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Lucas 4: La batalla con la tentación

Todos estaban de acuerdo en que era verdad todo lo que habían oído de Él, y se admiraban de las cosas maravillosas que decía. -Pero, ¿no es éste el hijo de José? -decían. Y Él respondió: -Está visto que me vais a aplicar el proverbio: «¡Médico, cúrate a ti mismo! ¡Haz aquí en tu pueblo todo lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún!» -Y prosiguió-: Este sí es el dicho que se me puede aplicar: «No hay profeta en su tierra.» Vosotros sabéis muy bien que era un hecho que había muchas viudas en Israel en los tiempos del profeta Elías, cuando estuvo cerrado el cielo, y no hubo lluvia en tres años y medio, y sí hambre en todo el país; pero Dios no mandó al profeta a ninguna de las viudas de Israel, sino a una que era de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, pero no fue sanado ninguno de ellos, y sí Naamán, un sirio.

La gente de la sinagoga se enfureció cuando le oyó decir eso, y se levantaron de sus asientos, y le sacaron a empellones fuera del pueblo, y le llevaron a la cima de la colina en la que está situada su ciudad para despeñarle. Pero Él echó a andar por en medio de todos, y se marchó.

Una de las primeras visitas de Jesús fue a su pueblo de Nazaret. No era una aldea, sino una polis, que quería decir un pueblo o ciudad; y es muy posible que tuviera tantos como 20.000 habitantes. Estaba edificada en una pequeña vaguada de las colinas que hay en las laderas más bajas de Galilea, ya cerca de la llanura de Jezreel; pero un chico no tenía más que subir a la cima de la colina que coronaba el pueblo para contemplar un maravilloso panorama de muchos kilómetros a la redonda.

El gran geógrafo e historiador de Israel George Adam Smith describe la escena desde la colina: La historia de Israel se

despliega ante los ojos del observador. Allí estaba la llanura de Esdrelón en la que pelearon Débora y Barac; donde Gedeón ganó sus victorias; donde Saúl se había hundido en el desastre y Josías había muerto en la batalla; allí había estado la viña de Nabot, y el lugar en el que Jehú había matado a Jezabel; allí estaba Sunem, donde había vivid ó Eliseo; allí estaba el Carmelo, donde Elías había peleado su batalla épica con los profetas de Baal; y, azul en la distancia, estaba el Mediterráneo, con sus islas.

Pero no era sólo la historia de Israel la que se contemplaba desde allí; también la historia universal se desplegaba a la vista de la colina que coronaba Nazaret. Tres grandes carreteras la bordeaban: la que venía del Sur, por la que transitaban los peregrinos que iban a Jerusalén; el gran Camino del Mar, que comunicaba Egipto con Damasco, por el que viajaban las caravanas cargadas con toda clase de mercancías, y la gran carretera del Este, que era la que frecuentaban las caravanas de Arabia y las legiones romanas que se dirigían a las fronteras del Este del Imperio. Es falso que Jesús se criara en un ignoto rincón de la Tierra; más bien debemos pensar que su pueblo estaba en una de las encrucijadas de la historia, y que el tráfico del mundo pasaba cerca de sus puertas.

Ya hemos descrito el culto de la sinagoga, y en este pasaje tenemos una escena real que tuvo lugar en él. No fue un libro lo que tomó Jesús, porque en aquel tiempo todo se escribía en rollos. Lo que leyó se encuentra en Isaías 61. En el versículo 20 de la versión Reina-Valera se usa la confusa palabra ministro. El funcionario en cuestión era el jazzán. Tenía muchas obligaciones: era el que sacaba de un arcón especial los rollos de la Escritura que se habían de leer, y los colocaba luego en su sitio; tenía a su cargo la limpieza de la sinagoga; era el que anunciaba la llegada del sábado con tres toques con una trompeta de plata desde la azotea de la sinagoga, y era también el maestro en la escuela del pueblo. El versículo 20 nos dice también que «se sentó en el lugar del predicador», y eso nos da la impresión de que había terminado; pero lo que quiere decir realmente es que se disponía a empezar, porque el predicador siempre se sentaba para hacer el sermón, y los rabinos daban las clases sentados. En Mateo S:1 leemos que Jesús se sentó para pronunciar el. Sermón del Monte; y esa misma idea sobrevive en la expresión cátedra, que usamos para designar el sillón del catedrático o profesor.

Lo que enfureció a la gente fue el elogio que Jesús pareció dedicar a los gentiles. Los judíos estaban tan convencidos de que eran el pueblo escogido de Dios que despreciaban a todos los demás. Algunos incluso decían que «Dios había creado a los gentiles para usarlos como leña en el infierno.» Y aquí estaba este joven de Jesús, a quien todos conocían, predicando como si los gentiles fueran los favoritos de Dios. Empezaba a amanecerles la idea de que había cosas en el nuevo mensaje que no se les había ocurrido ni soñar.

Debemos darnos cuenta de otro par de cosas:

(i) Jesús tenía la costumbre de ir a la sinagoga los sábados. Debe de haber habido muchas cosas con las que estaba totalmente en desacuerdo, o que herían su sensibilidad y sin embargo iba. El culto de la sinagoga tal vez distaba mucho de ser perfecto; pero Jesús nunca dejaba de unirse a los que daban culto a Dios el día del Señor.

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