Tolerancia para otros puntos de vista
Un creyente tiene la fe suficiente para creer que puede comer de todo; mientras que otro tiene una fe débil, y no come más que verduras. Que el que come de todo no desprecie al que no lo hace; y que el que no come de todo no critique al que sí lo hace; si Dios los ha recibido, nosotros debemos recibirlos también. Además, ¿quién eres tú para juzgar al esclavo ajeno? Lo que le hace aceptable o inaceptable es lo que piense de él su amo… ¡Y es aceptable, porque para su Amo lo es!
Aquí aparece una de las cuestiones que se debatían en la iglesia de Roma. Había algunos que no observaban leyes especiales en relación con la comida ni respetaban ciertos tabúes, y que comían de todo; y había otros que concienzudamente se abstenían de la carne y eran vegetarianos. Había muchas sectas y religiones en el mundo antiguo que observaban leyes estrictas de comida; entre ellas, los judíos. En Levítico 11 tenemos una lista de los animales cuya carne se puede comer y de los que no. Una de las sectas judías más estrictas eran los esenios: tenían comidas de la comunidad a las que iban bañados y con ropas especiales. Los alimentos tenían que prepararlos los sacerdotes, o no se podían comer. Pitágoras enseñaba que el alma humana es una deidad caída confinada en el cuerpo como en una tumba; creía en la reencarnación, por medio de la que al alma le podía corresponder habitar en una persona, en un animal o en una planta, en la cadena internánable del ser. La liberación de esa cadena del ser se obtenía por medio de una pureza y disciplina rigurosas. La disciplina incluía el silencio, el estudio, el examen de conciencia y la abstención de la carne en las comidas. En casi todas las iglesias cristianas habría quienes siguieran alguna de esas leyes o tabúes.
Es una forma del problema anterior. En la iglesia había un partido más estrecho y otro más liberal. Pablo indefectiblemente señala el peligro que podía surgir. Era de esperar que el partido más liberal despreciara los escrúpulos del más estrecho; y aún más, que el partido más estrecho emitiera juicios condenatorios contra lo que ellos consideraban la laxitud del partido más liberal. La situación es tan acusada y peligrosa en las iglesias de hoy como lo era en tiempos de Pablo.
Para salirle al paso, Pablo establece un gran principio: Nadie tiene derecho a criticar al esclavo de otro. El esclavo no tiene que dar cuenta nada más que a su amo. Ahora bien: todos somos esclavos de Dios. No nos corresponde a nosotros criticar a los demás, y menos condenarlos. Ese derecho sólo Le corresponde a Dios. No somos nosotros los que tenemos que decir si es aceptable o inaceptable nadie; y Pablo añade que, si una persona vive honradamente de acuerdo con sus principios, es aceptable para Dios.
Muchas iglesias se han dividido porque los que tienen puntos de vista más amplios tienen una actitud despectiva hacia los que consideran conservadores cerrados o fundamentalistas; y porque los que tienen una actitud más estricta censuran a los que se reservan el derecho de hacer lo que los otros consideran malo. No nos corresponde a nosotros condenarnos unos a otros. «Os ruego por las entrañas de Cristo -decía Cromwell a los rígidos escoceses de su tiempo- que tengáis en cuenta la posibilidad de que estéis equivocados.» Debemos desterrar de la comunión de la iglesia tanto la censura como el desprecio, y dejar todos los juicios a Dios; lo nuestro debe ser simpatizar y comprender.
Diferentes caminos con el mismo destino
Un creyente guarda un día especial; otro los considera todos iguales. Pues que cada cual esté convencido de lo que hace. El que guarda un día especial lo hace para el Señor. El que come, come delante del Señor, porque Le da gracias. EL que se abstiene de ciertos alimentos, lo hace delante de Dios, porque también Le da gracias a Dios.
Pablo introduce otra situación en la que puede haber diferencias entre los más estrechos y los más anchos. Las personas más rigurosas dan mucha importancia a guardar ciertas fechas. Eso era especialmente característico de los judíos. En más de una ocasión Pablo tuvo problemas con los que guardaban escrupulosamente las fiestas. A los gálatas les escribió: «Guardáis los días, las lunas, las estaciones y los años… ¡Me temo que he estado trabajando para nada con vosotros!» (Gálatas 4: IOs). Y a los colosenses: «Que nadie os critique por cuestiones de comida o bebida, o en relación con fiestas, lunas nuevas o sábados. Estas cosas no son más que la sombra de lo que ha de venir; pero su contenido pertenece a Cristo» (Colosenses 2:16s). Los judíos habían convertido el sábado en una tiranía, rodeándolo de una jungla de reglas y prohibiciones. No es que Pablo quisiera acabar con el día del Señor; eso de ninguna manera. Lo que temía era una actitud que de hecho creía que el Cristianismo consistía en guardar un día especial.
El Cristianismo es mucho más que guardar el día del Señor. Cuando Mary Slessor pasó en solitario tres años en la selva, a menudo se confundía de día, porque no tenía calendario. «Una vez la encontraron celebrando el culto en lunes, y otra vez arreglando el tejado en domingo creyendo que era lunes.» Nadie va a pretender que los cultos de Mary Slessor eran menos válidos por tenerlos en lunes, o que estaba quebrantando un mandamiento por trabajar en domingo. Pablo no habría negado jamás que el día del Señor es especialmente precioso; pero habría insistido igualmente en que no se convirtiera en una tiranía, y menos en un fetiche. No es el día lo que hemos de reverenciar, sino a Aquél a Quien ofrecemos el culto porque es el Señor de todos los días.
