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1 Pedro 2: Qué dejar y qué anhelar

Así que despojaos de todo lo malo del mundo pagano y de todo lo engañoso, actuación hipócrita y sentimientos de envidia, de todo chismorreo despectivo de los demás; y, como bebés recién nacidos, desead la leche sin adulterar de la Palabra para crecer hasta alcanzar la Salvación. Estáis obligados a ello si habéis saboreado la amabilidad del Señor.

Ningún cristiano se puede quedar como está, así es que Pedro exhorta a los suyos a romper con todo lo malo, y afirmar el corazón en todo lo que puede alimentar de veras la vida espiritual.

Hay cosas de las que uno tiene que despojarse. Apothesthai es la palabra para quitarse uno la ropa. Y hay cosas de las que un cristiano tiene que desvestirse como de la ropa sucia.

Ha de quitarse de encima todo lo malo del mundo pagano. La palabra para lo malo es kakía; es la palabra más general para maldad, e incluye todas las maneras malas del mundo sin Cristo. Las otras palabras son ilustraciones y especificaciones de esa kakía; y hay que advertir que son todas faltas del carácter que hieren la gran virtud del amor fraternal. No puede haber amor fraternal mientras existan estas cosas malas.

Está el engaño (dolos). Dolos es el truco del que se dedica a engañar a los demás para conseguir lo que se propone, el vicio de la persona que no tiene nunca miras limpias.

Está la hipocresía (hypókrisis). Hypokrités (hipócrita) es una palabra que tiene un historia curiosa. Es el nombre correspondiente al verbo hypokrínesthai, que quiere decir sencillamente contestar; un hypokrités no es más, en un principio, que uno que contesta. De ahí pasa a querer decir un actor, el que toma parte en un diálogo en la escena. Y de ahí pasa a significar un farsante, alguien que no hace más que representar, manteniendo ocultos su verdaderos motivos. El hipócrita es áquí el que pretende ser cristiano para sacar algún provecho y prestigio, no para servicio y gloria de Cristo.

Está la envidia (fthonos). Bien se puede decir que la envidia es el último pecado en morir. Asomaba su sucia cabeza hasta en el grupo de los apóstoles. Los otros diez les cogieron envidia a Santiago y a Juan cuando parecía que éstos les habían tomado la delantera en reservarse los puestos de honor en el Reino por venir (Marcos 10.-4). Hasta en la última Cena, los discípulos estaban discutiendo quiénes habían de ocupar los puestos más honorables (Lucas 22:24). Mientras el yo siga actuando en el corazón de la persona, habrá envidia en su vida. E. G. Selwyn llama a la envidia « la plaga endémica de todas las organizaciones voluntarias, y no menos de las religiosas.» C. E. B. Cranfield dice que «no tenemos que pasar mucho tiempo en lo que llamamos «el trabajo de la iglesia» para comprobar lo perenne fuente de problemas que es la envidia.»

Está el chismorreo despectivo de los demás (katalalía). Katalalía es una palabra que tiene un sabor desmido. Quiere decir hablar mal; es casi siempre el fruto de la envidia; por lo general aparece cuando su víctima no está presente para defenderse. No hay muchas cosas que sean tan atractivas como escuchar o repetir chismes jugosos. El chismorreo despectivo es algo que todos declaran que está mal, pero que al mismo tiempo casi todos practican y disfrutan. No cabe duda de que hay pocas cosas que produzcan tantos problemas y angustias y que sean tan destructivas del amor fraternal y de la unidad de la iglesia.

Estas son, pues, cosas que una persona nacida de nuevo debe quitarse de encima; puesto que, si sigue permitiéndoles que actúen libremente en su vida, dañarán la unidad de los hermanos.

En qué afirmar el corazón

Pero hay algo en lo que el cristiano debe afirmar el corazón. Debe anhelar la leche sin adulterar de la Palabra. El sentido de esta frase presenta alguna dificultad. Esa dificultad está en la palabra loguikós, que hemos traducido, con algunas versiones, de la Palabra. La Reina-Valera y otras tienen: la leche espiritual.

Loguikós es el adjetivo que se deriva del nombre logos, y la dificultad consiste en que tiene tres traducciones perfectamente posibles.

(a) Logos es la gran palabra estoica para la razón que guía el universo; loguikós es una palabra favorita de los estoicos que describe lo que tiene que ver con esta razón divina que gobierna todas las cosas. Si esta es la conexión de esta palabra no cabe duda de que espiritual es su significado.

(b) Logos es la palabra normal en griego para mente o razón; por tanto, loguikós tiene a menudo el sentido de razonable o inteligente. La Reina-Valera traduce esta palabra en Romanos 12:1 por racional.

(c) Logos quiere decir en griego también palabra, y loguikós quiere decir lo que pertenece a la palabra. Este es el sentido que dan algunas traducciones, y nosotros creemos que es correcto. Pedro ha estado hablando de la Palabra de Dios, que permanece para siempre (1 Pedro 1:23-25). Es esa Palabra la que tiene en mente, y creemos que lo que quiere decir es que el cristiano debe desear con todo su corazón el alimento que procede de la Palabra de Dios, que es el que le puede hacer crecer hasta alcanzar la misma Salvación. En vista de todo el mal que hay en el mundo pagano, el cristiano debe fortalecer su alma con el alimento puro de la Palabra de Dios.

Este alimento de la Palabra no está adulterado (ádolos). Es decir, no tiene ni la más ligera mezcla de nada malo. Ádolos es casi un término técnico para describir el grano totalmente limpio de polvo y paja, o cualquier cosa que lo pueda dañar. En toda sabiduría humana hay algo de mezcla de cosas inútiles o dañinas; sólo la Palabra de Dios es totalmente buena.

El cristiano debe anhelar esta leche de la Palabra; anhelar es epipothein, que es una palabra robusta. Es la que se usa para el ciervo que brama de sed por las corrientes de las aguas (Salmo 42:1), o para el salmista que desea (R-V) la Salvación del Señor (Salmo 119:174). Para el sincero cristiano, el estudio de la Palabra de Dios no es un trabajo, sino un deleite, porque sabe que allí encontrará su corazón el alimento que anhela.

La metáfora del cristiano como un bebé recién nacido y la Palabra de Dios como la leche que le alimenta es frecuente en el Nuevo Testamento. Pablo se compara con la nodriza que cuida de los cristianos infantiles de Tesalónica (1 Tesalonicenses 2: 7). O se refiere a la atención que presta a los corintios al alimentarlos con leche porque todavía no pueden digerir la carne (1 Corintios 2:2); y el autor de la Carta a los Hebreos culpa a sus lectores por seguir en la etapa de la leche cuando ya deberían dar señales de más madurez (Hebreos 5:12; 6:2). Para simbolizar el nuevo nacimiento en la Iglesia Primitiva, los recién bautizados se vestían con ropas blancas, y a veces se les daba leche como si fueran bebés. Es esta alimentación con la leche de la Palabra lo que hace crecer a un cristiano hasta llegar a la Salvación.

Pedro termina esta introducción con una alusión al Salmo 4: 8: « Estáis obligados a ello -les dice- si habéis saboreado la amabilidad del Señor.» Aquí tenemos algo de la mayor significación. El hecho de que Dios sea tan paciente y generoso con nosotros no es excusa para que vivamos como queramos, dependiendo de que Él nos lo pase por alto; sino que nos impone la obligación de esforzarnos para merecer Su generosidad y amor. La amabilidad de Dios no es una excusa para la pereza en la vida cristiana, sino el mayor de todos los incentivos imaginables para el esfuerzo.

La naturaleza y misión de la iglesia

Venid a Él, Piedra viva desechada por los hombres pero escogida y preciosa para Dios; y sed vosotros edificados, como piedras vivas, formando parte de una casa espiritual hasta que lleguéis a ser un sacerdocio santo para ofrecer mediante Jesucristo sacrificios espirituales que sean agradables a Dios; porque hay un pasaje de la Escritura que dice: «¡Fijaos! Yo coloco en Sión una Piedra escogida, una Piedra angular preciosa, y el que crea en Ella no quedará mal.»

Así que esa Piedra es algo precioso para vosotros los que creéis; pero para los que no creen, « la Piedra que rechazaron los constructores ha llegado a ser la Piedra angular principal», y «una Piedra en la Que tropezarán y que les será un obstáculo.» Tropiezan, porque desobedecen a la Palabra -un destino que les estaba reservado. Pero vosotros sois una raza escogida, un sacerdocio regio, un pueblo consagrado a Dios, una nación que es posesión exclusivamente Suya para proclamar las excelencias del Que os llamó de las tinieblas a Su gloriosa luz; vosotros, que antes no erais ni pueblo y ahora sois el pueblo del Señor; que antes estabais sin misericordia y que ahora habéis encontrado la misericordia.

Pedro expone la naturaleza y la misión de la Iglesia. Hay tanto en este pasaje que vamos a dividirlo en cuatro secciones.

La piedra que rechazaron los constructores

La idea de la piedra es rica en contenido. Vamos a estudiar tres pasajes del Antiguo Testamento donde aparece.

(i) El principio del tema se remonta a las palabras del mismo Jesús. Una de las parábolas más iluminadoras entre todas las Suyas fue la de los Viñadores Malvados. En ella contó que los viñadores malvados mataron a un servidor tras otro y, al final, mataron hasta al Hijo. Estaba presentando el hecho de que la nación de Israel se había negado a prestar atención a los profetas y los había perseguido, y que esa rebeldía llegaría a su punto culminante con Su propia muerte. Pero más allá de la muerte contempló el triunfo, y lo expresó con palabras de los Salmos: « La misma Piedra que los constructores habían rechazado ha llegado a ser la Piedra angular; esto ha sido obra del Señor, y nos parece maravilloso» (Mateo 21:42; Marcos 12:10; Lucas 20:17).

Esa es una cita del Salmo 118:22. En el original, hace referencia a la nación de Israel. A. K. Kirkpatrick escribe acerca de esto: «Israel es « «la piedra angular principal».» Los poderes del mundo la desecharon como inútil, pero Dios la destinó para el lugar más honorable e importante del edificio de Su Reino en el mundo. Las palabras expresan la conciencia que Israel tenía de su misión y destino en el plan de Dios.» Jesús tomó estas palabras, y Se las aplicó a Sí mismo. Parecía que era totalmente rechazado por la humanidad; pero en el propósito de Dios era la Piedra angular del edificio de Su Reino, honorable por encima de todas.

(ii) En el Antiguo Testamento hay otras referencias a esta Piedra simbólica, y los escritores de la Iglesia original las usaron para sus propósitos. El primero es Isaías 28:16: «Por tanto, el Señor Dios dice así: He aquí que Yo he puesto en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure.» Aquí también se hace referencia a Israel. La piedra segura y preciosa es la relación inalterable de Dios con Su pueblo, una relación que había de culminar en la venida del Mesías. De nuevo vemos que los escritores de la Iglesia original tomaron este pasaje y Se lo aplicaron a Jesucristo como la Piedra fundamental, preciosa e inamovible de Dios.

(iii) El segundo de estos pasajes también se encuentra en Isaías: «En cuanto al Señor de los ejércitos, a Él consideraréis santo; a Él es a Quien debéis temer y reverenciar. Y Él llegará a ser por santuario; pero a las dos casas de Israel, por piedra de tropiezo y por roca de escándalo, y por lazo y red a los habitantes de Jerusalén» (Isaías 8:13-14). El sentido es que Dios está ofreciendo Su señorío al pueblo de Israel; que, para los que Le acepten, Él será santuario y salvación; pero a los que Le rechacen Se volverá un terror y una destrucción. De nuevo, los escritores de la Iglesia original tomaron este pasaje y Se lo aplicaron a Cristo. Para los que Le acepten, Jesús es Salvador y Amigo; para los que Le rechacen, juicio y condenación.

(iv) Para comprender este pasaje tenemos que incluir una referencia del Nuevo Testamento a estos pasajes del Antiguo. No parece posible que Pedro pudiera hablar de Jesús como la Piedra angular y de los cristianos como piedras vivas del edificio de una casa espiritual unida en Él sin pensar en las propias palabras que Jesús le dirigió a él. Cuando hizo su gran confesión de fe en Cesarea de Filipo, Jesús le dijo: « Tú eres Pedro, y sobre esta roca. edificaré Mi Iglesia» (Mateo 16:18). Es sobre la fe del creyente leal donde se edifica la Iglesia.

Estos son los orígenes de los cuadros de este pasaje.

La naturaleza de la iglesia

En este pasaje aprendemos tres cosas acerca de la misma naturaleza de la Iglesia.

(i) Se compara al cristiano con una piedra viva, y a la Iglesia con un edificio vivo en el que se incorporan los creyentes, las piedras vivas (versículo 5). Está claro que esto quiere decir que Cristianismo es comunidad; el cristiano individual encuentra su verdadero lugar sólo cuando es edificado en un edificio. « La religión solitaria» queda descartada como una imposibilidad. C. E. B. Cranfield escribe: «Los francotiradores cristianos, que quieren ser cristianos pero se consideran por encima de eso de pertenecer a una iglesia visible en la Tierra en ‹cualquiera de sus formas, son sencillamente una contradicción en términos.»

Hay una historia famosa acerca de Esparta. Un rey espartano presumía de las murallas de Esparta ante un rey que le visitaba.

Este miró por todas partes, pero no vio ni señal de las murallas; y le dijo al espartano: «¿Dónde están esas murallas de las que tanto presumes?» Su anfitrión le señaló sus guardaespaldas, una tropa estupenda. «Estos -le contestóson las murallas de Esparta: cada soldado, una piedra.»

La lección está clara: mientras un ladrillo esté solo, no sirve para nada; sólo es útil cuando se le incorpora a un edificio. Así sucede con el cristiano individual: para hacer realidad su destino, no debe permanecer aislado, sino ser edificado en la estructura de la Iglesia.

Supongamos que alguien dijera en tiempo de guerra: « Yo quiero defender a mi patria y defenderla de sus enemigos.» Si trata de llevar a cabo su resolución a solas, no consigue nada. Sólo puede ser eficaz en su propósito manteniéndose codo con codo con sus semejantes. Así sucede con la Iglesia. Un cristianismo individualista es un absurdo; el Cristianismo es comunidad dentro de la comunión de la Iglesia.

(ii) Los cristianos son un sacerdocio santo (versículo 5). El sacerdote tenía dos características importantes.

(a) Era una persona que tenía acceso a Dios y cuya tarea consistía en llevar a Dios a otras personas. En el Antiguo Testamento ese acceso a Dios era el privilegio de los sacerdotes profesionales, y especialmente del sumo sacerdote, qué era el único que podía entrar en el Lugar Santísimo. Mediante Jesucristo, el Camino nuevo y vivo, el acceso a Dios es el privilegio de cada cristiano, por fácil que nos parezca. Además, la palabra latina para sacerdote es pontifex, que quiere decir constructor de puentes; el sacerdote es el que hace un puente o hace de puente para que otros puedan acudir a Dios; y el cristiano tiene el deber y el privilegio de traer a otros al Salvador a Quien él ha conocido y ama.

(b) El sacerdote es un hombre que presenta ofrendas a Dios. El cristiano también debe presentar constantemente sus ofrendas a Dios. Bajo la antigua dispensación, las ofrendas que se presentaban eran sacrificios animales; pero los sacrificios del cristiano son sacrificios espirituales. Hace de su trabajo una ofrenda a Dios. Todo se puede hacer para Dios; así que, hasta la tarea más sencilla se reviste de gloria. El. cristiano hace que su culto sea una ofrenda a Dios; así el culto de la casa de Dios se convierte, no en una carga, sino en un gozo. El cristiano se hace a sí mismo una ofrenda a Dios. «Presentad vuestros cuerpos -dice Pablo- como un sacrificio vivo a Dios» (Romanos 12:1). Lo que Dios desea por encima de todo es el amor de nuestros corazones y el servicio de nuestras vidas. Ese es el sacrificio perfecto que ha de hacer todo cristiano.

(iii) La misión de la Iglesia es proclamar las excelencias de Dios. Es decir: testificar a las personas acerca de las obras maravillosas de Dios. Con su misma vida aún más que con sus palabras, el cristiano debe testificar de lo que Dios en Cristo ha hecho por él.

La gloria de la iglesia

En el versículo 9 leemos acerca de las cosas de las que el cristiano es testigo.

(i) Dios ha llamado al cristiano de las tinieblas a Su gloriosa luz. El cristiano es llamado a salir de las tinieblas para entrar en la luz. Cuando uno llega a conocer a Jesucristo, llega a conocer a Dios. Ya no necesita suponer ni andar a tientas. « El que Me ha visto -dice Jesús- ha visto al Padre» (Juan 14:9). En Jesús está la luz del conocimientos de Dios. Cuando uno llega a conocer a Jesús, llega a conocer la bondad. En Cristo tiene un rasero por el que pueden medirse todas sus acciones y motivos todos. Cuando uno llega a conocer a Jesucristo, llega a conocer el camino. La vida ya no es un descampado sin sendero ni luz que guíe. En Cristo, el camino se presenta claro.

Cuando uno llega a conocer a Jesucristo, llega a conocer el poder. De poco nos serviría conocer a Dios si no recibiéramos poder para servirle. De poco nos serviría conocer la bondad si siguiéramos impotentes para alcanzarla. De poco nos serviría ver el auténtico camino si no lo pudiéramos seguir. En Jesucristo tenemos tanto la visión como el poder.

(ii) Dios ha hecho que los que no eran ni siquiera un pueblo fueran el pueblo de Dios. Aquí Pedro está citando a Oseas 1: 6, 9, 10; 2:1, 23). Esto quiere decir que el cristiano es llamado de ser una persona insignificante a ser una persona representativa. Esto es algo que sucede constantemente en este mundo: que la grandeza de una persona no depende de ella misma, sino de lo que se le ha confiado. La grandeza del cristiano depende del hecho de que Dios le ha escogido para que sea Suyo y para que haga Su obra en el mundo. Ningún cristiano es una persona ordinaria, sino un hombre o una mujer de Dios.

(iii) El cristiano es llamado de la no misericordia a la misericordia. La gran característica de las religiones no cristianas es el temor de Dios. El cristiano ha descubierto el amor de Dios, y sabe que ya no tiene que tenerle miedo, porque le va bien a su alma.

La misión de la Iglesia

Pedro usa en el versículo 9 toda una serie de frases que son un compendio de las funciones de la Iglesia. Llama a los cristianos «raza escogida, sacerdocio regio, pueblo consagrado a Dios, nación que es posesión exclusivamente Suya.» Pedro está inmerso en el Antiguo Testamento, y todas estas frases son grandes descripciones del pueblo de Israel. Proceden de dos fuentes especiales. Isaías 43:21, donde Isaías oye decir a Dios: «Este pueblo he creado para Mí.» Pero aún más, de Éxodo 19: S-6, donde se oye la voz de Dios decir: «Ahora, pues, si diereis oído a Mi voz, y guardareis Mi pacto, vosotros seréis Mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque Mía es toda la Tierra. Y vosotros Me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa.» Las grandes promesas que Dios le hizo a Su pueblo Israel se cumplen en la Iglesia, el nuevo Israel. Cada uno de estos títulos está henchido de sentido.

(i) Los cristianos somos un pueblo escogido. Aquí volvemos a la idea del pacto. Éxodo 19:5-6 es parte de un pasaje que describe cómo hizo Dios un pacto con Israel. En Su pacto, Dios le ofreció a Israel una relación especial con Él; pero ese pacto dependía de que Israel aceptara sus condiciones y guardara la Ley. La relación se mantendría sólo « si diereis oído a Mi voz, y guardareis Mi pacto» (Éxodo 19:5).

De aquí aprendemos que el cristiano es escogido para tres cosas. (a) Es escogido para un privilegio. Se le ofrece en Jesucristo una comunión nueva e íntima con Dios. Dios llega a ser su Amigo, y él el de Dios. (b) Es escogido para la obediencia.

El privilegio conlleva la responsabilidad. El cristiano es elegido para llegar a ser un hijo obediente de Dios. Es escogido, no para hacer su voluntad, sino la voluntad de Dios. (c) Es escogido para el servicio. Este honor le hace siervo de Dios. Su privilegio consiste en ser usado en el propósito de Dios. Sólo puede ser usado así cuando Le rinde a Dios la obediencia que El desea.

Escogido para un privilegio, para la obediencia y para el servicio: estos tres hechos son inseparables.

(ii) Los cristianos son un sacerdocio regio. Ya hemos visto que esto quiere decir que tienen el derecho de acceso a Dios; y que deben ofrecerle su trabajo, su culto y a sí mismos.

(iii) Los cristianos son lo que llama la versión Reina-Valera. una nación santa. Ya hemos visto que el sentido primario de haguios (santo) es diferente. El cristiano ha sido escogido para ser diferente de los demás. Esa diferencia consiste en que está consagrado a la voluntad y al servicio de Dios. Otras personas puede que sigan las normas del mundo, pero para él las únicas normas son las de Dios. Uno no puede ni entrar en el camino cristiano a menos que se dé cuenta de que eso le obligará a ser diferente de todos los demás.

Razones para vivir como dios manda

Queridos hermanos: Os exhorto, como a extranjeros y forasteros, que os abstengáis de los deseos carnales que prosiguen su campaña contra el alma. Haced que vuestra conducta entre los gentiles sea amable, para que en todos los asuntos en que os vilipendian como a malhechores, vean por vuestras buenas obras cómo sois realmente, y glorifiquen a Dios en el día que ha de visitar la Tierra.

El mandamiento clave de este pasaje es que el cristiano debe abstenerse de los deseos carnales. Es de la mayor importancia el que veamos lo que Pedro quiere decir con esto. Las frases pecados de la carne y deseos carnales se han ido reduciendo en significado a pecado sexual; pero en el Nuevo Testamento son mucho más generales que eso. La lista de los pecados de la carne que da Pablo en Gálatas 5:19-21 incluyen « inmoralidad, impureza, promiscuidad, idolatría, brujería, enemistad, peleas, celos, rabia, orgullo, disensión, sectarismo, envidia, borrachera, orgías, y cosas semejantes.» Hay mucho más que pecados corporales aquí.

En el Nuevo Testamento, la carne representa mucho más que la naturaleza física del hombre; incluye también la naturaleza humana aparte de Dios; quiere decir la naturaleza humana sin redimir; la vida que se vive aparte de los niveles, la ayuda, la gracia y la influencia de Cristo. Los deseos carnales y los pecados de la carne, por tanto, incluyen no solamente los pecados más groseros, sino todo lo que es característico de la naturaleza humana caída. De estos pecados y deseos se debe abstener el cristiano. Como Pedro lo ve, hay dos razones para esta abstinencia.

(i) El cristiano debe abstenerse de estos pecados porque es un extranjero y un peregrino. Las palabras originales son pároikos y parapidémos. Son muy corrientes en griego, y describen a alguien que reside sólo temporalmente en un lugar, y cuyo hogar está en otra parte. Suelen describir a los patriarcas en sus peregrinaciones, y especialmente a Abraham, que salió no sabiendo adónde iba, y que lo que buscaba era la ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:9, 13). Solían usarse para describir a los israelitas cuando eran esclavos y extranjeros en Egipto antes de entrar en la Tierra Prometida (Hechos 7:6).

Estas palabras contienen dos grandes verdades sobre el cristiano.

(a) Hay un sentido real en el que se es un extranjero en el mundo; y por esta causa no puede aceptar las leyes y las maneras y las categorías del mundo. Otros puede que las acepten; pero el cristiano es súbdito del Reino de Dios, y es por las leyes de ese Reino por las que debe dirigir su vida. Debe asumir toda su parte de la responsabilidad por vivir en la Tierra; pero su ciudadanía está en el Cielo, y las leyes del Cielo son supremas para él.

(b) El cristiano no es un residente fijo de la Tierra. Está de camino hacia un país que está más allá. Por tanto no debe hacer nada que le impida alcanzar su meta final. Nunca debe involucrarse en el mundo hasta tal punto que no pueda escaparse de sus garras; nunca debe ensuciarse hasta tal punto que se descalifique para entrar a la presencia del Dios santo a Quien se dirige.

La mejor contestación y defensa

(ii) Pero había para Pedro otra razón todavía más práctica para que el cristiano se abstuviera de los deseos carnales. La Iglesia original se encontraba bajo fuego enemigo. Constantemente le estaban lanzando acusaciones calumniosas; y la única manera verdaderamente efectiva de refutarlas era vivir vidas tan encantadoras que hicieran absurdas las acusaciones.

La antigua versión Reina-Valera usaba aquí una palabra confusa para los oídos modernos. Decía: « Teniendo vuestra conversación honesta entre los gentiles.» Parece que quiere decir que el cristiano siempre tiene que decir la verdad; pero la palabra que se traducía por conversación es anastrofé, que quiere decir toda la conducta de una persona, y no simplemente su manera de hablar. Eso era, de hecho, lo que quería decir la palabra conversación en los siglos XVI y XVII, y la palabra que se traducía por honesta es kalós. En griego hay dos palabras para bueno. Una es agathós, que quiere decir simplemente bueno de cualidad; y la otra, kalós, que quiere decir no solamente bueno, sino también amable -agradable, atractivo, simpático. Eso es lo que honestus quería decir en latín. Lo que Pedro está diciendo es que el cristiano debe procurar que toda su manera de vivir sea tan amable y tan buena que dé el mentís a las calumnias de sus enemigos paganos.

Aquí tenemos una verdad intemporal. Nos guste o no, todos los cristianos somos un anuncio del Evangelio; con nuestra vida hacemos que los demás lo aprecien o lo desprecien. La más poderosa fuerza misionera que hay en el mundo es la vida cristiana. En los tiempos de la Iglesia original, esta demostración del encanto de la vida cristiana era absolutamente necesaria, por las calumnias que los paganos arrojaban deliberadamente contra la Iglesia Cristiana. Veamos cuáles eran algunas de estas calumnias.

(i) En un principio, el Cristianismo estaba íntimamente relacionado con el judaísmo. Racialmente, Jesús era judío; Pablo era judío; el judaísmo fue la cuna del Cristianismo, y naturalmente muchos de sus primeros conversos eran judíos. Durante un cierto tiempo, el Cristianismo se consideraba una secta del judaísmo. El antisemitismo no es nada reciente. Friedlander da una selección de las calumnias que se repetían constantemente contra los judíos en su La vida y las maneras romanas en el primer imperio: « Según Tácito, los judíos enseñaban a sus prosélitos por encima de todo a despreciar a sus dioses, a renunciar a su patria, a dejar de querer a sus padres, hijos, hermanos y hermanas. Según Juvenal, Moisés enseñó a los judíos que no indicaran a nadie un camino, ni guiaran a un viajero sediento a la fuente, a menos que fuera judío. Apión declara que, en el reinado de Antíoco Epifanes, los judíos engordaban todos los años a un griego y le ofrecían solemnemente en sacrificio un día determinado en cierto bosque, devoraban sus entrañas y juraban eterna hostilidad a los griegos.» Este tipo de cosas eran las que los paganos estaban convencidos de que eran verdad acerca de los judíos, e inevitablemente los cristianos heredaron ese odio.

(ii) Aparte de estas calumnias dirigidas originalmente a los judíos, había otras que se les dirigían particularmente a los mismos cristianos. Los acusaban de canibalismo. Esta acusación tuvo su origen en la perversión de las palabras de la última Cena: «Esto es Mi cuerpo,» y «Esta copa es el Nuevo Pacto en Mi sangre.» A los cristianos los acusaban de matar y comer a un niño en sus fiestas.

También los acusaban de inmoralidad y hasta de incesto. Esta acusación tenía su origen en el hecho de que ellos llamaban a sus reuniones «ágapes», que quiere decir «fiestas del amor.» Los paganos pervertían ese nombre haciéndolo significar que las fiestas cristianas -eran orgías sensuales en las que se cometían obras nefandas.

A los cristianos los acusaban de estropear los negocios. Esa fue la acusación de los plateros de Éfeso (Hechos 19:21-41). Los acusaban de «inmiscuirse en relaciones familiares» porque, con frecuencia, de hecho, se dividían los hogares cuando algunos miembros de la familia se convertían y los otros no.

Los acusaban de hacer que los esclavos se volvieran contra sus amos, porque no cabe duda que el Cristianismo le daba un nuevo sentido de dignidad y aprecio a todas las personas.

Los acusaban de «aborrecer a la humanidad», porque no cabe duda que a veces los cristianos hablaban como si el mundo y la Iglesia fueran totalmente incompatibles.

Por encima de todo los acusaban de ser desleales al césar, porque ningún cristiano daría culto a la divinidad del emperador, o quemaría la pizca de incienso declarando que césar era señor; porque, para él, Jesucristo era el único Señor.

Tales eran las acusaciones que se dirigían contra los cristianos. Para Pedro no había más que una sola manera de refutarlas, y era viviendo de tal forma que la vida cristiana demostrara que estaban equivocados. Cuando le dijeron a Platón que cierto individuo había estado haciendo acusaciones calumniosas contra él, respondió: «Viviré de tal manera que nadie crea lo que ese ha dicho de mí.» Esa era también la solución de Pedro.

Jesús también había dicho, y sin duda Pedro tenía en mente Sus palabras: «Dejad que vuestra luz brille ante la gente de tal manera que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el Cielo» (Mateo 5:16). Esta era una manera de pensar que los judíos conocían muy bien. En uno de los libros que se escribieron entre el Antiguo y el Nuevo Testamento se dice: « Si ponéis por obra lo que está bien, hijos míos, tanto las personas como los ángeles os bendecirán; y Dios será glorificado entre los gentiles por causa de vosotros, y el diablo huirá de vosotros» (Testamento de Neftalí 8:4).

Lo sorprendente de la historia es que, de hecho, los cristianos derrotaron las calumnias de los paganos con sus vidas. En la primera parte del siglo III, Celso hizo el ataque más famoso y sistemático contra los cristianos, en el que los acusaba de ignorancia y estupidez y superstición y toda clase de cosas, pero nunca de inmoralidad. En la primera parte del siglo IV, Eusebio, el gran historiador de la Iglesia, podía escribir: «Pero el esplendor de la Iglesia universal y única verdadera, que es siempre la misma, creció en magnitud y poder, y reflejó su piedad y sencillez y libertad, y la modestia y pureza de su vida y filosofía inspiraban a todas las naciones, tanto de griegos como de bárbaros. Al mismo tiempo, las acusaciones calumniosas que se habían hecho contra toda la Iglesia también se desvanecieron, y no quedó más que nuestra enseñanza, que ha prevalecido en toda la línea, y que se reconoce que es superior a .todas en dignidad y templanza, y en doctrinas teológicas y filosóficas. De tal manera que ninguna de ellas se aventura ya a proferir ninguna baja calumnia contra nuestra fe, o ninguna de las falsas acusaciones que nuestros antiguos enemigos se deleitaban en proferir contra nosotros anteriormente» (Eusebio, Historia Eclesiástica 4. 7. IS). Es verdad que no -se habían terminado todavía los terrores de la persecución, porque los cristianos nunca admitirían que césar era señor; pero la excelencia de sus vidas había silenciado las calumnias contra la Iglesia.

Aquí están nuestro desafío y nuestra inspiración. Es con el encanto de nuestra vida y conducta diaria como debemos -testificar del Evangelio a todos los que no lo creen.

El deber del cristiano

Someteos a todas las instituciones humanas por causa del Señor, ya sea al rey, que ocupa el primer lugar, o a los gobernadores, a los que él envía para castigar a los que obran el mal o recompensar a los que obran el bien; porque la voluntad de Dios es que, haciéndolo así, le pongáis un bozal a la ignorancia de gente estúpida.

1. Como ciudadano

Pedro considera el deber del cristiano en las diferentes esferas de la vida; y empieza por su deber como ciudadano del país en el que está viviendo. Nada más lejos del pensamiento del Nuevo Testamento que cualquier clase de anarquía. Jesús había dicho: « Por tanto, dad al césar lo que le pertenece; y a Dios, lo que Le pertenece» (Mateo 22:21). Pablo estaba seguro de que los que gobernaban la nación eran enviados de Dios; ante Quien eran responsables, y no inspiraban, por tanto, terror a la persona que vivía una vida honorable (Romanos 13:1-7). En las Cartas Pastorales se instruye al cristiano que debe orar por los reyes y por todos los que están en autoridad(] Timoteo 2:2). La enseñanza del Nuevo Testamento es que el cristiano tiene que ser un ciudadano bueno y útil del país en el que desarrolla su vida.

Se ha dicho que fue el miedo el que construyó las ciudades, y que la gente se acurrucaba detrás de las murallas para sentirse segura. Las personas se agrupan y están dispuestas a vivir bajo ciertas leyes para que los buenos puedan vivir en paz y realizar su trabajo y emprender sus negocios, y a los malos se los mantenga a raya y se les impida hacer el mal. Según el Nuevo Testamento, la vida se supone que ha sido ordenada por Dios, y el estado ha sido ordenado por Dios para proveer y mantener ese orden.

El punto de vista del Nuevo Testamento es perfectamente lógico y justo. Mantiene que una persona no puede aceptar los privilegios que proporciona el estado sin aceptar al mismo tiempo las responsabilidades y los deberes que le impone. Por honor y decencia no puede limitarse exclusivamente a nada.

¿Cómo podemos traducir todo esto a nuestra situación moderna? C. E. B. Cranfield ha hecho ver con toda claridad que hay una diferencia fundamental entre el estado en los tiempos del Nuevo Testamento y el estado tal como lo conocemos ahora en Europa y en muchos países del mundo. En los tiempos del Nuevo Testamento el estado era autoritario. El gobernador tenía un poder absoluto; y el único deber del ciudadano era rendir una obediencia absoluta y pagar los impuestos (Romanos 13:6-7). En estas condiciones, la nota clave no podía por menos de ser sumisión al estado. Pero nosotros vivimos en un estado democrático; y en una democracia se hace necesaria mucho más que una actitud de sumisión incuestionable. El gobierno no es solamente el gobierno del pueblo; es también por y para el pueblo. La demanda del Nuevo Testamento es que el cristiano debe cumplir su responsabilidad para con el estado.

En un estado autoritario, eso consistía exclusivamente en sumisión. Pero, ¿cuál es esa obligación en circunstancias totalmente diferentes, como las de una democracia?

En cualquier estado tiene que haber una cierta medida de sumisión. Como C. E. B. Cranfield lo expresa, tiene que haber cuna subordinación voluntaria de la persona a los demás, poniendo el interés y el bienestar de los demás por encima del propio, prefiriendo dar más bien que recibir, servir más bien que ser servido.» Pero en un estado democrático, la nota clave debe ser, no sumisión, sino cooperación, porque el deber del ciudadano no es sólo someterse a que le gobiernen, sino asumir la parte que le corresponde en el gobierno. Así que, si el cristiano ha de cumplir su deber para con el estado, debe asumir su parte en el gobierno. Debe también asumir su responsabilidad en el gobierno local y en la vida del sindicato o de la asociación que incluya su trabajo, profesión o actividad. Es trágico el que tan pocos cristianos realmente cumplan con su deber para con el estado y la sociedad en los que viven.

Todavía nos falta por decir que el cristiano tiene una obligación por encima aun de la que tiene para con el estado. Aunque debe darle al césar lo que es del césar, debe también darle a Dios lo que es de Dios. A veces debe dejar bien claro que tiene que guardar fidelidad a Dios más bien que a los hombres (Hechos 4:19; 5:29). Puede que haya ocasiones, por tanto, en las que el cristiano cumplirá su obligación superior para con el estado rehusando obedecerle e insistiendo en obedecer a Dios. Haciéndolo así, por lo menos testificará de la verdad; y, en el mejor de los casos, puede que dirija al estado a tomar el camino de Cristo, y en el peor, que tenga que sufrir por su actitud.

Tenéis que vivir como personas libres, pero no usando vuestra libertad como una tapadera para hacer el mal, sino como esclavos de Dios.

2. En la sociedad

Cualquier gran doctrina cristiana se puede pervertir, convirtiéndola en una excusa para hacer el mal o no hacer el bien. La doctrina de la gracia se puede pervertir convirtiéndola en una excusa para pecar a gusto de cada uno. La doctrina del amor de Dios se puede sentimentalizar hasta el punto de que llegue a ser una excusa para quebrantar Su ley. La doctrina de la vida por venir se puede pervertir convirtiéndola en una excusa para tener en menos la vida de este mundo. Y no hay doctrina tan fácil de pervertir como la de la libertad cristiana.

Hay indicios que nos indican que eso ya pasaba en los tiempos del Nuevo Testamento. Pablo les dice a los gálatas que han sido llamados a la libertad, pero que no deben usar esa libertad como una disculpa para satisfacer los caprichos de la carne (Gálatas 5:13). En Segunda de Pedro leemos que algunos les prometían a los demás la libertad, pero ellos mismos eran esclavos de la corrupción (2 Pedro 2:19). Hasta los grandes pensadores paganos veían claramente que la perfecta libertad es, de hecho, el producto de la perfecta obediencia. Séneca decía: « Nadie es libre si es esclavo de su cuerpo.» Y: «La libertad consiste en obedecer a Dios.» Cicerón decía: «Somos siervos de las leyes para poder ser libres.» Plutarco insistía en que todos los malos son esclavos; y Epicteto declaraba que ningún malo puede ser nunca libre.

Para decirlo todavía más claro: La libertad cristiana siempre está condicionada por la responsabilidad cristiana. La responsabilidad cristiana siempre está condicionada por el amor cristiano. El amor cristiano es el reflejo del amor de Dios. Y por tanto, la libertad cristiana se puede resumir en la memorable frase de Agustín: « Ama a Dios, y haz lo que quieras.»

El cristiano es libre porque es siervo de Dios. La libertad cristiana no quiere decir ser libre para hacer lo que a uno le dé la gana. Quiere decir ser libre para actuar como es debido, para vivir como Dios manda.

En este asunto tenemos que volver a la gran verdad central que ya hemos visto: El Cristianismo es comunidad. El cristiano no es un individuo aislado, sino un miembro de una comunidad dentro de la cual opera su libertad. La libertad cristiana, por tanto, es la libertad para servir. Solamente en Cristo es una persona liberada de sí misma y del pecado de forma que pueda llegar a ser tan buena como debe. La libertad se produce cuando una persona recibe a Cristo como Rey de su corazón y Señor de su vida.

Resumen del deber del cristiano

Respetada todas las personas; amad a los hermanos; temed a Dios; honrad al rey. Aquí tenemos lo que podríamos llamar el resumen de las obligaciones del cristiano para con los demás en cuatro puntos.

(i) Respetad a todas las personas. Nos puede parecer que eso no haría falta decirlo; pero cuando Pedro escribió esta carta era algo completamente nuevo. Había 60,000,000 de esclavos en el imperio romano, que eran considerados por la ley, no como personas, sino como cosas, sin el menor derecho a nada. De hecho, lo que Pedro está diciendo es: «Tened en cuenta los derechos de todas los seres humanos y la-dignidad de todas las personas.» Todavía hay quienes tratan a los demás como cosas. Un empresario puede que considere a sus empleados como otras tantas máquinas humanas capaces de realizar un cierto trabajo. Hasta en el estado del bienestar, cuya finalidad es hacer todo lo posible por el bienestar físico de las personas, se corre peligro de considerar a las personas como números de una lista o como tarjetas de un sistema de informática. John Lawrence, en su libro Hechos duros: cómo ve un cristiano el mundo, dice que una de las mayores necesidades del estado del bienestar es «ver más allá de las listas y los impresos por triplicado a las criaturas de Dios que están al otro extremo de la cadena de organización.» El peligro consiste en dejar de ver a los hombres y a las mujeres como personas. Esto llega hasta los hogares. Cuando vemos al otro como si no existiera más que para contribuir a nuestra comodidad o para hacer que tengan éxito nuestros planes, estamos mirándole, no como una persona, sino como una cosa. El más trágico peligro de todos es que así podemos llegar a considerar a nuestros más próximos e íntimos: como si no existieran nada más que para nuestra conveniencia, lo que equivale a tratarlos como cosas.

(ii)Amada los hermanos. Dentro de la comunidad cristiana, el respeto que debemos tener para con todas las personas se hace más cálido e íntimo: se vuelve amor. La atmósfera dominante de la Iglesia debe ser siempre el amor. Una de las definiciones más acertadas de la Iglesia es que es « la extensión de la familia.» La Iglesia es la familia más amplia de Dios, y el vínculo que la une debe ser el amor. Como dijo el salmista: ¡Fijaos, qué cosa tan estupenda y tan encantadora es el estar conviviendo como hermanos en armonía y unidad! (Salmo 133:1).

(iii) Temed a Dios. El autor de Proverbios decía: «El temor del Señor es el principio del conocimiento» (Proverbios 1:7). Tal vez una traducción mejor sería, no que el temor del Señor es el principio del conocimiento, sino que el temor del Señor es la parte más importante, el verdadero cimiento del conocimiento. Temor no quiere decir terror, sino veneración y reverencia. Es indudable que jamás reverenciaremos a nadie hasta que reverenciemos a Dios. Es sólo cuando Le reconocemos a Dios el lugar que Le pertenece en el centro, cuando todas las cosas se colocan en el lugar que les corresponde.

(iv) Honrad al rey. De las cuatro exhortaciones de este versículo, esta es la más sorprendente; porque, si fue de veras Pedro el que escribió esta carta, el rey en cuestión no era otro que Nerón. La enseñanza del Nuevo Testamento es que el gobernante es enviado por Dios para mantener el orden entre la gente, y que ha de ser respetado, aunque sea Nerón.

El cristiano como siervo

Siervos, someteos a vuestros amos con todo respeto, no sólo a los que son buenos y justos, sino también a los perversos; porque es una señal auténtica de gracia el que una persona soporte el trance de un sufrimiento injusto a causa de su conciencia para con Dios. Es a esta clase de vida a la que habéis sido llamados; porque Cristo también sufrió por nosotros dejándonos la estela de Su ejemplo para que sigamos Sus pisadas. Él no había cometido ningún pecado, ni se había descubierto nunca ninguna falsedad en Sus palabras. Cuando Le insultaban, no respondía con insultos. Cuando sufría no profería amenazas, sino Se encomendaba al único Que juzga con justicia. Él mismo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, para que nosotros nos apartemos de los pecados y vivamos para la integridad. Gracias a Sus heridas habéis sido sanados; porque vosotros estabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Protector de vuestras almas.

Aquí tenemos un pasaje que sería pertinente para la mayor parte de los primeros lectores de esta carta, porque Pedro escribe a siervos y a esclavos, que eran los que formaban la mayor parte de la Iglesia Primitiva. La palabra que usa Pedro para siervos no es duloi, que es la más corriente para esclavos, sino oiketai, la palabra que designaba a los esclavos domésticos o de la familia. Para entender el sentido real de lo que Pedro está diciendo tenemos que saber algo de la naturaleza de la esclavitud en los tiempos de la Iglesia Primitiva. En el imperio romano había tantos como 60,000,000 de esclavos. La esclavitud empezó con las conquistas romanas, y los esclavos fueron en un principio principalmente prisioneros de guerra. En los tiempos más primitivos de Roma había pocos esclavos, pero para los tiempos del Nuevo Testamentos se contaban por millones.

No eran exclusivamente, ni mucho menos, los trabajos rudos los únicos que realizaban los esclavos. Los médicos, maestros, músicos, actores, secretarios y mayordomos eran esclavos. De hecho, todo el trabajo lo hacían los esclavos en Roma. La actitud romana era que no tenía ningún sentido ser el amo del mundo si uno tenía que hacer su propio trabajo. Que los hicieran los esclavos, para que los ciudadanos pudieran vivir en una ociosidad ininterrumpida e inmolestada. La provisión de esclavos nunca estaba en crisis.

A los esclavos no se les permitía casarse; pero cohabitaban, y los hijos que nacían de tales relaciones eran propiedad del amo, no de los padres, lo mismo que los corderos que parían las ovejas pertenecían al dueño del rebaño y no a las ovejas.

Sería equivocado pensar que la suerte de los esclavos era siempre desgraciada y miserable, y que se los trataba siempre con crueldad. Muchos esclavos eran miembros de la familia romana -más amplia que las nuestras-, a los que se quería y en los que se confiaba; pero había un hecho decisivo e inescapable que dominaba toda la situación: para la ley romana, un esclavo no eran una persona, sino una cosa que no tenía absolutamente ningún derecho legal. Por tal razón, no podía haber nada que se asemejara a la justicia en relación con los esclavos. Aristóteles decía: « No puede haber ni amistad ni justicia con las cosas inanimadas; ni siquiera con un caballo o un toro, ni tampoco con un esclavo en tanto que esclavo. Porque el amo y el esclavo no tienen nada en común; un esclavo es una. herramienta viva, así como una herramienta es un esclavo inanimado.» Varrón divide los instrumentos de la agricultura en tres clases: los articulados, los inarticulados y los mudos; «los articulados incluyen a los esclavos; los inar ticulados, el ganado, y los mudos, las herramientas.» La única diferencia que hay entre un esclavo y una acémila o un arado es que el esclavo puede hablar. Pero Crisólogo resume el asunto de esta manera: «Lo que el amo le hace al esclavo, inmerecidamente, por ira, voluntaria o involuntariamente, por olvido o después de meditarlo, a sabiendas o sin darse cuenta, es juicio, justicia y ley.» En cuanto al esclavo, la voluntad de su amo, o hasta el capricho de este, son la única ley.

El factor determinante de la vida de un esclavo era, por tanto, aun si se le trataba bien, que seguía siendo una cosa. No tenía ninguno de los más elementales derechos de la persona, y para él la justicia ni siquiera existía.

El peligro de una nueva situación

A esta situación llegó el Cristianismo con su mensaje de que toda persona es preciosa a los ojos de Dios. El resultado fue que dentro de la Iglesia las barreras sociales desaparecieron. Calisto, uno de los primeros obispos de Roma, era un esclavo; Perpetua, la aristócrata, y Felícitas, la muchacha esclava, fueron juntas al martirio. La gran mayoría de los cristianos originales eran gente humilde, y muchos de ellos esclavos. Era perfectamente posible en los primeros tiempos de la Iglesia que un esclavo fuera el presidente de la congregación, y su amo, sencillamente un miembro. Esta era una situación nueva y revolucionaria. Tenía su gloria, pero también tenía sus peligros. En este pasaje, Pedro exhorta al esclavo a que sea un buen esclavo y un fiel obrero; porque veía dos peligros.

(i) Supongamos que el amo y el esclavo se hacían cristianos; surgiría el peligro de que el esclavo presumiera de la nueva relación, y la convirtiera en una disculpa para escurrir el bulto en el trabajo, asumiendo que, como tanto su amo como él eran cristianos, siempre podía salirse con la suya. Esa situación no sería el fin de los problemas. Todavía hay personas que comercian con la buena voluntad de un jefe cristiano. y creen que el hecho de que tanto ellos como sus jefes sean cristianos les da derecho a evitar la disciplina y el castigo. Pero Pedro lo pone bien claro. La relación entre cristiano y cristiano no elimina la relación entre hombre y hombre. El cristiano debe, por supuesto, ser mejor trabajador que nadie. Su cristianismo no es una razón para reclamar la exención de la disciplina; por el contrario, le obliga a una mayor autodisciplina y le hace más concienzudo que los demás.

(ii) Había el peligro de que la nueva dignidad que el Cristianismo le confería hiciera que el esclavo fuera rebelde y buscara abolir totalmente la esclavitud. Algunos estudiantes se sorprenden de que ningún autor del Nuevo Testamento defendiera nunca la abolición de la esclavitud, o ni siquiera dijera claramente que era un mal. La razón era muy sencilla.

El haber animado a los esclavos a levantarse contra sus amos habría conducido rápidamente al desastre. Había habido tales levantamientos antes, que siempre habían sido aplastados rápida y salvajemente. En cualquier caso, tal enseñanza le habría reportado al Cristianismo la reputación de ser una religión subversiva. Hay cosas que no pueden suceder de la noche a la mañana; hay situaciones en las que la levadura tiene que obrar, y la prisa sólo demoraría el resultado deseado.

La levadura del Cristianismo tenía que obrar en el mundo durante muchas generaciones antes que la abolición de la esclavitud llegara a ser una posibilidad práctica. Pedro tenía interés en que los esclavos cristianos le demostraran al mundo que el Evangelio no los hacía rebeldes o insumisos, sino más bien obreros que habían encontrado una nueva inspiración para realizar su trabajo diario honradamente. Todavía sucederá a menudo que, cuando no se puede cambiar inmediatamente una situación, el deber del cristiano sea ser cristiano en esa situación y aceptar lo que no se puede cambiar hasta que haya obrado la levadura.

La nueva actitud ante el trabajo

Pero el Cristianismo no se limitó a aplazar este asunto. Introdujo tres grandes principios nuevos en la actitud del hombre como siervo y como trabajador.

(i) El Cristianismo introdujo una nueva relación entre el amo y el esclavo. Cuando Pablo le devolvió a Filemón a su esclavo fugitivo Onésimo, no le sugirió siquiera que le dejara en libertad. No insinuó que Filemón debería dejar de ser el amo, y Onésimo el esclavo. Lo que sí dijo fue que Filemón tenía que recibir a Onésimo, no ya como siervo, sino como hermano querido (Filemón 16). El Cristianismo no abolió las diferencias sociales; pero introdujo una relación nueva de fraternidad en la que esas diferencias quedaban superadas y transformadas. Donde hay verdadera fraternidad no importa que se llame a uno amo y a otro esclavo. Hay entre ellos un vínculo que transforma las diferencias que imponen las circunstancias de la vida. La solución de los problemas del mundo se encuentra en la nueva relación entre las personas que hace posible el Evangelio del amor de Dios manifestado en Jesucristo.

(ii) El Cristianismo introdujo una nueva actitud ante el trabajo. El Nuevo Testamento expresa la convicción de que todo trabajo se ha de hacer como para Jesucristo. Y Pablo escribe: «Cualquiera que sea vuestra actividad, ya sea de palabra o de obra, hacedla en el nombre del Señor Jesús» (Colosenses 3:17). « Si coméis o bebéis o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31). En el ideal cristiano, el trabajo no se hace para un amo terrenal o para obtener prestigio o para hacer dinero; se hace para Dios. Es verdad, por supuesto, que hay que trabajar para ganar un sueldo, y que se debe cumplir con el que le emplea a uno; pero, por encima de eso, el cristiano tiene la convicción de que tiene que hacer su trabajo bien para que no le dé vergüenza presentárselo a Dios.

(iii) Pero, cuando estos ideales elevados se colocaban en el contexto de la Iglesia Primitiva -y la situación no cambia del todo en nuestro tiempo-,surgía una gran pregunta. Supongamos que una persona tiene la actitud cristiana para con los demás y para con el trabajo, y se la trata con injusticia, insulto y afrenta. ¿Qué se debe hacer entonces? La gran respuesta de Pedro es que eso fue lo que Le sucedió a Jesús. Él no era sino el Siervo Doliente. Los versículos 21-25 abundan en ecos y referencias a Isaías 53, el supremo cuadro del Siervo Doliente de Dios que se hizo realidad en la vida de Jesús. Él era sin pecado, y sin embargo Le insultaron y lo sufrió; Él aceptó los insultos y sufrimientos con sereno amor, y los soportó por los pecados de la humanidad.

De esa manera nos dejó un ejemplo para que sigamos Sus pisadas (versículo 21). La palabra que usa Pedro para ejemplo es muy sugestiva: hypogrammós, que procede del lenguaje escolar e indica la manera que se usaba en el mundo antiguo y se sigue usando- para enseñar a los niños a escribir. El hypogrammós podía tener dos formas: una línea modélica que el alumno tenía que ir recorriendo y rellenando, o una escritura a la cabeza de la página que el alumno tenía que copiar en las líneas sucesivas. Jesús nos ha dejado el modelo que debemos seguir. Si tenemos que sufrir insultos .o injusticias o injurias, únicamente tenemos que recorrer lo que Él ya ha pasado. Puede que Pedro tuviera en mente el atisbo de una verdad tremenda. Los sufrimientos de Jesús fueron por causa del pecado humano; sufrió para hacer volver la humanidad a Dios. Y puede que cuando el cristiano sufre con firmeza, sin quejarse y con amor inalterable, insultos o injurias, está mostrando a los otros una vida que los puede hacer volver a Dios.

Dos preciosos nombres de Dios

En el último versículo de este capítulo encontramos dos de los grandes nombres de Dios: Pastor y Obispo de nuestras almas, como dice la versión Reina-Valera.

(i) Dios es el Pastor de las almas. En griego, poimén. Pastor, es una de las descripciones clásicas de Dios. El salmista lo plasmó en su famoso salmo: «El Señor es mi Pastor» (Salmo 23:1). Isaías dice: «Como un pastor apacentará Su rebaño; en Su brazo llevará los corderos, y en Su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas» (Isaías 40:11).

El gran Rey Que Dios iba a mandar a Israel sería el Pastor de Su pueblo. Ezequiel escucha la promesa de Dios: « Y levantaré sobre ellas a un Pastor Que las apacentará; a Mi siervo David, para que las apaciente y les sea por Pastor» (Ezequiel 34:23; 37:24).

Este fue el título que Jesús Se aplicó cuando Se llamó el Buen Pastor y cuando dijo que el Buen Pastor da Su vida por las ovejas (Juan 10:1-18). Para Jesús, las personas que no conocían a Dios y que estaban esperando lo que Él les diera eran como ovejas sin pastor (Marcos 6:34). El gran privilegio que se otorga al siervo y ministro de Cristo es ser pastor del rebaño de Dios (Juan 21:16; Hechos 20:28; 1 Pedro 5:2).

Tal vez nos sea difícil a los que vivimos en zonas urbanas y en una civilización industrial el captar la grandeza de esta imagen; pero en Oriente, y más entonces, sería muy gráfica, especialmente en Judea, en la que había una meseta central estrecha y bordeada de peligros, que era donde se apacentaban las ovejas. La hierba era escasa; no había vallas protectoras, y las ovejas vagaban. El pastor, por tanto, tenía que velar por ellas atenta y constantemente, no fuera que le acechara algún peligro al rebaño.

En su Geografía histórica de la Tierra Santa, George Adam Smith describe al pastor de Judea: «Entre nosotros, en Escocia, las ovejas se dejan a su aire; pero no recuerdo haber visto nunca en Oriente un rebaño de ovejas sin su pastor. En tales parajes como Judea, donde el pasto del día está desperdigado por una franja de tierra sin vallar, llena de senderos engañosos, todavía frecuentada por fieras y bordeada por el desierto, el hombre y su carácter son indispensables. En algún monte escarpado en el que ululan las hienas por la noche, cuando te le encuentras insomne, con la vista en la lejanía, curtido por la intemperie, armado, apoyado en su cayado y vigilando sus ovejas dispersas con cada una de ellas en el corazón, te das cuenta de por qué el pastor de Judea saltó al frente de la historia de su pueblo; por qué le dieron su nombre a sus reyes, y le hicieron un símbolo de la Providencia; por qué Cristo le adoptó como tipo de autosacrificio.»

Esta palabra pastor nos habla gráficamente de la incesante vigilancia y autosacrificio del amor que Dios nos tiene a los que somos Su rebaño. «Pueblo Suyo somos, y ovejas de Su prado» (Salmo 100:3).

Dos preciosos nombres de Dios

(ii) La versión Reina-Valera habla de Dios como el Pastor y Obispo de nuestras almas; pero ahora Obispo corresponde inadecuadamente al original griego epískopos. Epískopos es una palabra que tiene un gran historia. En la Ilíada de Homero, a Héctor, el gran campeón de los troyanos, se le llama epískopos porque durante toda su vida defendió la ciudad de Troya y mantuvo a salvo a las nobles esposas y niños.

Epískopos se aplica a los dioses que son los guardianes de los tratados que hacen los hombres y de los acuerdos a los que llegan, y que son los protectores de las casas y de los hogares. La justicia, por ejemplo, es el epískopos que se encarga de que la persona pague el precio del mal que ha hecho.

En las Leyes de Platón, los guardianes del estado son los que tienen el deber de supervisar los deportes, la alimentación y la educación de los menores para que sean «sanos de pies y manos, y de ninguna manera, si es posible, estropeen su naturaleza con sus hábitos.» Los funcionarios a los que Platón llama inspectores de los mercados son episkopoi que « supervisan la conducta personal, manteniendo el ojo en el comportamiento desordenado e indisciplinado para castigar a los que lo necesitan.»

En las leyes y la administración de Atenas, los episkopoi eran gobernadores y administradores e inspectores enviados a los estados súbditos para que se cumplieran la ley, el orden y la lealtad. En Rodas, los principales magistrados eran cinco episkopoi que presidían el buen gobierno, la ley y el orden del estado.

Epískopos es, por tanto, una palabra polivalente pero siempre noble. Quiere decir protector de la seguridad pública, guardián del honor y la honradez, supervisor de la correcta educación y de la moral pública, administrador de la ley y el orden público. Así que el llamar a Dios Epískopos de nuestras almas es decir que Él es nuestro Guardián, Protector, Guía y Director.

Dios es el Pastor y el Protector de nuestras almas. Nos cuida con Su amor; nos protege con Su poder, y nos guía por el buen camino con Su sabiduría.

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