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La luz de todas las personas

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La luz de todas las personas

El Que sí era la luz real era el Que, en Su venida al mundo, da la luz a todas las personas.

Aquí Juan usa una palabra muy significativa para describir a Jesús: dice que Jesús era la luz real. En griego hay dos palabras que se parecen mucho. La versión Reina-Valera usa verdadero para las dos; pero tienen diferentes matices. La primera palabra es aléthés, que quiere decir verdadero como opuesto a falso; es la palabra que usaríamos para decir que una aseveración es verdad. La segunda palabra es aléthinós, que quiere decir real o genuino, opuesta a irreal.

Así pues, lo que Juan está diciendo es que Jesús es la luz real que viene a iluminar a la humanidad. Antes de que Jesús viniera, había: otras luces que seguían las personas. Algunas eran parpadeos de la verdad; otras, vislumbres fugaces de la realidad; otras, fuegos fatuos, o meras luciérnagas… Todavía existen las luces fugaces, y los fuegos artificiales, y quienes se conforman con ellos; pero sólo Jesús es la luz genuina, la luz real que guía a las personas en su camino.

Juan dice que Jesús, al venir al mundo, trajo a la humanidad la luz real. Su venida fue como un destello de luz, como la venida de la aurora: Cierto viajero nos dice que se encontraba una vez en Italia, en una colina que mira a la bahía de Nápoles: estaba tan oscuro que no se podía ver nada; pero de repente hubo un relámpago, y todo se iluminó con todo detalle. Cuando Jesús vino a este mundo la luz real iluminó todo lo que antes había estado sumido en tinieblas.

(i) Su venida disipó las sombras de la duda. Hasta que él vino todo lo que se sabía de Dios eran suposiciones. «Es difícil descubrir nada de Dios -dijo uno de los griegos-; y cuando has descubierto algo es imposible comunicárselo a otro.» Para los paganos, o Dios moraba en tinieblas inescrutables, o en una luz deslumbradora e inaccesible. Pero -cuando vino Jesús la humanidad pudo ver con toda claridad cómo es Dios. Las sombras y las nieblas huyeron; los días de las suposiciones se acabaron; ya no hubo necesidad de seguir en un agnosticismo melancólico. Se hizo la luz.

(ii) Su venida disipó las sombras de la desesperación. Jesús vino a un mundo que estaba sumido en la desesperación. «La humanidad -decía Séneca– es consciente de su indefensión en las cosas fundamentales.» Las personas anhelaban una mano que se les tendiera para levantarlas. «Odian sus pecados, pero no se pueden librar de ellos.» La humanidad desesperaba de hacerse a sí misma o al mundo mejores. Pero con la venida de Jesús entró en la vida un nuevo poder. Jesús no sólo trajo conocimiento, sino también poder. Vino no sólo para indicar el buen camino, sino para capacitarnos para andar por él. Nos dio no sólo instrucción, sino una presencia con la que todo lo que era imposible se hizo posible. La oscuridad del pesimismo y de la desesperación desaparecieron para siempre.

(iii) Su venida disipó las tinieblas de la muerte. El mundo antiguo le tenía pánico a la muerte. Lo mejor que se podía pensar de ella era la aniquilación, y el alma humana se estremecía al pensarlo. Lo peor era una eternidad de torturas en manos de los dioses que fuera, y el alma humana tenía miedo. Pero Jesús, con Su venida, con Su vida y con Su muerte y Su Resurrección ha demostrado que la muerte no tiene que ser más que la entrada a una vida más plena. La tiniebla se ha dispersado.

Stevenson tiene una escena en una de sus historias en la que traza el cuadro de un joven que ha quedado con vida milagrosamente después de un duelo en el que estaba seguro de que le iban a matar. Al alejarse, su corazón va cantando: «La amargura de la muerte ha pasado.» Gracias a Jesús la amargura de la muerte puede haber pasado para todos los seres humanos.

Además, Jesús es la luz que alumbra a todas las personas que vienen a este mundo. El mundo antiguo era excluyente. Muchos judíos odiaban a los gentiles y decían que los gentiles no habían sido creados nada más que para servir de leña en el infierno. Es verdad que hubo profetas que vieron que la misión de Israel era ser una luz para los gentiles (Isaías 42:6; 49:6), pero esa era una misión que la mayoría del pueblo rehusaba asumir. El mundo griego nunca soñó que el conocimiento fuera para toda la humanidad. El mundo romano despreciaba a los bárbaros, los salvajes que vivían sin ley. Pero Jesús vino para ser la luz de todos. Sólo el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo tiene un corazón suficientemente grande para albergar a todo el mundo.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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