Los estoicos enseñaban que había muchas cosas que ellos llamaban adiáfora, es decir, indiferentes. En sí eran neutrales, ni buenas ni malas. Los estoicos lo explicaban diciendo que todo depende del mango por el que las cojas. Ahora bien: eso es indudablemente cierto. Un cuadro puede ser una obra de arte para un estudiante de pintura, mientras que para otra persona es una cosa obscena. Una conversación puede ser interesante y estimulante para un grupo de personas, y una sarta de herejías y hasta de blasfemias para otros. Una diversión, un placer, un pasatiempo pueden ser totalmente permisibles para unos, y prohibidos para otros. Más aún: hay placeres que son inofensivos para una persona, y que pueden hacerle un daño irreparable a otra. Las cosas no son en sí ni limpias ni inmundas; lo que determina su carácter es la actitud de la persona que las ve o hace.
Eso es lo que Pablo nos quiere decir aquí. Hay ciertas cosas que una persona que está firme en la fe puede considerar que puede hacer; pero, si una persona con una mentalidad más rigurosa la ve hacerlo, no le parecerá bien; y si es inducida a hacerlo, su conciencia puede sufrir un daño irreparable. Vamos a poner un ejemplo sencillo. Una persona sinceramente no ve nada malo en participar en algún juego en domingo; pero a otra no le parece bien y le molesta; y si se la indujera a tomar parte en aquello, estaría sintiéndose mal todo el tiempo y creyendo que está haciendo lo que no debería hacer.
El consejo de Pablo es claro: Es un deber cristiano el tener en cuenta no sólo nuestro punto de vista, sino también el de los demás. Fijémonos bien que Pablo no nos está diciendo que debemos someter nuestra conducta a los dictados de las conciencias de otros. Hay cosas que son en esencia cuestiones de principio, y exigen una decisión personal. Pero hay muchas que son indiferentes y neutras; muchas no son ni buenas ni malas en sí; muchas no son partes esenciales de la vida o de la conducta, y pertenecen a la categoría de lo que pudiéramos llamar «los extras». La convicción de Pablo es que, en relación con esas cosas, no tenemos derecho a ofender la conciencia de hermanos más escrupulosos haciéndolas nosotros; y, menos, induciéndolos a que las hagan ellos.
La vida debe regirse por el principio del amor; y cuando así es pensaremos, no tanto en el derecho que tenemos a hacer las cosas a nuestra manera, como en nuestra responsabilidad hacia los demás. No tenemos derecho a inquietar la conciencia ajena en cosas que no tienen importancia. No se debe usar la libertad cristiana como excusa para lacerar los sentimientos de otros.
Ningún placer es tan importante como para justificar causar ofensa o dolor, y menos ruina, a otros. Agustín de Hipona solía decir que toda la ética cristiana se puede resumir en el dicho: «Ama a Dios, y haz lo que quieras.» En cierto sentido es cierto; pero el Cristianismo no consiste sólo en amar a Dios, sino también en amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
El peligro de la libertad cristiana
No permitas que el buen don que posees de la libertad se convierta en algo que te desacredite; porque el Reino de Dios no consiste en comida y bebida, sino en la integridad, la paz y el gozo que son los dones del Espíritu Santo. Porque la persona que dirige su vida de acuerdo con este principio, y así llega a ser esclavo de Cristo, Le es agradable a Dios y aceptable a los hombres. Así que sigamos con atención las cosas que contribuyen a la paz y las que nos edifican mutuamente. No destruyamos lo que Dios está haciendo por causa de la comida. Es verdad que todas las cosas nos están permitidas, pero no está bien que uno les haga la vida más dificil a los demás por lo que come. En esencia Pablo se está refiriendo aquí al peligro y al abuso de la libertad cristiana. Para un judío, la libertad cristiana tenía sus peligros; porque toda su vida había estado asediado por innumerables reglas y disposiciones: unas cosas eran limpias y otras inmundas; unos animales se podían comer y otros no; había que cumplir las leyes de la pureza ritual. Cuando un judío entraba en el Cristianismo se encontraba con que todas esas reglas y disposiciones se habían anulado de golpe; y el peligro era que tomara el Evangelio como una licencia para hacer lo que le diera la gana. Debemos recordar que la libertad cristiana y el amor cristiano siempre están en armonía. Tenemos que mantenernos en la verdad de que la libertad cristiana y el amor fraternal son inseparables.
Pablo les recuerda a los suyos que el Cristianismo no consiste en comer y beber lo que a uno se le antoje. Consiste en tres cosas muy grandes, que son opuestas al egoísmo.
(i) Está la integridad, que consiste en portarse con Dios y con los hombres como es debido. Ahora bien: lo primero que se le debe a un semejante en la vida cristiana es simpatía y consideración; en el momento en que nos convertimos a Cristo, los sentimientos de los demás son más importantes que los nuestros; el Cristianismo quiere decir poner a los demás en primer lugar, y al yo en último. No podemos darle al otro lo que le debemos y hacer lo que nos dé la gana.
