(vi) También está el ser llamado a ocupar un puesto de responsabilidad o de dirección. Pablo dice que, si somos llamados, debemos hacerlo con celo. Uno de los problemas más difíciles que acechan hoy a las iglesias es encontrar personas responsables para todos sus departamentos. Hay cada vez menos personas con sentido de servicio y de responsabilidad, deseosas de sacrificar su ocio para asumir un cargo directivo. En muchos casos se pretende no estar preparado ni ser digno, cuando la verdad es que no se está dispuesto, o no se tiene suficiente interés. Si tal puesto directivo se asume, dice Pablo, se ha de cumplir con celo. Hay dos maneras en las que un anciano de la iglesia puede dar una tarjeta de comunión -para mencionar algo que se hace en Escocia-: puede echarla en el buzón o entregarla personalmente al hacer una visita. Hay dos maneras en que un maestro puede preparar una lección: con mente y corazón entregados, o de una manera rutinaria. Una persona puede cumplir sus deberes en la iglesia aburrida y monótonamente, o con la alegría y el entusiasmo que da el celo. Las iglesias necesitan ahora líderes con celo en el corazón. Hay una palabra terrible en Jeremías 48:10: «Maldito el que hiciere indolentemente la obra del Señor.»
(vii) Hay momentos en los que hay que mostrar compasión. Y ha de hacerse con amable simpatía, dice Pablo. Se puede perdonar de una forma que resulta un insulto. Se puede perdonar y al mismo tiempo mostrar crítica y desprecio. Si alguna vez hemos de perdonar a un pecador, debemos recordar que nosotros también somos pecadores. « Ese sería yo, si no fuera por la gracia de Dios» -dijo George Whitefield cuando vio a un criminal camino de la horca. Hay una manera de perdonar que empuja al ofensor hacia el sumidero; y hay otra manera que saca del cieno. El verdadero perdón se basa en el amor y no en la superioridad, y redime y no humilla.
Reglas para la vida cotidiana
Vuestro amor debe ser absolutamente sincero. Aborreced lo malo y adheríos a lo bueno. Sed afectuosos en vuestro amor a los hermanos. Conceded prioridad a los demás en lo que reporta honor. No seáis perezosos en lo que requiere celo. Mantened el espíritu al rojo vivo. No dejéis escapar las oportunidades. Regocijaos en la esperanza. Enfrentaos con la tribulación con victoriosa entereza. Sed constantes en la oración. Compartid lo que tengáis para ayudar en sus necesidades a los que están consagrados a Dios. Estad dispuestos a ofrecer hospitalidad.
Pablo ofrece a sus amigos diez reglas telegráficas para la v*da ordinaria y cotidiana. Vamos a considerarlas una a una.
(i) El amor debe ser absolutamente sincero. No debe tener nada de hipocresía, ni de apariencia, ni de segundas intenciones. Hay tal cosa como un amor interesado que da afecto con un ojo y mira la ganancia con el otro. Hay tal cosa como un amor egoísta cuya meta es recibir más de lo que se da. El amor cristiano está limpio de egoísmo; es dar el corazón antes que nada.
(ii) Debemos aborrecer lo malo y adherirnos a lo bueno. Se ha dicho que nuestra única seguridad frente al pecado está en que nos repela. Fue Carlyle el que dijo que lo que necesitamos es ver la infinita belleza de la santidad y la infinita fealdad del pecado. Las palabras que usa Pablo son fuertes. Se ha dicho que ninguna virtud es fuerte si no es apasionada. Una persona no tiene estabilidad si todo lo que hace es evitar prudentemente el mal y calcular su adhesión al bien; debe odiar el mal y amar el bien. De una cosa tenemos que estar seguros: lo que muchos odian no es el mal, sino sus consecuencias. Nadie es realmente bueno si lo es sólo porque teme las consecuencias de ser malo. El camino a la verdadera bondad no es temer las consecuencias de la deshonra, sino amar apasionadamente la honra.
(iii) Debemos ser afectuosos en nuestro amor a los hermanos. La palabra que usa Pablo es filostorgos, y storgué es la palabra griega para el amor de la familia. Debemos amarnos porque somos de la familia. No somos extraños para los demás de la iglesia, ni ellos para nosotros. Y mucho menos unidades aisladas. Somos hermanos y hermanas porque tenemos un mismo Padre, Dios.
(iv) Debemos conceder prioridad a los demás en el honor. Más de la mitad de los problemas que surgen en las iglesias es por los derechos y los privilegios y los prestigios. A alguien no se le ha respetado el puesto; se ha olvidado a alguien o no se le han dado las gracias. La señal del verdadero cristiano ha sido siempre y debe ser la humildad. Uno de los hombres más humildes fue el gran santo e investigador rector Caims. Alguien ha recordado un incidente simpático que le mostraba tal como era. Formaba parte del equipo que presidía una gran conferencia. Cuando él salía por la puerta, en la reunión pública hubo una gran explosión de aplausos. Caims se puso a un lado, cedió el paso al siguiente y empezó a aplaudirle; no se figuraba que el aplauso era para él. No es fácil ceder a otro el puesto de honor. Hay lo bastante del hombre natural en nosotros como para querer que se nos ponga por delante; pero el cristiano no tiene derechos; sólo deberes.
(v) No debemos ser perezosos en lo que requiere celo. Hay una cierta intensidad en la vida cristiana; no hay lugar para el letargo. El cristiano no puede echarle pachorra a las cosas, porque el mundo es siempre un campo de batalla entre el bien y el mal, el tiempo es corto y la vida es una preparación para la eternidad. El cristiano se puede consumir, pero no oxidar.
