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Lucas 4: La batalla con la tentación

Jesús volvió del Jordán lleno del Espíritu Santo. Durante cuarenta días estuvo en el desierto bajo la dirección del Espíritu, sometido a los ataques de tentación del diablo. En todo ese tiempo no comió nada, y al final se sintió bajo los efectos del hambre. Entonces le dijo el diablo:

-Si es de veras que eres el Hijo de Dios, ¿por qué no le dices a esta piedra que se convierta en un pan?

-La Escritura dice: «La vida del hombre depende de más que pan» -le contestó Jesús.

El diablo entonces le llevó a un lugar alto y le hizo ver en un instante todos los países del mundo habitado, y le dijo:

-Yo te puedo dar control sobre todos estos, y todas sus riquezas, porque a mí me los han entregado, y yo se los puedo dar a quien me dé la gana. Lo único que tienes que hacer para que todo esto sea tuyo es reconocerme como Dios.

-La Escritura dice: «Al SEÑOR tu Dioses al único que adorarás, y no te someterás a nadie más que a Él» -volvió a contestarle Jesús.

Luego le llevó el diablo a Jerusalén, le colocó en la aguja más alta del templo y le dijo:

-Si es de veras que eres el Hijo de Dios, ¡a que no te tiras desde aquí! También dice la Escritura: «Dios dará órdenes a sus ángeles para que te guarden de todos los peligros», y «Te llevarán en brazos para asegurarse de que ni siquiera tropieces con el pie en ninguna piedra.»

-También se nos dice -contestó Jesús-: «No harás pruebas para ver hasta dónde puedes llegar con el SEÑOR tu Dios.»

Cuando el diablo hubo probado con Jesús todas sus artes en materia de tentación, le dejó, hasta que se le presentará, otra ocasión.

Ya hemos visto que hubo ciertos hitos en la vida de Jesús, y aquí tenemos otro de los más importantes. En el templo, cuando tenía doce años, había llegado a la convicción de que Dios era su Padre de una manera única y exclusiva. Con el surgimiento de Juan el Bautista sonó la hora de Jesús, y en su bautismo recibió la aprobación de Dios. En esta ocasión Jesús está a punto de iniciar su campaña. Antes de iniciar una campaña se han de escoger los métodos. El pasaje de la tentación nos presenta a Jesús eligiendo de una vez para siempre el método con el que se proponía ganar a los hombres para Dios. Le vemos rechazando el camino del poder y la gloria, y aceptando el camino del sufrimiento y de la cruz.

Antes de entrar a considerar este relato en detalle hay dos puntos que debemos señalar.

(i) Esta es la más sagrada de las historias evangélicas, porque no puede proceder sino de los labios del mismo Jesús. En algún momento tiene que haberles contado a sus discípulos esta íntima experiencia de su alma.

(ii) Ya en este momento Jesús debe de haber sido consciente de poseer poderes extraordinarios. Todo el sentido de las tentaciones está en que no podían ocurrirle más que a un Hombre que podía hacer cosas maravillosas. No sería una tentación para nosotros el convertir las piedras en pan o el tirarnos desde el pináculo del templo, por la sencilla razón de que nos es imposible hacer tales cosas. Estas son tentaciones que sólo se le podían presentar a un Hombre que tenía poderes absolutamente únicos, y que tenía que decidir cómo usarlos.

En primer lugar vamos a considerar el escenario, es decir, el desierto. La parte deshabitada de Judasa estaba en la meseta central, que era la columna vertebral del Sur de Palestina. Entre ésta y el Mar Muerto se extendía un tremendo descampado de cincuenta por ochenta kilómetros, que se llamaba Yesimón, que quiere decir «Devastación»: las colinas eran como montones de polvo; las montañas calizas parecían abrasadas y en descomposición; las rocas, agudas y peladas; el suelo sonaba a hueco cuando lo pisaban los caballos; ardía como un horno inmenso, y se abría en precipicios de setecientos metros sobre el Mar Muerto. Fue en aquella horrible devastación donde Jesús fue tentado.

No debemos creer que las tres tentaciones empezaron y terminaron como las escenas de una comedia, sino más bien que Jesús se retiró conscientemente a este lugar solitario, y pasó cuarenta días debatiéndose con el problema de cómo ganar a los hombres para Dios. Fue una batalla larga que no terminó hasta la cruz, porque el relato termina diciéndonos que el tentador dejó a Jesús por algún tiempo.

(i) La primera tentación era convertir las piedras en pan. Este desierto no estaba cubierto de arena, sino de piedras y cantos que parecían panes. El tentador le dijo a Jesús: «Si quieres que la gente te siga, usa tus poderes milagrosos para darle cosas materiales.» Estaba sugiriéndole a Jesús que sobornara a la gente para que le siguiera. Jesús reaccionó al ataque con las palabras de Deu_8:3 : «El hombre -dijo nunca encontrará la vida en las cosas materiales.»

La tarea del Evangelio no consiste en producir nuevas condiciones de vida, aunque el peso y la voz de la Iglesia deben estar detrás de todos los esfuerzos para hacerles la vida mejor a los hombres. Su verdadera tarea es producir hombres nuevos; dados los hombres nuevos, las nuevas condiciones de vida surgirán.

(ii) En la segunda tentación Jesús se imagina que está en la cima de una montaña desde la que se puede ver todo el mundo civilizado. El tentador le dice: «Adórame, y todo esto será tuyo.» Esta es la tentación del compromiso. El diablo dijo: «Tengo a la gente en un puño. No les pongas el listón muy alto. Haz un trato conmigo. Déjale algo de terreno al mal, y la gente te seguirá.» De vuelta vino el rebote de Jesús: «Dios es Dios, el bien es el bien, y el mal es el mal. No puede haber pacto en la guerra con el mal.» Una vez más, Jesús cita la Escritura Deu_6:13 y 10:20).

Es una tentación constante la de tratar de ganar hombres haciendo un compromiso con los principios del mundo. G. K. Chesterton dijo que la tendencia del mundo es ver las cosas en un gris indefinido, pero el deber del cristiano es ver las cosas en blanco y negro. Y Carlyle dijo: «El cristiano tiene que estar totalmente poseído por la convicción de la infinita belleza de la santidad, y de la infinita detestabilidad del pecado.»

(iii) En la tercera tentación, Jesús se imagina que está en el pináculo del templo en el que se unían el Pórtico de Salomón y el Pórtico Real: desde allí había una caída a plomo de 150 metros hasta el fondo del valle del torrente Cedrón. Esta era la tentación a darle a la gente demostraciones sensacionales.

«No -dijo Jesús-: no se han de hacer experimentos insensatos con el poder de Dios» Deu_6:16 ). Jesús vio muy claro que si le producía una gran impresión a la gente, sería una maravilla por algún tiempo, pero que el sensacionalismo no puede durar. El duro camino del servicio y del sufrimiento conduce a la cruz, pero después de la cruz está la corona.

LA PRIMAVERA GALILEA

Tan pronto como salió Jesús del desierto tuvo que arrostrar otra decisión: sabía que su hora había sonado, había escogido de una vez para siempre el método que iba a seguir, y ahora tenía que decidir dónde empezar.

(i) Y empezó en Galilea. Galilea era la región del Norte de Palestina, como de ochenta kilómetros de Norte a Sur y de cuarenta de Este a Oeste. El nombre quiere decir círculo, y viene del hebreo galil. Se llamaba así porque estaba rodeada de naciones no judías. Precisamente por eso se hacían sentir allí nuevas influencias, y era la parte más emprendedora y menos conservadora de Palestina. Tenía una gran densidad de población. Josefo, que había sido gobernador de Galilea, dice que tenía 204 pueblos que alcanzaban todos un mínimo de 15.000 habitantes cada uno. Parece increíble que pudiera haber una población de unos 3.000.000 en Galilea.

Era una tierra extraordinariamente fértil. Había un proverbio que decía: «Es más fácil criar una legión de olivos en Galilea que un niño en Judasa.» El clima maravilloso y la estupenda provisión de agua convirtieron a Galilea en el huerto de Palestina. La lista de árboles que crecían en ella demuestra su sorprendente fertilidad: vid, olivo, higuera, roble, nogal, terebinto, palmera, cedro, ciprés, morera, abeto, pino, sicomoro, laurel, mirto, almendro, granado, cidro y adelfa.

Josefo dice de los galileos que «les encantaban las innovaciones, eran inclinados por naturaleza a los cambios y les chiflaban las sediciones. Siempre estaban dispuestos a seguir a un líder que iniciara una insurrección. Eran de genio vivo y dados a enzarzarse en peleas.» «A los galileos -se decía no les falta nunca coraje.» «Tienen más interés en mantener el honor que en conseguir ganancia material.»

Esa fue la tierra en la que empezó Jesús. Era su propia tierra; y le dio, por lo menos al principio, una audiencia dispuesta a escucharle y a enardecerse con su mensaje.

(ii) Empezó en la sinagoga. La sinagoga era el verdadero centro de la vida religiosa de Palestina. No había más que un templo; pero la ley decía que donde hubiera diez familias judías tenía que haber una sinagoga, así es que en todos los pueblos y aldeas había una sinagoga en la que la gente se reunía para hacer el culto. En la sinagoga no se hacían sacrificios; eso era cosa del templo. La sinagoga era para la enseñanza. Pero, ¿cómo podía Jesús conseguir entrar en la sinagoga y exponer allí su mensaje si no era más que un laico, el carpintero de Nazaret?

El culto de la sinagoga constaba de tres partes:

(a) Había una parte en la que se hacían oraciones.

(b) Otra era la lectura de las Escrituras: siete varones de la congregación leían el texto en hebreo antiguo, que pocos entendían, y los targumistas o intérpretes lo traducían al arameo o al griego, un versículo de cada vez en el caso de la Ley, y de tres en tres en el de los Profetas.

(c) La parte de la enseñanza. En la sinagoga no había un ministerio profesional ni ninguna persona especial que hiciera la predicación; el presidente invitaba a hablar a cualquier persona distinguida que estuviera presente, y luego había lugar para la participación de los presentes y la discusión. Así es como Jesús tuvo oportunidad de enseñar en la sinagoga, cuya plataforma no le estaba cerrada todavía en esta etapa.

(iii) El pasaje termina diciendo que «todo el mundo le tenía en gran estimación.» Este período del ministerio de Jesús se ha llamado la primavera galilea. Llegó Jesús como una bocanada de la brisa de Dios. La oposición aún no había cristalizado. Los corazones humanos estaban hambrientos de la Palabra de Dios, y aún no se habían dado cuenta del golpe que había de dar Jesús a la ortodoxia de su tiempo. El que tiene mensaje siempre atrae una audiencia.

SIN HONOR EN SU PROPIO PAÍS

Una vez se encontraba en Nazaret, que era el pueblo donde se había criado; y, como era su costumbre, fue a la sinagoga el sábado, y se levantó a leer la Sagrada Escritura.

Le dieron el rollo del profeta Isaías, y Él lo desenrolló, y encontró y leyó el pasaje que dice: «El Espíritu de Dios está sobre mí, porque he sido ungido con Él para traer la Buena Noticia a los pobres. Se me ha enviado a anunciar a los presos la amnistía general, y a los ciegos, que van a volver a ver; a poner en libertad a los que la vida ha destrozado, a anunciar que ha llegado el año en que el favor de Dios se va a manifestar.»

Enrolló otra vez el libro, y se lo devolvió al encargado. Entonces se sentó en el lugar del predicador, y todos los presentes tenían los ojos fijos en Él. Y empezó a decir:

-Este pasaje de la Escritura se ha hecho realidad hoy aquí, mientras vosotros lo escuchabais.

Todos estaban de acuerdo en que era verdad todo lo que habían oído de Él, y se admiraban de las cosas maravillosas que decía. -Pero, ¿no es éste el hijo de José? -decían. Y Él respondió: -Está visto que me vais a aplicar el proverbio: «¡Médico, cúrate a ti mismo! ¡Haz aquí en tu pueblo todo lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún!» -Y prosiguió-: Este sí es el dicho que se me puede aplicar: «No hay profeta en su tierra.» Vosotros sabéis muy bien que era un hecho que había muchas viudas en Israel en los tiempos del profeta Elías, cuando estuvo cerrado el cielo, y no hubo lluvia en tres años y medio, y sí hambre en todo el país; pero Dios no mandó al profeta a ninguna de las viudas de Israel, sino a una que era de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, pero no fue sanado ninguno de ellos, y sí Naamán, un sirio.

La gente de la sinagoga se enfureció cuando le oyó decir eso, y se levantaron de sus asientos, y le sacaron a empellones fuera del pueblo, y le llevaron a la cima de la colina en la que está situada su ciudad para despeñarle. Pero Él echó a andar por en medio de todos, y se marchó.

Una de las primeras visitas de Jesús fue a su pueblo de Nazaret. No era una aldea, sino una polis, que quería decir un pueblo o ciudad; y es muy posible que tuviera tantos como 20.000 habitantes. Estaba edificada en una pequeña vaguada de las colinas que hay en las laderas más bajas de Galilea, ya cerca de la llanura de Jezreel; pero un chico no tenía más que subir a la cima de la colina que coronaba el pueblo para contemplar un maravilloso panorama de muchos kilómetros a la redonda.

El gran geógrafo e historiador de Israel George Adam Smith describe la escena desde la colina: La historia de Israel se

despliega ante los ojos del observador. Allí estaba la llanura de Esdrelón en la que pelearon Débora y Barac; donde Gedeón ganó sus victorias; donde Saúl se había hundido en el desastre y Josías había muerto en la batalla; allí había estado la viña de Nabot, y el lugar en el que Jehú había matado a Jezabel; allí estaba Sunem, donde había vivid ó Eliseo; allí estaba el Carmelo, donde Elías había peleado su batalla épica con los profetas de Baal; y, azul en la distancia, estaba el Mediterráneo, con sus islas.

Pero no era sólo la historia de Israel la que se contemplaba desde allí; también la historia universal se desplegaba a la vista de la colina que coronaba Nazaret. Tres grandes carreteras la bordeaban: la que venía del Sur, por la que transitaban los peregrinos que iban a Jerusalén; el gran Camino del Mar, que comunicaba Egipto con Damasco, por el que viajaban las caravanas cargadas con toda clase de mercancías, y la gran carretera del Este, que era la que frecuentaban las caravanas de Arabia y las legiones romanas que se dirigían a las fronteras del Este del Imperio. Es falso que Jesús se criara en un ignoto rincón de la Tierra; más bien debemos pensar que su pueblo estaba en una de las encrucijadas de la historia, y que el tráfico del mundo pasaba cerca de sus puertas.

Ya hemos descrito el culto de la sinagoga, y en este pasaje tenemos una escena real que tuvo lugar en él. No fue un libro lo que tomó Jesús, porque en aquel tiempo todo se escribía en rollos. Lo que leyó se encuentra en Isaías 61. En el versículo 20 de la versión Reina-Valera se usa la confusa palabra ministro. El funcionario en cuestión era el jazzán. Tenía muchas obligaciones: era el que sacaba de un arcón especial los rollos de la Escritura que se habían de leer, y los colocaba luego en su sitio; tenía a su cargo la limpieza de la sinagoga; era el que anunciaba la llegada del sábado con tres toques con una trompeta de plata desde la azotea de la sinagoga, y era también el maestro en la escuela del pueblo. El versículo 20 nos dice también que «se sentó en el lugar del predicador», y eso nos da la impresión de que había terminado; pero lo que quiere decir realmente es que se disponía a empezar, porque el predicador siempre se sentaba para hacer el sermón, y los rabinos daban las clases sentados. En Mateo S:1 leemos que Jesús se sentó para pronunciar el. Sermón del Monte; y esa misma idea sobrevive en la expresión cátedra, que usamos para designar el sillón del catedrático o profesor.

Lo que enfureció a la gente fue el elogio que Jesús pareció dedicar a los gentiles. Los judíos estaban tan convencidos de que eran el pueblo escogido de Dios que despreciaban a todos los demás. Algunos incluso decían que «Dios había creado a los gentiles para usarlos como leña en el infierno.» Y aquí estaba este joven de Jesús, a quien todos conocían, predicando como si los gentiles fueran los favoritos de Dios. Empezaba a amanecerles la idea de que había cosas en el nuevo mensaje que no se les había ocurrido ni soñar.

Debemos darnos cuenta de otro par de cosas:

(i) Jesús tenía la costumbre de ir a la sinagoga los sábados. Debe de haber habido muchas cosas con las que estaba totalmente en desacuerdo, o que herían su sensibilidad y sin embargo iba. El culto de la sinagoga tal vez distaba mucho de ser perfecto; pero Jesús nunca dejaba de unirse a los que daban culto a Dios el día del Señor.

(ii) No tenemos más que leer el pasaje de Isaías que leyó Jesús para darnos cuenta de la diferencia que había entre Jesús y Juan el Bautista. Juan era un predicador del juicio, y su mensaje debe haber hecho estremecerse de terror a sus oyentes. Pero lo que Jesús trajo fue un evangelio -una Buena Noticia. Jesús también sabía de la ira de Dios; pero sabía que es la ira del amor.

EL ESPÍRITU DE UN DEMONIO INMUNDO

Más tarde Jesús bajó á otro pueblo de Galilea qué se llamaba Cafarnaún. El sábado se puso a enseñar, y todos se sorprendían mucho de su manera de enseñar, porque les hablaba como si no dependiera de ninguna autoridad ajena.

En la sinagoga estaba entre los asistentes uno que tenía un espíritu de un demonio inmundo, que se puso a gritar a voz en cuello:

-¡Déjanos en paz! ¿Qué tienes tú que ver con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Es que has venido a acabar con nosotros? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!

Jesús reprendió al espíritu, y le mandó:

-¡Silencio! ¡Sal de él!

El demonio hizo que el hombre tuviera una convulsión allí mismo delante de todos, y salió de él sin hacerle más daño. Todos los presentes estaban atónitos, y se decían unos a otros:

-¿Qué manera de hablar es ésta, que da órdenes hasta a los espíritus inmundos con autoridad y poder, y salen?

La noticia de lo que había hecho Jesús se difundió por toda la tierra de alrededor.

Nos gustaría saber tanto de Cafarnaún como sabemos de Nazaret, pero aunque parezca extraño es que hasta hay dudas en cuanto al sitio exacto a orillas del Mar de Galilea en que estaba situada esta población en la que Jesús realizó tantas maravillas.

Este pasaje es especialmente interesante porque es el primero de Lucas en el que nos encontramos con un caso de posesión de demonios. En el mundo antiguo se creía que el aire estaba poblado por una multitud innumerable de malos espíritus que estaban esperando la oportunidad para entrar en las personas. A menudo entraban con la comida o la bebida. Eran ellos los que causaban las enfermedades. Los egipcios creían que había treinta y seis partes diferentes del cuerpo humano, y que en cada una de ellas se podía introducir uno de esos malos espíritus y llegar a controlarla. Había espíritus de sordera, de mudez, de fiebre; espíritus que le arrebataban a una persona la salud mental o el sentido; espíritus de mentira y de engaño y de inmundicia. Era uno de esos espíritus el que Jesús exorcizó aquí.

Para mucha gente esto es un problema. Por lo general, la mentalidad moderna considera que el creer en espíritus es algo primitivo y supersticioso que hemos dejado atrás en nuestro desarrollo. Sin embargo, parece que Jesús sí creía en ellos. Hay tres posibilidades.

(i) De hecho, Jesús creía en ellos. En este caso, por lo que se refiere a los conocimientos científicos, Jesús no estaba más adelantado que su época, sino con todas las limitaciones de los conocimientos médicos de su tiempo. No tenemos por qué rechazar esta conclusión, porque Jesús fue realmente un hombre, y tuvo los conocimientos que eran asequibles a los hombres de su tiempo.

(ii) Jesús no creía en ellos. Pero el paciente sí creía a macha martillo, y Jesús le podía curar solamente asumiendo que sus creencias en los demonios eran ciertas. Si una persona está enferma, y alguien le dice: « No te pasa nada», no la ayuda lo más mínimo. Hay que admitir la realidad del mal para poder efectuar la cura. Esas personas creían que estaban poseídas por un demonio, y Jesús, como sabio doctor, .sabía que no podía curarlas a menos que asumiera que la idea que tenían de su mal era cierta.

(iii) El pensamiento moderno, ha estado v4cilando hasta admitir que tal vez hay algo en la creencia en los demonios después de todo. Hay ciertos males para los que no se acaba de descubrir una causa corporal. No hay razón para que una persona esté enferma, pero lo está. Y ya que no hay una explicación física, algunos piensan ahora que debe de haber una causa espiritual, y que a lo mejor los demonios no son tan irreales después de todo.

La gente se quedaba atónita con el poder de Jesús, ¡y no nos sorprende! El Oriente antiguo estaba lleno de gente que pretendía poder exorcizar a los demonios. Pero tenían unos métodos fantásticos y maravillosos. Cierto exorcista le ponía un anillo al paciente debajo de la nariz, y recitaba largos encantamientos. Y entonces habría como una salpicadura en un barreño de agua que había colocado allí al lado, y el demonio salía « como por enSalmo». Una raíz que se llamaba baaras era especialmente efectiva. Cuando se le acercaba alguien, se hundía en el suelo a menos que se la agarrara a toda prisa, y el agarrarla era muerte instantánea. Así que cavaban el terreno alrededor de ella, le ataban un perro, que arrancaba la raíz con sus tirones, y moría el perro como un sustituto del hombre. ¡Qué diferencia entre toda esta parafernalia histérica y la tranquila y sencilla orden de Jesús! Lo que dejaba estupefactos a los espectadores era su simple autoridad.

La autoridad de Jesús era algo totalmente nuevo. Cuando los rabinos enseñaban, apoyaban todas sus afirmaciones con citas de otros. Decían: «El rabí Tal y Tal dijo…», «Hay una tradición que dice…» Siempre apelaban a autoridades reconocidas. Por su parte, los profetas decían: «Así dice el Señor». Tenían una autoridad delegada. Pero Jesús decía: «Yo os digo.» No necesitaba otras autoridades que le respaldaran; su autoridad no dependía de otras: era la autoridad hecha carne. Era un hombre que hablaba como el que sabía.

El experto en cualquier esfera tiene un aire de autoridad. Un músico cuenta que, cuando Toscanini se dirigía al atril, toda la orquesta sentía que de él fluía autoridad. Cuando nos hace falta consejo técnico, llamamos a un experto. Jesús es el experto en la vida. Cuando Él habla, todos sabemos que se trata de algo más allá de lo humano -es Dios.

MILAGRO EN LA CABAÑA

Cuando Jesús salió de la sinagoga, se fue a la casa de Simón Pedro. La suegra de Simón estaba aquejada de una fiebre impresionante, y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Él se puso a su lado y reprendió a la fiebre, que al momento la dejó. Sin perder un momento, la que había estado tan mal se levantó y se puso a servirles la comida.

Aquí escribe el médico Lucas. Aquejada de una fiebre impresionante: cada palabra es un término médico. Aquejada corresponde a la palabra médica griega para alguien que padece una enfermedad. Los autores médicos griegos dividían la fiebre en dos categorías: mayor y menor. Lucas sabía dictaminar una enfermedad. Hay tres grandes verdades en este breve incidente.

(i) Jesús estaba siempre dispuesto a servir. Acababa de salir de la sinagoga. Los predicadores sabrán cómo se sienten después de un culto. Uno se encuentra agotado, y necesita descansar. Lo último que desea es encontrarse con mucha gente que venga a pedirle más esfuerzo. Pero Jesús no había hecho más que salir de la sinagoga y entrar en casa de Simón, cuando se vio asaltado por el grito insistente de la necesidad humana. Jesús no alegó que estaba cansado y que tenía que descansar, y atendió a la petición sin queja ni demora.

El Ejército de Salvación cuenta lo que le sucedió a la señora Berwick en los días de los bombardeos de Londres. Había estado a cargo del trabajo social del-Ejército en Liverpool, y se había retirado a Londres. A la gente se le metían en la cabeza unas ideas muy raras durante los bombardeos, y una de ellas fue que, por lo que fuera, la casa de la señora Berwick era un lugar seguro; así es que se agolparon allí. Aunque ella estaba retirada, no había perdido el instinto de ayudar. Reunió una caja de primeros auxilios, y puso un cartel en la ventana: « Si necesitas ayuda, llama aquí.» Jesús siempre estaba dispuesto a ayudar. Sus seguidores debemos hacer lo mismo.

(ii) A Jesús no le hacía falta que hubiera mucha gente para hacer milagros. Muchos están dispuestos a hacer un esfuerzo ante las multitudes que no harían en privado. Muchos están en su mejor actitud en sociedad, y en su peor en casa. Es corriente que se sea gracioso, cortés y servicial ante extraños, y lo contrario cuando no se está más que con los de casa. En muchos se cumple el dicho de que « Cuando hay confianza, da asco.» Pero Jesús estaba dispuesto a desplegar todo su poder en una cabaña de la aldea de Cafarnaún, donde no había mucho público.

(iii) Cuando se sintió bien la suegra de Pedro, sin perder un momento… se levantó y se puso a servirles la comida. Se dio cuenta de que se le había devuelto la salud, y su manera de mostrar su agradecimiento fue ponerse a servir a los demás. No quería mimos ni contemplaciones; lo que quería era ponerse a guisar y a servirles la comida a los suyos y a Jesús. Así son las madres. Y todos haríamos bien en tener presente que si Dios nos ha concedido o devuelto el don inapreciable de la salud y las fuerzas, lo mejor que podemos hacer es usarlas para servir a otros.

LAS MULTITUDES INSISTENTES

Cuando se estaba poniendo -el sol, todos los que tenían amigos que estaban enfermos de lo que fuera se los traían a Jesús para que les impusiera las manos y los curara. También salían demonios de muchas personas, gritando:

-¡Tú eres el Hijo de Dios!

Pero Jesús los regañaba, y no les permitía decir nada; porque ellos sabían que era el Mesías.

Al amanecer; Jesús salió de la casa y se fue a un descampado. Mucha gente le seguía buscando y, cuando le encontraron, hicieron lo posible para que no se les marchara.. Pero Él les dijo:

-Tengo que ir también a los otros pueblos para darles la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso es para lo que se me ha enviado.

Y siguió proclamando su mensaje por las sinagogas de Judasa.

(i) De madrugada, Jesús salió para estar a solas con Dios. Podía responder a las insistentes necesidades humanas gracias a que antes buscaba la compañía de Dios. Una vez, en la guerra de 1914-18, estaba a punto de celebrarse una conferencia de los jefes, y ya estaban todos presentes menos el mariscal Foch, que era el general en jefe. Un oficial que le conocía bien dijo:

-Creo que sé dónde podemos encontrarle.

Y llevó a los demás a las ruinas de una capilla cercana al cuartel general; y allí, ante el altar derruido, estaba el gran soldado arrodillado en oración. Antes de encontrarse con los hombres tenía que encontrarse con Dios.

(ii) Jesús no dijo ni una palabra de queja o resentimiento cuando la gente invadió su soledad. La oración es algo muy importante, pero en última instancia la necesidad humana lo es más. La gran maestra misionera Florence Allshorn dirigía una escuela para preparar misioneros; conocía la naturaleza humana, y no disculpaba a los que de pronto se daban cuenta de que había llegado su momento de oración privada precisamente cuando había que fregar los cacharros. Hay que orar; pero la oración no debe ser nunca una evasión de la realidad. La oración no nos debe aislar del clamor, insistente de la necesidad humana, sino prepararnos para salirle al paso. Y algunas veces tendremos que dejar de estar de rodillas para ponernos en pie antes de lo que quisiéramos, y ponernos a hacer algo.

(iii) Jesús no dejaba hablar a los demonios. A menudo nos encontramos con que Jesús los mandaba callar. ¿Por qué? Por esta buena razón: los judíos tenían sus propias ideas populares acerca del Mesías; esperaban que fuera un gran rey conquistador que le pusiera el pie en el pescuezo al águila romana y barriera sus ejércitos de la tierra de Palestina. Todo el país estaba preparado para la gran conflagración. La revolución estaba siempre a flor de piel, y estallaba a menudo. Jesús sabía que si se corría la voz de que El era el Mesías, los revolucionarios se inflamarían. Antes de que le reconocieran como el Mesías tenía que enseñarles que el Mesías no era un rey conquistador, sino un siervo paciente. Mandaba callar a los demonios porque la gente no sabía todavía lo que era el carácter mesiánico, y si se lanzaban con sus ideas equivocadas pronto se producirían la destrucción y la muerte.

(iv) Aquí aparece por primera vez en el evangelio de Lucas la mención del Reino de Dios. Según Marcos, Jesús llegó predicando el Reino de Dios (1:15). Eso era la esencia de su mensaje. ¿Qué quería decir con el Reino de Dios? Para Jesús era tres cosas al mismo tiempo.

(a) Era pasado. Abraham, Isaac y Jacob estaban en el Reino, aunque habían vivido hacía siglos (Luk_13:28 ).

(b) Era presente. «El Reino -decía Jesús- está dentro de vosotros, o entre vosotros» (Luk_17:21 ).

(c) Era futuro. Era algo que Dios todavía tenía que dar y por lo que hemos de orar.

¿Cómo es posible que el Reino sea las tres cosas al mismo tiempo? Volvamos a la Oración Dominical; en ella encontramos dos peticiones íntimamente relacionadas: Venga tu Reino, y Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo Mat_6:10 ). En la poesía hebrea, como se puede ver abundantemente en los Salmos, la misma idea se repetía dos veces con otras palabras; y la segunda explicaba, o desarrollaba, o completaba el sentido de la primera. Pongamos ahora juntas estas dos peticiones: Venga tu Reino – Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo. La segunda aclara la primera; por tanto el Reino de Dios es una sociedad en la Tierra donde la voluntad de Dios se hace tan perfectamente como en el Cielo. Si alguien del pasado ha cumplido la voluntad de Dios, está en el Reino; si alguien la cumple ahora, está en el Reino; pero todavía falta mucho para que toda la humanidad cumpla la voluntad de Dios de una manera perfecta, y por tanto la consumación está en el futuro. Por eso el Reino de Dios es pasado y presente y futuro al mismo tiempo.

Los hombres cumplen la voluntad de Dios a rachas, obedeciendo unas veces y desobedeciendo otras. Sólo Jesús la cumplió perfectamente. Por eso es el fundamento y la encarnación del Reino. Vino para capacitar a los hombres a hacer lo mismo. El cumplir la voluntad de Dios es ser ciudadano del Reino de Dios: Hacemos bien en pedir: «Señor, venga tu Reino, empezando por mí.»

Algunas veces sentimos que si el Espíritu Santo nos guía, siempre será «junto a aguas de reposo» (Psa_23:2). Pero esto no es del todo cierto; el Espíritu condujo a Jesús al desierto para una larga y difícil época de prueba y puede también llevarnos a situaciones difíciles. Al enfrentar pruebas, primero asegúrese de que no vienen debido al pecado ni por decisiones insensatas. Si no descubre pecado inconfesado ni comportamiento negligente que cambiar, pida a Dios que le dé energías para enfrentar la prueba. Por último, tenga cuidado en seguir fielmente hacia donde el Espíritu le guía.

La tentación a menudo viene después de un buen momento en nuestra vida espiritual o en nuestro ministerio (véase 1 Reyes 18 y 19 que relatan la historia de Elías, donde luego de su gran victoria, le sigue la desesperación). Recuerde que Satanás elige el momento preciso para sus ataques. Necesitamos estar en guardia en tiempos de victoria y en tiempos de desaliento. Véase la nota tercera a Mat_4:1ss de cómo Satanás nos tienta cuando estamos vulnerables.

Satanás tentó a Eva en el huerto y tentó también a Jesús en el desierto. Satanás es un ser real, no un símbolo ni una idea. Constantemente lucha en contra de Dios y en contra de los que le siguen y obedecen. Jesús fue el blanco original de su tentación. Satanás triunfó con Eva y Adán, y pretendía hacer lo mismo con Jesús.

Conocer y obedecer la Palabra de Dios es arma eficaz contra la tentación, la única ofensiva provista en la «armadura» de Dios (Eph_6:17). Jesús usó la Escritura para enfrentar los ataques de Satanás y usted puede hacerlo también. Pero, a fin de usarla con eficacia, debe tener fe en las promesas de Dios porque Satanás también sabe las Escrituras y es experto en torcerlas para que se ajusten a sus propósitos. Obedecer las Escrituras es más importante que tener un simple versículo que mencionar, de manera que léalos a diario y aplíquelos a su vida. Así su «espada» tendrá siempre filo.

¿Por qué fue necesaria la tentación de Jesús? Primero, la tentación es parte de la experiencia humana. Para que Jesús fuera netamente humano y pudiera entendernos del todo, tuvo que enfrentar la tentación. (Véase Heb_4:15.) Segundo, Jesús tuvo que deshacer la obra de Adán. Este, aunque se creó perfecto, cayó en la tentación y su pecado se trasmitió a todo el género humano. Jesús, en contraste, resistió a Satanás. Su victoria ofrece salvación a todos los descendientes de Adán (véase Rom_5:12-19).

Satanás a menudo plantea interrogantes acerca de lo que Dios ha dicho. Sabe que una vez que empecemos a cuestionar a Dios, será mucho más fácil conseguir que hagamos lo que él quiere. Quizás plantear preguntas nos ayude a formar creencias y fortalecer la fe, pero también puede ser peligroso. Si enfrenta dudas en su vida, tenga en cuenta que puede ser vulnerable a las tentaciones. Aun si busca respuestas, protéjase mediante la meditación en las verdades inamovibles de la Palabra de Dios.

Algunas veces lo que nos sentimos tentados a hacer no es malo en sí. Transformar piedras en pan no es necesariamente dañino. El hecho no era pecado, sino el motivo. Satanás trató de que Jesús se desviara a expensas de sus metas a largo plazo. Satanás a menudo obra así, persuadiéndonos a realizar cosas, aun buenas, pero por razones erróneas o en el momento indebido. El hecho de que algo no sea malo no significa que sea bueno para usted en un determinado momento. Muchos pecan por atender a sus legítimos deseos fuera de la voluntad de Dios o fuera de su tiempo. La primera pregunta que debe hacerse es: «¿Es el Espíritu Santo el que me guía a hacer esto? O: ¿Es Satanás el que me induce a hacerlo para desviarme del camino?»

A menudo no solo nos tientan nuestras debilidades, sino también nuestros lados fuertes. Satanás tentó a Jesús por donde El estaba firme. Jesús tuvo poder sobre las piedras, los reinos del mundo y aun sobre los ángeles y por eso Satanás quiso que ese poder lo usara sin considerar su misión. Cuando damos lugar al diablo y usamos erróneamente nuestras fuerzas, nos volvemos soberbios y autodependientes. Al confiar en nuestros poderes necesitamos muy poco de la ayuda de Dios. Para no caer en esta trampa, debemos llegar al convencimiento de que todas nuestras energías son un don de Dios y que las debemos dedicar a su servicio.

Con arrogancia, Satanás esperó salir airoso en su rebelión contra Dios al tratar de desviar a Jesús de su misión y lograr adoración. «Este mundo es mío, no de Dios», decía, «y si esperas hacer algo importante aquí, mejor que lo tengas en cuenta». Jesús no discutió con Satanás acerca de quién era el dueño de este mundo, en cambio refutó la validez de la declaración. Sabía que redimiría al mundo al dar su vida en la cruz, no a través de una alianza con un ángel corrupto.

Aquí Satanás tergiversa las Escrituras. La intención del Salmo 91 es mostrar la protección de Dios hacia su pueblo, no incitarlo a usar el poder de Dios en demostraciones sensacionales o tontas.

La derrota de Satanás fue decisiva, mas no final. A través de su ministerio, Jesús enfrentaría al diablo en muchas formas. Es común ver la tentación como algo que viene y va. En realidad, debemos mantenernos siempre alertas contra los reiterados ataques del diablo. ¿Dónde es más susceptible a la tentación en este momento? ¿Está preparado para enfrentarla?

Las sinagogas eran muy importantes en la vida religiosa de los judíos. Durante el exilio, cuando los judíos no gozaban del templo, se establecieron las sinagogas como lugares para la adoración durante el sábado y como escuelas para los niños durante la semana. Continuaron en uso aun después de la reconstrucción del templo. Una sinagoga se podía abrir en cualquier pueblo donde vivieran al menos diez familias judías. La dirigía una persona y su ayudante. En la sinagoga, muchas veces el líder invitaba a un rabino visitante para que leyera las Escrituras y enseñara.

Jesús fue a la sinagoga «conforme a su costumbre». A pesar de que era perfecto como Hijo de Dios y su sinagoga local dejaba mucho que desear, asistía a las reuniones cada semana. Su ejemplo convierte en débiles y egoístas muchas de las excusas que se usan para no asistir. Haga que la asistencia al culto de adoración forme parte de su vida.

Jesús citó Isa_61:1-2. Este pasaje describe la liberación de Israel del cautiverio babilónico como un año de jubileo en el que se cancelaban todas las deudas, se liberaban los esclavos y se devolvían las propiedades a sus dueños originales (Levítico 25). Pero la liberación del cautiverio no trajo lo que el pueblo esperaba; todavía era un pueblo conquistado y oprimido. De ahí que Isaías quizás se refería a una era mesiánica futura. Jesús con audacia anunció: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros». Jesús se proclamó como aquel que haría que estas buenas nuevas sucedieran, pero de una manera que la gente era incapaz de entender.

Ni siquiera aceptaron al mismo Jesús como profeta en su pueblo. Mucha gente tiene la misma actitud. Todo aquel que lleva un maletín y que viene de lejos es un experto. No se sorprenda cuando su vida y fe cristianas no las comprendan con facilidad ni las acepten quienes lo conocen bien.

Estos comentarios enfurecieron a los de Nazaret, porque Jesús decía que a veces Dios decidía alcanzar a los gentiles antes que a los judíos. Jesús los acusó de ser tan incrédulos como los ciudadanos del reino del norte de Israel en los días de Elías y Eliseo, una época notoria por su gran maldad.

Hacía poco que Jesús se había marchado hacia Capernaum desde Nazaret (Mat_4:13). Capernaum era una ciudad próspera, con gran riqueza, así como también grande en pecado y decadencia. Ya que allí estaba el cuartel general de gran parte de las tropas romanas, los comentarios acerca de Jesús podían correr a través de todo el Imperio Romano.

¿Por qué dejaban que Jesús enseñara en las sinagogas? Jesús aprovechó la costumbre de permitir a los visitantes enseñar. Rabinos itinerantes eran siempre bienvenidos para hablar a los que se reunían cada día de reposo en la sinagoga. El apóstol Pablo también se benefició con esta costumbre (véanse Act_13:5; Act_14:1).

En la sinagoga donde Jesús enseñaba había un hombre poseído por el demonio. Se abrió paso hasta el lugar de adoración y lanzó improperios a Jesús. Es ingenuo pensar que en la iglesia estamos protegidos de maldad. Satanás se goza al invadir nuestra presencia siempre y dondequiera que pueda. Pero la autoridad de Jesús es mayor que la de él; y donde está Jesús, los demonios no pueden permanecer por mucho tiempo.

La gente se maravillaba al ver la autoridad de Jesús para echar fuera demonios, los espíritus malignos que Satanás gobierna y envía para acosar a la gente y tentarla a pecar. Como su líder, quizás sean ángeles caídos que se le unieron en rebelión contra Dios. Los demonios pueden lograr que una persona enmudezca, sea sorda, ciega o pierda la razón. Jesús enfrentó a muchos demonios durante su estancia en la tierra y siempre impuso su autoridad sobre ellos. Según nos relata Lucas, no solo el demonio salió de este hombre, sino que lo hizo sin siquiera dañarlo.

La maldad penetra nuestro mundo y no debe sorprender que a menudo la gente vive temerosa. Pero el poder de Jesús es mucho más grande que el de Satanás. El primer paso para dominar el temor al maligno es reconocer la autoridad de Jesús. El ha vencido lo malo, incluyendo a Satanás.

Jesús sanó a la suegra de Simón (Pedro) completamente, al grado que no solo la fiebre la dejó, sino que también cobró energías y de inmediato se levantó y atendió las necesidades de otros. ¡Qué actitud más hermosa de servicio demostró! Dios nos da salud para servir a otros.

La gente vino a Jesús hasta «ponerse el sol» porque era día de reposo (4.31), su día de descanso. El día de reposo duraba desde la puesta del sol del viernes hasta la puesta del sol del sábado. La gente no quería quebrantar la Ley que prohibía viajar en el día de reposo, de manera que esperaba hasta que pasaran las horas sabáticas para ir a Jesús. Luego, como destaca Lucas el médico, iban a Jesús con diversas enfermedades y El los sanaba.

¿Por qué Jesús no quiso que los demonios revelaran quién era? (1) Ordenó a los demonios que callasen para mostrar su autoridad sobre ellos. (2) Quería que sus oyentes creyeran que era el Mesías por sus palabras y no por los demonios. (3) Revelaría su identidad a su debido tiempo, en el tiempo de Dios, y no iba a permitir que Satanás lo obligara con sus planes malignos. Los demonios lo llamaron Jesús «el Santo de Dios» (4.34) o «el Hijo de Dios» (4.41) porque sabían que era el Cristo. Pero Jesús iba a mostrarse como el siervo sufriente antes de llegar a ser el gran Rey. La pronta revelación como Rey hubiera causado alboroto en las multitudes con expectativas erróneas de lo que El vino a hacer.

Jesús tenía que levantarse muy temprano a fin de tener un tiempo a solas. Si El necesitó soledad para orar y descansar, ¿cuánto más nosotros? No permita que las muchas ocupaciones de la vida le lleven a un frenesí de actividades que le impidan tener su devocional a solas con Dios. No importa cuánto tenga que hacer, debe tener siempre un tiempo para orar.

¡El Reino de Dios es buenas nuevas! Desde el tiempo de la cautividad en Babilonia, los judíos esperaban la venida del Mesías prometido. El Reino de Dios era buenas nuevas para ellos porque significaba el fin de su espera. ¡También lo es para nosotros porque denota libertad de la esclavitud del pecado y del egoísmo! El Reino de Dios está aquí y ahora, porque el Espíritu Santo vive en los corazones de los creyentes. También está en el futuro, porque Jesús volverá para reinar sobre un reino perfecto donde no existirán ni el pecado ni la maldad.

Jesús en Capernaúm (ver Mat. 8:14-17; Mar. 1:21-39). Desde la región montañosa Jesús descendió a Capernaúm sobre la ribera del lago. Una de sus principales actividades era enseñar en las sinagogas donde las congregaciones se reunían los sábados. Una persona poseída por un demonio hoy sería considerada como alguien que sufriera de una enfermedad mental o una discapacidad. Sin embargo, esto no es un diagnóstico completo de los que son descriptos en los Evangelios, algunos de los cuales tenían una sabiduría aguda de cosas desconocidas por la gente común. La presencia de los poderes malos y sobrenaturales no puede ser racionalizada y, así como los teólogos reconocen que el Espíritu Santo obra a través de las vidas de los hombres para su bien, también quizá podamos reconocer una actividad similar por parte de los malos espíritus. Este hombre tenía una visión sobrenatural de la personalidad de Jesús y el propósito de su ministerio. El Santo de Dios significa lo mismo que el Hijo de Dios o Cristo (41) y produce especialmente la oposición de Jesús, quizá co mo portador del Espíritu Santo, a todo lo que no lo fuera. Quizá el demonio confiaba en derrotar a Jesús usando su nombre -lo que era una antigua superstición, como en los cuentos de hadas- pero Jesús ordenó al demonio que dejara al hombre. La sanidad confirmó la impresión de la enorme autoridad que ya tenía la enseñanza de Jesús.

La enfermedad también debía estar sujeta a su poder.Una fuerte fiebre puede ser un término técnico médico. Jesús la reprendió casi como si fuera una persona. El detalle básico puede ser que él atacó el poder del mal que se demuestra en la enfermedad humana.

Una vez que el nuevo día judío hubo comenzado al ponerse el sol, se levantaron las restricciones para el trabajo durante el sábado, y los enfermos pudieron ser llevados a Jesús. Silenció los gritos de los endemoniados porque quería que la gente aprendiera por sí misma quién era él.

En la mañana abandonó deliberadamente a las multitudes. Luc. no menciona que Jesús estuvo en oración en aquel tiempo (como hace Mar. 1:35; pero ver 5:16). Su divina comisión era la de proclamar las buenas nuevas del reino de Dios (ver Mar. 1:15) en amplitud; no podía quedarse en un lugar y convertirse en el ídolo de una turba de admiradores. De modo que recorrió Judea (ver nota de la RVA), lo que aquí pue de querer decir toda Palestina, incluyendo Galilea, ya que Jesús no fue hacia el sur en Judea misma para un ministerio continuo sino más tarde.

Al ser llevado al desierto Cristo dio ventaja al tentador; porque estaba solo, nadie estaba con Él para que, por las oraciones y consejos de ellos, hubiera recibido ayuda en la hora de la tentación. Él, que conocía su fuerza, podía dar ventaja a Satanás, pero no nosotros, que conocemos nuestra debilidad. Siendo en todas las cosas semejante a sus hermanos, Jesús, como los otros hijos de Dios, viviría en dependencia de la providencia y la promesa divina. La palabra de Dios es nuestra espada, y la fe en la palabra es nuestro escudo. Dios tiene muchas maneras de proveer a su pueblo y, por tanto, debemos depender de Él en todo tiempo en el camino del deber.

Todas las promesas de Satanás son engañosas; y si se le permite el poder de disponer de los reinos del mundo y la gloria de ellos, los usa como carnada para atrapar hombres para destruir. Debemos rechazar de inmediato, y con aborrecimiento, toda oportunidad de ganancia o avance pecaminoso, como precio ofrecido por nuestra alma; debemos procurar las riquezas, los honores y la dicha sólo en la adoración y el servicio de Dios. Cristo no adora a Satanás; ni tolera que queden vestigios de la adoración al diablo para cuando su Padre le entregue el reino del mundo.

Satanás también tentó a Jesús para que fuera su propio asesino por una confianza incorrecta en la protección de su Padre, de la cual no tenía garantía.

Ningún mal de la Escritura de parte de Satanás o de los hombres abata nuestra estima, o nos haga abandonar su utilidad; sigamos estudiándola, procurando conocerla, y buscando nuestra defensa en ella contra toda clase de ataques. La palabra habite en nosotros en abundancia, porque es nuestra vida. Nuestro Redentor victorioso venció, no sólo por Él, sino también por nosotros. El diablo terminó toda tentación. Cristo lo dejó probar toda su fuerza y lo derrotó. Satanás vio que no tenía sentido atacar a Cristo, que nada tenía en Él donde se agarraran sus dardos de fuego. Si resistimos al diablo, huirá de nosotros.

Aunque se fue, lo hizo temporalmente hasta cuando de nuevo iba a ser suelto sobre Jesús, no como tentador para llevarlo al pecado, y así golpear su cabeza, a lo cual apuntaba ahora y fue totalmente derrotado, sino como perseguidor para llevar a Cristo a sufrir, y así herir su calcañar, que se le dijo que tendría que hacer, y querría hacer, aunque fuera herir su propia cabeza, Génesis iii, 15. Aunque Satanás se vaya por una temporada, nunca estaremos fuera de su alcance hasta que sea sacado de este presente mundo malo.

Cristo enseñó en las sinagogas, los lugares de adoración pública, donde se reunían a leer, exponer y aplicar la palabra, a orar y alabar. Todos los dones y las gracias del Espíritu estaban sin medida sobre Él y en Él. Por Cristo pueden los pecadores ser librados de las ataduras de la culpa y, por su Espíritu y su gracia, de las ataduras de la corrupción. Él vino por la palabra de su evangelio a traer luz a quienes estaban en tinieblas, y por el poder de su gracia, a dar vista a los que estaban ciegos. Predicó el año agradable del Señor. Los pecadores deben oír la invitación del Señor cuando se proclama la libertad.

El nombre de Cristo era Maravilloso; en nada lo fue más que en la palabra de su gracia, y el poder que iba con ella. Bien podemos maravillarnos que dijera las palabras de gracia a infelices desdichados como la humanidad. Algún prejuicio suele presentar una objeción contra la doctrina de la cruz que humilla; y aunque es la palabra de Dios que incita la enemistad de los hombres, ellos culparán a la conducta o los modales del orador. La doctrina de la soberanía de Dios, su derecho a hacer su voluntad, provoca a los hombres orgullosos. Ellos no procuran su favor a su manera; y se enojan cuando los demás tienen los favores que ellos rechazan. Aún sigue Jesús rechazado por las multitudes que oyen el mismo mensaje de sus palabras. Aunque lo vuelven a crucificar en sus pecados, podemos honrarlo como Hijo de Dios, el Salvador de los hombres, y procurar mostrar por nuestra obediencia que así lo hacemos.

La predicación de Cristo afectaba mucho a la gente; y un poder que obraba iba con ella a la conciencia de los hombres. Los milagros demostraban que Cristo es el que domina y vence a Satanás, y que sana enfermedades. Donde Cristo da vida nueva, en la recuperación de una enfermedad, debe ser una vida nueva dedicada más que nunca a su servicio, a su gloria. Nuestra ocupación debe ser difundir ampliamente la fama de Cristo en todo lugar, buscarlo por cuenta de los enfermos de cuerpo y mente, y usar nuestra influencia para llevar a Él a los pecadores, para que sus manos puedan ser impuestas sobre ellos para que sean sanados. —Él expulsa los demonios de muchos que estaban poseídos. No fuimos enviados al mundo para vivir para nosotros sólo, sino para glorificar a Dios y hacer el bien a nuestra generación. La gente lo buscaba e iba a Él. Un desierto no es desierto si estamos con Cristo. Él continuará con nosotros, por su palabra y su Espíritu, y extenderá las mismas bendiciones a otras naciones hasta que, por toda la tierra, los siervos y adoradores de Satanás sean llevados a reconocerle como el Cristo, el Hijo de Dios, y hallen redención por medio de su sangre, el perdón de pecados.

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