(c) Pero todavía no hemos llegado al fondo. Recordad lo que Jesús hizo en los días de Su carne. No predicó nunca fuera de Palestina. Durante Su vida en la Tierra, el Evangelio no llegó ni a Europa. Él no conoció nunca la degradación moral de Roma. Aun Sus adversarios de Palestina eran hombres religiosos; los escribas y fariseos dedicaban sus vidas a la religión tal como ellos la entendían, y sin duda creían y practicaban la pureza de vida. No fue en Su tiempo cuando el Evangelio salió por un mundo en el que el matrimonio no se respetaba, el adulterio no era ni siquiera un pecado convencional y en los vicios más degradantes florecían como en una selva tropical.
Fue a ese mundo al que salieron los primeros cristianos, y lo ganaron para Cristo. Cuando el Cristianismo se convirtió en una cuestión de Números e influencia y cambio de poderes, los triunfos del mensaje de la Cruz fueron todavía mayores que los de Jesús en los días de Su carne. Era de una regeneración moral y de una victoria espiritual de lo que Cristo estaba hablando. Y Él dijo que aquello sería porque El iba al Padre. ¿Qué quena decir con eso? Pues que, en los días de Su carne, estaba limitado a Palestina; pero, después de morir y resucitar, fue liberado de las limitaciones de espacio y tiempo, y Su Espíritu pudo obrar poderosamente por todas partes.
(ii) En Su segunda promesa, Jesús dice que cualquier oración que se haga en Su nombre será concedida. Esto es al-go que nos interesa supremamente entender. Fijémonos con cuidado que Jesús no dijo que todo lo que pidiéramos se nos concedería, sino que todas las oraciones que hiciéramos en Su nombre se nos concederían. La prueba de una oración es: ¿Puedo hacerla en el nombre de Jesús? Nadie podría, por ejemplo, pedir una venganza, una ambición, algún objetivo indigno de un cristiano en el nombre de Jesús. Cuando oramos, debemos preguntarnos siempre: «¿Podemos hacer esta petición honradamente en el nombre de Jesús? La oración que supera esa prueba y que, al final dice, «Hágase Tu voluntad», siempre se contesta afirmativamente. Pero la que se basa en el yo no puede esperar que Dios la conceda.
EL AUXILIADOR PROMETIDO
Juan 14:15-17
-Si me amáis, guardad mis mandamientos; y Yo Le pediré al Padre que os dé otro Ayudador Que se quede con vosotros indefinidamente; Me refiero al Espíritu de la Verdad. El mundo no Le puede recibir, porque ni Le ve ni Le conoce; pero vosotros sí Le conocéis, porque está entre vosotros y estará dentro de vosotros.
Para Juan no hay más que una manera de demostrar el amor, y es la obediencia. Fue en Su obediencia como Jesús Le demostró al Padre que Le amaba; y en la nuestra como debemos demostrarle a Jesús nuestro amor. C. K. Barret dice: «Juan no deja nunca que el amor se convierta en un sentimiento de emoción. Su expresión es siempre moral, y se manifiesta en la obediencia.» Conocemos muy bien a los que hacen protestas de amor pero que, al mismo tiempo, producen dolor o angustia a los que pretenden aMarcos Hay jóvenes que dicen que aman a sus padres, y sin embargo les causan preocupaciones y ansiedad. Hay maridos que dicen que aman a sus mujeres, y esposas que dicen que aman a sus maridos, pero que, por su falta de consideración, mal genio o egoísmo, le hacen la vida imposible a su pareja. Para Jesús, el verdadero amor no es nada fácil. Se muestra sólo en la obediencia.
Pero Jesús no nos deja luchar solos en la vida cristiana. Dijo que nos mandaría otro Auxiliador. La palabra griega es paraklétos, que es imposible de traducir. La versión ReinaValera, y la de Scío, la traducen por Consolador, palabra que, aunque hay que reconocer que ha cambiado con el uso, no es una buena traducción. José María Bover, Valedor y Paráclito; y en nota, Abogado o Defensor. La Nueva Biblia Española pone abogado. Estudiando esta palabra podemos captar algo de las riquezas de la doctrina del Espíritu Santo. Literalmente quiere decir alguien que es llamado al lado de uno -como abogado « advocátus. Pero es el porqué es llamado lo que le da a la palabra distintas asociaciones. Los griegos la usaban en muchos contextos. Un paraklétos podía ser una persona llamada como abogada para defender a un acusado, y al que se le va a imponer una pena; podría también tratarse de un experto al que se llama para que aconseje en una situación difícil; o alguien a quien se llama para ayudar, por ejemplo, a una compañía de soldados que se encuentra deprimida y desanimada, infundiéndole nuevo ánimo. Siempre el paraklétos es alguien que se llama para que ayude en tiempos de dificultad o necesidad. Confortador, que es la palabra que se usa en las biblias clásicas inglesas desde Wycliff, sería en tiempos una buena traducción porque conservaba el sentido latino derivado de fortis, que quiere decir valiente; y un confortador, por consiguiente, era alguien que infundía valor a personas derrotadas o acobardadas o desanimadas (confortar = «dar vigor, espíritu y fuerza»; consolar = «aliviar la pena o aflicción de alguien,» D R.A E.). No cabe duda que el Espíritu Santo es Consolador; pero, no limitemos Su actividad lastimosamente. A menudo hablamos de poder con algo, y de no poder más. Esa es precisamente la labor del Espíritu Santo: suprime nuestra incapacidad y nos capacita para poder con la vida. El Espíritu Santo transforma una situación desesperada en una vida victoriosa.
Así es que Jesús está diciendo: «Os encargo una dura tarea y os mando a una misión difícil; pero voy a enviaros a Alguien, el Paraklétos, Que os guiará a lo que debéis hacer y os capacitará para hacerlo.»
