Pablo dice que hay judíos cuya conducta hace que se hable mal de Dios entre los gentiles. Es un hecho que los judíos han sido muchas veces, y todavía lo son, la gente menos popular del mundo. Veamos lo que los gentiles pensaban de los judíos en los tiempos del Nuevo Testamento.
Consideraban el judaísmo como una «superstición bárbara», a los judíos como « la raza más repelente», y como «la pandilla de esclavos más despreciables.» Se tergiversaban los orígenes de la religión judía con maliciosa ignorancia. Se decía que los judíos habían sido en su origen una compañía de leprosos a los que el rey de Egipto había mandado a trabajar en los campos de arena; y que Moisés había reunido a esa banda de esclavos leprosos y los había guiado a Palestina a través del desierto. Se decía que adoraban una cabeza de burro porque una manada de asnos salvajes los había llevado adonde había agua cuando se estaban muriendo de sed en el desierto. Decían que se abstenían de comer carne de cerdo porque los cerdos suelen tener una enfermedad de la piel, la sarna, que era la que padecían los judíos en Egipto.
Los gentiles se burlaban de algunas de las costumbres judías. El que no comieran carne de cerdo se prestaba a muchos chistes. Plutarco creía que podría ser porque los judíos tenían a un cerdo como dios. Juvenal afirma que la clemencia judía permitía que los cerdos disfrutaran de una buena y larga vida, y que se considerara la carne de cerdo de más valor que la humana. Atribuían a la pereza la costumbre de descansar los sábados.
Algunas cosas de las que disfrutaban los judíos enfurecían a los gentiles. Era incomprensible que, siendo tan impopulares, los judíos tuvieran privilegios extraordinarios del gobierno romano.
(a) Se les permitía aportar a Jerusalén el impuesto del Templo todos los años. Esto revistió tal gravedad en Asia hacia el año 60 a.C., que se prohibió la salida de moneda y, según los historiadores, se confiscaron no menos de 20 toneladas de oro de contrabando que los judíos estaban a punto de mandar a Jerusalén.
(b) Se les permitía, por lo menos hasta cierto punto, tener sus propios tribunales y vivir según sus leyes. Se sabe de un decreto del gobernador Lucio Antonio de Asia hacia el año 50 a.C., en el que se decía: «Nuestros ciudadanos judíos se dirigieron a mí para informarme de que tenían sus propias asambleas privadas que llevaban a cabo según sus leyes ancestrales, y un lugar propio privado en el que resuelven sus asuntos y pleitos. Cuando pidieron que se les permitiera continuar con sus costumbres, yo dicté sentencia favorable a que se les permitiera conservar este privilegio.» A los gentiles les fastidiaba ver a una raza de gente que vivía como una especie de grupo separado y especialmente privilegiado.
(c) El gobierno romano respetaba la observancia judía del sábado. Estaba establecido que a un judío no se le podía citar para prestar declaración en un juicio en sábado. Y también que si se distribuían ayudas especiales entre la gente en sábado, los judíos podrían reclamar su parte al día siguiente. Y -este era un asunto especialmente molesto para los gentiles- los judíos disfrutaban de astrateía, es decir, exención del servicio militar, que era debida a que su estricta observancia del mandamiento de descansar el sábado les impedía cumplir los deberes militares ese día. Ya se entiende con qué resentimiento vería el resto de la población esta exención de un deber oneroso.
Había dos cosas de las que acusaban a los judíos especialmente:
(a) Los acusaban de ateísmo (atheotés). Al mundo antiguo le resultaba sumamente difícil concebir la posibilidad de una religión que no tuviera imágenes visibles de culto. Plinio llamaba a los judíos « una raza que se distingue por su desprecio de todos los dioses.» Tácito decía: «Los judíos conciben su deidad como una, solamente con la mente… De ahí que no erijan imágenes en sus ciudades, ni siquiera en sus templos. Esta reverencia no se la dan a los reyes, ni a los césares este honor.»
Juvenal dijo: « No veneran más que las nubes y la deidad del cielo.» Pero la verdad era que, lo que más hacía que los judíos no les gustaran a los gentiles era no tanto su culto sin imágenes como su frío desprecio hacia todas las demás religiones. Nadie que no sienta hacia los demás más que desprecio puede ser misionero. Esta actitud era una de las cosas en que estaba pensando Pablo cuando decía que los judíos desacreditaban el Nombre de Dios.
(b) Se los acusaba de odio a sus semejantes (misanthrópía) y de total insociabilidad (amixía). Tácito decía que los judíos «manifiestan una honradez a toda prueba y una compasión inaplazable entre ellos; pero hacia todos los demás no muestran más que odio y antagonismo.» En Alejandría se decía que los judíos se habían juramentado para no mostrar nunca ninguna amabilidad a un gentil, y que hasta ofrecían a un griego en sacrificio a su dios todos los años. Tácito decía que lo primero que le enseñaban a los gentiles que se convertían al judaísmo era «despreciar a los dioses, repudiar su nacionalidad, y denigrar a sus padres, hijos y hermanos.» Juvenal aseguraba que si se le preguntaba a un judío cómo se iba a un sitio, se negaba a dar ninguna información, como no fuera a otro judío; y que si uno estaba buscando una fuente donde beber, no le dirigiría a menos que fuera circuncidado. Otra vez nos encontramos con lo mismo: la actitud característica de un judío hacia los que no lo eran
era de desprecio, lo que no provocaba sino odio como respuesta.
Era innegable que los judíos producían descrédito al Nombre de Dios; porque se encerraban en una comunidad rígida que excluía a todos los demás, y adoptaban una actitud de desprecio a la religión y de total insensibilidad a las necesidades de los no judíos. La verdadera religión se manifiesta en un corazón y una puerta abiertos; mientras que el judaísmo los tenía cerrados.
