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Lucas 6: La creciente oposición

Un sábado sucedió que Jesús iba pasando entre los sembrados con sus discípulos, y ellos se pusieron a arrancar espigas y a restregarlas con las manos y a comérselas. Entonces dijeron los fariseos:

-¿Cómo es que hacéis lo que ley prohíbe hacer en sábado?

-¿Es que no habéis leído -respondió Jesús- lo que hizo David cuando él y sus amigos tenían hambre? Dice la Escritura que entró en la casa de Dios, y cogió los panes sagrados que se ofrecían a Dios, que sólo podían comer los sacerdotes, y comió y les dio también a los que estaban con él. La autoridad del Hijo del Hombre se extiende también al sábado.

Este es el primero de dos incidentes en los que vemos que la oposición a Jesús ya estaba saliendo a la luz, y que lo que tenían en contra de El era que quebrantaba las leyes tradicionales del sábado. En esta escena, iban pasando Jesús y sus discípulos por entre los trigales. El hecho de que los discípulos arrancaran espigas no era en sí ningún crimen. Una de las leyes misericordiosas del Antiguo Testamento establecía que uno que fuera pasando por un trigal podía arrancar algunas espigas, siempre que no metiera la hoz (Deu_23:25 ). Si lo hubieran hecho otro día cualquiera no habría habido nada que objetar; pero era sábado. Cuatro de los trabajos prohibidos el sábado eran segar, trillar, aventar y preparar comida; y los discípulos habían realizado los cuatro según la interpretación ortodoxa de la ley: al arrancar espigas, habían segado; al restregarlas con la mano, habían trillado; al soplar para quitar la paja, habían aventado, y el hecho de que se las comieran demostraba que habían preparado una comida el sábado. A nosotros nos parece fantástico todo esto; pero debemos recordar que, para un estricto fariseo, todos eran pecados mortales. Se habían quebrantado las normas y las reglas, y esto era una cuestión de vida o muerte.

Hicieron su acusación, y Jesús les contestó con una cita del Antiguo Testamento: lo que hicieron David y sus compañeros cuando tenían mucha hambre y comieron el pan de la proposición que se ofrecía a Dios en el tabernáculo, mejor llamado el Pan de la Presencia. Todos los sábados por la mañana se ponían delante de Dios doce panes de trigo, Hechos con harina que se había tamizado no menos de once veces. Había un pan por cada tribu. En tiempos de Jesús estos panes se colocaban en una mesa de oro macizo de tres pies de longitud y uno y medio de anchura que estaba situada a lo largo del lado Norte del Lugar Santo. El pan representaba la presencia de Dios, y nadie más que los sacerdotes podía comerlo (Lev_24:5-9 ). Pero la necesidad de David había sido prioritaria sobre estas normas y reglas.

Los rabinos mismos decían: «El sábado se ha hecho para ti, y no tú para el sábado.» Es decir, que en sus mejores y más elevados momentos los rabinos reconocían que la necesidad humana abrogaba la ley ritual. Si era así, ¡cuánto más el Hijo del Hombre, con un corazón de amor y de misericordia, es el Señor del Sábado! ¡Cuánto más lo podrá utilizar para sus propósitos de amor! Pero los fariseos habían olvidado los derechos de la misericordia porque estaban inmersos en sus leyes y reglas. Es significativo que estaban observando a Jesús y a sus discípulos cuando iban por los campos de trigo. Está claro que los estaban espiando; y desde este momento estarían escudriñando con ojos hostiles y malévolos todos los actos de Jesús.

Este pasaje contiene una gran verdad general. Jesús les dijo a los fariseos: «¿Es que no habéis leído lo que hizo David?» La respuesta sería sin duda que sí; pero no se habían dado cuenta de lo que quería decir. Es posible leer las Escrituras meticulosamente, conocer la Biblia de cabo a rabo y poder citar literalmente capítulo y versículo, y no haberse enterado de su verdadero significado. ¿Por qué no lo habían captado los fariseos, y por qué sigue pasando tan a menudo?

(i) Porque no venían a la Escritura con una mente abierta. No venían a la Escritura para aprender la voluntad de Dios, sino para encontrar textos que confirmaran sus propias ideas. Con demasiada frecuencia los hombres han llevado su teología a la Biblia en vez de encontrar su teología en la Biblia. Cuando leemos la Escritura debemos decir, no «Escucha, Señor, porque tu siervo está hablando», sino «Habla, Señor, porque tu siervo está escuchando.»

(ii) No venían con un corazón necesitado. El que no viene con un sentimiento de su necesidad siempre se pierde el sentido más profundo de la Escritura. Cuando despertamos a nuestra necesidad, la Biblia es un libro nuevo. Cuando el obispo Butler estaba en su lecho de muerte, estaba turbado.

-¿Ha olvidado mi señor -le dijo su capellán- que Jesucristo es el Salvador?

-Pero -le contestó el obispo moribundo-, ¿cómo puedo saber que es mi Salvador?

-Escrito está -continuó el capellán-: «Al que a mí viene, no le echo fuera». Y Butler contestó:

-He leído esas palabras mil veces, y nunca me había enterado de su significado hasta ahora. Ahora muero en paz.

El sentimiento de su necesidad le abrió el sentido de la Escritura.

Cuando leemos el Libro de Dios debemos venir con una mente abierta y con un corazón necesitado: entonces será también para nosotros el libro más maravilloso del mundo,

EL DESAFÍO DE JESÚS

Lucas 6:6-11

Otro sábado fue Jesús a la sinagoga, y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía seco el brazo derecho. Los escribas y los fariseos le estaban vigilando muy de cerca para ver si se atrevía a sanar al hombre en sábado, porque querían tener algo de que acusarle.

Jesús se daba cuenta de lo que estaban tramando, pero dijo al del brazo seco:

-Ponte en pie donde todos te vean.

El hombre se levantó y se puso en medio. Entonces Jesús les dijo:

-Os preguntaré una cosa: ¿Qué es lo que se permite hacer el sábado, ayudar a alguien o hacerle daño, salvar la vida o destruirla?

Y dirigió la mirada en círculo a todos los presentes, esperando una respuesta. Ante el silencio general, dijo al enfermo:

-¡Extiende el brazo!

Y el hombre lo hizo, y se le restauró el brazo completamente. Los enemigos de Jesús se pusieron furiosos, y empezaron a hacer planes para acabar con él.

Para este tiempo la oposición a Jesús iba concretándose. Estaba enseñando en la sinagoga un sábado, y los escribas y los fariseos estaban también allí con el propósito de espiarle para, si curaba al enfermo, acusarle de quebrantar el sábado. Hay un detalle interesante: si comparamos esta historia en Mat_12:10-13 , y Mar_3:1-6 , con la versión de Lucas, nos damos cuenta de que es sólo éste el que nos dice que era el brazo derecho el que tenía seco el hombre. Aquí habla el médico, interesado en todos los detalles del caso.

En este incidente, Jesús quebrantó abiertamente la ley tradicional. Curar era un trabajo, y estaba prohibido hacer ningún trabajo el sábado. Es verdad que si había peligro de muerte se podía hacer algo para mantener la vida. También era legal tratar las dolencias de ojos o garganta. Pero este hombre no estaba en peligro de muerte; podría haber esperado hasta el día siguiente sin peligro. Pero Jesús estableció el gran principio de que, dijeran lo que dijeran las leyes y las reglas, siempre se puede hacer un bien en sábado. Jesús les dirigió la pregunta punzante: «Os preguntaré una cosa: ¿Qué es lo que se permite hacer el sábado, ayudar a alguien o hacerle daño, salvar la vida o destruirla?» Eso tiene que haberles llegado al alma, porque mientras Él estaba tratando de ayudar a la vida del hombre del brazo seco, ellos estaban haciendo todo lo posible para destruirle a Él. Era Él el que estaba tratando de salvar, y ellos de destruir.

En esta escena hay tres personajes.

(i) Está el hombre del brazo seco. Podemos decir dos cosas de él. (a) En uno de los evangelios apócrifos, es decir, de los que no llegaron a formar parte del Nuevo Testamento, se nos dice que el hombre era mampostero, y vino a Jesús para pedirle ayuda y le dijo: «Yo era mampostero, y me ganaba la vida con las manos; te suplico, Jesús, que me devuelvas la salud para que no tenga que mendigar mi pan con vergüenza.» Era un hombre que quería trabajar. Dios siempre mira con aprobación al que quiere ganarse la vida decentemente.

(b) Era un hombre que estaba dispuesto a intentar lo imposible. No se puso a discutir cuando le dijo Jesús que extendiera el brazo inútil; lo intentó y lo consiguió, con las fuerzas que le dio Jesús. Imposible es una palabra que habría que desterrar del vocabulario del cristiano. Como ha dicho un famoso hombre de ciencia, «La diferencia entre lo difícil y lo imposible está sólo en que se tarda un poco más en hacer lo imposible.»

(ii) Está Jesús. Hay en esta historia una gloriosa atmósfera de desafío. Jesús sabía que le estaban espiando, pero no vaciló en sanar. Le dijo al hombre que se pusiera en medio: esto no se iba a hacer en un rincón. Se cuenta de uno de los primeros predicadores metodistas, que tenía el propósito de predicar en un pueblo hostil. Alquiló a un pregonero para que anunciara la reunión, y éste empezó a hacerlo en un susurro aterrado. Entonces el predicador le quitó de la mano la campana, la hizo sonar y tronó: -¡Mister Fulano de Tal predicará en tal y tal lugar a tal y tal hora de la noche y ese hombre soy yo! El verdadero cristiano despliega con orgullo la bandera de la fe, y desafía abiertamente a la oposición.

(iii) Estaban los fariseos. Aquí tenemos a unos hombres que siguieron el extraño camino de odiar a un hombre que acababa de curar a un paciente. Son el ejemplo sobresaliente de los que aman sus leyes y sus reglas más que a Dios. Seguimos viendo esta actitud en las iglesias una y otra vez. Discusiones, no acerca de las grandes cuestiones de la fe, sino sobre cuestiones de gobierno eclesiástico y cosas por el estilo. Leighton dijo una vez: «Cómo se haya de gobernar la iglesia es indiferente; pero la paz y la concordia, la amabilidad y la buena voluntad son indispensables.»

Siempre está presente el peligro de poner la lealtad al sistema por encima de la lealtad a Dios.

JESÚS ELIGE SUS HOMBRES

Lucas 6:12-19

Por aquellos días, Jesús se retiró al monte a orar, y pasó toda la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, reunió a sus discípulos, y escogió a doce de entre ellos, a los que dio el nombre de apóstoles. Eran: Simón, al que también llamaba Pedro; el hermano de éste, Andrés; Santiago y Juan; Felipe y Bartolomé; Mateo y Tomás; Santiago hijo de Alfeo; Simón, conocido como el Celota; Judas, el hermano de Santiago, y Judas Iscariote, que acabó siendo traidor.

Luego bajó con ellos del monte, y se paró en una llanura donde había una gran multitud de discípulos suyos, y un gentío inmenso de gente de toda Judasa, y de Jerusalén, y de la costa de Tiro y de Sidón, que se habían reunido allí para escuchar su mensaje y para que los curara de sus enfermedades. También sanó a los que sufrían de espíritus inmundos.

Toda la gente estaba intentando tocarle, porque de Él emanaba un poder que los ponía buenos a todos.

Aquí vemos a Jesús eligiendo a sus hombres. Es interesante y provechoso entender por qué los escogió, porque Él sigue queriendo y necesitando hombres.

(i) Mar_3:14 nos dice que los escogió para que estuvieran con Él. Esto quiere decir dos cosas.

(a) Los escogió para que fueran sus amigos. Es maravilloso que Jesús necesitara amistad humana. Pertenece a la esencia misma de la fe cristiana el que podamos decir con toda reverencia y humildad que Dios no puede ser feliz sin los hombres. Precisamente porque es Padre, tiene un lugar vacío en el corazón hasta que el último hombre haya vuelto a casa.

(b) Jesús sabía que se acercaba el fin de su vida en la Tierra. Si hubiera vivido en otro tiempo, tal vez habría escrito un libro que hubiera llevado su enseñanza por todo el mundo. Pero, cuando Él vivió, escogió a esos hombres para escribir en ellos su mensaje. Serían sus libros vivos. Estarían en su compañía para poder llevar su mensaje a todos los hombres algún día.

(ii) Jesús los escogió entre sus discípulos. Discípulo quiere decir aprendiz. Tenían que ser de los que siempre estaban aprendiendo más y más de Él. Un cristiano es una persona que se pasa toda la vida aprendiendo del Señor al que verá cara a cara algún día, y entonces le conocerá como ahora el Señor le conoce a él.

(iii) Jesús escogió a sus hombres para que fueran sus apóstoles. La palabra griega apóstolos quiere decir alguien a quien se envía. Se puede referir a un mensajero o embajador. Los apóstoles iban a ser los embajadores de Jesús al mundo. El embajador es alguien que representa a su país en el extranjero. El cristiano es enviado como embajador de Cristo, no sólo con sus palabras, sino con sus obras y con toda su vida.

De los Doce mismos tenemos que decir dos cosas.

(i) Eran simplemente hombres corrientes. Ninguno era rico, ni famoso, ni influyente; no habían recibido unos estudios especiales. Eran sencillamente gente corriente. Es como si Jesús hubiera dicho: «Dadme doce personas corrientes, y cambiaré el mundo.» La obra de Jesús no está en las manos de los que el mundo llama grandes hombres, sino en las de gente corriente, como nosotros.

(ii) Eran una mezcla extraña. Fijémonos en dos de ellos: Mateo era recaudador de impuestos, es decir, un traidor y renegado; Simón era un celota, y los celota eran nacionalistas fanáticos que habían jurado asesinar a todos los traidores y Romanos que pudieran. Es uno de los milagros del poder de Cristo que el publicano Mateo y el celota Simón pudieron vivir en paz en la compañía del grupo apostólico. Cuando se es cristiano de veras, las personas más diferentes y divergentes pueden vivir en paz. Se decía de Gilbert Chesterton y de su hermano Cecil, que «siempre estaban discutiendo, pero no se peleaban nunca». Solamente en Cristo podemos resolver el problema de vivir juntos; porque hasta los caracteres más opuestos pueden estar unidos en su amor. Si de veras le amamos, nos amaremos unos a otros.

EL FIN DE LOS VALORES DEL MUNDO

Lucas 6:20-26

Jesús dirigió la mirada a sus discípulos y se puso a decirles:

-¡Ah, la bendición que tenéis los marginados, porque el Reino de Dios es cosa vuestra! ¡Ah, la bendición de los que tenéis hambre en este tiempo, porque quedaréis totalmente satisfechos! ¡Ah, la bendición de los que lloráis en este tiempo, porque vosotros acabaréis riendo! Vosotros tendréis la mayor bendición cuando todo el mundo os odie, cuando se os cierren todas las puertas en la cara, cuando os llenen de oprobios, cuando no os nombren más que para insultaros, y todo por causa del Hijo del Hombre. Alegraos cuando todo esto os suceda, y teneos por los más dichosos del mundo, porque recibiréis en la eternidad el galardón que os corresponde, porque eso es lo que hicieron sus antepasados con los profetas.

¡Pero, ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis todo lo bueno que vais a tener! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis satisfechos, porque sabréis lo que es sufrir necesidad! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis de fiesta, porque os lamentaréis y os pondréis de luto! ¡Ay de vosotros cuando todo el mundo os alabe, porque eso es lo que hacían sus antepasados con los falsos profetas!

El Sermón de la Llanura de Lucas se corresponde con el Sermón del Monte de Mateo (Mateo, capítulos 5 al 7). Los dos empiezan con una serie de bienaventuranzas. Hay algunas diferencias entre las versiones de Mateo y de Lucas, pero una cosa está clara: son una serie de bombas. Puede ser que. las hayamos leído tantas veces que nos hemos olvidado de lo revolucionarias que son. Son completamente diferentes de las leyes que propondría un filósofo o un sabio típico. Cada una de ellas es un desafío.

Como dijo Deissmann, «se pronunciaron en una atmósfera electrificada. No eran tranquilas estrellitas, sino descargas de relámpagos seguidos de truenos de sorpresa y sobrecogimiento.» Toman los patrones que todo el mundo acepta, y los ponen boca abajo. Los que Jesús llama afortunados son los que el mundo considera desgraciados, y los que Jesús llama desgraciados son los que el mundo considera afortunados. Figuraos que alguien dijera: «¡Felices los pobres!» y «¡Pobres de los ricos!» Iría contra toda la escala de valores del mundo.

¿Dónde está la clave de todo esto? En el versículo 24. Allí dice Jesús: «¡Pero, ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis todo lo bueno que vais a tener!» La palabra que usa Jesús para tener es la que se usa para saldar una cuenta. Lo que quiere decir es: «Si te propones y aplicas todas tus energías a obtener las cosas que valora el mundo, puede que las obtengas, pero eso es todo lo que vas a sacar.» Pero si, por el contrario, te propones y aplicas todas tus energías a ser totalmente leal a Dios y fiel a Cristo, te encontrarás con muchos problemas; a los ojos del mundo serás un desgraciado, pero no te perderás la mejor recompensa, que será la felicidad eterna.

Nos encontramos frente a frente con una decisión que empieza en la infancia y que no termina hasta el final de la vida. ¿Vas a escoger el camino fácil que produce un placer y un provecho inmediatos, o vas a escoger el camino difícil que produce trabajos y hasta sufrimiento a veces? ¿Quieres asir el placer y el provecho momentáneo, o estás dispuesto a fijar tu mirada más allá, y a sacrificarlos por un bien mayor? ¿Te vas a concentrar en las recompensas del mundo, o en Cristo? Si sigues el camino del mundo, tienes que abandonar los valores de Cristo; y si emprendes el camino de Cristo, tienes que abandonar los valores del mundo.

Jesús no tenía la menor duda acerca de cuál conducía a la felicidad. F. R. Matby decía: «Jesús les prometió a sus discípulos tres cosas: que no le tendrían miedo absolutamente a nada; que serían felices a tope, y que siempre tendrían problemas.» G. K. Chesterton, cuyos principios siempre le estaban metiendo en líos, dijo una vez: «Me encanta meterme en aguas turbulentas. ¡Sale uno limpio!» Jesús enseña que la felicidad del Cielo compensará con creces los problemas de la Tierra. Como decía Pablo: «La ligera aflicción momentánea sirve para prepararnos una gloria consistente y eterna que no admite comparación» (2Co_4:17 ). El desafío de las bienaventuranzas es: ¿Quieres ser feliz a la manera del mundo, o a la manera de Cristo?

LA REGLA DE ORO

Lucas 6:27-38

Y a vosotros los que me prestáis atención, os digo: Amad hasta a vuestros enemigos, haced el bien hasta a los que os quieren mal, hablad bien de los que hablan mal de vosotros, pedidle a Dios por los que os calumnian. Si alguien te da una bofetada, ofrécele la otra mejilla. Si alguien te quiere quitar la camisa no te resistas a que te quite también la chaqueta. Si alguien te pide algo, dáselo, y al que te quite lo que es tuyo no le reclames que te lo devuelva. Trata a los demás como querrías que te trataran a ti. No amar nada más que a los que nos aman no tiene ninguna gracia; eso lo hacen hasta los más pecadores del mundo. Portarse bien con los que se portan bien con uno no tiene ninguna gracia; eso lo hacen hasta los más pecadores del mundo. Prestar ayuda a los que esperamos que nos la devuelvan no tiene ninguna gracia; los pecadores también les prestan a los pecadores cuando están seguros de que se lo van a devolver. Tenéis que amar hasta a vuestros enemigos; tenéis que ser amables con ellos; tenéis que prestar ayuda sin esperar que os la devuelvan. Si así lo hacéis recibiréis una generosa recompensa y seréis como el Altísimo, que es amable hasta con los desagradecidos y mezquinos. Debéis mostraros misericordiosos como vuestro Padre, que es misericordioso. No vayáis por ahí criticando a los demás, y no os criticarán tampoco a vosotros. No vayáis por ahí condenando a los demás, y no lo harán ellos con vosotros. Perdonad, y os perdonarán. Sed generosos, y veréis que los demás lo son con vosotros. Buena medida, apretada, sacudida y rebosante os echarán en la bolsa; porque con la medida que uséis con los demás os despacharán ellos a vosotros.

No hay mandamiento de Jesús que haya causado tanta discusión y polémica como el de amar a nuestros enemigos. Antes de cumplirlo tenemos que ser capaces de entenderlo.

En griego hay tres palabras que se traducen por aMarcos Una de ellas es eran, que se refiere al amor apasionado de un hombre por una mujer. Está filein, que describe el amor a los nuestros, el cálido afecto del corazón. Ninguna de estas palabras es la que se usa aquí, sino agapan, que requiere todo un párrafo para traducirla.

Agapan describe un sentimiento activo de benevolencia hacia otra persona; quiere decir que, no importa lo que esa persona nos haga, nunca nos permitiremos desearle más que lo mejor; y nos propondremos hacer todo lo posible para ser amables y buenos con ella.

Una cosa se desprende de esto. El amor que les tenemos a nuestros seres queridos es algo que no podemos evitar. Hablamos de enamorarnos como de algo que nos sucede. Pero este amor a nuestros enemigos no es algo sólo del corazón, sino también de la voluntad. Es algo que por la gracia de Cristo podemos desear tener. Este pasaje contiene dos grandes Hechos de ética cristiana. (i) La ética cristiana es positiva. No consiste tanto en no hacer cosas, sino en hacerlas. Jesús nos ha dado la Regla de Oro que nos manda hacer a los demás lo que quisiéramos que ellos nos hicieran a nosotros. Esta regla aparece en muchos escritores de muchos credos, pero en la forma negativa. Cierto hombre le pidió a Hillel, uno de los más grandes rabinos judíos, que le enseñara toda la ley en el tiempo que él pudiera mantenerse sobre una sola pierna. Y Hillel le contestó: «Lo que no quieras para ti, no se lo hagas a otro. Esa es toda la ley, y lo demás es comentario.» Filón, el gran filósofo judío de Alejandría, dijo: «Lo que no te gustaría sufrir, no se lo hagas a nadie.» El orador griego Sócrates, dijo: «Las cosas que te enfada sufrir a manos de otros, no se las hagas tú a ellos.» Una de las reglas básicas de los estoicos era: «Lo que no quieres que te hagan a ti, no se lo hagas a otros.» Una vez le preguntaron a Confucio: «¿Hay alguna palabra que le pueda servir a uno de regla de conducta para toda la vida?» Y él respondió: «¿No crees que esa palabra podría ser «Reciprocidad»? Lo que no quieres que te hagan, no se lo hagas a nadie.»

Todas estas formulaciones son negativas. No es excesivamente difícil guardarnos de tales acciones; pero es una cosa muy distinta el apartarnos de nuestro camino para hacerles a los demás lo que quisiéramos que nos hicieran a nosotros. La verdadera esencia de la conducta cristiana consiste, no en abstenernos de cosas malas, sino en hacer cosas buenas.

(ii) La ética cristiana se basa en la gracia. Jesús describe las maneras normales de la conducta sensata, y las califica diciendo que «eso no tiene ninguna gracia». A menudo la gente pretende ser tan buena como los demás. Es probable que lo sea; pero la pregunta de Jesús es: «¿Cuánto mejor eres tú que la mayoría?» No es con los prójimos con los que nos tenemos que comparar; así tal vez mereceríamos el aprobado; es con Dios con quien nos tenemos que comparar, y ahí no merecemos más que el suspenso.

(iii) ¿Cuál es la razón suprema de la conducta cristiana? Que nos hace semejantes a Dios, porque así es como Él actúa. Dios les manda su lluvia a los justos y a los injustos; es bueno con el que le produce alegría, lo mismo que con el que le hiere el corazón. El amor de Dios abraza por igual al santo y al pecador. Ese es el amor que debemos imitar; si de veras procuramos todo lo mejor hasta para nuestros enemigos, seremos de veras hijos de Dios.

El versículo 38 contiene una frase extraña en la versión Reina-Valera: « Darán en vuestro regazo.» Los judíos llevaban una ropa larga hasta los pies, sujeta con un cinturón. La ropa se podía remangar un poco por debajo del cinturón formando como una bolsa donde se podían llevar cosas. Como esto ya no se usa, lo hemos traducido más a la moderna: «os echarán en la bolsa.»

REGLAS PARA LA VIDA

Lucas 6:39-45

A continuación Jesús les puso un ejemplo:

-Está claro que un ciego no puede guiar a otro, porque correrían peligro de caerse en un hoyo los dos. Un estudiante no sabe más que su profesor; aunque, si persevera, puede llegar a saber tanto como él. ¿Cómo es que ves una pajita de nada en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de que tienes toda una viga en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano que te deje quitarle la pajita del ojo, cuando ni siquiera ves, porque tienes el tuyo tapado por una vigota? Tu fallo consiste en no aplicarte lo que les dices a los demás. Empieza por quitarte la viga que tienes en el ojo, y entonces podrás ver con claridad para quitarle a tu hermano la pajita que tiene en el suyo. Un buen árbol no produce mal fruto, ni tampoco produce buen fruto un árbol que está podrido. Se puede decir qué clase de árbol es por el fruto que da. ¿A que no se cogen higos en los espinos, ni se vendimian uvas en las zarzas? Un hombre que es bueno saca cosas buenas del buen depósito de su corazón; y un hombre malo, cosas malas. Lo que habla una persona es lo que rebosa de lo que tiene en el corazón.

Este pasaje parece una serie de dichos aislados. Esto puede ser por dos razones. Puede ser que Lucas haya recogido aquí cosas que Jesús dijo en diferentes ocasiones, y nos las dé como un compendio de reglas acerca de la vida. O puede ser que tengamos aquí un ejemplo de una manera de enseñar típicamente judía. Le llamaban jaraz, que quiere decir ensartar perlas. Los rabinos decían que un predicador no debe detenerse más de dos minutos en cada asunto, sino que debe pasar pronto de uno a otro para mantener el interés. Por eso la manera de predicar de los judíos nos parece deshilvanada.

Los temas de este pasaje se agrupan naturalmente en cuatro partes.

(i) Versículos 39 y 40. Jesús señala que un profesor no puede guiar a sus alumnos más allá de donde haya llegado él. Aquí tenemos una doble advertencia. En nuestro discipulado tenemos que buscarnos el mejor profesor, porque será el único que nos pueda guiar más y más lejos. Nadie puede enseñar lo que no sabe.

(ii) Versículos 41 y 42. Aquí tenemos un ejemplo del humor de Jesús. Al trazar la escena del hombre con una viga en el ojo tratando de sacarle una pajita del suyo a un vecino, Jesús debe haber tenido una sonrisa en los labios. Quería decir que no tenemos derecho a criticar a otros a menos que no tengamos ninguna falta. Eso quiere decir sencillamente que nunca tenemos derecho a criticar a los demás, porque «hay tanto malo en el mejor de nosotros y tanto bueno en el peor de los otros que no nos corresponde a nosotros sacarle faltas a nadie», como ha dicho alguien.

(iii) Los versículos 43 y 44 nos recuerdan que no se puede juzgar a nadie más que por sus obras. Se le decía a un maestro:

« No puedo oír lo que me dices porque estoy escuchando lo que haces.» Enseñar y predicar es impartir « verdad por medio de la personalidad.» Las palabras bonitas no pueden tomar el lugar de las buenas obras. Eso viene muy a cuento hoy en día. Tenemos miedo de ideologías y de sectas extrañas; pero debemos darnos cuenta de que no las derrotaremos escribiendo libros o celebrando congresos; la única manera de demostrar la superioridad del Evangelio es mostrando en nuestras vidas que es el único poder que puede producir hombres y mujeres mejores.

(iv) Versículo 45. Jesús nos recuerda que las palabras que afloran a nuestros labios son en última instancia el producto de nuestro corazón. Nadie puede hablar de Dios con sentido a menos que tenga en el corazón el Espíritu de Dios. Nada revela el estado de un corazón humano tanto como lo que dice cuando no está midiendo cuidadosamente las palabras; cuando dice lo primero que se le ocurre. Si preguntamos dónde está un sitio, alguien nos dirá que está cerca de tal iglesia; otro, que está cerca de tal cine; otro, que está cerca de tal campo de fútbol; otro, que está cerca de tal bar. La respuesta a una pregunta casual muestra a menudo hacia dónde se vuelven naturalmente los pensamientos de una persona, y cuáles son sus intereses. Lo que decimos nos delata.

EL ÚNICO CIMIENTO SEGURO

Lucas 6:46-49

-¿Por qué me llamáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que os digo? -siguió diciendo Jesús-. Os voy a decir a quién se parece uno que viene a conocerme, y que atiende a mis palabras, y las pone en práctica: se parece a uno que quiere hacerse una casa, y empieza por cavar bien hondo hasta encontrar la roca, y allí es donde pone el cimiento. Cuando se produce una riada, y el agua alcanza hasta la casa, no le causa ningún daño, porque estaba bien y firmemente construida. Pero al hombre que escucha mis enseñanzas, pero no las pone por obra, a ése le comparo yo con el que hace su casa sin cimientos; que, cuando la alcanza la riada, se derrumba y se pierde por completo.

Para tener una idea más completa de esta parábola tenemos que leer también la versión de Mateo (7:24-27). En la versión de Lucas parece que la riada no viene a cuento; tal vez es porque Lucas no era natural de Palestina, y no tenía una idea muy clara de la escena; mientras que Mateo, que sí era de Palestina, la conocía muy bien. En verano, muchos valles presentan el lecho arenoso totalmente seco; pero en invierno, después de las lluvias de septiembre, vuelve el torrente con toda su fuerza. Puede ser que alguien que estaba buscando dónde hacerse la casa vio ese espacio libre y se decidió a construir en él, descubriendo para su mal cuando llegó la época de las lluvias que el río también volvía a su cauce, y se llevaba la casa. Un hombre sensato habría buscado la roca, para lo cual habría tenido que realizar más trabajo; pero, cuando llegara el invierno, se vería que no había sido en vano, porque la casa permanecería segura en su sitio. En cualquiera de las dos versiones queda clara la enseñanza de que es importante que nuestra vida tenga una cimentación firme. Y la única que lo es de verdad es la obediencia a las enseñanzas de Jesús.

¿Qué le hizo al segundo hombre escoger tan insensatamente el sitio para su casa?

(i) Quería ahorrarse trabajo. No quería molestarse en cavar hasta encontrar la roca. La arena era mucho más atractiva y menos trabajosa. Puede que sea más fácil seguir nuestro camino que el de Jesús, pero al final acabaremos en la ruina. El camino de Jesús es el de la seguridad aquí y en el más allá.

(ii) No tenía previsión. No se le ocurrió pensar cómo estaría aquel lugar seis meses después. En todas las decisiones de la vida hay un corto plazo y un largo plazo. Feliz el que no se juega el bien futuro por el placer presente. Feliz el que ve las cosas, no a la luz del momento, sino a la luz de la eternidad.

Cuando aprendemos que lo que cuesta más suele ser lo que más vale la pena, y que la previsión es mejor que la improvisación, descubrimos que lo mejor es construir la vida sobre el cimiento firme de las enseñanzas de Jesús, porque no habrá adversidad que la haga vacilar.

Luc 6:1-49

6.1, 2 En las leyes tradicionales judías había treinta y nueve categorías de actividades prohibidas en el día de reposo, cosechar era una de ellas. Los maestros de la Ley iban aun un poco más lejos hasta describir diferentes métodos de cosechar, uno de ellos era restregar los granos con las manos, como los discípulos lo hicieron en esta oportunidad. La Ley de Dios decía que los agricultores no debían segar hasta el último rincón de sus campos, a fin de que viajeros y pobres comieran de su generosidad (Deu_23:25), de modo que los discípulos no eran culpables de robar granos. Es más, aunque violaron reglas de los fariseos, no quebrantaron ninguna Ley divina.

6.2 Los fariseos pensaban que su sistema religioso tenía todas las respuestas. No aceptaban a Jesús porque no encajaba en su sistema. Por esa misma razón podemos marginar a Jesús. Cuidado con pensar que usted o su iglesia tienen la respuesta a todas las preguntas. No hay sistema religioso lo bastante completo como para contener a Cristo ni describir a la perfección su actividad en el mundo.

6.3-5 Cada semana se ponían doce hogazas de pan consagradas que representaban las doce tribus de Israel en una mesa del templo. Este pan se le llamaba de la proposición o pan de la presencia. Después de permanecer una semana en el templo, solo los sacerdotes lo comían. Jesús, acusado de quebrantar el día de reposo, apeló a la bien conocida historia de David (1Sa_21:1-6). En cierta ocasión en que huyó del rey Saúl, él y sus hombres comieron este pan consagrado. Su necesidad era más importante que las reglas ceremoniales. Jesús apelaba al mismo principio: la necesidad humana es más importante que las leyes relacionadas con la observancia del día de reposo. Al compararse El mismo y sus discípulos con David y sus acompañantes, lo que Jesús en verdad decía era: «Si me condenan, también deben condenar al rey David».

6.5 Cuando Jesús dijo que es «Señor aun del día de reposo», reveló a los fariseos que tenía autoridad para denegar sus tradiciones y regulaciones porque El creó el día de reposo. El Creador siempre es más grande que la creación.

6.6, 7 Según la tradición de los líderes religiosos, ninguna sanidad se podía hacer en Sabat. La sanidad, argumentaban, era practicar la medicina y el sábado no se podía practicar esta profesión. Era más importante para los líderes religiosos proteger sus leyes que liberar a una persona de su sufrimiento.

6.11 Los enemigos de Jesús estaban furiosos. No solo leyó sus mentes, sino que se burló de sus leyes y descubrió la ira de sus corazones. Es irónico que su odio combinado con su celo por la Ley los condujo a un complot homicida, en contra de la Ley.

6.12 Los escritores de los Evangelios destacan que antes de cada hecho importante en su vida, Jesús dedicaba tiempo para apartarse y orar. En ese tiempo se preparó para escoger a los integrantes de su círculo íntimo, los doce discípulos. Asegúrese de que toda decisión importante en su vida se base en la oración.

6.13 Jesús tuvo muchos discípulos (aprendices), pero solo escogió doce apóstoles (mensajeros). Los apóstoles formaron parte de su círculo íntimo a los que preparó especialmente y los envió con su propia autoridad. Fueron los hombres que iniciaron la iglesia cristiana. En los Evangelios, a los doce hombres casi siempre se les llama discípulos, pero en el libro de Hechos se les llama apóstoles.

6.13-16 Jesús seleccionó hombres «comunes» para que fueran sus discípulos y eran una mezcla de procedencias y personalidades. Hoy, Dios llama a gente «común» para edificar su Iglesia, enseñar el mensaje de salvación y servir a otros por amor. A lo mejor nos sentimos inútiles para servir a Cristo con eficacia, pero juntos podemos formar un grupo fuerte, capaz de servir a Dios a pesar de todo. Sea paciente para aceptar las diferencias entre la gente de su iglesia y construya sobre la diversidad de capacidades presentes en su grupo.

6.14-16 Los discípulos no siempre se les nombra de la misma manera. Por ejemplo, Pedro a veces se le llama Simón o Cefas. A Mateo también se le conoce como Leví. Jesús dio a varios de sus discípulos nombres nuevos. Bartolomé, se piensa que puede ser Natanael (Joh_1:45) y Judas, hermano de Jacobo, se cree que sería Tadeo.

6.19 Una vez conocido el poder sanador de Jesús, las multitudes se reunían solo para tocarlo. Para muchos, llegó a ser un símbolo de buena fortuna, un amuleto de suerte o un mago. En lugar de desear el perdón de Dios y su amor, buscaban sanidad física o un cambio para que se vieran acciones espectaculares. Algunas personas todavía ven en Dios a un mago cósmico y oran solo para mitigar su dolor o lograr que manifieste sus trucos. Pero Dios no es un mago, es el Maestro. La oración no es una forma para controlarlo, sino un medio para ponernos bajo su control.

6.20ss Este sería el extracto de Lucas del sermón que Mateo plasma en su Evangelio en los capítulos 5 al 7, o podría ser que Jesús dio un sermón similar en diferentes ocasiones. Están quienes creen que no fue un sermón, sino una combinación basada en las enseñanzas de costumbre de Jesús.

6.20-23 Estos versículos se conocen como las Bienaventuranzas, palabra derivada del latín que significa «bendecido». Describen lo que significa ser un seguidor de Cristo. Vienen a ser normas de conducta. Contrastan los valores del Reino con los mundanos al mostrar lo que los seguidores de Cristo pueden esperar del mundo y lo que Dios va a darles. Contrastan la piedad engañosa con la verdadera humildad. Y por último, muestran cómo el Antiguo Testamento y sus expectativas se cumplirán en el Reino de Dios.

6.21 Algunos creen que el hambre que señala Jesús es de justicia (Mat_5:6). Otros dicen que se trata de hambre física. En una nación en que los ricos se veían como una señal del favor de Dios, Jesús alarmó a sus oyentes anunciando bendiciones para el hambriento. Al hacerlo, sin embargo, se ajustaba a la tradición antigua. El Antiguo Testamento habla del interés de Dios por el pobre. Véanse, como ejemplos, 1Sa_2:5; Psa_146:7; Isa_58:6-7; y la misma oración de la madre de Jesús en Luk_1:53.

6.24 Si trata de hallar satisfacción en las riquezas, la única recompensa que obtendrá es riqueza que no dura para siempre. No debemos buscar ahora bienestar a expensas de la vida eterna.

6.26 Hubo muchos falsos profetas en el Antiguo Testamento. Reyes y multitudes los alabaron porque sus predicciones de prosperidad y victoria en la guerra eran las que querían oír. La popularidad es inconstante. Tristeza les espera a quienes dependen de la alabanza de las multitudes antes que de la aprobación de Dios.

6.27 Los judíos despreciaban a los romanos porque oprimían al pueblo de Dios, pero Jesús les dijo que debían amar a sus enemigos. Esas palabras apartaron a muchos de Cristo. Pero Jesús no hablaba de sentir afecto por los enemigos; hablaba acerca de un acto de la voluntad. Usted no puede «adquirir» este tipo de amor, sino un esfuerzo consciente. Amar a nuestros enemigos significa actuar en busca de sus mejores intereses. Podemos orar por ellos y buscar formas de ayudarlos. Jesús amó a todo el mundo, aunque el mundo estaba en rebelión contra Dios. El nos pide seguir su ejemplo amando a nuestros enemigos. Brinde a sus enemigos el mismo respeto y derecho que desearía para usted mismo.

6.35 Amor significa acción. Una manera de poner el amor a trabajar es al tomar la iniciativa en satisfacer ciertas necesidades. Esto es fácil de hacer con personas que nos aman, personas en las que confiamos, pero amor significa hacerlo aun con los que no nos caen bien o que se proponen dañarnos. El dinero que demos a otros debe considerarse como un regalo, no un punto de apoyo ni un «yo le debo». Dé pensando que lo hace para Dios.

6.37, 38 Un espíritu perdonador demuestra que una persona ha recibido el perdón de Dios. Jesús usa la figura de medir granos en canasta para asegurarse la cantidad total. Si somos críticos antes que compasivos, también recibiremos crítica en recompensa. Si tratamos a otros con generosidad, con gracia y con compasión, sea como sea, estas cualidades volverán a nosotros en mayor medida. Debemos amar a otros, no juzgarlos.

6.39, 40 Asegúrese de seguir a los buenos maestros porque no irá más lejos que ellos. Busque líderes que le muestren más acerca de la fe y en cuya dirección pueda confiar.

6.41 Jesús no decía que obviemos las cosas erróneas, sino que no debemos preocuparnos con los pecados de otros al grado que pasemos por alto los nuestros. A menudo racionalizamos nuestros pecados señalando los mismos errores en otros. ¿Qué paja encontró en el ojo de otro que le es más fácil criticar? Recuerde su viga cuando critique y descubra que no tiene que hablar mucho de otros.

6.42 No debemos temer la etiqueta de hipócritas que aún mantenemos en nuestra vida cristiana, al grado que ocultamos nuestra fe y no intentamos crecer. Una persona que trata de hacer algo bueno y que a menudo fracasa no es hipócrita. Tampoco lo es quien actúa en contra de sus sentimientos, a menudo hace falta y es bueno echar a un lado nuestros sentimientos y hacer lo que necesitamos. La fe débil no es hipocresía. Un hipócrita es el que enfatiza más la conducta religiosa para ganar atención, aprobación, aceptación o admiración de otros.

6.45 Jesús nos recuerda que nuestro hablar y acciones revelan nuestra creencia, actitudes y motivaciones verdaderas. Las buenas impresiones que tratamos de dar no duran si nuestros corazones son engañosos. Lo que está en su corazón se reflejará en su vocabulario y conducta.

6.46-49 La obediencia a Dios se compara con la construcción de una casa de sólido base que permanece firme en medio de las tormentas. Cuando la vida está en calma, el fundamento no parece importar. Pero cuando las crisis vienen, se prueba nuestro fundamento. Asegúrese de que su vida esté construida sobre la sólida base de conocimiento y confianza en Jesucristo.

6.49 ¿Por qué las personas edificarían sus casas sin fundamento? Tal vez por querer evitar el arduo trabajo de preparar piedras para el mismo o quizás por ahorrar tiempo. A lo mejor son más atractivas o de un nivel más alto las casas junto a la playa que las que están en el acantilado. También es posible que procuren unirse a los amigos que ya ocupan un lugar en los lugares arenosos. Quizás porque no escucharon que se avecinan fuertes tormentas ni dieron importancia a las advertencias o, por alguna razón, piensan que a ellos no les pasará nada. No importa cuál sea la razón, los constructores sin fundamento no tienen visión y tendrán que sufrir las consecuencias. ¿Cuáles son sus razones cuando se da cuenta que oye pero no obedece?

Luc 6:1-5

Es de notarse en este pasaje qué importancia tan grande dan los hipócritas a las cosas de poca trascendencia. Se nos refiere que un sábado como nuestro Señor pasase por los sembrados de trigo, sus discípulos, que le seguían, cogían espigas y restregándolas entre las manos, las comían. Al momento los hipócritas Fariseos hallaron que decir, y acusaron a los discípulos de haber cometido un pecado, diciéndoles: «¿Porqué hacéis lo que no es lícito hacer en los sábado? El hecho sencillo de coger las espigas de trigo no fue, por supuesto, lo que censuraron. Era un acto autorizado por la ley Mosaica Deu_23:25. La supuesta falta que ellos imputaron á discípulos fue la violación del cuarto mandamiento: habían trabajado en sábado, por el hecho de haber tomado y comido un puñado de alimento.

No estará por demás recordar que el celo exagerado de los fariseos acerca del sábado no se extendía á otros mandamientos igualmente explícitos de la ley de Dios. Parece evidente según otras muchas expresiones de los Evangelios, que estos mismos hombres, aparentaban tal escrupulosidad sobre una cosa tan pequeña, más que indiferentes é inmorales en cuanto á otros puntos de importancia infinitamente mayor. En tanto que forzaban el mandamiento referente al sábado exagerando su verdadera inteligencia, hollaban con desprecio el décimo mandamiento, y eran notorios por su codicia. Lucas 16.14. Más este es precisamente el carácter del hipócrita. Para servirnos del ejemplo que propuso nuestro Señor, en algunas cosas el hipócrita se toma mucho trabajo por colar un mosquito, en tanto que en otras es capaz de tragarse hasta un camello. Mat_23:24. Es mal síntoma del estado de su alma, cuando el hombre empieza á colocar en primer lugar las cosas secundarias en religión, y las cosas importantes en el segundo; ó las cosas ordenadas por el hombre sobre las cosas ordenadas por Dios. Precavámonos de llegar á tal situación. Algo está viciado en nuestra condición espiritual, si lo único que miramos en otros es su Cristianismo exterior, y si la primera pregunta que hacemos es, si pertenecen á nuestra iglesia, usan nuestro rito externo, y sirven á Dios de la misma manera que nosotros. ¿Se arrepienten del pecado? ¿Creen en Cristo? ¿Están viviendo rectamente? Estos son los puntos principales á los cuales debemos dirigir nuestra atención. En cuanto comencemos á dar la preferencia á otros, nos ponemos en peligro de llegar á ser tan completos Fariseos como los acusa dores de los discípulos.

Notemos además con cuanta espontaneidad abogó nuestro Señor por sus discípulos, y los defendió contra sus acusadores. Se nos dice que respondió á las preguntas malignas de los Fariseos con argumentos tan fuertes que estos callaron, si no se convencieron. No dejó á Sus discípulos que luchasen solos. Vino en su ayuda y habló por ellos.

Tenemos en este hecho un ejemplo consolador de lo que Jesús está haciendo continuamente en beneficio de su pueblo. Leemos en la Biblia que existe un ser llamado «el acusador de nuestros hermanos, el cual los acusa día y noche,»Satanás, el príncipe de este mundo. Rev_12:10. ¡Cuántos motivos de acusación le damos á causa de nuestra fragilidad! ¡Cuántos cargos puede hacer nos justamente ante Dios! Pero demos gracias á Dios que los creyentes tienen un Abogado para con el Padre, Jesucristo, el justo, que en el cielo está siempre defendiendo la causa de Su pueblo, é intercediendo continuamente por ellos.

Fortalezcámonos con esta reflexión animadora. Aquietemos nuestras almas con el recuerdo del gran Protector que tenemos en el cielo. Que nuestra noche y mañana sea constantemente: «Responde por mí, responde por mí, O Señor mi Dios..

Por último debemos notar en estos versículos cómo nuestro Señor pone en claro qué es lo que verdaderamente está prescrito en el cuarto mandamiento. Dice á los Fariseos hipócritas, que aparentaban tanto escrúpulo en la observancia del sábado, que este día no fue instituido con el objeto de prohibir los trabajos de necesidad. Les recuerda que el mismo David una vez que estaba sufriendo hambre, tomó y comió los panes de la proposición, de los cuales solamente los sacerdotes podían comer, y que Dios permitió tal cosa porque fue hija de la necesidad; y de ahí arguyó, que Aquel que permitió se infringiesen las reglas de Su templo en caso de necesidad, puede permitir indudablemente que se trabaje en día de sábado, siempre que el trabajo sea realmente necesario. Tanto en este como en otros lugares debemos meditar detenidamente sobre la naturaleza de la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo con respecto á la observancia del sábado. No debemos arrastrar por opinión común de que el sábado es mera institución Judaica, y que fue abolida y anulada por Cristo. No hay un solo pasaje de los Evangelios que pruebe tal cosa. Todos los en que nuestro Señor se refiere al sábado, habla contra las opiniones erróneas que acerca de su observancia propagaban fariseos, pero no contra el día mismo. Cristo depuró el cuarto mandamiento de las adiciones que le hicieron los hombres, y con los Judíos lo habían profanado; más nunca dijo que su observancia no era obligatoria á los cristianos. El enseñó que el descanso del día sétimo no fue instituido con objeto de prohibir los trabajos de necesidad y de misericordia, más no dijo palabra alguna de la cual pueda inferirse que ese día había de correr la misma suerte que la ley ceremonial.

En nuestros días cualquiera cosa que se asemeje á una observancia estricta del sábado, es rebudiada, en algunas partes, como reliquia de la superstición judaica. Algunas personas nos dicen con descaro que guardar el domingo como consagrado á Dios es propio de los que obedezcan la ley ceremonial, y que declarar vigente el cuarto mandamiento entre los cristianos es volver al cautiverio. Bástenos tener presente, cuando oigamos tales palabras, que las aserciones no son pruebas, y que este modo vago de razonar no tiene apoyo en la palabra de Dios. Estemos seguros de que el cuarto mandamiento nunca ha sido abrogado por Cristo, y que el Evangelio no nos da más derecho para quebrantar el precepto referente al sábado, que para robar y matar. El arquitecto que repara un edificio y lo pone en buen estado no es destructor, sino restaurador. El Salvador que despojó el sábado de las tradiciones judaicas, y que tantas veces aclaró su verdadero sentido, no pudo ser enemigo del cuarto mandamiento. Por el contrario, lo ha engrandecido y ensalzado.

Defendamos el domingo, como el paladión de la religión de nuestra patria. Defendámoslo contra los asaltos de los ignorantes y los engañados que quisieran de buena gana convertir el día de Dios en día de negocios y de placeres. Principalmente, procuremos todos guardar el día sagrado. Nuestra prosperidad espiritual depende mucho, Dios mediante, de la manera como empleemos los domingos.

Luc 6:6-11

Estos versículos contienen otro ejemplo del modo como trató Señor la cuestión del sábado. Otra vez lo vemos en pugna con las vanas tradiciones de los Fariseos, en lo tocante á la observancia del cuarto mandamiento.

En estos versículos se nos enseña que es lícito hacer obras de misericordia en día sagrado. En ellos se nos dice que, en presencia de los Escribas y Fariseos nuestro Señor curó en sábado á un hombre que tenia la mano seca. Sabia que estos enemigos de todo lo justo estaban en acecho para ver lo que él haría, con objeto de «hallar de qué acusarlo.» Más él sostiene con firmeza el derecho de hacer tales obras de misericordia, aun en el día del cual se dijo: « No harás ninguna clase de obra;» y los retó abiertamente á que probasen que tal obra era contraria á la ley. «Preguntaros he una cosa,» dice él: «¿es lícito en sábado hacer bien ó hacer mal?» Á esta pregunta sus adversarios no pudieron dar respuesta alguna.

El principio aquí establecido es de vasta aplicación. El cuarto mandamiento no fue instituido para que se le diese una interpretación que redundase en daño del cuerpo humano. Se tuvo el propósito de adaptarlo á aquel estado de cosas que surgió de la caída. No se tuvo en mira prohibir el consolar al afligido, ó cuidar á los enfermos: nos es permitido en ese día ir en carruaje para dar consuelo al moribundo; podemos dejar de asistir al culto público, si tenemos que ir á buscar á un médico, ó prestar nuestros servicios en el cuarto de un enfermo; podemos visitar al huérfano y á la viuda en sus épocas de angustia, y podemos, en fin, predicar, enseñar, é instruir al ignorante. Estas son obras de misericordia Podemos hacerlas, y sin embargo guardar el domingo sagrado Con esto no violamos la ley de Dios.

Una cosa hay, sin embargo, que es preciso tengamos bien presente: estemos alerta para no abusar de la libertad que Cristo nos ha dado. De caer en este extremo corremos riesgo en nuestros días. Hay poco riesgo de incurrir en el error de los Fariseos, y de guardar el sábado con mayor escrupulosidad de la ordenada por Dios.

Lo que hay que temer es la inclinación general de menospreciar el sábado, y privarle de aquel respeto que debe recibir. Cuidemos de cómo nos conducimos en este asunto. Guardémonos de convertir el día de Dios en día de hacer visitas, dar convites, viajar y divertirnos. Estas no son obras de necesidad ni de misericordia, diga lo que dijere un mundo incrédulo y obstinado. La persona que pasa los domingos de este modo comete un pecado grave, y que no está preparado para el descanso eterno en el Se nos enseña así mismo este pasaje cuan perfecto es el conocimiento que nuestro Señor Jesucristo tiene de los pensamientos de los hombres. Se percibe esto en lo que de El se dice cuando los escribas y fariseos estaban acechándolo: «El sabia sus pensamientos.» expresiones como esta forman una de las muchas pruebas de la de nuestro Señor. Solamente Dios puede leer los corazones. El que pudo así discernir las intenciones y maquinaciones de otros, debió haber sido algo más que un hombre. Sin duda que él fue hombre en todo, lo mismo que nosotros, si se exceptúa solamente el pecado. Podemos conceder esto espontáneamente á los Socinianos, que niegan la divinidad de Cristo. Los textos que citan para probar la naturaleza humana de nuestro Señor, son textos en los que nosotros creemos y que sostenemos tan plenamente como lo hacen ellos; más existen otros textos claros en la Escritura que prueban que nuestro Señor era Dios á la par que hombre. Uno de estos textos es el pasaje que tenemos á la vista. él enseña que «era Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos.» 9:5.

Que el pensamiento de que nuestro Señor sabe todo cuanto pensamos influya en hacernos humildes. ¡Cuántas ideas mundanas, y cuantos pensamientos vanos cruzan por nuestras mentes cada hora, y que la vista del hombre no alcanza á penetrar jamás! ¿Cuáles son nuestros pensamientos en este momento? ¿Cuáles han sido este mismo día, mientras que hemos estado leyendo ó escuchando este pasaje de la Escritura? ¿Podríamos someterlos á la inspección pública? ¿Nos agradaría que otros supieran lo que pasa en nuestro interior? Estas son preguntas serias, y merecen respuestas bien serias. Pero séanlo ó no á nuestro modo de ver, es un cierto que Jesucristo está leyendo continuamente nuestros corazones. Debemos, en verdad, humillarnos ante él y exclamar diariamente, «¿Quién puede decir cuántas veces ofende?» «Purifícame de mis faltas ocultas.» «¡Señor, ten misericordia de mí, que soy un pecador!.

Enséñanos, en fin, esta parte del Evangelio de qué naturaleza es el primer acto de fe, de un alma que se convierte. Esto se advierte en la relación de la curación mencionada. Nuestro Señor dijo al hombre cuya mano estaba seca, «Extiende tu mano.» El mandato parece, á primera vista, irracional, porque á juzgar por las apariencias, era imposible que el hombre obedeciese. Más este no se paró en dudas ó disputas: al instante hizo el esfuerzo de extender la mano, y, al hacerlo fue curado. él tuvo bastante fe para creer que Aquel que le mandó extender la mano, no se burlaba de él, y debía, por tanto, ser obedecido. Fue precisamente por este acto de obediencia que obtuvo la gracia que deseaba; y recobró el uso de la mano.

Y aquí se encuentra la mejor respuesta á las dudas, vacilaciones y preguntas que inquietan muchas conciencias relativamente á la importante cuestión de venir a Cristo. «¿Cómo podemos creer?» preguntan algunos: « ¿Cómo podemos venir á Cristo? ¿Cómo podemos asirnos de la esperanza que se nos ha puesto delante?» Lo mejor que se puede hacer con los que hagan tales preguntas es aconsejarles que imiten al que tenia la mano seca. Que no se inquieten con discusiones, sino que obren; que no se molesten con cuestiones metafísicas, sino que se arrojen, tales como son, en brazos de Jesucristo. Obrando así todo les será fácil. Como, ó de que manera, tal vez no podamos explicarlo. Pero podemos asegurar con confianza, que verán que á medida que se acerquen más á Dios, Dios se acercará más á ellos; pero que si por su propio gusto permanecen quietos, no deben tener esperanza de salvarse.

Luc 6:12-19

Estos versículos refieren la elección de los doce apóstoles. Esta elección dio principio al ministerio ó clero cristiano. Fue la primera ordenación, y fue una ordenación celebrada por la Gran Cabeza de la iglesia. Después del día en que acaecieron los acontecimientos aquí apuntados, ha habido millares de ordenaciones: mies de obispos, presbíteros, y diáconos han recibido las órdenes sagradas, y á menudo con mucha más pompa y magnificencia que la que se describen en los versículos citados. Más nunca ha habido otra ordenación tan solemne como esta. Nunca se han ordenado ministros que hayan hecho tanto por la iglesia y por el mundo como estos doce apóstoles.

Observemos, en primer lugar, en estos versículos, que cuando nuestro Señor ordenó sus primeros ministros, lo hizo después de haber orado largo tiempo: «Fue á orar en un monte, y pasó la noche orando á Dios. Y como fue de día, llamó á Sus discípulos, y escogió doce de ellos, los cuales también llamó apóstoles.»Es bien seguro que la mención que se hizo de la oración de nuestro Señor tiene su profunda significación. Se hizo con el objeto de que sirviese de lección perpetua á la iglesia de Cristo. Se tuvo ánimo de enseñarnos la gran importancia de interceder y ofrecer oraciones en favor de los ministros, y particularmente al tiempo de ordenarse éstos. Aquellos á quienes se confía la responsable misión de ordenar deben rogar por que «ligeramente no impongan las manos á nadie.» Los que se presentan para recibir las órdenes deben orar á fin de que no vayan á hacerse cargo de una obra para la cual sean ineptos, y á fin de que no vayan á emprender una carrera para la cual no tengan vocación. Los miembros seglares de la iglesia deben también orar por que no reciban las órdenes sino los que hayan sido movidos interiormente por el Espíritu Santo. ¡Felices aquellas ordenaciones, en las cuales todos los interesados á semejanza de Cristo se juntan con ánimo deprecatorio! ¿Deseamos contribuir, en el mundo, al adelanto de la religión pura y perfecta? En tal caso no olvidemos jamás orar por los ministros, y especialmente por los jóvenes que estén al ordenarse. El progreso del Evangelio, mediante la bendición de Dios, dependerá en mucho del carácter y conducta de los que profesen predicarlo. No es de esperarse que un ministro no convertido haga bien alguno á las almas. Imposible es que enseñe con buen éxito lo que el mismo no experimenta interiormente. Oremos cada día por que la iglesia se deshaga de tales ministros. Los ministros convertidos son don especial de Dios; al hombre no es dado crearlos. Si deseamos tener buenos ministros, es menester que sigamos el ejemplo de nuestro Señor y los pidamos á Dios. Sus tareas son arduas; su responsabilidad enorme; su fortaleza escasa. Cuidemos de fortalecerlos, y sostenerlos con nuestras oraciones. En este, y en muchísimos otros casos las palabras de Santiago son con frecuencia de dolorosa aplicación: « No tenéis lo que deseáis, porque no pedís.» Jam_4:2. No pedimos á Dios que provea jóvenes convertidos para que ocupen nuestros púlpitos, y acaso castiga nuestro descuido con falta de buenos ministros.

Observemos en segundo lugar cuan poco se nos informa de la posesión y ocupación secular de los primeros ministros de la iglesia cristiana. Sabemos que cuatro de ellos eran pescadores. Que uno, á lo menos, era publicano. Que la mayor parte, probablemente, eran galileos. Ninguno de ellos, según lo que leemos en el Nuevo Testamento, era grande, ó noble. Ninguno era Fariseo, ó escriba, ó Sacerdote, ó Príncipe, ó Anciano. Todos eran, al parecer, «sin letras é ignorantes.» Act_4:13.

Hay algo sumamente instructivo en el hecho de que nos ocupamos. Nos enseña que el reino de nuestro Señor Jesucristo existió una absoluta independencia de ayuda alguna de este mundo. Su iglesia no fue erigida con ejércitos, ni por medio de la fuerza, sino con Espíritu del Dios vivo. Zacar. 4:6. Esto nos suministra una prueba incontestable del origen divino del Cristianismo. Una religión que transformó el mundo, siendo como fueron pobres los primeros que la predicaron, necesariamente debió haber descendido del cielo. Si los apóstoles hubieran tenido dinero que dar á sus oyentes, ó llevado consigo ejércitos que los intimidasen, los infieles podrían con razón negar que hubiera algo de maravilloso en el buen éxito. Más la pobreza de los discípulos de nuestro Señor por destruye por su base cualesquiera argumentos en que el infiel apoyarse. Con la doctrina más ingrata al corazón mundano; sin poseer nada para sobornar ó para compeler á la obediencia un puñado de humildes galileos conmovieron el mundo, y cambiaron la faz del imperio Romano. Este resultado asombroso puede atribuirse solamente á una causa: el Evangelio de Cristo, que proclamaron esos hombres, era la verdad divina.

Tengamos esto presente cuando pensemos en hacer algo por la causa de Cristo, y guardémonos de buscar apoyo en brazos humanos. Velemos contra la inclinación oculta, que á todos nos es natural, de considerar el dinero, ó el saber, ó la protección ó el sostén de los grandes de la tierra, como los medios necesarios para llevar nuestros planes. Si queremos hacer bien á las almas, no debemos dirigirnos primero á los potentados de este mundo: debemos comenzar por donde la iglesia de Cristo comenzó, buscando predicadores llenos del Espíritu Santo.

Finalmente, observemos en estos versículos que uno de aquellos que nuestro Señor eligió para apóstoles, resultó falso y traidor, ese fue Judas Iscariote.

No podemos dudar por un momento, que al elegir á Judas Iscariote nuestro Señor sabia bien lo que hacia. Quien podía leer los corazones, sabía con toda certeza desde el principio que, no obstante sus protestas de piedad, Judas era un malvado, y que algún día lo entregaría alevosamente. Entonces ¿por qué lo eligió apóstol? Es esta una pregunta que á muchos ha confundido. Sin embargo, puede dársele una respuesta satisfactoria. Cómo todo lo que hacia, nuestro Señor eligió con prudencia, deliberación, y sabiduría. En esta elección hay lecciones de alta importancia para toda la iglesia de Cristo.

La elección de Judas fue hecha con el designio de enseñar á los ministros da culto á ser humildes. Estos no han de suponer que la ordenación comunica necesariamente la gracia divina, ó que una vez que estén ordenados no pueden errar. Al contrario, han de acordarse, que uno que fue ordenado por el mismo Cristo fue un in hipócrita. Esté pues alerta el ministro que cree hallarse firme, no sea que caiga.

Además, la elección de Judas fue hecha con el designio de enseñar á los feligreses á no hacer ídolos á los ministros. Es de su deber estimarlos y amarlos en alto grado, por causa de su misión, mas no deben reverenciarlos como si fuesen infalibles, ni honrarlos de una manera contraria á la Escritura. Es menester no olviden quo los ministros tanto pueden ser sucesores de Judas Iscariote, como de Pedro y Pablo. El nombre de Judas debe servirnos de admonición perpetua para no tener confianza del hombre. «No glorío nadie en los hombres.» 1Co_3:21.

Finalmente, la elección que nuestro Señor hizo de Judas fue con el objeto de enseñar á toda la iglesia, que en el actual estado de cosas no debía esperar ver una comunidad de fe pura y perfecta. El trigo y la cizaña–el pescado bueno y el malo–se encontrarán siempre mezclados, hasta la segunda venida del Señor. Es inútil querer hallar perfección en las iglesias visibles. Nunca la encontraremos. Aun entre los apóstoles hubo un Judas. Convertidos y no convertidos se hallarán siempre mezclados en todas las congregaciones.

Luc 6:20-26

EL discurso de nuestro Señor, que principia en estos versículos, se parece en muchos respectos á Su bien conocido Sermón del Monte. La semejanza, en realidad, es tan obvia que muchos han dicho que S. Lucas y S. Mateo relatan un solo y el mismo discurso, y que S. Lucas nos da en forma abreviada lo que S. Mateo nos refiere extensamente. Parece que no hay bastante fundamento para esta aserción. Las ocasiones en que se pronunciaron los dos discursos fueron enteramente diferentes. La repetición de nuestro Señor de la misma gran lección en dos ocasiones diferentes, usando casi de las mismas palabras, nada tiene de extraordinario. No es justo suponer que nunca diera algunas de sus importantes enseñanzas más de una vez. En el caso de que tratamos la repetición es de mucha trascendencia. Nos indica claramente la alta importancia de las lecciones que contienen los dos discursos.

En primer lugar, veamos en estos versículos á quiénes es que EL Señor llama bienaventurados. La lista es notable y digna de atención. Particulariza á los que son «pobres,» á los que tienen «hambre,» á los que «lloran,» y á los que son «aborrecidos» de los hombres. Estas son las personas á quienes el Gran Jefe de la Iglesia les dice: « ¡Bienaventurados vosotros!.

Es preciso tengamos buen cuidado de no dar una inteligencia errada á las palabras de nuestro Señor. No debemos suponer por tanto que por el mero hecho de estar uno pobre, hambriento pesaroso y aborrecido de los hombres tenga derecho á. esperar bendición de Cristo. La pobreza de que aquí se habla es la pobreza acompañada de la piedad. La necesidad es una necesidad vinculada en la fiel adhesión á Jesús. Las aflicciones son las aflicciones del Evangelio. La persecución es la persecución por amor al Hijo del Hombre. Semejante necesidad, pobreza y aflicción y persecución, fueron la consecuencia de la fe en Cristo, en los primeros siglos del Cristianismo. Millares tuvieron que renunciar a cuanto poseían en este mundo por causa de su religión. Fue a ellos que Jesús tuvo especialmente presentes en este pasaje. El socorrerlos, así como á todos los que sufren por amor del Evangelio, con particulares consuelos.

En segundo lugar, veamos en estos versículos a quiénes es que nuestro Señor dirige las palabras solemnes, «¡Ay de vosotros!» En seguida notamos expresiones que á primera vista parecen muy extraordinarias. «¡Ay de vosotros los ricos!» «¡Ay de vosotros los que estáis hartos!» «¡Ay de vosotros los que ahora reís!» «¡Ay de vosotros cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros» Exclamaciones más fuertes y severas que estas no pueden encontrarse en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, aquí, no menos que en los versículos precedentes, debemos tener cuidado de no entender mal lo que nuestro Señor se propuso enseñar. No hemos de suponer que la posesión de riquezas y un carácter alegre, y la alabanza de los hombres son necesariamente pruebas de que los que tales ventajas gozan no son discípulos de Cristo. Abrahán y Job eran ricos. David y S. Pablo tuvieron sus temporadas de regocijo. Timoteo tuvo en su favor el buen testimonio de los que estaban fuera de la iglesia. Sabemos todos estos fueron siervos verdaderos de Dios. Todos ellos fueron felices en esta vida, y recibirán la bendición del Señor el día de su segunda venida.

1 ¿Quiénes son las personas á quienes nuestro Señor dice: « Ay de vosotros»? Son las que rehúsan adquirir tesoros en el cielo, porque aman más los bienes de este mundo, y no renunciarían su dinero por amor de Cristo si fuese necesario. Son los que prefieren los goces y la decantada felicidad de este mundo, al gozo y á la paz del que cree, y no arriesgan la paz del que cree, y no arriesgan perdida de lo uno con objeto de ganar lo otro. Son los que estiman más la alabanza del hombre que la de Dios, y que rechazan á Cristo por no separarse del mundo. Esta es la clase de gentes que nuestro Señor tuyo á la mira cuando profirió las palabras solemnes: «Ay, ay de vosotros.» él sabia bien que había millares de esas personas entre los Judíos; millares que, no obstante Sus milagros y sermones, amarían el mundo más que á El. Sabia asimismo que en su iglesia había de haber en todos tiempos millares da hombres parecidos á los Judíos–millares que, aunque convencidos de la verdad del Evangelio, nunca renunciarían cosa alguna por amor de éste. Á todos estos les dirige la terrible admonición: « ¡Ay, ay de vosotros!.

Una lección muy importante se desprende de estos versículos. ¡Ojalá la depositemos todos en el corazón, y crezcamos en sabiduría! Esta lección es el antagonismo que siempre encontramos entro los pensamientos de Cristo y la opinión general del género humano. Las situaciones de la vida que el mundo estima como apetecibles, son las mismas contra las cuales el Señor pronuncia los «ayes.» La pobreza, y el hambre, y la aflicción, y la persecución: he aquí lo que el hombre se empeña en evitar. Las riquezas, y la saciedad, y la diversión, y la popularidad: he aquí los bienes por cuya adquisición los hombres están esforzándose constantemente. Después que hayamos hecho todo lo posible por atenuar las palabras de nuestro Señor, quedan todavía en pié dos aserciones que contradicen abiertamente las enseñanzas universales del hombre. El estado de vida que nuestro Señor bendice, es despreciado del mundo. Las gentes á quienes el Señor dice, «Ay de vosotros,» son precisamente las mismas que el mundo admira, elogia, é imita. Este es un hecho lamentable que debe inducirnos á hacer un escrupuloso examen de corazón.

Antes de terminar el estudio de este pasaje preguntémonos qué pensamos de las declaraciones maravillosas que contiene. ¿Podemos dar nuestro asenso á lo que dice nuestro Señor? ¿Estamos unánimes con El? ¿Creemos realmente que la pobreza y la persecución sufridas por amor de Cristo, son bendiciones positivas? ¿Creemos de veras que las riquezas y los goces mundanos, y la popularidad entre los hombres, cuando se solicitan con más anhelo que le la salvación, ó se prefieren en lo más mínimo á la alabanza a Dios, son una maldición positiva? ¿Creemos de veras que el favor de Cristo, aun acompañado de aflicciones y del escarnio del mundo, es de mayor valor que el dinero, y la alegría, y la fama sin Cristo? Estas son preguntas solemnes, y merecen la más seria respuesta. El pasaje que tenemos á la vista es la piedra de toque donde se prueba la sinceridad de nuestras creencias religiosas. Las verdades que contiene son verdades que ningún hombre no convertido puede amar y acoger. Felices los que por experiencia las conocen y las aprueban, y pueden decir «amen « á todas las enseñanzas de nuestro Señor. Sea cual fuere la opinión de los hombres en este respecto, aquellos á quienes Jesús bendice son benditos, y aquellos a quienes no bendice serán arrojados fuera por toda la eternidad.

Luc 6:27-38

LA enseñanza de nuestro Señor Jesucristo se circunscribe en estos versículos á un tema muy importante. Este tema es la caridad y el amor cristianos: la caridad, que es la virtud distintiva y sublime del Evangelio–la caridad, que es el vínculo de la perfectibilidad–la caridad, sin la cual el hombre es nada á los ojos de Dios–la caridad aquí explicada con plenitud y recomendada con rigor. Habría sido un bien para la iglesia de Cristo, si los preceptos de ese divino Maestro escritos en este pasaje hubiesen sido más cuidadosamente estudiados, y más diligentemente observados.

En primer lugar nuestro Señor explica cual es la naturaleza y latitud de la caridad cristiana. ¿Preguntan los discípulos á quiénes han de amar? él les manda «amar á sus enemigos, hacer bien á los que los aborrecen, bendecir á los que los maldicen, y orar por los que los calumnian.»El amor de los discípulos había de ser como amor para con loa pecadores–sin egoísmo, desinteresado, sin que en él influya la esperanza de recompensa. ¿Hasta dónde ha ejercerse este amor? tornan á preguntar los discípulos. Hasta sacrificio y la abnegación. «Al que te hiriere en una mejilla, dale también la otra.» «Al que te quitare la capa no le impidas llevar el sayo también.» Tenían que renunciar mucho, y que sufrir pucho, á fin de mostrar su bondad, y de evitar contienda. Tenían que ceder hasta sus mismos derechos, y someterse á sufrir injurias, antes que excitar pasiones violentas y ocasionar querellas. En esto habían de ser semejantes á su Maestro, pacientes, mansos, y humildes de corazón.

En segundo lugar, nuestro Señor sienta un principio general, llamado «regla de oro,»para el arreglo de los casos dudosos. Sabia bien que siempre habrían de ocurrir casos en que no encontraríamos la línea del deber para con nuestros prójimos claramente marcados, sabia cuanto el interés propio y los sentimientos personales ofuscarían algunas veces nuestras nociones de lo justo y de lo injusto; y nos dio por tanto un precepto de sabiduría infinita, un precepto que aun loa infieles se han visto compelidos á admirar para que sirviese de guía en casos semejantes. «Y como queréis que os hagan los hombres, hacedles también vosotros así.» Tratar a los otros como ellos nos tratan, y volver mal por mal, es la norma de los paganos. Conducirnos con los demás como quisiéramos que ellos se condujeran con nosotros, cualquiera que sea su comportamiento–he aquí la meta á la cual debe dirigirse el cristiano si desea seguir las huellas de su bendito Salvador. Si él se condujera con el mundo como el mundo se condujo con él, todos debiéramos ser condenados al infierno por toda la eternidad.

En tercer lugar, nuestro Señor hace presente á sus discípulos la necesidad de tener una norma mejor de conducta para con sus prójimos que la de los hijos de este mundo. Les recuerda que amar á los que los aman, y hacer bien á los que les hacen bien, y prestar á aquellos de quienes esperan recibir, no es obrar nada mejor que los «pecadores,» que ignoran el Evangelio. Preciso es que el cristiano sea diferente á ellos. Sus obras de beneficencia y sus sentimientos de amor deben ser como los de su Maestro–voluntarios y gratuitos. Es menester que haga que los hombres vean que el amor que profesa á su prójimo emana de principios más elevados que el de los irreligiosos, y que su caridad no se limita á aquellos de quienes se espera obtener algo en retorno. Cualquiera es capaz de ejercer filantropía y caridad, si con ellas puede ganar alguna cosa; mas con esa caridad jamás debe satisfacerse el cristiano. El que se contente con ella debe acordarse que sus actos no son ni un ápice más elevados que los de un romano ó griego idólatra de los tiempos antiguos.

En cuarto lugar, nuestro Señor enseña á Sus discípulos que al cumplir con el deber para con sus prójimos, deben no perder de vista el ejemplo de Dios. Si se llaman «hijos del Altísimo,» deben considerar que su Padre es «benigno aun con los ingratos y los malos,» y deben aprender de él á ser misericordiosos, como él es misericordioso. No puede calcularse el número de las misericordias de Dios para con el hombre que éste no reconoce. Cada año concede beneficios á millones que no rinden homenaje á la mano que los derrama. Sin embargo, estos beneficios continúan todos los años. «La época, de la siembra y de la siega, el estío y el invierno, no cesan nunca jamás.» Su misericordia dura para siempre. Su benignidad es incansable. Su compasión no disminuye.

Así deben ser todos los que profesan llamarse Sus hijos. La falta de reconocimiento y la ingratitud no deben ser motivo retiren la mano para que obras de amor y de misericordia. Á semejanza de su Padre celestial deben ser infatigables en hacer bien.

Por último, nuestro Señor asegura á Sus discípulos que la práctica de esa caridad elevada que les recomienda traerá consigo su propia recompensa. «No juzguéis,» dice, «y no seréis juzgados: no condonéis, y no seréis condenados: perdonad, y seréis perdonados: dad y se os dará.»Y concluye con esta comprensiva aserción: «Con la misma medida que midiereis, se os volverá á medir.» Estas palabras tomadas en su sentido general parecen enseñar que nadie perderá al cabo cosa alguna, practicando obras de caridad desinteresada, y de tierno amor. A veces podrá parecerle que nada gana con su conducta; que por todo fruto no cosecha sino burlas, desprecios y agravios. Su beneficencia quizás dé margen para que algunos intenten engañarle; y acontezca que se abuse de su paciencia e indulgencia Más al fin resultará que ha ganado–á menudo, y muy en esta vida; y de seguro, bien seguro en la vida perdurable.

Tal es doctrina de nuestro Señor Jesucristo acerca de la caridad. Pocos de sus discursos penetran tan profundamente en el corazón, como el que ahora estamos considerando. Pocos pasajes hacen sentirse al hombre tan humillado como el que contienen estos once versículos.

¡Qué rara es en el mando y aun en el gremio de la iglesia una caridad como la que enseñó nuestro Señor! ¡Cuán común es el carácter colérico y arrebatado!, ¡Cuán común ese sentimiento exagerado que se llama honor, y la inclinación á reñir por la menor cosa! ¡Qué rara vez vemos hombres y mujeres que aman á sus enemigos, y hacen bien sin esperar recompensa alguna, que bendicen a los que los maldicen, y son benéficos con los ingratos y depravados! En verdad, nos vienen aquí á la memoria las palabras Señor: «Angosto es el camino que lleva á la vida, y pocos son los que lo hallan.» Mat_7:14.

¡Cuán feliz seria el mundo si los preceptos de Cristo fuesen escrupulosamente obedecidos! La causa principal de la mitad de los que afligen al género humano, son el egoísmo, las contiendas, la malignidad y la falta de caridad. No hay mayor error que suponer que el Cristianismo verdadero sirve de rémora á la felicidad del hombre. No es la excesiva religión, sino la carencia de ella, que hace á la gente melancólica, infeliz, y desgraciada. Allí el Redentor es bien conocido y obedecido, se encontrará mucha alegría y paz verdaderas.

¿Queremos experimentar algo de esta bendita virtud, la caridad? Procuremos unirnos á Cristo por la fe, y ser iluminados y .santificados por su Espíritu. No cogemos uvas de los espinos, ni higos de los cardos. No podemos tener flores sin raíces, ni fruto sin árboles. No podemos obtener el fruto del Espíritu, sin la unión con Cristo, y sin una regeneración interior. Los que no son engendrados de nuevo, nunca pueden amar de la manera que Cristo prescribe.

Luc 6:39-45

Aprendemos, en primer lugar, en estos versículos, cuan grande es el peligro de escuchar á los falsos maestros en religión. Nuestro Señor compara á tales maestros y á sus oyentes con el ciego que guía a otro ciego; y hace esta justísima pregunta: « ¿No caerán ambos en el foso?» El continúa corroborando la importancia de su advertencia y afirma que «el discípulo no es más que su maestro.» Si alguno oye la enseñanza heterodoxa, no podemos esperar que á parar en otra cosa sino en tener una fe heterodoxa. La materia que nuestro Señor nos presenta en estos versículos merece más atención de la que generalmente se le da. El cúmulo de males que la enseñanza de doctrinas heterodoxas ha acarreado a la iglesia en todos tiempos es incalculable. La pérdida de almas que ha ocasionado espanta al que la contempla. Un maestro que ignora al camino del cielo, no es probable que guíe á sus oyentes al cielo. El que oye á tal maestro corre el riesgo terrible de perderse eternamente. Si un ciego guía á otro ciego, es forzoso que ambos caigan en el hoyo Si queremos escaparnos del peligro contra el cual nos apercibe nuestro Señor, bueno será que tengamos cuidado de comparar la doctrina que oímos con la de las Santas Escrituras. No debemos creer las cosas meramente porque las digan los ministros; pues no es indudable, que los ministros no puedan equivocarse.

Traigamos á la memoria las palabras de nuestro Señor en otra ocasión; «Guardaos de los falsos profetas,» Mat_7:15; y dar los consejos de S. Pablo y de S.

Juan: « Examinadlo todo.» «No creáis á todo espíritu, sino probad si son de Dios.» 1Th_5:21; 1Jo_4:1. Con la Biblia en la mano, y con la promesa de la guía del Espíritu Santo á todos los que la soliciten, no tendremos excusa si nuestras almas se descarrían del único sendero salvador. La ceguedad de los ministros no sirve para excusar la ignorancia del pueblo. El hombre que por indolencia, o superstición, ó fingida humildad, acepta ciegamente todo lo que el ministro enseñe, por heterodoxo que sea, correrá al fin la suerte de su guía espiritual. Si el pueblo pone su confianza en guías ciegos, no debe sorprenderse si se le conduce al hoyo.

Aprendemos también en estos versículos que los que reprueban los pecados de los demás deben esforzarse en llevar una vida irreprensible. Nuestro Señor nos enseña esta lección con ejemplo muy práctico. El hace ver la injusticia del que nota una «arista,» ó cosa apenas perceptible, en el ojo del prójimo, en tanto que él mismo tiene una «viga « ó algún cuerpo grande y formidable en su ojo.

Más es preciso recibir esta lección con aquellas limitaciones ó modificaciones que señala la misma Escritura; si ninguno hubiera de enseñar ó predicar á los demás hasta tanto que no tuviera falta alguna, no podría haber enseñanza ó predicación en el mundo. El que yerra nunca sería corregido, ni el malo reprobado. Al dar tal inteligencia á esas palabras de nuestro Señor las pondríamos en oposición con las de otros pasajes claros de la Escritura.

Parece que el objeto principal que nuestro Señor se propuso fue imprimir en el ánimo de los ministros y maestros la importancia de que sus hechos estén en armonía con sus principios. El pasaje es una solemne amonestación para que no contradigamos con nuestra vida lo que decimos con nuestros labios. El predicador jamás se granjeará la atención y el respeto de los cristianos si no practica lo que predica. La ordenación, los grados universitarios, los títulos pomposos, y las protestas ruidosas de pureza de doctrina, jamás ayudarán á los ministros del culto á predicar de una manera edificante, si sus oyentes los ven entregados á hábitos inmorales.

Pero sobre este punto pudieran decirse otras cosas de aplicación general. Esta es una lección que muchas otras personas, además de los ministros, deben aprovechar. Toda cabeza de familia, todos los amos de casa, todos los padres, todos los maestros de escuelas, todos los ayos, todos los institutores–deben acordarse con frecuencia de la «arista « y de la «viga.» Todos ellos deben ver en las palabras de nuestro Señor la lección importante de que nada influye tanto en los demás como el guardar consecuencia. Plegué á Dios que nadie olvide esta lección.

Aprendemos finalmente en estos versículos que hay solo una prueba satisfactoria de la religiosidad del hombre. Esta prueba es su conducta.

Las palabras de nuestro Señor sobre este punto son claras é inequívocas. Hace uso del símil del árbol, y establece el principio general, «Cada árbol por su fruto es conocido.» Pero nuestro Señor no se detiene ahí. Sigue adelante para enseñar que la conducta de un hombre es el índice del estado de su corazón.

«De la abundancia del corazón habla la boca.» Estos dos dichos son sumamente importantes. Ambos deben atesorarse con las máximas principales de nuestro Cristianismo.

Que sea pues un principio fijo de nuestra religión, que cuando una persona no produce fruto alguno del Espíritu, no tiene el Espíritu en su corazón.

Rechacemos como error nefando la idea común de que todos los que han sido bautizados han experimentado el renacimiento, y que todos los miembros de la iglesia poseen el Espíritu Santo. Una pregunta sencilla debe servirnos de regla. ¿Qué fruto produce ese hombre? ¿Se arrepiente? ¿Cree de corazón en Jesús? ¿Vive una vida recta? ¿Vence al mundo? Resultados semejantes á estos son los que la Escritura llama «frutos.» Cuando hay carencia de estos «frutos,» es una blasfemia decir que uno tiene el Espíritu de Dios en su corazón.

Que sea también principio fijo que cuando la conducta de alguno es, en general, irreligiosa, de ahí debe inferirse que carece de la gracia divina y no se ha convertido. No nos dejemos llevar de la opinión común, que nadie puede saber cosa alguna acerca del estado del corazón de otro, y que aunque algunos estén viviendo inicuamente tienen en el fondo buen corazón. Estas opiniones están diametralmente opuestas á la enseñanza de nuestro Señor. ¿Es el carácter de la conversación de aquel hombre, carnal, mundano, irreligioso, impío, ó profano? Deduzcamos de ahí que así es también su corazón. Cuando la lengua, generalmente hablando, es mala, es absurdo, no menos que contrario á la Escritura, decir que su corazón es puro.

Concluyamos este pasaje haciendo un examen minucioso do nuestra propia vida y apliquémoslo para determinar el estado de nuestro corazón para con Dios.

¿Qué frutos está produciendo nuestra vida? ¿Son ó no frutos del Espíritu? ¿Qué testimonio dan nuestras palabras con respecto al estado de nuestros corazones? ¿Conversamos como hombres cuyos corazones son «justos en la presencia de Dios»? No hay modo de evadir la doctrina sentada por nuestro Señor en este pasaje. La conducta es la piedra de toque del carácter. Las palabras son el índice del estado del corazón.

Luc 6:46-49

Se ha dicho con mucha verdad, que ningún sermón debiera concluir sin hacer alguna aplicación dirigida á las conciencias de los que lo oyen.

El pasaje que tenemos á la vista ofrece un ejemplo de esta regla, y confirma su exactitud. Es la conclusión solemne y penetrante, del discurso más solemne.

Observemos en estos versículos cuan antiguo y común es el pecado de no practicar y cumplir lo que se dice y se promete. Escrito está que nuestro Señor dijo: « ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?» El mismo Hijo de Dios fue seguido de muchos que pretendían tributarle honor llamándolo, Señor, y que sin embargo no cumplían Sus mandamientos. El mal que nuestro Señor denuncia en estos versículos ha afligido en todos tiempos la iglesia de Dios. Había existido seiscientos años antes del nacimiento de nuestro Señor, en el tiempo de Ezequiel: «Y vendrán á ti,» dice este profeta, « como venida de pueblo, y asentarse han delante de ti mi pueblo; y oirán tus palabras, y no las harán, antes hacen escarnios con sus bocas y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia.» Ezeq. 33:31. Existió también en la primitiva iglesia de Cristo en los días de Santiago. «Más sed hacedores de la palabra,» dice, «y no tan solamente oidores, engañándoos á vosotros mismos.» Jam_1:22. Es un mal que nunca ha cesado de prevalecer en toda la Cristiandad. Es una plaga destructora de las almas, que está arrastrando continuamente por el camino ancho de la perdición multitud de oyentes del Evangelio. El pecado que no se pone máscara para ocultar su fealdad, y la incredulidad declarada abiertamente arruinan sin duda a millares; más el pecado de que venimos hablando arruina á millares de millares.

Persuadámonos que ningún pecado indica tanta imbecilidad e insensatez. El sentido común basta para enseñarnos que el nombre y la forma del Cristianismo de nada nos aprovechan, en tanto que nuestros corazones permanezcan aferrados al pecado, y en tanto que llevemos una vida anticristiana. Debe sentarse como principio fijo en nuestra religión, que la obediencia es la única prueba perfecta de la fe que salva, y que las protestas de los labios son peor que inútiles, si no van acompañadas con la santificación de la vida. El hombre en cuyo corazón mora de veras el Espíritu Santo, jamás se contentará con estarse quieto, y sin hacer nada que demuestre su amor hacia Cristo.

Notemos en segundo lugar, en estos versículos, cuan á lo vivo nos pinta nuestro Señor la religión del hombre que no solamente oye la palabra de Cristo, sino que también cumple su voluntad. Lo compara á uno que, «edificando una casa, cavó, y ahondó, y puso el fundamento sobre roca..

Su religión puede costar mucho á ese hombre. Como la casa edificada sobre la roca, puede acarrearle penas, trabajos y abnegación; pues tiene que desechar el orgullo y la presunción, mortificar la carne rebelde, revestirse del amor y humildad de Cristo, cargar la cruz diariamente, y dar por perdidas todas las cosas por amor de Cristo–todo esto es en verdad difícil. Pero á semejanza de la casa edificada sobre la roca, tal religión se sostendrá firme. El torrente de las aflicciones puede dar contra ella impetuosamente, y las avenidas de las persecuciones pueden agolparse al rededor de sus paredes, más no caerá jamás. El Cristianismo en que los hechos están en armonía con las buenas palabras es un edificio sólido, inmóvil.

Observemos, finalmente, en estos versículos, que cuadro tan melancólico bosqueja nuestro Señor del hombre que oye las palabras de Cristo, pero no las observa. Lo compara á uno que edificó su casa sobre tierra sin fundamento.

Un hombre semejante puede parecer al principio muy religioso. Tal vez un ojo inexperto no descubra diferencia alguna entre su religión y la del cristiano verdadero. Ambos asisten acaso al culto en la misma iglesia; observan las mismas reglas, profesan la misma fe. La apariencia exterior de la casa edificada en la roca, y la de la casa sin ningún fundamento sólido, pueden ser casi lo mismo. Pero los padecimientos y las aflicciones son pruebas que el que profesa meramente una religión exterior no puede resistir. Cuando la tormenta y la tempestad dan contra la casa que no tiene fundamento, las paredes que se levantaban tan orgullosas en días serenos y bonancibles, caen al suelo inevitablemente. El Cristianismo que consiste solamente en oír las lecciones de la religión, y no en practicarlas, es un edificio que tiene que derrumbarse. ¡Grande, en verdad, será la ruina! No hay pérdida igual á la pérdida de un alma.

Este es un pasaje de la Escritura que debe despertar en nuestras mentes pensamientos muy solemnes. Los cuadros que presenta son de cosas que están pasando diariamente á nuestro rededor. Por todos lados veremos á millares de personas construyendo, para la eternidad edificios fundados sobre una conformidad externa a las doctrinas del Cristianismo; esforzándose en amparar sus almas bajo vanos refugios; y contentándose con una mera apariencia de santidad. ¡Pocos son en verdad los que edifican sobre la roca, y grande es el ridículo y la persecución que tienen que sufrir! Muchos los que edifican sobre arena, y enormes son los chascos y reveses que experimentan como único fruto de su trabajo. Ciertamente, si jamás hubiera habido prueba de que el hombre es un ser caído é ignorante de las materias espirituales, la tendríamos en el hecho que muchos de los que reciben el bautismo en cada generación, persisten en fabricar sobre tierra deleznable.

¿Sobre qué cimiento estamos edificando nosotros? Esta es, al cabo, la pregunta que nos concierne. ¿Estamos edificando sobre la roca, ó sobre la arena? Gústanos oír el Evangelio; aceptamos todas sus doctrinas cardinales; y convenimos en todo lo que dice de Cristo y del Espíritu Santo, de la justificación y santificación, del arrepentimiento y de la fe, de la conversión y santidad, de la Biblia y de la oración; pero ¿qué estamos haciendo? ¿Cuáles son la historia diaria y práctica de nuestra vida, en público y en privado, en el seno de la familia y en contacto con el mundo? ¿Puede decirse que nosotros no solamente oímos las palabras de Cristo, sino que también las cumplimos? La hora se acerca, y pronto llegará, en que se nos hagan preguntas como estas, y nosotros tendremos que contestarlas, ya nos gusten ó no. Á la hora de la angustia y del desamparo, de la enfermedad y de la muerte, se revelará si estamos sobre la roca, ó sobre la arena. Acordémonos de esto con tiempo; no nos chanceemos con nuestras almas. Procuremos creer y vivir, oír la voz de Cristo, y seguirle de tal manera que cuando sobrevengan las avenidas, y los torrentes den contra nosotros, nuestro edificio permanezca inmóvil.

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