El matrimonio delante de Dios, si bien reconoce la fuerza del amor entre un hombre y una mujer, coloca las bases de las relaciones conyugales en el pacto hecho ante Dios. Por eso en este pasaje, Dios no dice “la mujer de tu amor”, sino “la mujer de tu pacto”. En consecuencia, las demandas que Dios hace en el Pacto (con mayúscula) son las mismas que deben traducirse y vivirse en el microcosmos del hogar. Si Dios es uno (indivisible) y el único, también lo es nuestro cónyuge.
Los comentaristas generalmente reconocen a los versículos 15 y 16 como difíciles de traducir y de interpretar. RVA ofrece una traducción alternativa para una frase en el versículo 15 y también da otra nota que en buenas cuentas señala que esta versión ha puesto una equivalencia dinámica en el texto en vez de una traducción muy literal. Page Kelley propone una paráfrasis que según él “da un mejor sentido” y “ayuda a entender [este versículo] en su contexto más amplio”. Su paráfrasis reza así: “¿No hizo Dios una esposa para Adán? Tenía poder para hacerlo de otra manera, si lo hubiera deseado. ¿Y por qué hizo solamente una? Porque buscaba una descendencia santa, propósito que hubiera sido frustrado si le hubiera dado más de una esposa”. Con esta interpretación, que relaciona el contenido del versículo más con la monogamia que con la unicidad de Dios, Malaquías fundamenta su argumentación contra el divorcio en el relato de la creación. Es muy interesante que Jesús hizo lo mismo cuando los fariseos le preguntaron sobre el tema del divorcio.
Dios reprende a los que pervierten la justicia
Mientras que en la sección anterior el profeta habla de la controversia entre la demanda de lealtad absoluta a Dios y la deslealtad del pueblo, en esta sección se contrastan la justicia de Dios y la injusticia del pueblo. Ambos temas, fidelidad y justicia, son temas centrales de la predicación profética y la enseñanza también del NT.
En el versículo 17 se muestra una vez más la perspectiva equivocada de la comunidad judía de los tiempos de Malaquías. El pueblo y sus líderes quieren obligar a Dios a amoldarse a un esquema de valores que les convenía a ellos. A lo malo que hacen, quieren que Dios les dé su sello de aprobación. Este es el tipo de idolatría más sutil que puede darse y es, a la vez, muy difícil de reconocer. Cuán fácil es descubrir y señalar los dioses falsos de quienes consideramos paganos; pero qué difícil se nos hace llamar idolatría a nuestras constantes luchas por hacer que Dios se amolde a nuestras propias ideologías, doctrinas, egoísmos, sexismos y racismos.
Cuando somos incapaces de descubrir que la adoración al verdadero Dios hace corto circuito con nuestras prácticas de injusticia, fraudes y engaños, entonces hemos caído en la idolatría.
Dentro de la acusación, el pasaje ofrece una puerta de salida para vivir de acuerdo a la voluntad de Dios: la “purga” y el “quebrantamiento”. Solamente a través de la prueba (el oro y la plata se “refinan” con fuego) y del quebrantamiento podemos llegar a ser libres para adorar y servir al Señor.
A la acusación clara de “Vosotros cansáis a Jehová…”, la gente responde, según su costumbre con una pregunta: ¿En qué le cansamos? Es el estilo de las disputas. Parte de la respuesta es: …con vuestras palabras. Se acostumbraba usar palabras que pervertían la verdad y la justicia. Y siempre detrás de las palabras están las actitudes que las producen y después las acciones que resultan. Algunos comentaristas ven aquí una incredulidad cínica. La gente decía que la influencia de Jehová contaba en favor de los malvados en vez de los justos. Con cinismo y amargura llegaron a preguntar: “¿Dónde está el Dios de la justicia?”. Así cuestionaban el gobierno moral del mundo. El mal parecía florecer sin límite, se dudaba del valor de la adoración y se ofrecía a Dios menos que lo mejor. Eran quejas cínicas aunque un tanto lógicas. Al cabo la población había regresado a la tierra prometida y el templo había sido reconstruido. Pero, ¿qué había pasado con la promesa de la restauración de la prosperidad, prominencia y riqueza internacionales. Otros profetas habían prometido que Dios volvería a Jerusalén y a su templo, donde habitaría con su presencia gloriosa. Lejos de disfrutar tal gloria, el templo en los días de Malaquías estaba desprovisto de toda manifestación de Dios. Pero el profeta declara ahora que no siempre será así: …He aquí yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino… Y luego, repentinamente, vendrá a su templo el Señor… Seguramente vemos parte del cumplimiento de esta profecía cuando Simeón se encontró con el infante Jesús en el templo y habló de él como el que había venido para ser “luz para… gloria de tu pueblo Israel”. En el cumplimiento del tiempo llega el Mesías y vemos la gloria de Dios en la persona de Jesucristo.
Si bien el profeta y el pueblo han hablado, hemos de entender los versículos como palabras de Jehová mismo. Sobre el “mensajero” que Dios envía hay una certidumbre absoluta y divina: ¡He aquí que viene!. Así dice Jehová de los Ejércitos. Pero este acontecimiento que viene producirá juicio caracterizado con figuras de limpiamiento y purificación (fuego purificador y lejía de lavanderos) en vez de figuras de destrucción como las que Amós usa.
