(vii) El nuevo nacimiento del cristiano le introduce en el amor (1 Juan 4: 7). Como el Don de Dios está en él, es limpiado de toda la amargura del resentimiento esencial de la vida egocéntrica, y hay en él algo del amor sacrificial y perdonador de Dios.
(viii) Por último, el nuevo nacimiento del cristiano le introduce en la victoria(] Juan 5:4). La vida deja de ser derrota y empieza a ser victoria sobre el yo y el pecado y las circunstancias. Como la vida de Dios está en el cristiano, aprende el secreto de la vida victoriosa.
La gran herencia
Además, el cristiano ha recibido una gran herencia (kléronomía). Aquí tenemos una palabra con una gran historia, porque es la palabra que se usa corrientemente en Antiguo Testamento griego para la herencia de Canaán, la Tierra Prometida. Una y otra vez se habla en el Antiguo Testamento de la tierra que Dios le ha dado a Su pueblo por heredad para que la tome en posesión (Deuteronomio 15:4; 19:10). Para nosotros herencia tiende a querer decir algo que será nuestro en el futuro; pero la Biblia usa esta palabra en el sentido de una posesión segura. Para los judíos, la gran posesión definitiva era la Tierra Prometida, convicción que no ha dejado de producir problemas hasta el tiempo presente.
Pero la herencia cristiana es algo aún mayor. Pedro usa tres palabras que presentan tres cualidades que la describen. Es imperecedera (afthartós). Esta palabra quiere decir imperecedera, pero también indestructible por ejércitos invasores. Muchas veces Palestina había sido arrasada por ejércitos extranjeros, que habían guerreado para conquistarla, o despojarla, o destruirla. Pero el cristiano posee una paz y un gozo que ningún ejército invasor puede asolar ni destruir. Es incorruptible. La palabra original es amíantos, y el verbo miainein del que deriva quiere decir contaminar con impureza impía. Muchas veces Palestina había sido corrompida por el culto falso a dioses falsos (Jeremías 2:7, 23; 3:2; Ezequiel 20:43). Las cosas que contaminaban habían dejado su impronta en la Tierra Prometida; pero el cristiano tiene una pureza que no puede infectar el pecado del mundo.
Es inmarcesible (amárantos). En la Tierra Prometida, como en cualquier otra, hasta la florecilla más preciosa se aja y muere.
Pero el cristiano ha sido elevado a un mundo en el que no hay cambio ni caducidad, y en el que su paz y gozo están fuera del alcance de las suertes y las fases de la vida.
¿Cuál es, entonces, esa heredad que posee el cristiano nacido de nuevo? Puede que haya muchas respuestas secundarias a esa pregunta, pero sólo una primaria: la heredad del cristiano es Dios mismo. El salmista lo dijo: « El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa… y es hermosa la heredad que me ha tocado» (Salmo 16:5s). Dios era su porción para siempre (Salmo 73: 23-26). «Mi porción es el Señor, dijo mi alma; por tanto, en Él esperaré» (Lamentaciones 3:24).
Porque el cristiano es la posesión de Dios y Dios es la posesión del cristiano, éste tiene una herencia imperecedera, incontaminable e inmarcesible.
Protegido en el tiempo y a salvo en la eternidad
La heredad del cristiano, la plenitud del gozo de Dios, le espera en el Cielo; y de esto tiene Pedro dos grandes cosas que decir.
(i) En nuestro viaje a través del mundo hacia la eternidad somos protegidos por el poder de Dios mediante la fe. La palabra que usa Pedro para proteger (frurein) es una palabra militar. Quiere decir que nuestra vida está guarnecida por Dios, y que Él es el centinela que nos guarda todos nuestros días. El que tiene fe, nunca duda, aunque no pueda verle con los ojos de la cara, que Dios está presente entre las sombras, montando la guardia sobre los Suyos. No es que Dios los libre de los problemas y los dolores de la vida, sino que nos capacita para que los conquistemos y sigamos adelante.
(ii) La Salvación final se revelará al final del tiempo. Aquí tenemos dos concepciones que están a la base del pensamiento del Nuevo Testamento. En él se habla frecuentemente del último día o de los últimos días o del tiempo del fin. Por detrás de todo esto está la manera en que los judíos dividían la Historia en dos edades: la presente, que está totalmente bajo el dominio del mal, y la por venir, que será la edad de oro de Dios. Entre las dos vendría el Día del Señor, cuando el mundo sería destruido y rehecho y tendría lugar el Juicio Final. Ese tiempo intermedio es el de los últimos días o el tiempo del fin en que el mundo tal como lo conocemos llegará a su fin.
