Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Romanos 12: El culto verdadero y el cambio esencial

Hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que Le presentéis vuestro cuerpo como un sacrificio vivo y santo que Le sea agradable; porque esta es la única clase de culto que es verdaderamente espiritual. Y que no amoldéis vuestra vida a las caprichosas modas de este mundo; sino transformaos independientemente de él; es decir, por medio de la renovación de vuestra mentalidad, hasta que experimentéis una verdadera transformación en la misma esencia de vuestro ser; para que, en vuestra propia vida, comprobéis que la voluntad de Dios es buena, y agradable, y perfecta.

Aquí tenemos a Pablo siguiendo su esquema habitual de escribir a sus amigos: siempre termina sus cartas con consejos prácticos. Su mente se zambulle en el infinito, pero nunca se pierde en él; siempre termina con los pies firmemente plantados en la tierra. Puede debatirse con los problemas más profundos de la teología; pero siempre acaba con las demandas éticas que gobiernan la vida de todo el mundo.

«Presentadle a Dios vuestro cuerpo» -dice. No hay exigencia más característicamente cristiana. Ya hemos visto que eso es lo que nunca diría un griego. Para él, lo que importaba era el espíritu; el cuerpo no era más que una prisión, algo despreciable y vergonzoso. Pero el cristiano sabe que su cuerpo pertenece a Dios tanto como su alma, y que puede servir a Dios tanto con su cuerpo como con su mente o su espíritu.

El cuerpo es el templo del Espíritu Santo y el instrumento con el que hace Su obra. Después de todo, el gran hecho de la Encarnación quiere decir básicamente que Dios no desdeñó asumir un cuerpo humano, vivir en él y obrar por medio de él. Tomad el caso de una iglesia o catedral: se construye para dar culto a Dios; pero tiene que diseñarla la mente de un arquitecto; tienen que construirla obreros y artesanos, y sólo entonces llega a ser un templo en el que la gente se reúne para dar culto a Dios. Es un producto de la mente y del cuerpo y del espíritu del hombre.

Dice Pablo: «Tomad todas las tareas que tenéis que hacer todos los días: el trabajo ordinario de la tienda, la fábrica, los astilleros, la mina… y ofrecédselo a Dios como un acto de culto.» La palabra del versículo 1 que hemos traducido por culto con la versión Reina-Valera tiene una historia interesante. Es latreía, el nombre correspondiente al verbo latréuein. En su origen, latréuein quería decir trabajar por la paga o el sueldo. Era la palabra que se usaba para un trabajador que daba su tiempo y esfuerzo a un contratista a cambio de un salario. No era el trabajo de un esclavo, sino una actividad voluntaria. De ahí pasó a significar servir en general; pero también aquello a lo que una persona dedica toda su vida. Por ejemplo: de un artista se decía que estaba latréuein kallei, que quiere decir dedicar la vida al servicio de la belleza. En ese sentido ya se acercaba al de dedicarse o dedicar la vida. Por último, llegó a ser la palabra característica del servicio de los dioses. En la Biblia siempre se refiere al servicio y al culto a Dios.

Aquí tenemos un hecho muy significativo: el verdadero culto es ofrecerle a Dios nuestro cuerpo y todo lo que hacemos con él todos los días. El verdadero culto a Dios no es ofrecerle una liturgia, por muy noble que sea, o un ritual, ni siquiera el más solemne. El verdadero culto es ofrecerle a Dios nuestra vida cotidiana; no algo que hay que hacer en la iglesia, sino algo que ve todo el mundo, porque somos el templo del Dios vivo. Uno puede que diga: «Voy a la iglesia a dar culto a Dios»; pero debería también decir: «Voy a la fábrica, la tienda, la oficina, la escuela, el garaje, la mina, el astillero, el campo, el jardín o la cocina, a dar culto a Dios.» Esto no quiere decir precisamente estar cantando himnos o pensando en Dios o «dando testimonio» mientras se trabaja, lo cual tal vez nos restaría concentración en lo que estamos haciendo; sino hacer lo que se espera de nosotros lo mejor posible, como si fuera -¡como que es!- para la gloria de Dios.

Esto, sigue diciendo Pablo, exige un cambio radical. No debemos adoptar las formas del mundo; sino transformarnos, es decir, adquirir una nueva manera de vivir. Para expresar esta verdad Pablo usa dos palabras griegas casi intraducibles, que requieren frases para transmitir su sentido. La palabra que usa para amoldarnos al mundo es sysjématízesthai, de la raíz sjéma -de donde viene la palabra española y casi internacional esquema-, que quiere decir forma exterior que cambia de año en año y casi de día en día. El sjéma de una persona no es el mismo cuando tiene 17 años que cuando tiene 70; ni cuando sale del trabajo que cuando está de fiesta. Está cambiando constantemente. Por eso dice Pablo: « No tratéis de estar siempre a tono con todas las modas de este mundo; no seáis «camaleones», tomando siempre el color del ambiente.»

La palabra que usa para transformaos de una manera distinta a la del mundo es metamorfústhai, de la raíz morfé, que quiere decir la naturaleza esencial e inalterable de algo. Una persona no tiene el mismo sjéma a los 17 que a los 70 años, pero sí la misma morfé; con el mono no tiene el mismo sjéma que vestido de ceremonia, pero tiene la misma morfé; cambia su aspecto exterior, pero sigue siendo la misma persona. Así, dice Pablo, para dar culto y servir a Dios tenemos que experimentar un cambio, no de aspecto, sino de personalidad. ¿En qué consiste ese cambio? Pablo diría que, por nosotros mismos, vivimos kata sarka, dominados por la naturaleza humana en su nivel más bajo; en Cristo vivimos kata Jriston o kata Pneuma, bajo el control de Cristo o del Espíritu. El cristiano es una persona que ha cambiado en su esencia: ahora vive, no una vida egocéntrica, sino
Cristocéntrica.

Esto debe ocurrir, dice Pablo, por la renovación de la mentalidad. La palabra que usa para renovación es anakainósis. En griego hay dos palabras para nuevo: neós y kainós. Neós se refiere al tiempo, y kainós al carácter y la naturaleza. Un lápiz recién fabricado es neós; pero una persona que era antes pecadora y ahora está llegando a ser santa es kainós. Cuando Cristo entra en la vida de un hombre, éste es un nuevo hombre; tiene una mentalidad diferente, porque tiene la mente de Cristo.

Cuando Cristo llega a ser el centro de nuestra vida es cuando podemos presentarle a Dios el culto verdadero, que consiste en ofrecerle cada momento y cada acción.

Uno para todos y todos para uno

Por la gracia que se me ha concedido os digo a cada uno de vosotros que no tenga una actitud orgullosa por encima de como debe ser, sino encaminada a la sabiduría, y de acuerdo con la medida de la fe que Dios le ha dado a cada uno de vosotros. Así como tenemos muchos miembros en el cuerpo, pero no todos tienen la misma función, así los cristianos, aunque somos muchos, formamos un cuerpo en Cristo y somos miembros los unos de los otros. Puesto que tenemos diferentes dones, según la gracia que se nos ha dado a cada uno, usémoslos en el servicio mutuo. Si hemos recibido el don de profecía, profeticemos de acuerdo con la proporción de la fe que hemos recibido. Si hemos recibido el don del servicio práctico, usémoslo en el servicio. Si nuestro don es la enseñanza, enseñemos. Si está en la exhortación, usémoslo para exhortar. Si somos llamados para compartir, hagámoslo con sencilla amabilidad. Si somos llamados para dirigir, hagámoslo con celo. Si se presenta la ocasión de mostrar misericordia, hagámoslo con simpática alegría.

Uno de los pensamientos favoritos de Pablo acerca de la Iglesia Cristiana es que es como un cuerpo (cp. 1 Corintios 12:12-27). Los miembros del cuerpo no discuten, ni se envidian, ni se pelean unos con otros. Cada parte del cuerpo realiza sus funciones, ya sean prominentes o humildes. Pablo estaba convencido de que así debería suceder en la Iglesia Cristiana. Cada miembro tiene una tarea; y es sólo cuando todos cumplen con su función como es debido cuando el cuerpo de la Iglesia funciona como Dios manda.

En este pasaje encontramos reglas para la vida común.

(i) Lo primero de todo es conocernos a nosotros mismos. Uno de los principios básicos de los sabios griegos era: «Conócete a ti mismo.» No llegaremos muy lejos en nada hasta que sepamos lo que podemos y lo que no podemos hacer. El tener clara nuestra capacidad, sin presunción ni falsa modestia, es una de las primeras cosas esenciales para una vida útil.

(ii) Segundo, nos anima a aceptarnos a nosotros mismos y a usar los talentos que Dios nos ha confiado. No tenemos que envidiar los que tengan otros ni lamentar no tenerlos nosotros. Tenemos que aceptarnos tal como somos y usar el don que tengamos. Puede que el resultado sea que descubramos y tengamos que aceptar el hecho de que nuestro servicio ha de ser humilde y poco apreciado. Una de las creencias básicas importantes de los estoicos era que hay una chispa divina en todas las vidas. Los escépticos se reían de esa doctrina. «¿Que Dios está en los gusanos? -preguntaban los escépticos-. ¿Dios en los abejorros?» A lo que respondían los estoicos: «¿Por qué no? ¿Es que no pueden esas criaturas servir a Dios? ¿Es que hay que ser general para ser un buen soldado? ¿No puede el soldado raso pelear bien y dar la vida por la patria? Feliz el que sirve a Dios y cumple su misión tan fielmente como un gusano.»

La continuidad de la vida del universo depende de las criaturas más humildes. Pablo está diciendo aquí que uno tiene que empezar por aceptarse a sí mismo; y aunque encuentre que la contribución que puede ofrecer no se va a ver, ni va a recibir alabanza ni prominencia, debe hacerla con la seguridad de que es importante, y que sin ella el mundo y la iglesia quedarían privados de algo.

(iii) Tercero: Pablo está diciendo realmente que todos los dones vienen de Dios. Llama a los dones jarísmata. En el Nuevo Testamento, járisma es algo que Dios le da a una persona que no habría podido adquirir por sí misma.
De hecho, así es la vida. Uno puede pasarse la vida practicando, y nunca tocará el violín como Yehudi Menuhin. Este tiene más que práctica; tiene un extra, un járisma, un don de Dios. Puede que uno se afane toda la vida, y no consiga manejar como quisiera la madera, o el vidrio, o los metales; y sin embargo otro les puede dar forma con tal facilidad que parece que la herramienta que usa es parte de su cuerpo; tiene algo especial, el járisma, que es un don de Dios. Una persona puede estar practicando día tras día para hablar en público, y no consigue adquirir ese algo mágico que mueve a una audiencia o a una congregación; otro no hace más que aparecer en la tarima o asomarse al púlpito, y ya tiene a la gente pendiente de sus labios; tiene ese járisma, o don de Dios. Uno se pasará la vida intentando expresar sus pensamientos por medio de la palabra escrita sin conseguirlo, mientras otro no tiene más que ponerse a escribir, y las páginas le salen perfectas y como sin esfuerzo; el segundo tiene el járisma, que es un don de Dios.

Cada uno tiene su propio járisma. Puede que sea escribir, o predicar, o construir casas, o plantar semillas, o tocar el piano, o cantar canciones, o enseñar a los niños, o jugar al fútbol o a lo que sea. Es un extra que Dios le ha dado.

(iv) Cuarto: sea el que sea el don que uno tenga, debe usarlo, no para su prestigio personal, sino porque está convencido de que es tanto su deber como su privilegio el hacer su contribución al bien común. La parábola de los talentos nos advierte, además, que es peligroso defraudar a Dios en el uso de sus dones. Y pobre de la iglesia que no tiene interés en descubrir los dones y en dar ocasión de practicarlos al que los tiene. Se empobrece a sí misma y al mundo.

Veamos ahora los dones que Pablo especifica aquí.

(i) El don de profecía. Rara vez se menciona en el Nuevo Testamento con el sentido de predecir el futuro; más corrientemente quiere decir proclamar la Palabra de Dios. En 1 Corintios 14:3 se nos dice que el que profetiza habla para edificar, exhortar y consolar. El profeta anuncia el mensaje del Evangelio con la autoridad del que sabe lo que dice. Para anunciar a Cristo a los demás uno tiene que conocerle primero por sí mismo. «Lo que necesita esta parroquia -decía el padre de Carlyle- es un hombre que conozca a Cristo más que de segunda mano.» Eso es lo que necesitan todas las iglesias.

(ii) El don del servicio práctico (diakonía). Es significativo que Pablo coloque el servicio práctico entre los primeros dones de la lista. Puede que uno no tenga nunca la oportunidad de subirse a un púlpito para proclamar a Cristo; pero no hay nadie que no tenga oportunidades todos los días de mostrar el amor de Cristo en obras de servicio a sus semejantes.

(iii) El don de enseñar. No basta con proclamar el mensaje de Cristo; también hay que explicarlo. Es muy posible que uno de los fallos de las iglesias en el tiempo presente esté precisamente ahí. La exhortación y la invitación sin una enseñanza sólida son insuficientes y a veces hasta inútiles.

(iv) El don de la exhortación. La exhortación debe tener una nota dominante, que es dar ánimo. Hay una regla en la marina que es que ningún oficial debe desanimar a otro en el cumplimiento de su deber. Hay una clase de exhortación que desalienta. La verdadera exhortación tiene por objeto, no suspender al oyente sobre las llamas del infierno, sino animarle a disfrutar plenamente de la vida en Cristo.

(v) Está el compartir. Pablo dice que hay que hacerlo con una simpática amabilidad. La palabra que usa Pablo es haplotés, que es difícil de traducir porque incluye la sencillez y la generosidad. Un gran comentario cita un pasaje del Testamento de Isacar que ilustra perfectamente el significado de esta palabra: « Y mi padre me bendijo, viendo que yo me conducía con sencillez (haplotés). Yo no era entremetido en mis acciones, ni malintencionado ni envidioso con mi prójimo; no hablaba mal de nadie ni atacaba la vida de nadie, sino miraba a la gente con sinceridad (literalmente: con haplotés de mi ojo). Proveía de las cosas buenas de la tierra a los pobres y afligidos con sencillez (haplotés) de corazón. Una persona sencilla (haplús) no desea oro, ni seduce a su prójimo, ni se preocupa de alimentos delicados, ni anhela ropas diversas, ni se promete una larga vida, sino recibe solamente lo que Dios quiere para él. Se conduce rectamente y considera todo con sencillez (haplotés).

Hay una clase de dar que fisgonea las circunstancias de la persona, que suelta un rollo al dar la ayuda, y da no tanto para aliviar la necesidad del otro como para regodearse en su propia vanidad y satisfacción; que da por un molesto sentido del deber en lugar de un sentimiento radiante de alegría; que da siempre con una segunda intención y nunca por el simple placer de dar. El compartir cristiano es con haplotés, la sencilla amabilidad que se deleita en el simple placer de dar, sin otra razón.

(vi) También está el ser llamado a ocupar un puesto de responsabilidad o de dirección. Pablo dice que, si somos llamados, debemos hacerlo con celo. Uno de los problemas más difíciles que acechan hoy a las iglesias es encontrar personas responsables para todos sus departamentos. Hay cada vez menos personas con sentido de servicio y de responsabilidad, deseosas de sacrificar su ocio para asumir un cargo directivo. En muchos casos se pretende no estar preparado ni ser digno, cuando la verdad es que no se está dispuesto, o no se tiene suficiente interés. Si tal puesto directivo se asume, dice Pablo, se ha de cumplir con celo. Hay dos maneras en las que un anciano de la iglesia puede dar una tarjeta de comunión -para mencionar algo que se hace en Escocia-: puede echarla en el buzón o entregarla personalmente al hacer una visita. Hay dos maneras en que un maestro puede preparar una lección: con mente y corazón entregados, o de una manera rutinaria. Una persona puede cumplir sus deberes en la iglesia aburrida y monótonamente, o con la alegría y el entusiasmo que da el celo. Las iglesias necesitan ahora líderes con celo en el corazón. Hay una palabra terrible en Jeremías 48:10: «Maldito el que hiciere indolentemente la obra del Señor.»

(vii) Hay momentos en los que hay que mostrar compasión. Y ha de hacerse con amable simpatía, dice Pablo. Se puede perdonar de una forma que resulta un insulto. Se puede perdonar y al mismo tiempo mostrar crítica y desprecio. Si alguna vez hemos de perdonar a un pecador, debemos recordar que nosotros también somos pecadores. « Ese sería yo, si no fuera por la gracia de Dios» -dijo George Whitefield cuando vio a un criminal camino de la horca. Hay una manera de perdonar que empuja al ofensor hacia el sumidero; y hay otra manera que saca del cieno. El verdadero perdón se basa en el amor y no en la superioridad, y redime y no humilla.

Reglas para la vida cotidiana

Vuestro amor debe ser absolutamente sincero. Aborreced lo malo y adheríos a lo bueno. Sed afectuosos en vuestro amor a los hermanos. Conceded prioridad a los demás en lo que reporta honor. No seáis perezosos en lo que requiere celo. Mantened el espíritu al rojo vivo. No dejéis escapar las oportunidades. Regocijaos en la esperanza. Enfrentaos con la tribulación con victoriosa entereza. Sed constantes en la oración. Compartid lo que tengáis para ayudar en sus necesidades a los que están consagrados a Dios. Estad dispuestos a ofrecer hospitalidad.

Pablo ofrece a sus amigos diez reglas telegráficas para la v*da ordinaria y cotidiana. Vamos a considerarlas una a una.

(i) El amor debe ser absolutamente sincero. No debe tener nada de hipocresía, ni de apariencia, ni de segundas intenciones. Hay tal cosa como un amor interesado que da afecto con un ojo y mira la ganancia con el otro. Hay tal cosa como un amor egoísta cuya meta es recibir más de lo que se da. El amor cristiano está limpio de egoísmo; es dar el corazón antes que nada.

(ii) Debemos aborrecer lo malo y adherirnos a lo bueno. Se ha dicho que nuestra única seguridad frente al pecado está en que nos repela. Fue Carlyle el que dijo que lo que necesitamos es ver la infinita belleza de la santidad y la infinita fealdad del pecado. Las palabras que usa Pablo son fuertes. Se ha dicho que ninguna virtud es fuerte si no es apasionada. Una persona no tiene estabilidad si todo lo que hace es evitar prudentemente el mal y calcular su adhesión al bien; debe odiar el mal y amar el bien. De una cosa tenemos que estar seguros: lo que muchos odian no es el mal, sino sus consecuencias. Nadie es realmente bueno si lo es sólo porque teme las consecuencias de ser malo. El camino a la verdadera bondad no es temer las consecuencias de la deshonra, sino amar apasionadamente la honra.

(iii) Debemos ser afectuosos en nuestro amor a los hermanos. La palabra que usa Pablo es filostorgos, y storgué es la palabra griega para el amor de la familia. Debemos amarnos porque somos de la familia. No somos extraños para los demás de la iglesia, ni ellos para nosotros. Y mucho menos unidades aisladas. Somos hermanos y hermanas porque tenemos un mismo Padre, Dios.

(iv) Debemos conceder prioridad a los demás en el honor. Más de la mitad de los problemas que surgen en las iglesias es por los derechos y los privilegios y los prestigios. A alguien no se le ha respetado el puesto; se ha olvidado a alguien o no se le han dado las gracias. La señal del verdadero cristiano ha sido siempre y debe ser la humildad. Uno de los hombres más humildes fue el gran santo e investigador rector Caims. Alguien ha recordado un incidente simpático que le mostraba tal como era. Formaba parte del equipo que presidía una gran conferencia. Cuando él salía por la puerta, en la reunión pública hubo una gran explosión de aplausos. Caims se puso a un lado, cedió el paso al siguiente y empezó a aplaudirle; no se figuraba que el aplauso era para él. No es fácil ceder a otro el puesto de honor. Hay lo bastante del hombre natural en nosotros como para querer que se nos ponga por delante; pero el cristiano no tiene derechos; sólo deberes.

(v) No debemos ser perezosos en lo que requiere celo. Hay una cierta intensidad en la vida cristiana; no hay lugar para el letargo. El cristiano no puede echarle pachorra a las cosas, porque el mundo es siempre un campo de batalla entre el bien y el mal, el tiempo es corto y la vida es una preparación para la eternidad. El cristiano se puede consumir, pero no oxidar.

(vi) Debemos mantener el espíritu al rojo vivo. El único al que el Señor Resucitado no podía aguantar era el que no era ni caliente ni frío (Apocalipsis 3:1 Ss). Ahora la gente mira con sospecha a los entusiastas; el grito de batalla moderno es: «¡Me importa un rábano!» Pero el cristiano lo toma desesperadamente en serio; está ardiendo para Cristo.

(vii) La séptima advertencia de Pablo puede querer decir una de dos cosas. Los manuscritos antiguos oscilan entre dos lecturas: unos ponen «Servid al Señor», y otros «Servid al tiempo», es decir, «No dejéis escapar las oportunidades.» La razón por la que hay estas variantes es que todos los antiguos amanuenses usaban abreviaturas. Una de las más corrientes era omitir las vocales -como se hace ahora en taquigrafía- y colocar una tilde sobre las restantes letras. Ahora bien: la palabra para Señor es Kyrios, y la de tiempo es kairós; así es que las dos se abreviaban krs. En una sección tan llena de consejos prácticos es lo más probable que Pablo estuviera diciéndoles a sus amigos: «Aprovechad las oportunidades que se os presenten.» La vida nos ofrece toda clase de oportunidades -de aprender algo nuevo, o de podar algo viejo o infructuoso; de dar una palabra de ánimo, o de advertencia; de ayudar, o de consolar. Una de las tragedias de la vida consiste en dejar escapar estas oportunidades que, en la misma forma, no se nos volverán a presentar. Como dice un refrán: «Hay tres cosas que no vuelven: la flecha que se tira, la palabra que se dice y la oportunidad que se pierde.»

(viii) Tenemos que regocijarnos en la esperanza. Cuando Alejandro Magno estaba haciendo los planes para una de sus campañas en Oriente, estaba repartiendo toda clase de regalos entre sus amigos. En su generosidad ya había dado casi todas sus posesiones. « Señor -le dijo uno de sus amigos-, no te va a quedar nada.» «¡ Sí! -contestó Alejandro-. Me quedarán mis esperanzas.» El cristiano es optimista por naturaleza. Simplemente porque Dios es Dios, el cristiano siempre está seguro de que lo mejor está por venir. No le va aquello del poeta de que «cualquiera tiempo pasado fue mejor.» Como sabe que la Gracia de Dios es siempre suficiente, y que la potencia de Dios se perfecciona en nuestras debilidades, el cristiano sabe que ninguna tarea le vendrá grande. « No hay situaciones desesperadas en la vida; lo que hay son personas que han perdido la esperanza.» No existe tal cosa como un cristiano desesperado o desesperanzado.

(ix) Tenemos que enfrentarnos con la tribulación con victoriosa entereza. Alguien le dijo una vez a un hidalgo sufridor: «El sufrimiento le da color a la vida, ¿verdad?» A lo que él contestó: « Sí; pero yo elijo los colores.» Cuando se cernía sobre Beethoven la terrible perspectiva, ya segura, de una sordera total, dijo: «Cogeré a la vida por el cuello.» Cuando Nabucodonosor arrojó a los tres israelitas al «horno de fuego ardiendo», se maravilló de que no sufrieran ningún daño, y preguntó si no habían arrojado a tres hombres atados. Cuando le dijeron que sí, él añadió: «Pues yo veo a cuatro, sueltos, andando por las Vainas tan campantes; y el Cuarto tiene el aspecto de un «hijo de los dioses»» (Daniel 3:24s). El cristiano se puede enfrentar con lo que sea, siempre que sea con Jesús.

(x) Hemos de ser constantes en la oración. ¿No es verdad que a veces en la vida se nos pasan los días y hasta las semanas sin hablar con Dios? Cuando un cristiano deja de orar, se despoja de la armadura del Todopoderoso. No hay que sorprenderse de que la vida se desmorone cuando nos empeñamos en vivirla solos.

(xi) Hemos de compartir lo que tengamos para ayudar a los hermanos necesitados. En un mundo consumista que no piensa más que en conseguir, el cristiano está dispuesto a dar, porque sabe que « perdemos lo que retenemos y tenemos lo que damos.»

(xii) El cristiano ha de estar dispuesto a ofrecer hospitalidad. Una y otra vez insiste el Nuevo Testamento en este deber de la puerta abierta (Hebreos 13:2; 1 Timoteo 3:2; Tito 1:8; 1 Pedro 4:9). El traductor inglés Tyndale usaba una palabra magnífica cuando ponía aquí que el cristiano debe tener una disposición de puerto. Un hogar no puede ser nunca feliz si es egoísta. El Cristianismo es la religión de la mano abierta, el corazón abierto y la puerta abierta.

El cristiano y sus semejantes

Bendecid a los que os persiguen; bendecidlos en vez de maldecirlos. Alegraos con los que están alegres, y llorad con los que lloran. Vivid en armonía con los demás. Guardaos del orgullo, y no os resistáis a asociaros con la gente sencilla. No os creáis más sabios que nadie. No devolváis mal por mal. Procurad que vuestra conducta sea tal que no ofenda a nadie. En lo que dependa de vosotros, vivid en paz con todo el mundo. Queridos hermanos: No tratéis de vengaros de nadie por vosotros mismos; dejad que sea La Ira la que lo haga por vosotros; porque está escrito: «La venganza me corresponde a Mí; Yo retribuiré, dice el Señor. » Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber. Al hacer eso le amontonas brasas sobre la cabeza. No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien.

Pablo ofrece una serie de reglas y principios para gobernar nuestras relaciones con nuestros semejantes.

(i) El cristiano debe arrostrar la persecución orando por los que le persiguen. Hace mucho tiempo Platón había dicho que una buena persona prefiere que le hagan mal antes que hacérselo ella a los demás; y odiar siempre es malo. Cuando un cristiano es insultado o maltratado, tiene el ejemplo de su Maestro, Que pidió el perdón de los que Le estaban crucificando.

Una de las más fuertes fuerzas de atracción al Cristianismo ha sido esta serena actitud de perdón que han mostrado los mártires de todos los tiempos. Esteban murió pidiéndole a Dios que perdonara a los que le estaban apedreando (Hechos 7:60), entre los cuales había un joven llamado Saulo, que después sería Pablo, apóstol de los gentiles y siervo de Cristo. No cabe duda que el impacto de la escena de la muerte de Esteban fue una de las claves de su conversión. Como dijo Agustín: « La Iglesia debe Pablo a la oración de Esteban.» Muchos perseguidores han llegado a ser seguidores de la fe que trataron de destruir al comprobar cómo perdonan los cristianos.

(ii) Hemos de alegrarnos con los que están alegres, y llorar con los que lloran. Hay pocos lazos tan entrañables como el del dolor compartido. Cierto escritor nos cuenta lo que dijo una mujer americana de color: Una señora de Carleston conocía a la criada negra de una vecina. « He sentido mucho la muerte de su tía Lucy -le dijo-. Debe de echarla usted mucho de menos, porque eran tan amigas…» « Es verdad -contestó la criada-, siento mucho que se haya muerto. Pero no éramos amigas.» « ¿Qué?

Yo creía que sí lo eran. Las he visto a ustedes hablar y reírse juntas muchas veces.» « Sí, es verdad -fue su respuesta-;nos reíamos y hablábamos mucho, pero no éramos más que conocidas. ¿Sabe, señorita Ruth? Nunca lloramos juntas. Las personas tienen que llorar juntas para ser amigas.» El lazo que producen las lágrimas une más que nada en el mundo. Y sin embargo es más fácil llorar con los que lloran que alegrarse con los que están alegres. Hace mucho, Crisóstomo escribió sobre este pasaje: «Requiere más talante cristiano alegrarse con los que están alegres que llorar con los que lloran; porque esto último se hace perfectamente por naturaleza, y no hay nadie tan duro de corazón que no llore con el que pasa por una calamidad; pero lo otro requiere un alma muy noble, que no sólo está libre de la envidia, sino que siente placer con la persona que es estimada.» Es verdad que es más difícil congratularse con el éxito ajeno, especialmente cuando supone una desilusión propia, que sentir el dolor o la pérdida de otro. Sólo cuando estamos muertos al yo podemos regocijarnos en el éxito de otro como si fuera nuestro.

(iii) Hemos de vivir en armonía con los demás. Fue Nelson el que, después de una de sus grandes victorias, dio como la razón de ésta en su informe: «Tuve la dicha de mandar a una compañía de hermanos.» Eso es lo que debe ser una iglesia cristiana: una compañía de hermanos. Leighton escribió una vez: « La forma de gobierno eclesiástico puede ser optativa; pero la paz y la concordia, la amabilidad y la buena voluntad son indispensables.» Cuando la discordia se introduce en la sociedad cristiana, se pierde la esperanza de hacer un buen trabajo.

(iv) Hemos de guardarnos del orgullo y el esnobismo. Tenemos que recordar siempre que el parámetro por el que juzga el mundo no es necesariamente el mismo que usa Dios. La santidad no tiene nada que ver con el rango, la riqueza o el nacimiento. El Dr. James Back describe una escena de una iglesia cristiana primitiva. Se ha convertido una persona importante, y viene al culto por primera vez. Entra en la habitación donde se está celebrando. El que dirige el culto le señala un lugar. « ¿Se quiere sentar ahí, por favor?» -le dice. «No me puedo sentar ahí -le contesta el hombre importante-,porque eso sería sentarme al lado de mi esclavo.» «¿Quiere usted tener la bondad de sentarse ahí?» -le vuelve a indicar el pastor. «Pero -replica el hombre-, ¡no querrá usted que me siente al lado de mi esclavo!» « ¿Quiere usted sentarse ahí?» -le dice el otro por tercera vez. Por último el hombre importante cruza la habitación, se sienta al lado de su esclavo y le da el beso de paz. Eso es lo que hacía el Cristianismo, que era lo único que lo podía hacer en el Imperio Romano. La iglesia cristiana era el único lugar en el que se sentaban el amo y el esclavo el uno al lado del otro. Sigue siendo el único sitio en el que todas las diferencias humanas han desaparecido, porque Dios no hace discriminación.

(v) Hemos de procurar que nuestra conducta sea tal que no ofenda a nadie. Pablo insiste en que la conducta cristiana no sólo debe ser buena, sino parecerlo. Hay un supuesto «cristianismo» intransigente y antipático; pero el verdadero Cristianismo es algo que da gusto ver.

(vi) Hemos de vivir en paz con todo el mundo. Pero Pablo añade dos condiciones:›(a) Dice si es posible. Puede llegar el momento en que las exigencias de la cortesía tengan que ceder el paso a las del principio. El Cristianismo no es una pachorra tolerante que lo acepta todo con los ojos cerrados. Puede que haya momentos en los que hay que librar batallas, y el cristiano no debe evadirlas. (b) Dice en lo que dependa de vosotros. Pablo sabía muy bien que a algunos les es más fácil vivir en paz que a otros. Sabía que algunos tienen que contenerse más en una hora que otros en toda la vida. Haremos bien en recordar que la bondad les es considerablemente más asequible a unos que a otros. Eso nos librará de la crítica y del desánimo.

(vii) Hemos de abstenernos hasta de pensar en vengarnos. Pablo da tres razones:

(a) La venganza no nos corresponde a nosotros, sino a Dios. En última instancia ningún ser humano tiene derecho a juzgar a otro; sólo Dios puede hacerlo.

(b) La mejor manera de ganarnos a una persona es tratarla con amabilidad en lugar de vengarnos. La venganza puede quebrantar su espíritu; pero la amabilidad quebrantará su corazón. « Si somos amables con nuestros enemigos dice Pablo-, eso amontonará brasas sobre su cabeza.» Eso no quiere decir que hará que le caiga encima un castigo peor, sino que les hará sentir una vergüenza que no podrán soportar, y que los obligará a cambiar.

(c) El rebajarnos a vengarnos es dejarnos vencer por el mal. El mal nunca se puede conquistar con el mal. Cuando el odio se encuentra frente al odio, se crece; pero si se encuentra con el amor, se desintegra. Como decía Booker Washington: «No voy a permitir que ninguna persona me haga rebajarme a odiarle.» La única manera de dejar de tener enemigos es hacernos sus amigos.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar