(iii) Tercero: Pablo está diciendo realmente que todos los dones vienen de Dios. Llama a los dones jarísmata. En el Nuevo Testamento, járisma es algo que Dios le da a una persona que no habría podido adquirir por sí misma.
De hecho, así es la vida. Uno puede pasarse la vida practicando, y nunca tocará el violín como Yehudi Menuhin. Este tiene más que práctica; tiene un extra, un járisma, un don de Dios. Puede que uno se afane toda la vida, y no consiga manejar como quisiera la madera, o el vidrio, o los metales; y sin embargo otro les puede dar forma con tal facilidad que parece que la herramienta que usa es parte de su cuerpo; tiene algo especial, el járisma, que es un don de Dios. Una persona puede estar practicando día tras día para hablar en público, y no consigue adquirir ese algo mágico que mueve a una audiencia o a una congregación; otro no hace más que aparecer en la tarima o asomarse al púlpito, y ya tiene a la gente pendiente de sus labios; tiene ese járisma, o don de Dios. Uno se pasará la vida intentando expresar sus pensamientos por medio de la palabra escrita sin conseguirlo, mientras otro no tiene más que ponerse a escribir, y las páginas le salen perfectas y como sin esfuerzo; el segundo tiene el járisma, que es un don de Dios.
Cada uno tiene su propio járisma. Puede que sea escribir, o predicar, o construir casas, o plantar semillas, o tocar el piano, o cantar canciones, o enseñar a los niños, o jugar al fútbol o a lo que sea. Es un extra que Dios le ha dado.
(iv) Cuarto: sea el que sea el don que uno tenga, debe usarlo, no para su prestigio personal, sino porque está convencido de que es tanto su deber como su privilegio el hacer su contribución al bien común. La parábola de los talentos nos advierte, además, que es peligroso defraudar a Dios en el uso de sus dones. Y pobre de la iglesia que no tiene interés en descubrir los dones y en dar ocasión de practicarlos al que los tiene. Se empobrece a sí misma y al mundo.
Veamos ahora los dones que Pablo especifica aquí.
(i) El don de profecía. Rara vez se menciona en el Nuevo Testamento con el sentido de predecir el futuro; más corrientemente quiere decir proclamar la Palabra de Dios. En 1 Corintios 14:3 se nos dice que el que profetiza habla para edificar, exhortar y consolar. El profeta anuncia el mensaje del Evangelio con la autoridad del que sabe lo que dice. Para anunciar a Cristo a los demás uno tiene que conocerle primero por sí mismo. «Lo que necesita esta parroquia -decía el padre de Carlyle- es un hombre que conozca a Cristo más que de segunda mano.» Eso es lo que necesitan todas las iglesias.
(ii) El don del servicio práctico (diakonía). Es significativo que Pablo coloque el servicio práctico entre los primeros dones de la lista. Puede que uno no tenga nunca la oportunidad de subirse a un púlpito para proclamar a Cristo; pero no hay nadie que no tenga oportunidades todos los días de mostrar el amor de Cristo en obras de servicio a sus semejantes.
(iii) El don de enseñar. No basta con proclamar el mensaje de Cristo; también hay que explicarlo. Es muy posible que uno de los fallos de las iglesias en el tiempo presente esté precisamente ahí. La exhortación y la invitación sin una enseñanza sólida son insuficientes y a veces hasta inútiles.
(iv) El don de la exhortación. La exhortación debe tener una nota dominante, que es dar ánimo. Hay una regla en la marina que es que ningún oficial debe desanimar a otro en el cumplimiento de su deber. Hay una clase de exhortación que desalienta. La verdadera exhortación tiene por objeto, no suspender al oyente sobre las llamas del infierno, sino animarle a disfrutar plenamente de la vida en Cristo.
(v) Está el compartir. Pablo dice que hay que hacerlo con una simpática amabilidad. La palabra que usa Pablo es haplotés, que es difícil de traducir porque incluye la sencillez y la generosidad. Un gran comentario cita un pasaje del Testamento de Isacar que ilustra perfectamente el significado de esta palabra: « Y mi padre me bendijo, viendo que yo me conducía con sencillez (haplotés). Yo no era entremetido en mis acciones, ni malintencionado ni envidioso con mi prójimo; no hablaba mal de nadie ni atacaba la vida de nadie, sino miraba a la gente con sinceridad (literalmente: con haplotés de mi ojo). Proveía de las cosas buenas de la tierra a los pobres y afligidos con sencillez (haplotés) de corazón. Una persona sencilla (haplús) no desea oro, ni seduce a su prójimo, ni se preocupa de alimentos delicados, ni anhela ropas diversas, ni se promete una larga vida, sino recibe solamente lo que Dios quiere para él. Se conduce rectamente y considera todo con sencillez (haplotés).
Hay una clase de dar que fisgonea las circunstancias de la persona, que suelta un rollo al dar la ayuda, y da no tanto para aliviar la necesidad del otro como para regodearse en su propia vanidad y satisfacción; que da por un molesto sentido del deber en lugar de un sentimiento radiante de alegría; que da siempre con una segunda intención y nunca por el simple placer de dar. El compartir cristiano es con haplotés, la sencilla amabilidad que se deleita en el simple placer de dar, sin otra razón.
