A pesar de todo, Pablo pide que haya simpatía entre los hermanos más estrechos y los más anchos. Su argumento es que, a pesar de las diferencias de práctica, su invalidad es la misma. En sus diferentes actitudes en relación con los días, todos creen que están haciendo la voluntad de Dios; y cuando se sientan a comer, unos comen carne y otros no, pero todos dan gracias a Dios. Haremos bien en recordarlo. Si yo quiero ir de Glasgow a Londres, hay varias rutas que puedo seguir. De hecho podría llegar a mi destino sin pasar por los mismos lugares que otro viajero que saliera del mismo sitio y llegara al mismo sitio que yo.
Según Pablo es el destino lo que nos une, y no debemos dejar que las diferencias de método nos dividan. Pero sí insiste en una cosa: Sea cual sea el camino que escoja, que cada cual esté convencido de lo que hace. Sus acciones deben estar inspiradas, no en la convención, sino en la convicción. Uno no debe hacer nada simplemente porque los otros lo hacen, ni porque está dominado por un sistema de tabúes más o menos supersticiosos; sino porque se lo ha pensado y ha llegado a la conclusión de que, por lo menos él, eso es lo que tiene que hacer.
Pablo hubiera añadido algo más: Que nadie pretenda hacer de su conducta la regla universal para todos los demás. Esta ha sido, de hecho, una de las maldiciones de las iglesias. Los seres humanos tenemos la tendencia a considerar que nuestra manera de hacer las cosas es la única perfecta, incluido el culto a Dios. T. R. Glover cita en algún lugar lo que decía Cambridge: «Sea lo que sea lo que tienes entre manos, hazlo conforme a tu leal saber y entender; pero recuerda que otro lo haría de otra manera.»
Haríamos bien en no olvidar que, en muchos casos, es nuestro deber tener convicciones; pero también dejar que los demás tengan las suyas sin tomarlos por publicanos o pecadores.
La imposibilidad del aislamiento
La razón de todo lo dicho es que no hay nadie que viva ni muera para sí solo; porque, ya sea que vivamos o que muramos, vivimos o morimos para el Señor, porque somos Su propiedad. Fue para esto para lo que Cristo murió y resucitó otra vez a la vida: para ser el Señor tanto para los que viven como para los que mueren.
Pablo presenta el hecho innegable de que es por naturaleza imposible vivir una vida independiente. No hay tal cosa en el mundo como un individuo totalmente aislado. De hecho, eso es verdad en dos sentidos. « El hombre -decía Macneile Dixontiene que ver con los dioses y con los mortales.» Nadie puede desligarse, ni de sus semejantes ni de Dios. Hay tres dimensiones en las que uno no puede desligarse:
(i) No se puede aislar del pasado. No hay nadie que se haya hecho a sí mismo. «Soy parte -decía Ulises- de todo lo que me he encontrado.» Todos hemos recibido una tradición. Somos una amalgama de todo lo que nuestros antepasados nos han hecho. Cierto que cada uno hace algo en esa amalgama; pero no empieza desde cero. Para bien o para mal empieza con todo lo que el pasado le ha hecho. La innumerable nube de testigos no sólo le rodea, sino que está en él. No se puede disociar del tronco del que ha salido o de la roca de la que ha sido extraído.
(ii) No se puede aislar del presente. Vivimos en una civilización que nos va uniendo cada vez más estrechamente. Nada que haga una persona la afecta solamente a ella. Cada uno tiene el tremendo poder de hacer a otros felices o desgraciados con su conducta; y el poder todavía más tremendo de hacer a otros buenos o malos. Cada persona irradia una influencia que les hace a otras seguir el camino hacia arriba o hacia abajo. Las obras de cada cual tienen consecuencias que afectan más o menos a otros. Cada persona está envuelta en el paquete de la vida, del que no puede escapar.
(iii) No se puede aislar del futuro. Como recibe la vida, así la transmite. Comunica a sus hijos una herencia de vida física y de carácter espiritual. No es una unidad hermética, sino un eslabón de la cadena. Alguien ha contado lo que le pasó a un chico que iba a lo suyo, y que empezó a estudiar biología. Estaba viendo por el microscopio algunas de esas criaturas que se pueden ver nacer y producir otras y morir en un instante de tiempo. Cuando se levantó, dijo: « Ahora sé que soy un eslabón de la cadena, y ya no quiero ser más un eslabón flojo.» Nuestra tremenda responsabilidad está en lo que dejamos de nosotros mismos en el mundo al dejarlo en otros.
El pecado sería algo mucho menos terrible si solamente afectara al que lo comete. Nos debe infundir santo temor el pensar que cada pecado empieza o continúa una cadena de maldad en el mundo. Y una persona puede desligarse todavía menos de Jesucristo.
