsante que se finge bueno.

(ii) Se nos dice que la actitud correcta ante la vida debe ser la intrepidez. Hay dos razones para no tener miedo.

(a) El poder de un hombre sobre otro se limita a esta vida: se puede matar el cuerpo, pero no el alma. En la guerra de 1914-18 se publicó un chiste en un periódico de humor, en el que se representaba al Emperador alemán diciéndole al rey Alberto de Bélgica: « Así es que ahora lo has perdido todo.» A lo que contestaba el belga: « ¡Menos el alma!»

Dios es el único que tiene poder sobre el alma humana; por tanto, es absolutamente razonable temer a Dios y no a los hombres. Del reformador escocés John Knox se dijo al depositar su cuerpo en la tumba: «Aquí yace uno que tuvo tanto temor de Dios que nunca temió a ningún hombre.»

(b) El cuidado de Dios es individualizado. Para Él nunca se pierde nadie en la multitud. Mateo dice: «¿No se venden dos pajarillos por una peseta?» (10:29). Y Lucas dice aquí: « ¿No es verdad que se venden cinco pajarillos por dos pesetas?» Al que estaba dispuesto a gastarse, no una peseta sino dos, le daban cinco pajarillos en vez de cuatro; es decir, que le daban uno de propina. Pero ni siquiera ese que no tiene precio está olvidado de Dios. Hasta los cabellos de nuestra cabeza están contabilizados. ¡Se calcula que una persona rubia tiene unos 145.000 cabellos, una morena 120.000, y una pelirroja 90.000! Los judíos estaban tan impresionados con el cuidado individual de Dios que decían que cada brizna de hierba tiene su ángel de la guarda. Ninguno tiene por qué temer, porque podemos decir: «¡Dios cuida de mí!»

(iii) Aquí se nos habla del pecado imperdonable, que es el pecado contra el Espíritu Santo. Mateo y Marcos especifican que Jesús habló de este pecado cuando los escribas y fariseos atribuyeron su poder sanador al príncipe de los demonios en vez de a Dios (Mateo 12:31, 32; Marcos 3:28, 29). Aquellos hombres estaban viendo la gracia y el poder de Dios en acción, y decían que era. el diablo el que estaba obrando. Para entender esto tenemos que recordar que Jesús hablaba del Espíritu Santo según lo que los judíos sabían, y no en el pleno sentido cristiano.

Para un judío, el Espíritu de Dios tenía dos grandes funciones. Por medio de su Espíritu Dios comunicaba la verdad a los hombres, y estos sólo podían reconocer y captar la verdad de Dios por la acción del Espíritu Santo en su mente y corazón.

Ahora bien, si una persona no ejercita una facultad, acaba por perderla. Si prescindimos de usar alguna parte de nuestro cuerpo, acabará por atrofiarse. Darwin decía que, cuando era joven, le gustaban mucho la música y la poesía; pero se dedicó tan totalmente a la biología que las abandonó completamente. En consecuencia, la poesía llegó a no tener ningún valor para él, y la música no era más que un ruido; y decía que, si viviera otra vez, se cuidaría de cultivar y no perder la facultad de disfrutar de la poesía y de la música.

Exactamente de la misma manera podemos perder la facultad de reconocer a Dios. Si persistimos en rechazar su Palabra, y no seguimos más que nuestro propio criterio, cerrando los ojos y los oídos para no ver ni oír a Dios, podemos llegar a la condición de no poder reconocerle cuando le veamos u oigamos, y para nosotros el bien sea como el mal y el mal como el bien. Eso es lo que les había sucedido a los escribas y fariseos: habían llegado a ser tan sordos y ciegos para Dios que cuando Él vino le tomaron por el diablo.

¿Por qué es imperdonable ese pecado? Porque en ese estado el arrepentimiento ya es imposible. Si una persona ni siquiera se da cuenta de que es pecadora, si la bondad ya no la atrae, no se puede arrepentir. No es Dios quien la ha excluido: se ha excluido a sí misma con su actitud cerrada. Eso quiere decir que el que teme haber cometido el pecado imperdonable, no lo ha cometido; porque, si lo hubiera cometido estaría tan muerto para Dios que ya no le preocuparía esa posibilidad.

(iv) Aquí se nos habla de la lealtad recompensada. Esa recompensa no es una cosa material. Es que, en el Cielo, Jesús dirá de nosotros: «Esa persona era mía. ¡Bien hecho!»

(v) Aquí se nos habla de la ayuda del Espíritu Santo. En el cuarto evangelio, el título preferido del Espíritu Santo es el Paráclito. En griego, parakletos es uno que está cerca para ayudar. Se puede referir a un testigo, o a un abogado que nos defiende en un juicio. En el día de la prueba no tenemos por qué temer, porque nada menos que el Espíritu Santo de Dios estará a nuestro lado para defendernos.

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